De la Naturaleza, Jean-Baptiste-René Robinet

[De la nature]. Tratado filosófico de Jean-Baptiste-René Robinet (1735-1820), publicado en París en 1761-1766. Examina el mundo de la naturaleza, considerado en contraposi­ción al de la filosofía cartesiana; unidos como están en sus exigencias y en sus po­sibilidades, podemos concebir a todos los seres como poseedores de una vida que los anima y distingue.

Plantas, animales, pla­netas, todo vibra con una única fuerza que los impulsa a reproducirse y a man­tener su existencia aun con riesgo de la destrucción de otros seres. De ese modo hay que considerar la muerte y la vida desde un solo punto de vista: la trans­formación de la materia orgánica enseña que la muerte de un ser es condición de vida de otros. Por eso la muerte es un aspecto de la vida y un hecho que prueba la necesidad de que existan seres en la ar­monía de lo creado.

Toda la materia sufre una transformación y tiende siempre hacia formas más perfectas. Los seres en la na­turaleza están guiados según una progre­sión de perfeccionamiento; su reproducción y su transformación forman parte de la armonía del cosmos. Y esta incesante transformación de los aspectos de la natu­raleza queda útilmente completada por la obra del. hombre en la tierra, con el arte o con la ciencia: en una palabra, la obra de los pueblos en la Historia explica la suprema necesidad de un equilibrio entre el bien y el mal, en orden a una armonía superior.

La posición leibniziana de Robi­net, con su finalismo universal y su con­cepto de la unidad viva de alma y cuerpo en la sustancia monódica, se combina con algunos motivos del sensismo de Locke, dando un tono de vago misticismo a la di­rección naturalista del pensamiento. Aparte de algunas actitudes extravagantes (como en la digresión sobre la locuacidad de las mujeres, como prueba del necesario equi­librio entre bien y mal), la obra de Ro­binet se resiente de una singular tendencia hacia el materialismo; intenta animar la vida de la naturaleza bajo todas las for­mas, fuera de toda consideración de una fuerza originaria y espiritual; la naturaleza sólo en sí misma tiene sus leyes, y como tal es estudiada libremente.

El tratado com­bate las concepciones abstractamente filo­sóficas que presuponían la necesidad de una exigencia espiritual y trascendente, sin ex­plicar su íntima conexión con el mundo de la naturaleza.

C. Cordié

De la Naturaleza, Parménides de Elea

Poema filosófico de Parménides de Elea (siglos VI-V a. de C.), que ha llegado a nosotros en fragmentos con­servados por Sexto Empírico, Simplicio, Proclo, San Clemente de Alejandría y otros.

El autor es conducido por unas yeguas dotadas de razón al palacio de la Diosa (¿la Verdad?), la que le comunica una doble doctrina. Según la doctrina de la Verdad, son falsos lo múltiple, el movimien­to y todas las distinciones que aparecen a los sentidos de los hombres; real y verda­dero sólo es el Ser, uno, sin distinción, eterno, inmóvil, simétrico consigo mismo; el no Ser no existe.

Para dar una explica­ción aparentemente racional al testimonio de los sentidos humanos, la diosa enseña una segunda doctrina, la doctrina de la Opinión, la cual es, empero, falsa: admi­tiendo una cierta realidad para el no Ser, el mundo (aparente) es engendrado por dos principios: la Luz y las Tinieblas, los cuales, en colaboración, han dado origen a todas las cosas; la necesidad está en el centro y estimula la atracción de los sexos, de donde nacen todas las cosas.

Es difícil valorar el fragmento: ¿por qué tras la doctrina de la Verdad está la doctrina de la Opinión? ¿Por qué exponer una Cosmo­logía después de haberla negado? Se puede responder que tal Cosmología explica la opinión con la opinión, y a ella se contra­pone la «Verdad», esto es, el análisis ló­gico de conceptos puros, de que se vale la Cosmología. Y como tal análisis pone en evidencia las contradicciones de la opinión, con Parménides comienza la antinomia ra­zón-opinión, que constituyó el problema fundamental del pensamiento griego clásico.

G. Preti

Con Parménides se elevó por primera vez la filosofía a la esfera del ideal. (Hegel)

Naturalezas Problematicas, Friedrich Spielhagen

[Problematische Naturen]. Novela del escritor alemán Friedrich Spielhagen (1829-1911), publicada en 1861-62. Las naturalezas pro­blemáticas, es decir, «los descendientes del Doctor Fausto, que, luego de cortarse la larga barba profesional y de abandonar sus románticas costumbres medievales, andan por ahí con traje moderno, pero siempre quemando las etapas del camino que va del deseo al goce, y en el goce aspirando al deseo», están representadas, en toda la gama de sus tonos, por Osvaldo Stein, el barón Oldenberg y Alberto Timm.

