Naturaleza de los Dioses, Marco Tulio Cicerón

[De natura Deorum]. Tratado filosófico en tres libros de Marco Tulio Cicerón (106-43 a. de C.); lo comenzó en el 45 y lo pu­blicó en el 44, dedicándolo al cesaricida Bruto.

Imagina un diálogo sostenido en el año 77 entre tres interlocutores: Veleyo, Balbo y Cotta. En el primer libro, Veleyo, un epicúreo, aun admitiendo la existencia de los dioses, niega la providencia divina, aduciendo como argumento que los dioses son por naturaleza felices, y que no lo se­rían si se interesaran por las cosas huma­nas. Por consiguiente, es perfectamente in­útil temer los castigos o implorar el favor de los dioses. Pero semejante concepción de la divinidad no podía convencer a Ci­cerón, y así encarga a Cotta la refutación del sistema teológico epicúreo, basándose en el método crítico de la Nueva Academia.

En el segundo libro, en oposición a las teo­rías epicúreas, Balbo sostiene la doctrina estoica, según la cual los dioses existen y gobiernan providencialmente el mundo. Aunque más próximo al estoicismo que al epicureismo, Cicerón no aprueba, sin em­bargo, la tesis sostenida por Balbo, por lo que en el tercer libro introduce de nuevo su «alter ego» Cotta, quien acusa a los estoicos de sujetarse demasiado a las creen­cias antropomórficas y politeístas del pue­blo y de los poetas, cuya falsedad está de­mostrada; la esencia de los dioses ha de buscarse con los ojos de la mente y no con los del cuerpo.

El tratado, planteado sobre la tríada epicureísmo-estoicismo-neoacademismo, no llega, sin embargo, a ser constructivo ni definitivo. Cicerón intenta una exposición comparada y crítica de los dos sistemas teológicos antitéticos, que ha­bían propuesto soluciones extremas. Es un fácil juego descubrir sus incongruencias; es cauta prudencia no pronunciarse explí­citamente por uno ni por otro, ni proponer soluciones nuevas y personales. El diálogo constituye un repertorio ágil y copioso para el estudio de la antigua teología. [Trad. de Marcelino Menéndez Pelayo en Obras com­pletas, tomo III (Madrid, 1883)].

F. Della Corte

De las Naturaleza de las Cosas , Tito Lucrecio Caro

[De rerum natura]. Poema de Tito Lucrecio Caro (98-55 a. de C., fechas dadas in­directamente por Suetonio), en el que ex­pone, vivificándolos con sus versos, los fun­damentos de la filosofía de Epicuro. El tí­tulo sigue la tradición de la poesía filosó­fica de Parménides y de Empédocles, y al mismo tiempo reproduce el de una de las obras capitales del maestro (v. Naturaleza). El poema fue publicado póstumamente, y si no hay motivo para negar que su editor fuese Cicerón, poco cuenta, en cambio, la afirmación de que éste «lo enmendó».

Los seis libros que componen la obra conser­van la forma y el orden dados por el poeta; si esta forma es la primitiva, o si debía ser la definitiva, no interesa. El fin que el poeta se propone es la exposición de la doctrina física de Epicuro, pero no enten­dida fríamente como fin en sí misma y co­mo sólida estructura de un sistema inter­pretativo de los fenómenos del universo, sino como auténtica interpretación poética de aquella doctrina, contemplada en el ar­monioso y fatal componerse y disolverse de las cosas y en la posición del individuo, parte de un todo destinado a perecer sin aniquilamiento.

Ésta es la esencia de la «poesía» de Lucrecio, esencia que por todas partes se transparente, incluso en la trama de los versos más duros, temblorosa y con­movida ante la profundidad de los miste­rios que la sabiduría del maestro revela al ojo asombrado del mortal; se alejan las tinieblas, se derrumban los muros del mun­do, la mirada del poeta llega hasta la con­templación de los dioses y de las sedes tranquilas, a las que no llegan los vientos procelosos, ni las nubes profanan con su lluvia, ni las gélidas nieves ofenden, sino que permanecen siempre rodeadas de un aire puro y sin cambios, bañadas amplia­mente de una luz sonriente; nada puede jamás atentar a la paz del ánimo que ha vencido los misterios, igualmente pavoro­sos, de la vida y de la muerte.

Las partes más celebradas del poema, los vigorosos episodios que lo embellecen, son lugares en que el sentido poético de las cosas y de los acontecimientos, siempre latente y aun evidente, alcanza a manifestarse con po­tente aliento. Limitándonos a lo esencial, la materia está distribuida en los diferen­tes libros del modo siguiente: en los dos primeros, los principios que explican la naturaleza del universo, los átomos y el vacío; nada puede formarse de la nada y nada se. reduce a la nada; existen cuer­pos invisibles tales como los vientos, el olor, el calor, el frío, la voz, que aunque no se ven, demuestran por sus efectos po­seer naturaleza corpórea; vemos que las cosas se consumen imperceptiblemente, pre­cisamente por la huida invisible de los átomos.

