Vamos a tratar sobre la saga, el poema, la cuestión filológica y las principales interpretaciones poéticas modernas del ciclo épico centrado en torno a Sigfrido (v.), Brunilda (v.) y los Níbelungos, tal como se ha formado a través de un largo trabajo de creación en la conciencia poética de los pueblos germánicos, y que puede considerarse, por su profundidad, complejidad y variedad de motivos de las figuras y de los episodios, ligados y fusionados en una unidad de síntesis, como el gran mito nacional, en el que se hace realidad y se exalta 1$ intuición de la vida y del mundo, propia del paganismo germánico: el sentimiento de un hado ineluctable, que gravita sobre el mundo desde el albor de los tiempos; el insuperable conflicto de valores opuestos y de opuestas leyes, que crea la situación trágica; la ejemplar hazaña del héroe, culpable e inocente a un mismo tiempo, que tras- humanizándose o deshumanizándose acepta, quiere y cumple su propio destino, no como ciego instrumento, sino celebrando, con el consciente sacrificio de sí mismo, las más altas virtudes de una; estirpe guerrera que no conoce límites ni medida en su aspiración a la conquista del mundo.
Es ésta ciertamente la ley suprema del héroe germánico: apoderarse del «Hort», del tesoro, símbolo de poder y de dominio, tenerlo bien asido con las propias manos, no cederlo bajo ninguna condición al enemigo, ni siquiera en la hora suprema. Así muere Gunther (v.) en el Canto de Atli (v. Edda), así muere Hagen (v.) en el Poema de los Nibelungos. Gunther, seguro de ser ya para siempre, después de la muerte de Hagen, el único guardián del tesoro, lanza el último reto al enemigo: « ¡Que el Rin, el caudaloso río patrimonio de los Nibelungos, custodie el oro que dividió a los guerreros; / luzcan los fatales brazaletes en el agua que los arrastra / antes que el oro brille en las manos de los hijos de los hunos!» Arrojado al fondo de una torre, entre un nido de serpientes, Gunther entona al compás de un arpa, con «espíritu invencible», su último canto.
Y a estos acentos hacen eco, cinco siglos después, las últimas palabras de Hagen a Crimilda (v.) en el Poema de los Nibelungos: «Ha muerto el noble rey de los burgundos y también el joven Giselher y el venerable Gernot. Nadie más sabe, pues, excepto Dios y yo, dónde se encuentra el tesoro. Para ti, esto permanecerá oculto por siempre». Hijos de la Naturaleza, los héroes germanos antes de morir restituyen a su inmensa madre lo que de ella proviene, si no pueden transmitirlo a los de su propia estirpe, y, moribundos, gozan con la vista del oro que resplandece en el fondo de las aguas, que lo llevan hacia el mar. En este fluir de las aguas, en este emigrar del oro hacia el mar infinito, ellos adoran además el símbolo del eterno «devenir», del «Werden», al que están sometidos no sólo los hombres, sino también los dioses, de modo que toda su actuación culmina en el «Ragnarók» («Ocaso de los Dioses»; de «rók», fin, ruina, y «ragna», genitivo plural de «regin», los regidores, los dioses).
También sobre el mundo de los dioses pesa una culpa fatal, que sólo puede extinguirse con el aniquilamiento de la vida; se desencadenan las fuerzas destructoras del mundo del fuego y del mundo del hielo, personificadas en monstruos y gigantes, y todos los dioses deben sucumbir en la lucha. Éste es el trágico fondo de la gesta de los Nibelungos. Ya en los cantos más antiguos, aparecidos quizás al final de 1^ época de las invasiones, entre los siglos VII y VIII, en el pueblo franco, basados en antiquísimas tradiciones míticas adaptadas al espíritu de la nueva aristocracia guerrera por los juglares de la corte, los «skopós», Sigfrido, el muchacho ignorante, nacido y crecido en la selva milenaria, como surgido del propio seno de la Gran Madre, al igual que Tuisto, el divino progenitor del pueblo germano, «Terra editus», encarna el tipo ideal del héroe que, rotos los puentes con el pasado, se debe todo a sí mismo y a su propio espíritu invencible, y no teme a la maldición del oro, pues sabe que «a cada uno le es dado gozar de sus bienes hasta el día fatal que gravita sobre todos y que para todos ha de llegar: pues todos deben descender de una vez al reino de Hel».
