De la Obra de Dios, Lucio Cecilio Firmiano

[De Opificio Dei]. Opúsculo que constituye una apología del monoteísmo, de Lucio Cecilio Firmiano, más conocido por el nombre de Lactancio (nacido hacia 250), escrito como introducción a sus Instituciones divinas (v.), su obra apologética más importante, después de haberse iniciado la persecución de Diocleciano (303-304).

Lactancio pretende demostrar que el cuerpo del hombre — con la perfección de todas sus partes y por su belleza y ar­monía, incluso si lo comparamos con los demás animales — proclama la obra de Dios y los elevados destinos a los que su Pro­videncia le ha destinado, tanto a él como a su alma; por medio del argumento de finalidad, logra trazar una apología del monoteísmo, o, mejor, del concepto cris­tiano de un Dios creador, soberanamente sabio, poderoso y providente.

Así como sus ideas filosóficas proceden de Cicerón, sus conocimientos anatómicos y fisiológicos, bastante exactos para su época, derivan de Varrón y de Nemesio, mientras que los rudimentos de psicología los debe a Aris­tóteles, aunque los completa con las ideas de Platón, recibidas a través de Tertuliano. Sin embargo, Lactancio se distingue de ellos en la afirmación de que todas las almas han sido creadas directamente por Dios (creacionismo).

La argumentación la presenta más como «retor» que como filó­sofo, con habilidad pero, a las veces, con ingenuidad de argumentos. También en esta obra aparece (capítulo XIX, 8) la doctrina dualista, de tendencia maniquea, que aflora en varios fragmentos de las Instituciones divinas.

G. Pioli

Obra Astronómica, Al- Battānī

[Opus Astronomicum. Ad fidem Codicis Es-curialensis arabice editum latine versum, adnotationibus instruction a Carolo Alphonso Nallino].

Obra astronómica de Albatenio o Al-Battānī, de Battan, en Mesopotamia, que vivió del 850 al 929 d. de C. El astró­nomo árabe, observador y calculador, tra­bajó en su observatorio de Rakkah en el Eufrates, con instrumentos bastante preci­sos para su tiempo.

Su obra mayor ha lle­gado a nosotros en un códice árabe de los siglos XI-XII, conservado en el Escorial; el orientalista C. A. Nallino hizo de él una traducción latina que fue impresa, con no­tas de Schiaparelli, en el núm. 40 de las publicaciones del Observatorio de Brera (1899-1907), en tres partes que contienen: la primera, la versión latina del texto ára­be con notas; la segunda, las tablas astro­nómicas con notas, diccionario e índice; la tercera, el texto árabe.

El título original de la obra se ha perdido; redactada sobre el modelo del Almagesto (v.), las partes teóricas y demostrativas están a menudo reducidas al mínimo, en tanto que se des­arrolla con toda extensión la práctica delos cálculos y las tablas referentes a ellos. Precede a la parte primera un prefacio de Nallino sobre la vida de Albatenio, las di­versas ediciones de su obra y los estudios que acerca de ella hicieron Regiomontano, Halley y Delambre.

Sigue la obra de Al- Battānī, dividida en cincuenta y siete capí­tulos que comienzan con la invocación: «In nomine Dei dementis et misericordis». Contiene muchos problemas de astronomía esférica, para cuya solución el autor se sirve a menudo de la proyección ortogonal, con nuevas fórmulas en que hace uso de las funciones trigonométricas; resuelve por pri­mera vez un triángulo esférico, dado un ángulo y dos lados adyacentes.

Usando ins­trumentos mayores y más precisos que los empleados por los griegos, pudo obtener resultados más exactos. Para las alturas meridianas, parece que se sirvió de la «al- hidada longa», como ya hizo Tolomeo; tenía además un cuadrante mural. El tiempo se determinaba por la altura de las estrellas conocidas, y durante el día por los relojes de sol.

Así pudo determinar la oblicuidad de la eclíptica con un error de menos de medio minuto de arco respecto del valor moderno; además llegó a determinar la época de los equinoccios con un margen de una o dos horas. Estableció la duración del año, que después en la Edad Media sir­vió para hacer la reforma del calendario juliano, y los intervalos que estableció en­tre la época de los equinoccios y de los sols­ticios le llevaron a un conocimiento de la órbita solar mucho más aproximado a la verdad que el de los griegos.

