Nerón

Varias obras llevan este título, sobre todo en la literatura musical. Entre las primeras obras literarias tituladas con el nombre del emperador que la leyenda supone incendiario, hay una tragedia in­glesa, Nero, en cinco actos, de autor des­conocido, impresa en Londres en 1624.

El drama se distingue de los contemporáneos y predecesores elisabetianos por la escasez de fantasía, la ausencia de horror y de voluptuosidad, y por la servil traducción de pasajes sacados de los clásicos latinos: Séneca, Tácito, Suetonio, etc. Nerón (v.) aparece ya como un tirano sediento de do­minio, ya como un vanidoso poeta, amado y odiado por el pueblo, centro de las in­trigas de los cortesanos.

La condena de Cornuto, que se había atrevido a criticar la idea de una historia de Roma en cuatrocientos volúmenes; la muerte de Popea, a causa de un puntapié de Nerón; el des­pido de Séneca de la vida; la muerte de Petronio (v.) y de su esclava Enarte, lle­van la tragedia a la conclusión, hasta que Nerón, fugitivo, amenazado por las milicias de Galba, no tiene otro remedio que morir. Por la misma frialdad producida por la imitación de los clásicos, esta obra tiene cierta solemnidad, y contribuye a la ela­boración escénica de la figura de Nerón.

La violencia dramática de los personajes y acontecimientos, ceñidos a la mentalidad y la moralidad anglicanas, la sitúan a dis­tancia de la concepción tradicional y dan a la obra un sentido anacrónico que puede tener cierto interés documental.

E. Allodoli

Nê Han, Lu Hsin

[Grito de guerra]. Título de una colección de novelas de Lu Hsin (Chou Shu-jên, 1881-1936), compilada por el mis­mo autor y publicada en 1922.

La obra, que constituyó el mayor éxito de la lite­ratura china moderna, es el documento más interesante de la revolución literaria pro­pugnada por el crítico Hu Shih (cfr. Hu Shih Wén Ts’un) en numerosos artículos y estudios, los más notables de los cuales apa­recieron en 1915 y 1918. El autor sostenía en ellos la necesidad de sustituir la lite­ratura clásica tradicional, encerrada en la estrecha esfera de los doctos, por una li­teratura de alcance social más vasto, es­crita en la «lengua hablada»; y, estudian­do la novela y las composiciones europeas, preconizaba al mismo tiempo un arte narra­tivo profundamente realista y «popular», dirigido a analizar y representar las ver­daderas condiciones sociales y políticas del pueblo chino.

Siguiendo tales principios, Chou Shu-jên estudia «clínicamente» la na­ción china, a la que considera como un in­dividuo gravemente enfermo; y cada una de sus narraciones, en su mayor parte de ambiente popular e inspiradas en signifi­cativos temas de la vida cotidiana, trata de dar un ejemplo típico de las diversas «enfermedades» que afligen a la China. Co­mo ejemplo característico podemos recor­dar la conocidísima «Vida de Q» (1922), en la que, a través de una serie de escenas descritas con límpido realismo, se traza un retrato completo del protagonista: un pobre campesino sin trabajo, maltratado de mil modos por la sociedad, que ante cada in­juria o cada abuso se refugia en una ob­tusa resignación nutrida de máximas confucionistas, y se consuela meditando grave­mente sobre los problemas de la vida moral.

Personaje que claramente tiende a conver­tirse en un símbolo de la vergonzosa in­sensibilidad política del pueblo chino, tan­to en la cuestión social como en los pro­blemas internacionales.

S. Lokwang

La Nencia de Barberino, Lorenzo de Médicis

[La Nen­cía da Barberino]. Este breve poema de Lorenzo de Médicis (1449-1492) es el canto de un amor rústico; pero ya no se trata de pastores arcádicos, como en su anterior Corinto (v.), sino de un aldeano real, Val­lera, que expresa su amor a una campesi­na, Nencia.

Entre los olivos, los cipreses y los rubios trigales, en lugar de las eté­reas beldades y de las ninfas paganas, Lo­renzo encuentra a Nencia, hija de la tierra, y buenamente le habla como un villano. En esta nativa sencillez las imágenes realistas se funden con las gentiles delicadezas, las notas sensuales con el juvenil candor; Nen­cia ha absorbido los humores del estiércol junto con la dulzura del aire y del sol. En la tradición aldeana, en la copla popular, el señor de Florencia encuentra la forma ade­cuada a su deseo de sinceridad.

Refundi­ción y no caricatura, aunque algunas fra­ses irónicas indiquen que en tales momen­tos Lorenzo se da cuenta que representa un papel, que lo recita y no lo vive. La difun­dida opinión de que la Nencia es una paro­dia, es debida principalmente al hecho de que, durante mucho tiempo, esta obra fue sólo conocida en un texto corrompido, am­pliado y deformado. Pese a ello, la ver­dadera esencia del poema no había esca­pado a Carducci ni a Leopardi, quien es­cribió: «La Nencia es el verdadero idilio, parecidísimo a Teócrito, en su hermosa ru­deza y en su admirable verdad».