El mañana es siempre incierto, y nadie en el mundo puede llamarse el más fuerte. La virtud del guerrero y del poderío de los reinos se prueban y comprueban en el certamen de las armas, donde ora domina uno, ora otro. Así lo quiere el Destino. Y a la voz del héroe hace eco la voz acorde de la multitud; porque a los Nibelungos que parten hacia la tierra de Atila (v.), donde saben que les espera la muerte, puede aplicárseles las palabras que los dos héroes hermanos Hamdhir y Sorli, en el «Hamdhirmál» de los Edda dirigen a su madre al partir: «Consagrados a la muerte, montamos ahora en nuestro corcel. Moriremos en tierra lejana». En esta franca voluntad de afrontar cara a cara el destino, el espíritu de la edad de hierro ha dejado en el canto su huella más profunda. Igual que la poesía épica germánica en general, en los siglos que van desde las invasiones a la época suaba, pasa de la forma concisa y discontinua del «canto heroico» a la relativa amplitud del «poema breve», y de ahí a la «magnitud épica» del gran poema heroico, también en la evolución del ciclo nibelùngico se distinguen tres fases sucesivas:
I) Los cantos épicos relativos a Sigfrido y Brunilda por una parte, y el canto del fin de los Nibelungos por otra (que constituyen en principio dos sagas por completo independientes, relacionadas sólo por los nombres del rey burgundo y su hermana Crimilda, comunes a ambas gestas).
II) El «breve poema» del Fin de los Nibelungos [Der Nibelungen Not], compuesto entre 1160 y 1170 por un juglar austríaco desconocido, el cual amplió el canto épico preexistente tal como había sido tratado en la tradición bávara, muy distinta del canto originario.
III) El Poema de los Nibelungos o Cantar de los Nibelungos [Nibelungenlied], obra de un poeta caballero austríaco, el cual, entre 1200 y 1210, combinando las dos sagas hasta entonces distintas, coordinándolas con inteligentes adaptaciones y retoques, y reelaborando ti poema más antiguo con objeto de adaptarlo a los gustos de la sociedad cortesana de su tiempo, llevó a cabo una obra orgánica de magnitud clásica.
La fase más antigua está representada por los versos heroicos de los Edda (v.), aparecidos en época vikinga (siglos VIII-XI) en un ambiente histórico muy semejante al del período de las invasiones, transmitidos oralmente hasta los siglos XII y XIII, y transcritos y recopilados hacia 1230 en un solo cuerpo. La redacción definitiva tuvo lugar en Islandia, y tal vez una pequeña parte en Noruega y en Groenlandia, mientras los cantos primitivos («Urlieder»), perdidos para nosotros y que la investigación de los filólogos modernos ha tratado de reconstruir con un paciente y minucioso trabajo de indagaciones y cotejos entre las diferentes versiones de la misma leyenda, son en realidad de origen continental y proceden, por lo que respecta a la leyenda de Sigfrido y a la gesta de los Nibelungos, del territorio burgundofraneo.
Se sostiene generalmente que los «edda» son bastante próximos, en espíritu y forma, a los cantos primitivos, a diferencia de los poemas alemanes, en los que por la influencia de los diferentes ciclos, y por obra del Cristianismo y la cultura cortesana, la saga experimenta una rápida transformación. Pertenecen al ciclo de Sigfrido (en nórdico Sigurd) los siguientes cantos de los Edda (v.): el Poema de Regin [Reginsmál] y el Poema de Fafnir [Fafnismdl]; el Poema de Sigrdrifa [Sigrdrifomál]; el Poema fragmentario [Brot of Sigurdharkivdhu], y el Canto breve de Sigfrido [Sigurdharkividha in skamma]; el Vaticinio de Gripir [Gripisspá]; el Viaje de Brunilda al Ade [Herlreidh Brynhildar].
Dos son, en cambio, los poemas que narran, con notables diferencias, el fin de los reyes burgundos en la corte de Atila, redactados ambos, según se infiere de su título, en Groenlandia: el Atlakvidha in Groenlenzka y el Atlamál in groenlenzko. Suplen las lagunas de estos poemas éddicos dos leyendas en prosa: la Saga de los Vólsúngos (v.), escrita en Islandia a fines del siglo XIII, la cual creó la historia de todo el linaje de Sigfrido desde sus orígenes míticos (el primero de la estirpe, Sigi, es considerado como hijo de Odín), y la Saga de Teodorico (v.), redactada alrededor de 1250, y que recoge en torno a la figura central del rey ostrogodo Teodorico de Verona (v.) las más variadas leyendas heroicas germánicas, entre ellas la de los Nibelungos, según la versión que de estas leyendas daban los mercaderes hanseáticos, establecidos en la ciudad de Bergen.