Junto a la materia se halla el va­cío, de cuya existencia aporta el poeta múltiples pruebas: materia y vacío consti­tuyen la Naturaleza y no hay más elemento que éstos (I, 430 ss.); los cuerpos están constituidos por átomos, que se agrupan se­gún sus propias leyes; es por tanto falsa la teoría de los físicos jónicos, Heráclito, Anaxágoras; falsa también la concepción de Empédocles de los cuatro elementos; el primer libro termina con la demostración de la infinitud de la materia y del espacio. El segundo libro comienza determinando el proceso de formación y disolución de los cuerpos, desarrollando este tema en todos sus detalles; movimiento, forma de los átomos, indicada por la sensación que el hombre tiene de las cosas: lo que acaricia los sentidos está formado de átomos lisos, lo que es áspero y molesto consta de áto­mos angulosos o en forma de gancho (II, 422 ss.).

Muchas son las figuras de los áto­mos y de cada clase existe un número infinito; en la tierra hay los átomos que forman los alimentos y los medios de vida, aptos para conservar la diversidad de las razas. Estos átomos carecen de color por su misma inmutabilidad, pero con su va­riedad de formas dan lugar a variadas im­presiones; en conclusión, están privados de color, así como de olor, de jugo y de tem­peratura. Le falta explicar al poeta cómo nace lo sensible de lo insensible, demos­trándolo con los gusanos que nacen del es­tiércol, con el paso de la materia para formar otra materia y con otra larga serie de pruebas aparentes sostenidas contra las diversas teorías.

El libro termina hablando de la infinidad de los mundos y de la ma­nera como éstos deben formarse en el in­finito universo atómico gracias a una fuerza que les es propia; el crecimiento y la gra­dual decadencia de nuestro mundo. forman la visión última, llena de profundo vigor poético. Tema del tercer libro es la doc­trina del alma humana, cuya mortalidad es demostrada mediante una serie de pruebas; de la demostración de las funciones del alma y el ánimo, y del carácter perecedero del agregado atómico que los forma, se de­riva, como necesaria conclusión, la vanidad de lo que más inquieta a la vida humana, esto es, de la muerte.

A la parte fisiológica está dedicado el libro cuarto: percepción, reflexión, sentimientos y deseos son ana­lizados en su esencia y en su función; desde la teoría de los simulacros y de las imá­genes, a través de las explicaciones de los fenómenos visibles y auditivos, hasta los sentidos del gusto, del olfato (sensaciones fundadas en la impresión producida por minúsculas partículas que emanan de los cuerpos), impresiones físicas, sueño y en­sueños, para llegar finalmente a los goces y dolores de Venus, que forman la conclu­sión de este libro, merecidamente famoso por el vigor del verso y de las imágenes, a la altura del tormento y de la profundidad del sentimiento. El quinto libro contiene la demostración de que el mundo no es eter­no, la explicación de cómo se formaron cada una de sus partes hasta llegar al reino vegetal y animal, y termina describiendo, con arte admirable, el desenvolvimiento gradual de la humanidad y de su cultura.

El último explica determinados fenómenos celestes y terrestres, para exponer luego el mecanismo del contagio con la descrip­ción de la devastadora peste de Atenas, otra de las partes más célebres del poema. Cada uno de los libros tiene su proemio, y en cada uno de ellos se alternan los elogios al inventor de la doctrina, Epicuro, maestro de la sabiduría humana, y los encomios a la filosofía, que da a los hombres la se­renidad; se encuentran, además, al comien­zo del primer libro, en una especie de in­troducción general a la obra, el famoso himno a Venus, fuerza generadora de la naturaleza, por cuya obra sonríe el uni­verso y germina en mil vidas, protectora de Roma y de la estirpe de Memmio, a quien está dedicado el poema; este himno enriquece con vivas luces poéticas esta parte del poema, en la que se detiene la solicitud del poeta, y en la que se refleja la altura por él alcanzada y a la que quiere conducir a los demás con la clara exposición de su doctrina. [Trad. castellana en endecasílabos del abate Marchena (Ma­drid, 1897); en prosa, de M. Rodríguez Navas (Madrid, 1893); en prosa, de Lisandro Alvarado (Caracas, 1950); en hexámetros, de Gabriel Méndez Planearte (México 1946); trad. de trozos selectos en Lucrecio, por Eduardo Valentí (Barcelona, 1949)].