Albatenio rectificó el error en que habían incurrido los astrónomos griegos, al decir que el peri- geo solar era inmóvil respecto a los equi­noccios y que no participaba del movi­miento de precesión. En los últimos capí­tulos se trata del paralaje de la luna y de su distancia a la tierra, de los eclipses de luna y de sol para cualquier lugar, de las posiciones de los cinco planetas mayores, en la eclíptica, para cualquier tiempo.

In­dica el modo de construir los relojes sola­res, los cuadrantes murales, los globos celes­tes y el triquetro. Siguen abundantes notas explicativas y referencias de Nallino y de Schiaparelli sobre los diversos capítulos. En la parte segunda están recogidas todas las tablas astronómicas, fruto de las observa­ciones y cálculos de Albatenio.

Contienen datos para el cómputo del calendario, para el movimiento del sol v de la luna, las coordenadas de las constelaciones, los paralajes de la luna en longitud y latitud, los movi­mientos de los cinco planetas mayores, un catálogo de las estrellas fijas, etc. Como dice Schiaparelli, que colaboró activamente con Nallino, éste no sólo ha salvado cuanto se podía salvar de la obra astronómica de Albatenio, sino que ha puesto en evidencia los indiscutibles méritos y los notables re­sultados alcanzados por el autor.

La astro­nomía de los árabes alcanza con esta vasta obra Uno de sus puntos culminantes. Su comparación con el Almagesto de Tolomeo, con el que tiene tantos puntos de contacto, es particularmente interesante para com­prender el desenvolvimiento de la astro­nomía en Oriente. Esta versión latina, que explica casi completamente, con sus copio­sas anotaciones, la obra de Albatenio, aclara también los numerosos estudios hechos an­tes de Regiomontano, Halley y Delambre.

G. Abetti

La Obra de Arte del Porvenir, Richard Wagner

Das Kunstwerk der Zufunft]. Opúsculo de carácter teórico de Richard Wagner (1813- 1883), escrito después de su huida de Dresde en 1849.

Es mucho más ambicioso que su obra posterior y más vasta ópera y drama (v.). No son únicamente la música y el tea­tro, sino toda la obra artística del hombre lo que Wagner se propone reformar a la luz de su ideas revolucionarias.

Reaccionar contra el idealismo y el espiritualismo en nombre de la naturaleza, encauzar al hombre de nuevo hacia ésta y contraponerla a la creación artificiosa y ficticia del estado; éstas son las ideas generales expuestas en la primera parte de la obra: «El hombre y el arte en general». En la sección «El hombre artista y el arte que se deriva de él inmediatamente» son examinadas la danza, la música y la poesía, las cuales habían descendido muy por debajo de la perfección de que gozaban en el ideal colectivo de la tragedia helénica.

Pero en la música, que ha desarrollado prodigiosamente sus pro­pias posibilidades con Haydn, Mozart y Beethoven, se puede tal vez atisbar el pri­mer germen de redención; no en la ópera, ciertamente, que es, por el contrario, el campo en que se frena el egoísmo de cada una de las tres artes, sino en la curva reco­rrida por las últimas creaciones de Beetho­ven, irresistiblemente inducido a injertar la música en la poesía, después de haber agotado las posibilidades extremas del len­guaje sinfónico (es ésta la célebre interpre­tación wagneriana de la Sinfonía n.° 9, v., que hace pareja con la de la Sinfonía n.° 7, v., como «apoteosis de la danza»).

La ter­cera parte, «El hombre, artista creador con el uso de los materiales naturales», consi­dera las artes plásticas, también éstas dolorosamente alejadas de su perfección helé­nica, con excepción de la pintura del pai­saje, que representa la moderna conquista de la naturaleza. Pero tampoco la pintura, la escultura y la arquitectura encontrarán su salvación más que poniéndose al servi­cio del teatro, para la armónica realización de la obra de arte colectiva del porvenir.

Ésta es examinada en sus principios funda­mentales en la penúltima sección, y se de­muestra que sólo ella podrá salvar, en lo concreto del drama, la escisión entre pú­blico y arte. El artista del porvenir será el Pueblo; no ya la plebe informe y dege­nerada, que es un producto de las inicuas condiciones sociales de nuestro tiempo, sino un pueblo idealizado, al cual Wagner, al final del libro, con entusiasmo conmovido, lo exhorta a forjarse sus propias alas y lan­zarse a los cielos, a semejanza de Wieland, el artífice de la antigua leyenda germá­nica.

Apenas merece la pena el detenerse a hacer notar la arbitrariedad de las afir­maciones estéticas wagnerianas y, sobre todo, de ese procedimiento que consiste en contraponer al ideal helénico las sordideces de una imprecisa edad moderna, saltándose tranquilamente los dos milenios transcurri­dos.