Basándose en un minucioso cotejo del Nibelungenlied con la Thiedrekssaga y las posteriores baladas nórdicas que narran la venganza de Crimilda, se ha podido reconstruir, a grandes rasgos, el perdido «poema breve» Der Nibelunge Not. Concebido en el espíritu de una época más ruda, que se reconocía a sí misma en la figura de un Hagen y de su inseparable compañero de armas, el guerrero poeta Volker, el Not estaba ya compuesto en el mismo metro que el Nibelungenlied, que parece medido sobre el paso de las tropas que se dirigen a la batalla, metro que aparece ya a mediados del siglo XII en los cantos del más antiguo «minnesánger», Sire de Kürenberg, también austríaco: la estrofa tetrástica formada por .dos pareados (A A, B B), compuesto cada verso de dos hemistiquios, el primero de los cuales consta siempre de cuatro tiempos, mientras el segundo tiene tres en los tres primeros versos, y cuatro en el último.
El Nibelungenlied está dividido en treinta y nueve cantos o «aventuras» («aventiuren»). Los primeros diecinueve constituyen la primera parte del poema, que termina con la muerte de Sigfrido y con la sumersión del tesoro en el Rin por obra de Hagen. La segunda parte, que comprende los restantes veinte cantos, se inicia con la decisión de Atila, que ha perdido a su primera mujer Helche, de solicitar la mano de Crimilda. El distinto origen de las dos partes se transparenta todavía en la redacción definitiva, y, además de varias incongruencias, en el hecho de que la segunda parte comienza «ex-abrupto», como si fuera un nuevo poema. La acción de los primeros diecinueve cantos se desarrolla en su mayor parte en Worms, a orillas del Rin, antigua capital del reino burgundo, en la corte del rey Gunther (en nórdico Gunnar), el Gundahar o Gundikar de la Historia, caído con toda su familia y gran parte de su pueblo en la batalla del año 436, con la que los hunos pusieron fin a su reinado, viéndose obligados los supervivientes a emigrar al valle del Ródano.
En el Nibelungenlied, Gunther comparte el trono con sus dos hermanos menores, Gernot y Giselher. En la corte crece junto a los tres hermanos la más bella y gentil de las vírgenes, Crimilda (Kriemhild), educada por su anciana madre Ute, que está dotada del don de profecía. [En los textos nórdicos, a la figura de Crimilda corresponde la de Gudhrun, mientras que el nombre de la hija ha pasado al de la madre, que en los Edda se llama Grimhildr]. En la heroína revive, como en Gunther Gundahar, la princesa germánica Hildiko, la cual, según una tradición nacida poco después de la muerte de Atila (453), mató al rey de los hunos en su noche nupcial, vengando en él la muerte de sus parientes y el exterminio de su pueblo. Una noche, Crimilda tiene un sueño espantoso: un halcón criado por ella con afecto y ternura — el motivo deriva del Minnesáng (v.) —, echa a volar dejando su regazo y es al punto apresado y destrozado por dos águilas.
La sombra de este sueño, que le predice amor y desventura a un mismo tiempo, se proyectará siniestra sobre toda su vida; su propósito de esquivar el dolor renunciando al matrimonio, es frustrado por el Destino, que conduce a la corte de Worms al más brillante de todos los héroes, el joven Sigfrido, que pronto la cautiva con su amor. Antes de llegar a Worms, donde le atrae la fama de Crimilda, Sigfrido había ya conquistado el tesoro de los Nibelungos, los cuales en la primera parte del poema son dos hermanos enemigos a quienes el guerrero vence y da muerte, mientras que, en la segunda parte, se da este nombre a los burgundos, que después de la muerte de Sigfrido toman posesión del tesoro. El héroe, pues, había vencido al enano Alberico, vasallo de los dos hermanos, y había matado a un terrible dragón en cuya sangre se había bañado después,* para hacerse invulnerable.