Osvaldo, el héroe principal, «en la loca persecución de un ideal que nunca podrá encontrar fuera de sí en la tierra, porque sólo vive en su fantasía», será presa de un amor tras otro para reconocer cada vez «la falacia de sus ilusiones». Así, arrastrado por su tem­peramento y por la concatenación de los acontecimientos, lo vemos de preceptor en casa del barón Grenwitz, donde se con­vierte en amante de Melitta von Brekow, enamora a la hermana de su discípulo y rapta a una recién casada, para luego aban­donarlas a todas, una tras otra, alcanzar a través de un complicado reconocimiento la riqueza y la nobleza, y al fin morir en la revolución de 1848.

A su lado Oldenberg representa la forma más noble del mismo tipo que, aunque sea juguete de pasiones violentas e impetuosas, se preocupa de no traicionar nunca un ideal moral que lleva en sí. En cambio, Alberto Timm, cuyo egoísmo no conoce ningún freno, transfiere a un plano inferior su personalidad y no retrocede ante ninguna empresa por tur­bia que sea. Todos estos personajes, rodea­dos de mujeres afectuosas como Melitta, calculadoras como la baronesa Von Gren­witz o nobles como Elena, se mueven en el cuadro de la alta sociedad de Pomerania o en el de la burguesía; y, mientras el pri­mer grupo social ofrece a Spielhagen los tipos que ha sabido retratar más felizmen­te, incluso cuando describe sus defectos y costumbres con demoledora ironía, el segundo, hacia el cual se inclinan sus sim­patías, es el que produce hombres que, co­mo el doctor Braun, superarán el mundo de las naturalezas problemáticas.

Es este Braun quien, ante el individualismo abs­tracto desarraigado y exasperado, dirá: «No hemos de negarnos a ser lo que realmente somos: hijos de hombres, hijos de esta tie­rra, con el derecho y el deber de compartir nuestra herencia con los demás hijos de los hombres, nuestros hermanos, que tie­nen derechos y deberes similares a los nuestros». Aquí está el significado de la novela, que tuvo amplísima resonancia tan­to en el campo literario como en el es­piritual; también reside aquí su valor his­tórico — en haber descrito el estado de es­píritu que preparó la revolución del 1848, en haber reconocido las causas internas de su fracaso y en haber indicado su supe­ración —. Spielhagen reproducía también aquí, en forma novelada, la historia del camino espiritual que él mismo había recorrido. Las Naturalezas problemáticas for­man parte del corto número de grandes no­velas de la segunda mitad del siglo XIX alemán.

G. F. Ajroldi

De la Naturaleza de las Cosas Según sus Propias Leyes, Bernardino Telesio

[De natura rerum iuxta propria principia]. Obra fun­damental del filósofo Bernardino Telesio (1509-1588), matemático y poeta, literato y naturalista, principal representante de la Academia cosentina, como Ficino lo fue de la florentina.

El primer libro apareció en Roma en 1565; más tarde, refundido con el segundo, fue publicado en Nápoles en 1570; la obra completa, en nueve libros, salió a luz en esta ciudad el 1587. Según Telesio, la naturaleza debe estudiarse «iux­ta propria principia», esto es, según sus propias leyes, sin referirla a Dios; tal di­rección inmanentista es uno de los caracte­res fundamentales de su filosofía.

Todo co­nocimiento sobre la naturaleza deriva, por tanto, de la experiencia, pues los sentidos son la forma más cierta de saber; el razo­namiento es un conocimiento derivado, ba­sado sobre la memoria. Sentir es advertir los cambios de las cosas por medio de un estímulo que la realidad externa ejerce so­bre la conciencia. El sentido fundamental es, por tanto, el tacto, y a éste se refieren todos los demás. El olor, por ejemplo, es el calor comunicado al aire por los cuerpos odoríferos, y el aire nos lo transmite a nosotros.

Por el calor, la conciencia, con­cebida de modo rigurosamente materialista, se agranda y se reduce, según que aumente y disminuya el propio calor; la sensación está en relación directa con el movimiento de la conciencia. No existe, pues, diferen­cia entre lo sensible y lo inteligible; las supuestas diferencias no son sino maneras diversas de sentir las cosas, y cualitativa­mente no difieren entre sí. Toda ciencia racional es, por tanto, también ciencia sen­sible o reducida a lo sensible; las ciencias naturales son superiores a las matemáticas porque se refieren directamente a la sen­sación, en tanto la matemática opera sobre los sentidos que van a parar a la sensación.