L. Castiglioni

Abunda en relámpagos geniales, sin per­juicio de una gran perfección; técnica.  (Cicerón)

Los cantos del sublime Lucrecio vivirán mientras viva la tierra. (Ovidio)

La primera voz de la trompa épica latina. (Leopardi)

Hay que hablar con respeto de Lucrecio. Sólo lo encuentro comparable a Byron, y Byron carece de su gravedad y de la sin­ceridad de su melancolía. Pero lo que hace a Lucrecio insoportable es su física, que él da como positiva. Su debilidad consiste en no haber dudado bastante; le gustaba demasiado explicar, concluir. (Flaubert)

¡Qué terrible poeta latino es Lucrecio, bajo cuya aparente serenidad y ataraxia se oculta tanta desesperación! (Unamuno)

Para que la posición científica se trans­mute en poesía, es necesario un poeta altí­simo, y la ciencia tuvo en Lucrecio a su único gran poeta(C. Marchesi)

Naturaleza del Amor, Mario Equicola

[Della natura d’amore]. Obra doctrinal de Mario Equicola (1470?-1525), publicada en 1525. Elaborada durante muchos años se­gún la filosofía de Ficino, fue originaria­mente redactada en latín con el título De natura de Amore en 1495, pero bajo el in­flujo de nuevas corrientes espirituales y del estudio de los poetas, provenzales fue transformándose en un tratado, quizá menos sistemático, pero más elegante.

Vivien­do en un ambiente mundano y dirigiendo sus escritos a los espíritus más refinados (la obra fue dedicada a Isabel de Este Gonzaga), el autor tiene plena conciencia de la importancia que en el mundo de los literatos y de las personas cultas poseen los problemas relativos al amor. La lectura de los poetas provenzales y de los cultiva­dores del «stil novo» enseña que el es­píritu humano no ha concebido nada más elevado para unir a las criaturas con el creador; aquí naturalmente interviene la teoría platónica, que el siglo XV estudió según la concepción de Ficino, de una perfección del espíritu a través del amor en­tendido como pasión y como meditación. Pero más allá de todo doctrinarismo, Equi­cola se vale de su elegante preparación literaria para citar autores clásicos, sagra­dos y profanos, antiguos y trecentistas, y en amable promiscuidad trata de poner de acuerdo todas las cuestiones.

Se percibe en esta obra como un eco del mundo gentil y fino del Cortesano (v.) de Castiglione y particularmente la influencia de la sociedad mantuana, que alrededor de la espléndida marquesa, entre danzas y fiestas, lecturas de poetas y pensamientos religiosos, revivía un mito de belleza caballeresca y al mismo tiempo clásica, mito cantado por Boiardo y por Ariosto y mecido como un sueño en la Italia del siglo XVI.

C. Cordié

Naturaleza de las Cosas, San Beda el Venerable

[De natura rerum]. Obra científica de San Beda el Venerable (673-735), hombre de ciencia e historiador, publicada en la Pa­trología Latina, vol. XC, en 1843. Este escrito cosmológico de San Beda es aná­logo al tratado de San Isidoro de Sevilla que lleva el mismo título, no sólo por la materia tratada, sino también por el orden de la exposición.

Pero, al tratar de las leyes de los movimientos celestes, San Beda demuestra conocer, de modo más preciso y detallado que el obispo de Sevilla, todo cuanto había sido expuesto por los antiguos escritores paganos y por los Padres de la Iglesia. Admite, en efecto, que el curso de los astros errantes o planetas, ora se acerca, ora se aleja de la Tierra, pasando sucesivamente por un apogeo y por un perigeo; la línea que une estos dos puntos pasa por el centro del mundo, y lleva, en el cielo, una dirección fija para, cada astro. El movimiento de un planeta, reconoce San Beda, no es uniforme; es más rápido cuan­do se halla en la proximidad del perigeo, y menos cuando está cerca del apogeo.

Acep­ta después toda la química celeste y terrestre de los Padres que le precedieron, admi­tiendo la existencia de los cuatro elemen­tos: agua, tierra, aire y fuego, dispuestos según un orden que va del más pesado al más ligero. Después de algunos pasajes en los que se advierte la influencia de Plinio el Viejo, a propósito de las mareas que se reproducen exactamente en ciclos de ocho . años, Beda admite que la luna determina las mareas más fuertes cuando se halla en el hemisferio austral, y las más débiles cuando se encuentra en el hemisferio bo­real. Para completar su obra, San Beda el Venerable escribió también el tratado sobre División del tiempo (v.), en el que un capítulo entero está dedicado «a la po­tencia eficaz de la luna».