Sólo en un sitio puede ser herido, entre los dos hombros, donde había caído durante el baño una hoja de tilo. Gunther concede al héroe la mano de su hermana, a cambio de que él le ayude a conquistar la mano de Brunilda (Brünhild), la fiera reina de Islandia que sometía a sus pretendientes a una serie de pruebas de fuerza. Y Sigfrido vence con la ayuda de la «Tarnkappe» (del verbo «tarnen», ocultar, y «kappe», capa), una capa que le hace invisible, de tal manera que Gunther, auxiliado en la lucha por el invisible Sigfrido, sale vencedor y Brunilda no puede rehuir ser su esposa. Ambas bodas se celebran al mismo tiempo en la corte de Worms. Pero poco duran la felicidad y la concordia.
Pues como la reina de los burgundos en una discusión que tiene con Crimilda sobre el valor de Gunther, considerado por ella más fuerte y resistente que Sigfrido, se entera por su cuñada del engaño de que ha sido víctima, clama venganza para su honor ofendido. [En la saga nórdica, Sigfrido conquista primero el amor de Brunilda, después de haber atravesado el cerco de llamas que la rodea, y luego, en la corte de los Nibelungos, en virtud de un filtro que le han dado a beber, olvida por completo que debía casarse con ella, de tal manera, que para obtener la mano de Gudhrun, ayuda a Gunther a conquistar a Brunilda, arrojándose a las llamas por segunda vez]. El que se encarga de lavar con sangre la vergüenza de Brunilda, su reina, es el cruel («der grimme») Hagen, el más fuerte de los guerreros burgundos, quien habiendo arrancado a Crimilda, mediante engaños, el secreto de la vulnerabilidad de Sigfrido, mata al héroe a traición, durante una cacería, mientras éste se inclina a beber en una fuente.
El héroe cae entre las flores, maldiciendo a los asesinos. Al morir piensa en su esposa y en su hijito, que un día se lamentará de tener por ascendientes a unos traidores, en su viejo padre y en sus fieles guerreros, y después de haber encomendado su esposa al amparo de Gunther, expira con el corazón desgarrado ante la desesperación de aquélla. [En la saga nórdica, el héroe es asesinado en su lecho, mientras duerme al lado de Gudhrun]. Después de la muerte de su esposo, Crimilda no vive más que para la venganza, y cuando Atila envía a la corte de Worms al margrave Rüdeger para solicitarla por esposa, ella accede, después de haber hecho jurar al mensajero que tanto él como su señor satisfarán siempre todos sus deseos. Durante doce años, la reina vive en la corte de Atila. Finalmente se le presenta la ocasión de cumplir su designio, cuando Gunther, desoyendo las advertencias de Hagen, llega con su ejército al país de los hunos para participar en la gran fiesta del solsticio de verano.
El primero que le hospeda durante su viaje es, en la Marca oriental, que forma el confín del reino de Atila, Rüdeger, cuya hija se casa con Giselher. En la corte de los hunos vive también, en exilio, Teodorico de Verona, con su viejo maestro de armas, Hildebrando, y un numeroso séquito de guerreros. Y en la sala del banquete se desarrolla, en fin, la última escena de la tragedia. Luego que los hunos, instigados por Crimilda y al mando del hermano de Atila, Bloedelin, han dado muerte, en sus respectivos alojamientos, a todos los escuderos de los burgundos y Hagen ha decapitado como represalia al único hijo de Atila, Ortlieb, el rey huno se ve obligado a lanzar la señal de guerra. En el Not, donde faltaba además el episodio de la matanza de los escuderos, Crimilda, sacrificando su propio hijo a su insaciable sed de venganza, instiga al pequeño para que dé una bofetada a su tío (Hagen era en el poema más antiguo el hermano de Gunther, igual que en la tradición nórdica), quien se venga haciendo caer la cabeza del niño en el regazo de la madre.
En el combate sucumben todos -los guerreros hunos, y con ellos la mayor parte de los burgundos. Cuando llega la vez a Rüdeger, suplica a la reina que no le obligue a esgrimir la espada contra sus huéspedes y futuros parientes. Mas en vano: deberá mantener el juramento que lo liga a sus soberanos, deberá combatir y caer como un valiente, muerto por Gerhot, a quien él, a su vez, ha causado una herida mortal. En la noche, iluminada por los siniestros resplandores del incendio provocado en la sala por orden de Crimilda, el drama se dirige desde ahora hacia su trágico fin.