La musi­calidad del verso aligera el realismo, y las frases literarias, como sucede precisa­mente en la poesía popular, cobran nueva vida gracias a la cómica ingenuidad que consigue dar valor poético hasta a las exa­geraciones. Nencia es una imagen de flore­ciente salud, pintada con tonos ya finos y ligeros, ya rudos y fuertes, con un brillo de frescos colores; blanca y roja, con un ho­yuelo en la barbilla redonda, labios de co­ral, blanca y fuerte dentadura, ojos negros y rizos rubios. El amor que Vallera siente por ella, sus declaraciones y sus dones, son los apropiados a semejante Dulcinea. E. Rho

Nuestros verdaderos idilios al estilo de Teócrito no son ni las églogas de Sannazaro, ni etc., sino las poesías rústicas como Nencia, Cecca da Varlungo, etc., hermosí­simas y similares a las de Teócrito en su hermosa rudeza y admirable verdad. (Leopardi)

El poeta de la Nencia está aquí en su ver­dadero terreno, se ha convertido en la voz de una sociedad licenciosa y burlesca. (De Sanctis)

Nehemías o Segundo Esdras

[Nehémeiah]. Libro del Antiguo Tes­tamento (v. Biblia), que debe incluirse cro­nológicamente en el libro de Esdras (v.) atribuido a Esdras o a Nehemías (siglo V a. de C.). Es el penúltimo de los libros históricos.

Lo mismo que en el libro de Esdras, se dan pocas noticias históricas y todas se refieren a la repatriación, a la re­construcción de los muros de Jerusalén y a los obstáculos puestos por los pueblos enemigos de esta reconstrucción. Al final aparece Esdras, el cual, con Nehemías, reorganiza política y religiosamente la nueva comunidad israelita.

Esdras lee al pueblo el libro de la Ley. Arrepentimiento del pueblo y confesión de los pecados. Renovación de la alianza. Consagración de los muros de Jerusalén. Reordenación de los diezmos. Esta parte (7-12) de Nehemías tal vez deba unirse con los últimos capítulos del libro de Esdras.

Históricamente es cierto que Ne­hemías, habiendo obtenido plenos poderes del rey Artajerjes I (465-424), reconstruyó entre 445 y 433 los muros de Jerusalén, des­pués de haber llevado a la ciudad una se­gunda expedición de exilados. Había apa­recido en Jerusalén en el año vigésimo de Artajerjes (445), para volver más tarde a Babilonia. Pero el autor sagrado dice: «El año treinta y dos de Artajerjes, rey de Ba­bilonia… volví a Jerusalén».

Esta fecha coincide con el año 433 de Artajerjes I. Nehemías fue dos veces gobernador de los judíos repatriados, fue el reconstructor de los muros de Jerusalén y el reorganizador de la comunidad judaica. Fue el defensor de los pobres contra los ricos acaparadores (5, 1-19). Esdras y Nehemías se nos apa­recen, por tanto, como dos figuras próxi­mas en el tiempo, y en la elevación y no­bleza de obras y de sentimientos.

G. Bonson

Nedda, Giovanni Verga

Narración de Giovanni Verga (1840-1922), publicada en 1874 y, en Pri­mavera y otras narraciones [Primavera e altri racconti], en 1876.

Después del blando sentimentalismo de sus obras precedentes, Giovanni Verga cambió su rumbo hacia una concepción de la vida como necesidad dolorosa, y del hombre como víctima de esa necesidad. Y una víctima es Nedda, la pobre campesina de este boceto rústico.

Después de ver morir a su madre, al que­dar sola en el mundo, Nedda se ve obliga­da a vagar en busca de trabajo de hacienda en hacienda. La única esperanza que la sostiene es su amor hacia Janu, un aldeano que trabaja con ella. Pero Janu, enfermo de fiebres y obligado a trabajar a pesar de ello, cae un día de un árbol y muere.

A la infeliz Nedda no le queda más que una niña, fruto de aquellos amores campe­sinos: Expulsada por todos, queda reducida a vivir con la mísera ayuda de un tío. Tam­bién la criaturita, hija de la vergüenza y de las penalidades, muere pronto. Y Nedda se queda sola en el mundo con su miseria y su dolor. La originalidad de esta narra­ción consiste sobre todo en aquella ligere­za, tal vez sólo en apariencia fríamente objetiva, con que su autor nos la va con­tando.

Y la viveza y la esencialidad del estilo de Verga nacen precisamente de esa aparente impersonalidad que, sin embargo, descubre una humana y profunda partici­pación en la realidad de las «lacrimae rerum». Con todo, le quedan todavía trazos frecuentes de sentimentalismo.

G. Fantuzzi

El motivo Urico que la informa [la narra­ción] es tan intenso que borra en su^ luz las pequeñas sombras de su construcción. (F. Flora)