A. Uccelli

Naturaleza de la Existencia, John McTaggart

[The Nature of Existence]. Obra de John McTaggart (1866-1925), uno de los primeros metafísicos ingleses, en dos volúmenes, el primero publicado en Cambridge en 1921; el segundo, póstumo, publicado por C. D. Broad en 1927.

A McTaggart no puede lla­mársele hegeliano, aunque se haya formado en el estudio de Hegel y considere su pro­pio método como derivado del hegeliano con variaciones; éstas son tantas y tan profundas, que de Hegel queda sólo la com­plejidad teorética, la idea general de un devenir, la derivación rígida de un elemen­to metafísico de otro; pero ha desaparecido el proceso dialéctico.

La concepción de la Idea, que por grados sucesivos alcanza la concreción plena, queda, en cierto modo, invertida: se parte del existir concreto, del que con método rígidamente deductivo se desprenden las características fundamenta­les y generales de la existencia, para pasar después (en el volumen II) a aplicar estos resultados a la solución de cuestiones «em­píricas», esto es, cuestiones que no contie­nen toda la realidad, en todas sus formas; que no son ni «metafísicas», ni «ontológicas».

El principio usado por McTaggart (en lugar del principio dialéctico de Hegel) pa­ra pasar a lo concreto es altamente abs­tracto y recuerda los expedientes de la ló­gica matemática. La divisibilidad infinita de cada substancia plantea un problema. Como las substancias existen, debe ser po­sible describirlas suficientemente, dado que también para McTaggart, como para Hegel, todo lo que es real, es racional. Pero, ¿có­mo es posible describir suficientemente una entidad divisible y subdivisible hasta el in­finito, que contiene partes del infinito, pero que no implica su definición? La substancia sería contradictoria, por tanto no podría existir, si no existiera la «correspondencia determinante».

Tomemos una serie de par­tes de una substancia considerada como un todo. Si una de estas partes es subdivisible en tantas’ partes secundarias que corres­pondan una por una a las partes de la substancia, y si estas partes secundarias pueden definirse de modo que en la definición esté también comprendida su relación biunívoca con las partes primarias de la substancia; esta definición determina las partes prima­rias de la substancia, que puede así descri­birse cumplidamente. Las subdivisiones ul­teriores de las partes secundarias vendrán determinadas por la propia correspondencia determinante de las partes secundarias con la serie de las partes primarias, y así hasta el infinito; y de este modo, la infinita subdivisibilidad de la substancia no es obstácu­lo para una descripción suficiente de la misma.

Podremos decir que es substancia, es decir, un todo primitivo, aquel ente que pueda describirse por correspondencia de­terminante de las partes secundarias de una parte primaria suya con todas sus partes primarias, sin necesidad de buscar la co­rrespondencia determinante con las partes de entes diferentes, como es necesario ha­cer para describir la parte de una subs­tancia. McTaggart empieza con la impor­tantísima discusión de las relaciones entre «realidad» y «existencia», esto es, entre el ser y el existir. Asegura que la existencia abraza la totalidad del campo de lo real, es decir, que sobre lo existente no existe la posibilidad de inexpresividad de la exis­tencia, y procede a estudiar ésta con mé­todo rígidamente deductivo, partiendo de la existencia en su aspecto más general.

La substancia no es única, la diferencia de cualidad implica la existencia de muchas substancias diversas; y aquí McTaggart en­laza directamente con Leibniz. Pero, en esta diversidad, existen analogías que constitu­yen «grupos» de substancias. Estos grupos pueden ser más o menos extensos, pero son en número ilimitado porque un determinado grupo, con otros miembros, constituye otro grupo («grupos de repetición»). Por tanto, todos los grupos en conjunto no pueden constituir el universo existente, porque cada grupo puede ser parte de otro grupo de repetición, y el universo no puede ser par­te, ya que es la totalidad; el universo es por tanto un ente total, único: una subs­tancia, y las innumerables substancias exis­tentes son partes del mismo. Entre estas partes debe existir una correspondencia determinante de parte a parte de las par­tes: esta dependencia es la causalidad.

De este modo llega McTaggart a la conclusión de que la causalidad es esencial para la existencia. Pero nótese que no se trata de la causalidad comúnmente entendida, como producción de un subsiguiente por un an­tecedente, pues pasando a la segunda par­te, a la existencia empírica, McTaggart niega sin más la realidad del tiempo. Las deducciones ulteriores sobre la existencia empírica (materia y espacio, yo y pensa­miento, el error, Dios y la inmortalidad) se desenvuelven siguiendo rigurosamente el método de la correspondencia determinan­te; no es posible exponer este desenvol­vimiento sucintamente. Pero los elementos que llevamos expuestos bastarán para hacer comprender el aspecto general de esta originalísima obra.

M. M. Rossi