Cuando Teodorico tiene noticia por Hildebrando de que han muerto todos sus guerreros, los cuales, a despecho de su prohibición, se habían lanzado a aumentar la confusión de la batalla, el rey godo ataca a Gunther y a Hagen, los únicos burgundos supervivientes, y los conduce como prisioneros ante Crimilda, haciéndose prometer que serán respetadas sus vidas. Pero la reina, ciega de ira por el obstinado silencio de Hagen, que no quiere revelar dónde está escondido el tesoro, hace matar a Gunther y presenta a Hagen por última vez la cabeza de su hermano cogida por los cabellos. Y no obteniendo de él más que una negativa concisa y humillante, la reina le corta la cabeza con la espada de Sigfrido, de la que se había apoderado.
Entonces el viejo Hildebrando la traspasa también a ella, y el poema concluye con el lamento de los dos reyes, Atila y Teodorico, sobre el montón de sus guerreros muertos. Característica esencial de la leyenda en la forma que asumió en la alemania meridional, y en el poema que se inspira en ella, es ante todo la subordinación de los motivos y de los personajes de la gesta de los Nibelungos, al espíritu del ciclo gótico, que había encontrado en Baviera una segunda patria. Atila no es precisamente el «flagellum Dei», sino el soberano benigno y pacífico que hospeda en su corte al rey Teodorico, al cual le ha sido arrebatado el trono, según la tradición gótica, por su enemigo Odoacro (los sucesos históricos están invertidos en la leyenda), y con él, el más excelente de los héroes germánicos.
Esto aporta una innovación de capital importancia para la historia poética de la leyenda. En el canto primitivo, inspirado en el hecho histórico de la destrucción del primer reino burgúndico por obra de los hunos, era Atila el que tendía una celada a los burgundos, invitándolos a su corte para matarlos y apoderarse de su tesoro, y Crimilda vengaba en su marido y en el pueblo de los hunos la muerte de sus hermanos, tal como había hecho Hildiko. [Y así sucede también en los dos cantos éddicos: obedeciendo a la voz de la raza, Gudhrun mata a sus dos inocentes hijos y sirve sus restos para comida de Atila; después, antes de matar al tirano, le destroza el alma revelándole el mísero fin de los niños, y solamente ahora, después de haber sorbido gota a gota su venganza, blande el arma homicida y prende fuego al palacio, expiando entre las llamas, con su muerte voluntaria, su trágica «hybris»].
En cambio, según la tragedia bávara recogida en el Not y en el Nibelungenlied, Crimilda venga en sus propios hermanos la muerte de su esposo, Sigfrido. En el país que dio a alemania los primeros y más frescos cantos de amor, la libre unión de dos corazones para la vida y para la muerte, es más fuerte que los vínculos de la sangre. Culpable e inocente al* mismo tiempo, la Crimilda del Nibelungenlied es arrastrada hacia sus horribles actos por el odio que siente hacia Hagen, el asesino de Sigfrido, odio que se hace más feroz y sombrío a cada hora que pasa, por razón de las ofensas a cual más grave que le son inferidas. El poeta no hace de este Hagen un hermano del rey, sino su vasallo, presentándolo como abierto antagonista y como la fatalidad de Crimilda. Y de completo acuerdo con la concepción gradualista medieval, se asiste en el poema al fatal «descensus» de un alma, en la que se va extinguiendo poco a poco la llama divina de la «pietas» y de la «humanitas». La dulcísima virgen, la tierna esposa de la primera parte, se transforma, en la segunda, en la implacable furia infernal, en el torvo demonio, la «valandinne», que conduce a la ruina y a la muerte a una estirpe entera de héroes.
Y todo esto tiene, además, otra consecuencia. Mientras en los cantos nórdicos el protagonista del gran drama es Gunther y la figura de Hagen permanece en la sombra, en el poema germano Hagen pasa a primer plano, como encarnación perfecta de un germanismo puro, quintaesenciado, que parece revivir, en oposición a los dictámenes de la ley evangélica, en la conciencia del tiempo, durante los trágicos cincuenta años que vieron la destrucción y reconstrucción de Milán, la derrota de Legnano, la desastrosa tercera cruzada, el efímero reinado de Enrique VI, y, en fin, la lucha de diez años por el trono de alemania, con la anarquía, las devastaciones, y los estragos que la acompañaron, la subversión de todos los órdenes divinos y humanos, deplorada por Walther von der Vogelweide en sus primeras poesías políticas. Es un mundo en el que, inútiles todas las llamadas de la Iglesia para una restauración de la sociedad humana en Cristo, los únicos valores que aún perduraban como idealidad moral eran los vínculos de amor y de fe que unen al vasallo a su señor y la invencible entereza, con la que el héroe afronta su destino.
