Niding el Avaro, Hyeronimus Justesen Ranch

[Karrig Niding]. Co­media del sacerdote danés Hyeronimus Justesen Ranch (m. 1603), la más viva entre las comedias «escolares» que florecieron con la Reforma.

Niding es un avaro, siempre angustiado porque en su casa se come de­masiado. Decide, pues, dejar durante un tiempo a los suyos llevándose la llave de la despensa y abandonando al hambre a su mujer e hijos. Pero un mendigo, Jep Skald, que entra en la casa para pedir li­mosna, se transforma en filántropo; compar­te con ellos el contenido de su pobre saco y se hace tan imprescindible que la mujer acaba tratándolo como a su marido.

Niding no sólo estaba contento con la delgadez de su desgraciada mujer, sino que, atribuyen­do su aspecto enfermizo a que comía de­masiado, cada día la sometía a mayores ayunos. Cuando el avaro vuelve, la mujer y el mendigo no quieren acogerlo, fingiendo que no le conocen.

G. Puccini

El Nido Ajeno, Jacinto Benavente

Comedia en tres ac­tos y en prosa, de Jacinto Benavente (1866-1954), estrenada en el Teatro de la Comedia, de Madrid, la noche del 6 de octubre de 1894.

José Luis y María son un matrimonio joven atormentado por la mala salud, exa­gerada, del marido, que jamás tiene buen semblante, ni una palabra amable, ni un acto generoso hacia su mujer. Y llega Ma­nuel, que es un hermano de José Luis, car­gado de fortuna conquistada en negocios fructíferos lejos de España, incorporándose a la vida del matrimonio con toda la efu­sión y la esplendidez de un carácter agra­dable y simpático.

Pronto sus regalos y su compañía levantan celos en el hermano y sospechas vanas en las amistades del matrimonio. José Luis agranda sus males, am­plía su mal genio, y María sufre cada vez peor las injustas actitudes de su esposo. La verdad es que éste guarda el recuerdo de su padre que dudó de un amigo (llegado, como Manuel ahora, a su casa), causándole atroces celos de su mujer; hasta el punto que creyó — y transmitió a su hijo José Luis semejante convicción — que Manuel era hijo adulterino. Todo esto estalla, de repente, entre los hermanos cuando en un rapto más de su malhumor, José Luis casi echa de su casa a Manuel, que marcha vo­luntariamente, despedido con un tierno beso por María.

Y en ese beso, al dejar «el nido ajeno», el hermano soltero y rico, falsa­mente acusado con su madre, ya muerta, comprende que, en efecto, él ama a María. Por eso se marcha, hasta que todos sean viejos y puedan convivir sin que la mala pasión de ninguno estropee la felicidad de hermanos.

C. Conde

Nicolas Maquiavelo y su Tiempo, Pasquale Villari

[Niccolo Machiavelli e i suoi tempi]. Obra histórica de Pasquale Villari (1827-1917), publicada en 1877-1882.

Es una reconstruc­ción de la historia del siglo XVI, en que el pensamiento político del secretario flo­rentino encuentra su correspondencia tan­to en la actitud práctica como en la exis­tencia de un nuevo método en el arte del Estado. Frente a la diversidad de opinio­nes sobre el Príncipe (v.), tan pronto exal­tado como condenado, Villari afirma que sólo quiere comentar la naturaleza de la obra a través de un conocimiento preciso del tiempo que la vio nacer, sin hacer ni de apologista ni de acusador.

Sirviéndose del estudio orgánico de las «Legaciones» y de las cartas oficiales, muy significativas para captar los síntomas de una madura­ción espiritual que trata de adaptarse len­tamente a la situación política de Florencia y de los distintos estados italianos, Villari penetra en la génesis y el significado de las ideas de Maquiavelo. El autor parece justificar moralmente el pensamiento de Maquiavelo con las necesidades de su tiem­po; sobre todo por la exigencia de formar un estado unitario, capaz de enfrentarse a las potencias extranjeras.

En el conflicto entre los estados italianos y en el choque contra los extranjeros, Maquiavelo ofreció una solución a la crisis de la península, por lo mismo que ya no sentía problemas de índole moral frente a las superiores ne­cesidades del momento. Por tanto estaba estrictamente vinculado a su época, en la pasión por la libertad y la independencia política, pero también en la falta de crisis de conciencia. Se observa en esta defini­ción que Villari, por la misma actitud mo­ral de su método histórico, no captó lo atrevido y nuevo del pensamiento de Ma­quiavelo, precisamente en cuanto a des­cubrimiento de una nueva teoría del Esta­do; de ahí la vacilación con que enjuicia el Príncipe, a pesar de su rica erudición.

La manera como Villari trata los problemas es más de narrador, apoyado sobre los do­cumentos y comentándolos con admirable diligencia, que de historiador que crítica­mente evalúa los hechos y trata de revi­virlos con una nueva meditación. Y en esta posición crítica el historiador cae en el error de no llegar nunca a una valoración teórica en sí, en cuanto ética, de la defi­nición que Maquiavelo da de los principios políticos.