Toda operación de la conciencia es movi­miento, y el movimiento más elevado es aquel con el cual la conciencia goza de sí misma como de la más alta expresión de la vida de la naturaleza. Telesio condena toda tentativa de explicar el devenir natu­ral con principios que no estén comprendi­dos en la materia; por eso critica la forma aristotélica, que considera trascendente en cuanto ligada al Acto puro, a Dios. Es pre­ciso sustituir esta forma por principios in­herentes a la naturaleza, como el frío y el calor.

La naturaleza es pura materia que sería inerte, como masa corpórea que ocupa el espacio, si no estuviera movida por un principio dinámico que se expresa en la oposición entre calor y frío. De tal opo­sición se produjo primero el cielo y el ca­lor de los astros, y luego la tierra que, cuando se halla privada del sol, retorna al frío originario. Del cielo y de la tierra derivan todas las cosas de la naturaleza, las plantas, los animales, el hombre. Éste no se diferencia de los animales por estar provisto de vida espiritual, porque el es­píritu humano no es sino espíritu animal dotado de mayor calor, de mayor agilidad y nitidez.

También la superioridad del es­píritu humano sobre los demás depende de causas naturales, como, por ejemplo, el am­biente de vida y el tamaño del cerebro. Idéntica base naturalista trata Telesio de dar a la moralidad. Todos los sentimientos humanos dependen de causas materiales: la alegría es el sentido de la conservación del cuerpo; la tristeza es la expresión de una debilitación de la fuerza vital. Hasta el fin último de la vida humana es concebido por Telesio en sentido inmanentista, y es definido como la conservación y la perpe­tuación de la vida misma.

Sin embargo, es posible reconocer en el hombre un alma inmortal, creada inmediatamenté por Dios y unida al alma natural como «forma sobre­añadida». La admisión de tal alma es ne­cesaria, sobre todo, para explicar el com­portamiento del hombre frente al mal y a la muerte. La grandeza del alma humana, su elevación y su virtud se expresan como fuerza, sabiduría, diligencia y benignidad. La importancia de Telesio reside en su exi­gencia inmanentista, considerada como fun­damento de la ciencia de la naturaleza, y en su exigencia de la autonomía del saber. La ciencia, sin embargo, así concebida, aun permaneciendo dentro de sus principios, nos indica la existencia de un orden extra- natural.

E. Pasini

Telesio es el primero de los hombres nuevos. (Bacon)

Al escribir, conserva Telesio un estilo de verdadero filósofo, dictando discursos que expresan la naturaleza según la verdad, ha­ciendo así al hombre más bien sabio que elocuente. (Campanella)

De la Naturaleza de los Animales, Heliano de Preneste

Compilación de Claudio Heliano de Preneste, erudito del siglo II. La obra, escrita en griego, en un estilo cuidado que trata de imitar la gracia clásica según la moda del aticismo, se divi­de en 17 libros.

El autor recoge en ella sus variadas lecturas y transcribe confusa­mente una cantidad enorme de noticias y de curiosidades relativas a los animales y a sus costumbres. No hay que buscar en esta obra espíritu científico ni crítico. Es otro el fin del compilador: quiere sorpren­der y asombrar al lector, por lo que va en busca de lo extraordinario y de lo pa­radójico, con un gusto que a veces llega hasta lo cómico. Se cuenta, por ejemplo, que para aplacar a un buey furioso es pre­ciso irle al encuentro con una venda en la rodilla derecha; que un delfín se ena­moró de un muchacho de Jaso, y habién­dole causado involuntariamente la muerte, salió a la playa para morir con él; que junto a la laguna Meotis los lobos han he­cho alianza con los pescadores, pero que cuando éstos no pescan, les destrozan las redes.

A través de toda la obra se nota evidentemente un propósito moral. Empa­pado de un vago espíritu religioso de ins­piración en parte estoica, pero sustancial­mente de carácter popular, Heliano trata continuamente de dar a sus narraciones un valor edificante, poniendo de relieve la presencia en los animales de sentimientos, no sólo semejantes a los humanos, sino a menudo más morales; así celebra entre otras cosas la sobriedad del ciervo y la castidad de las tórtolas. Es significativa la difusión y el favor de que gozó la obra (v. también Historia varia), que ha sobre­vivido a tantas pérdidas de la literatura griega.

En realidad, corresponde a la ten­dencia de la cultura grecorromana de los siglos últimos, que presentaba en forma po­pular y agradable una erudición libresca en la que el gusto retórico y el amor a lo maravilloso suplantan a la experimentación y a la investigación directa. Hoy, Heliano, además de su valor como curiosidad, con­serva su importancia, porque nos propor­ciona mucho material interesante de los naturalistas griegos, especialmente de Aris­tóteles y de los científicos helenísticos.

A. Brambilla