Es como si en la nueva situación histórica hubiera renacido una vez más el espíritu sombrío y trágico de la época de las invasiones. A las palabras que Gunnar pronuncia en la Atlakvidha, antes de partir hacia el país de los hunos, donde sabe que le espera la muerte: «Los lobos tengan la herencia de los Nibelungos, las viejas fieras de fuerte pelo, si Gunnar sucumbe; y los negros osos desgarren con sus afilados colmillos la estirpe de los príncipes si Gunnar no vuelve», responden en el Nibelungenlied, en el acto con el que Hagen deshace de un solo golpe la barca que había transportado a los burgundos más allá del Danubio, para que todos sepan que su retorno está cortado para siempre, y más aún, en el momento en que con la muerte del pequeño Ortlieb él da la señal de la matanza, las atroces palabras con las que acompaña el rito pagano del «Minnetrinken» (de «mine», recuerdo amoroso, y «trinken», beber), libación en memoria de los muertos: «Bien sabéis desde hace largo tiempo que Crimilda no podía olvidar su dolor, Ahora bebamos a la memoria de los muertos, libando el vino del rey.
Y sea recordado antes que nadie, el joven príncipe de los hunos». En el poema, Hagen aparece (a pesar del tiempo que los separa) como verdadero hermano espiritual de la Brunilda de los antiguos cantos nórdicos, la cual no sólo está encastillada en su arrogante orgullo, como en el NibelungenliecL, en el que desaparece por completo después de la muerte de Sigfrido, sino que impone siempre a todos su voluntad, llevada hasta las consecuencias extremas, y después de haber saciado su sed de venganza, revelando a Gunther y a sus cuñados la inocencia de Sigfrido, se atraviesa con la espada del héroe y se hace colocar sobre la misma hoguera en la que arderá el cuerpo de él, costado por costado, y en medio de ambos la reluciente espada, como en la noche en que se cumplió su destino. Sin embargo, precisamente esta analogía entre las figuras de Hagen y Brunilda hace resaltar lo que hay de sustancial y nuevo en el Nibelungenlied.
A la orgullosa arrogancia, a la «übermüete», se opone en efecto en el poeta del Nibelungenlied la «fe», la «triuwe», que en los grandes poetas de la época cortés comprende en sí la «pietas» antigua y la «charitas» cristiana, fundidas en una sola virtud, humana y divina, con la fidelidad germánica. No haber encontrado en nadie, después de la muerte de Sigfrido, esta fe tan verdadera, excepto únicamente en el joven Giselher, flor de la estirpe burgúndica, lanzada también a la destrucción y a la muerte, y hallarse sola frente a la demoníaca «fe» de Hagen: tal es el trágico destino de Crimilda, así como a su «descensus» se contrapone, en los poemas caballerescos de Hartmann von Aue y de Wolfram von Eschenbach, la gradual ascensión del héroe y de la heroína, de grado en grado, hasta la última perfección humana.
Si el poeta éddico de la Atlalcvidha llama a su Gudhrun la «feroz reina» («afkár dís») y hace sentir la terrible ley a que ella, «obligada» («naudhug»), obedece, el poeta del Nibelungenlied propone a su pueblo, al iniciarse el siglo que verá el prodigioso renacimiento del alma germánica operado por el espíritu de San Francisco de Asís y de Santa Isabel de Turingia, la visión de un trágico mundo en el que la luz del amor y de todo sentimiento humano se consumen lenta y fatalmente. Trad. del poema al alemán por Karl Simrock. [Trad. española en prosa de A, Fernández Merino (Barcelona, 1883)].
C. Grünanger
Para mí el poema de los Nibelungos es tan clásico como Homero; ambos son fuertes y vigorosos. (Goethe)
El cantar de los Nibelungos no es una poesía épica, sino una narración. Lo que sucede, se oye, no se ve. (Grillparzer)
No es verdaderamente ni poética ni épica, y es bastante material en su factura, carente de «ethos», y su mismo «pathos» no es tanto tragedia como acumulación de horrores. (Croce)