C. Cordié

Nicomedes, Pierre Corneille

[Nicoméde]. Tragedia en cinco actos de Pierre Corneille (1606-1684), estrenada en París en enero de 1651. La acción se desarrolla en Nicomedia, capital de Bitinia.

El rey Prusias tiene dos hijos, Nicoméde y Attale, éste hijo de su segun­da esposa, Arsinoé. Ésta, en interés de Atta­le, procura poner a su esposo y a los ro­manos en contra de Nicoméde, y, valiéndose de un engaño, le ha hecho venir del campo de batalla, donde había vencido. Nicoméde y su hermanastro están enamorados de Lao­dice, reina de Armenia, que vive en la corte de Prusias; Nicoméde es el corres­pondido.

El embajador romano, Flaminius, llegado para reclamar a Aníbal (que se ha suicidado), se queda para intrigar con la reina Arsinoé en contra de Nicoméde, cuya gloria y futura grandeza ensombrece la de los romanos. Prusias se lamenta del repen­tino retorno de su hijo, achacándolo a desobediencia del joven, orgulloso por sus victorias; pero lo aplacan las nobles pala­bras de Nicoméde. Éste se expresa con pa­labras altivas, osadas e irónicas ante el embajador romano, que apoya a Attale y quiere que le sean entregadas Laodice y Armenia; Nicoméde defiende el derecho de la mujer a disponer libremente de sí mis­ma.

Laodice no cede ante Prusias ni ante Flaminius, que quieren convencerla de que acepte a Attale. Entretanto, Arsinoé ha per­suadido a Prusias de que Nicoméde inten­taba asesinarla (cuando realmente era todo lo contrario); el acusado se defiende noble­mente, con algo de desdén. Obligado a es­coger entre Laodice y la herencia paterna, se resuelve en favor de la mujer, y su pa­dre lo amenaza con entregarlo a los roma­nos en calidad de rehén.

Esto no favorece­ría los amores de Attale — le dice Flaminius —, pues Roma no estará dispuesta a engrandecerle hasta el punto de concederle Laodice y Armenia. El príncipe se da cuen­ta del dudoso apoyo que tiene en Roma e idea la manera de liberarse de ésta. El pueblo se subleva para libertar a Nicoméde, prisionero y rehén de los romanos. Entonces Arsinoé aconseja a Flaminius llevarlo cuan­to antes a Roma, en secreto; pero el prín­cipe, que es libertado durante el camino, logra restablecer el orden y va él mismo a dar la noticia al rey a la par que decla­rarle su adhesión. Tanta magnanimidad gana a Prusias y a la madrastra, e incluso a Flaminius, quien le asegura la estima y quizá también la amistad de los romanos.

Attale estaba ya de su parte, pues él mismo, mezclado entre la muchedumbre, había li­bertado a su hermano. Según la historia, Prusias había intentado hacer matar a Ni­coméde para que el trono pasara a los hijos de su segunda mujer, educados en Roma; Nicoméde, enterado de ello, se adueñó del poder y dio muerte a su padre. Corneille, por el contrario, atribuye a Nicoméde una generosidad sin tacha y una elevada y se­gura virtud, tan tranquila e impasible que llega a la ironía dominadora.

Además de su feliz desenlace, esto da a la obra un carácter de alta comedia. Es la represen­tación de la voluntad absoluta, y por tanto sin conflictos; ejercida por necesidad, casi fríamente, pero típica en el teatro de Cor­neille, como un «límite» interesante y sig­nificativo.

V. Lugli

Nicomedes señala el punto culminante del genio de Corneille; desde este momento ya no realizará nada indigno de sí mismo; compondrá incluso obras originales, pero ninguna será esencial para la definición que las obras anteriores nos dan de su genio y de su arte. (Lanson)

Nicolasín Mentira, Alecu Brâtescu-Voineşti

[Niculâiţâ Minciunâ]. Novela del rumano Ion Alecu Brâtescu-Voineşti (n. 1867). En el pueblo de Mâgureni vive un hijo de campesinos, Nicolasín, muchacho bueno e inteligente que podría ser feliz si su mente y su corazón no estuviesen siempre tratando de buscar y observar lo que en la naturaleza y en la vida hay de profundo e inescrutable.

Nadie atiende, pues son incapaces de com­prenderlas, sus poéticas observaciones so­bre los fenómenos naturales, y todos aca­ban motejándolo con el apodo «Mentira». Pero él no hace caso y sólo se lamenta de que a sus burlas se una Salonia, la mucha­cha amada. Cierto día se dirige a la ciu­dad y recoge un papel que advierte que debe darse parte a la autoridad de cual­quier objeto perdido o hallado; unos días más tarde entrega al jefe de la policía una cartera que ha encontrado; mas cuando el legítimo dueño se presenta a reclamarla, el policía niega haberla recibido.

El pobre Nicolasín quiere sostener la verdad, pero es perseguido por el policía y al fin juz­gado loco por el procurador que ha ido a hacer una investigación. Pero cuando en­cuentra a Salonia en brazos de otro, pierde de veras la razón y se suicida. La ingenui­dad y la humildad, características funda­mentales del campesino rumano, están poé­ticamente expresadas en esta novela, sobre un fondo de vida y de costumbres pecu­liares de la provincia rumana a fines del siglo pasado.

G. Lupi