Más todavía que ópera y drama, que es un desarrollo y una profundización de este libro, limitado y concentrado en los temas de la música, de la poesía y del teatro, La obra de arte del porvenir está total­mente desprovista de valores históricos y críticos, y nos interesa únicamente como documento para la comprensión de la per­sonalidad y del arte de Wagner.

M. Mila

Obra Arquitectónica del Caballero Francisco Borromini, Sacada de sus Originales, Baldinucci

[Opus architectonicum equitis Francisci Boromini ex eiusdem exemplaribus petitum]. Borromini (1599-1667), según atestigua Baldinucci, tuvo la intención de publicar todos sus proyectos, los realizados y los que no lo fueron; a tal fin preparó el material, que después de su muerte fue publicado por Sebastián Giannini, y no enteramente, puesto que el mismo Borromini, antes de su suicidio, quemó bue­na parte de él.

El material restante fue pu­blicado en Roma en dos volúmenes in-folio con ciento doce grabados; el primero de 1720, reimpreso en 1760, comprende la des­cripción y los dibujos de la «iglesia y edifi­cio de la Sapienza de Roma»; el segundo, publicado en 1725, comprende la descripción y los dibujos del «oratorio y edificio para la morada de los Padres del Oratorio de San Felipe Neri de Roma».

En el primer volumen, que comprende también una impor­tante serie de proyectos no realizados, la historia de la construcción de la Sapienza se debe a Giannini. La descripción del ora­torio de San Felipe Neri, aunque hecha en primera persona, fue compuesta por mon­señor Virgilio Spada «en nombre del Caba­llero Boromino»; pero, se puede suponer que se deriva de conversaciones y apuntes del mismo Borromini, al que Spada trató familiarmente, o durante la construcción del oratorio o más tarde, cuando Inocencio X le encargó de presidir como «moderator et arbiter» la restauración que Borromini iba llevando a cabo en San Juan de Letrán.

Todo el conjunto de la obra es una abierta defensa de la originalidad del gran arqui­tecto, quien en un determinado punto apela a la autoridad de Miguel Ángel, y afirma que no se habría «puesto en esta profesión, con el fin de ser solamente un copista».

A. Pica

Oblomov, Goncharov

Novela de Goncharov (Ivan Alexandrovic Goncarov, 1812-1891), publi­cada en 1858, pero ya en parte conocida unos dos lustros antes. La trama es muy sencilla: Oblomov, un propietario provinciano que vive en San Petersburgo, se ha entregado a la holganza.

Su amigo de in­fancia Stolz, hijo de un alemán emigrado a Rusia, intenta levantarle de este estado y lo presenta a una familia amiga donde hay uña jovencita, Olga, de la cual Oblomov se enamora. También Olga, a la que ya las palabras de Stolz habían hecho interesarse por Oblomov, y cuyo interés ha aumentado al conocerle, se enamora de él o cree estar enamorada.

El idilio parece salvar a Oblo­mov de su terrible propensión a la apatía y al ocio, pero no es más que una ilusión, pues recae en su mal y en vez de casarse con Olga lo hace con la criada de su casa. Olga a su vez se convierte en la esposa de Stolz.

Oblomov es uno de los monumentos de la literatura rusa del siglo XIX, no sólo por la admirable pintura del ambiente (es famosísimo el episodio conocido por el nombre de «Sueño de Oblomov», evocación de la vida patriarcal de la provincia rusa) y de los tipos (perfecto el de Oblomov, menos logrado el de Stolz), sino también porque es un documento excepcional de la influencia que la servidumbre de la gleba ejerció sobre el alma rusa de la época an­terior a las reformas (1861).

Este último aspecto de la novela fue examinado por el crítico Dobroljubov en un estudio que se ha hecho famoso: ¿Qué es el oblomovismo? [cto takoe oblomovscina?]. Otro punto de vista, más universal, ha sido señalado por Merejkovski, según el cual Oblomov revela el pensamiento de Goncharov, de que en el triunfo de la vulgaridad sobre la pureza de corazón, sobre el amor y sobre los idea­les, radica la tragedia fundamental de la vida. [Trad. de Tatiana Eneo de Valero en «Colección Universal», de Espasa Calpe (Madrid, 1924)].

E. Lo Gatto

En general, Oblomov me ha producido el efecto que producen los viejecitos charla­tanes tan apreciados por las señoras: me ha atacado los nervios. (Saltykov-Scedrin)

Es una novela perfecta, aislada y jugosa como una fruta. (R. Poggioli)