Obras Astronómicas de Maslama, Abū-l-Qāsim Maslama

El matemático y astrónomo arabigoespañol Abū-l-Qāsim Maslama, de Madrid (muerto en 1104?), fundador de una importante es­cuela, escribió numerosas obras.

Entre las matemáticas cabe destacar una aritmética mercantil, titulada Al-Mu’ālamāt [Transacciones comerciales]. Mucho más interesan­tes fueron sus trabajos astronómicos, presentados sea bajo forma de epítomes o de comentarios, por ejemplo, el epítome de las tablas del oriental al-Battānī (858-929), o el comentario a las tablas de al-Jwárizmí (siglo IX), sea como traducción comentada, como en el caso del Planisferio (v.) de To lomeo — comentario que, vertido al latín en 1143 por Hermann el Dálmata, se editó en Basilea, en 1536, y más tarde en Venecia en 1558—.

Además, Maslama es autor de un tratado del astrolabio. En sus cálculos astronómicos completó el teorema de las transversales y, asimismo, dio a conocer un método abreviado para determinar la per ecuación de los astros.

D. Romano

Obras Astronómicas, Abū Ishāq Ibrāhīm ibn Yahyà Azarquiel

El astrónomo arabigoespañol Abū Ishāq Ibrāhīm ibn Yahyà Azarquiel (muerto en 1100), mediante sus obras y sus observa­ciones personales, dio gran impulso a la astronomía; por otra parte, a través de ver­siones hebreas y latinas ejerció grandísima influencia en la Edad Media y algo en la Moderna, hasta principios del siglo XVI.

A él le debemos el conocimiento del movi­miento propio del apogeo solar — lo expo­nía en su obra, perdida, Suma referente al movimiento del Sol —, la variabilidad de la inclinación, de la eclíptica, la no circularidad de la órbita de Mercurio, etc., y asi­mismo la invención de algunos instrumen­tos — la azafea y la lámina de los siete planetas, a las que dedicó sendos trata­dos —, instrumentos que venían a simplifi­car la resolución de los problemas que po­día plantear la astronomía esférica.

Muchas de sus obras sólo se nos han conservado en traducciones hebreas y latinas. La más importante de todas fueron las llamadas Ta­blas toledanas — que conocemos por versio­nes latinas—, que venían a ser el compen­dio y la coronación de la labor colectiva de los sabios de la época, que habían utilizado las obras de sus antecesores.

De las demás obras que escribió, hemos de referirnos al Tratado sobre el movimiento de las estrellas fijas, que nos ha llegado en la versión hebrea de Šěmuel b. Yěhudá. Azarquiel in­tentó hallar la explicación matemática del movimiento de la novena esfera, en lo que no acertó por haberse basado en las deter­minaciones del punto vernal realizadas por los astrónomos griegos y árabes. El Alma­naque de Ammonio es una adaptación para el año 1089 del almanaque que compuso el alejandrino Ammonio, y se compone de una serie de cánones y de tablas.

En él nos dice que en Occidente la intercalación en los años bisiestos tenía lugar después del 31 de diciembre. La obra fue muy utilizada du­rante toda la Edad Media, y fue adaptada para el año 1301 por el judío Profeit Tibbón (v. Almanaque), a quien también debe­mos una traducción de la azafea.

En el Tra­tado sobre la lámina de los siete planetas da instrucciones acerca de la manera de utilizarla, y allí determina que la órbita de Mercurio no es circular — Azarquiel sos­tiene que es ovalada —; en eso siguió el mismo camino que muchos siglos más tarde habría de seguir Kepler, en su Astronomía nueva (v.), aunque Kepler señaló definiti­vamente que la órbita era elíptica. Seña­lemos, finalmente, que Azarquiel escribió una obra astrológica, probablemente la úni­ca que dedicó al tema, y que lleva el título de Tratado de las influencias de los siete planetas.

Edición de las distintas versiones conservadas, con traducción de ellas, y ex­tensísimo estudio de todos los aspectos astro­nómicos y de la influencia que ejerció Azar­quiel, por José M.a Millás Vallicrosa, en su obra Estudios sobre Azarquiel (Madrid – Granada, 1943-1950).

D. Romano

Obras Completas, Manuel José Othón

El escri­tor mexicano Manuel José Othón (1858- 1906) es el poeta del sentido clásico y del verso afinado en las más puras tradiciones de la lengua, es el cantor del campo mexi­cano, pero no el campo de los bucólicos, escenario de pastores sentimentales, sino el campo sin hombres, el desierto, en su patética soledad.

En la inmensa cuna de la naturaleza, el poeta — en el «Idilio salvaje», uno de sus más intensos poemas — nos cuenta su fugaz aventura con una india brava, que casi se confunde con el espectáculo de la tierra y la sierra, y el des­aliento y el dolor que siguen a esta tre­menda «tentativa amorosa». Su verso al­canza, junto a los arrullos de Fray Luis, los fríos estremecimientos de Baudelaire.

A. Reyes

Obra Poética, Alfonso Reyes

Título de la colección de obras en verso del escritor mexicano Alfonso Reyes (1889-1959), publicada en Mé­xico en 1952. En ella no figuran las compo­siciones que andan mezcladas en la prosa, ni las traducciones en verso, cuya lista figura como apéndice al final del volumen. Comprende:

I. «Repaso poético»: 1906-1952.

II. «Cortesía»: 1909-1947.

III. «Ifigenia cruel»: 1923.

IV. «Tres poemas» (1, Mi­nuta: 1917-1931; 2, Romances del Río de Enero, 1932; 3, Homero en Cuernavaca: 1948-1951).

V. «Jornada en sonetos» (iné­ditos o por vez primera recogidos): 1912- 1951.

Obra poética pone en manos del lec­tor, debidamente ordenadas, las poesías que Reyes ha escrito desde sus años de inicia­ción literaria hasta el momento de su publi­cación. Puede decirse que el aliento lírico del ilustre escritor no sólo no ha dismi­nuido por su interés en otras actividades literarias, sino que en pocos como en él se observa el justo equilibrio entre el poeta y el prosista. El propio Reyes, al explicar la formación y estructura de este libro, escribe: «Comienzo… con la prehistoria de los diecisiete (1906), la edad pastoril o neo­lítica, y relego la paleolítica a la piedad de las reliquias caseras.

Tales son los tres sonetos «La duda» — inspirados en un grupo escultórico de Cordier y publicados en «El Espectador» (Monterrey, 28 de noviembre de 1905) —, acaso mi primera salida en le­tras de molde, A los pocos meses, ya se ha­cía sentir la influencia – parnasiana. Ella rectificó el romanticismo amorfo de la ado­lescencia, el cual — impericia aparte — era el pecado de todos mis versos anteriores, que conservo inéditos en cuadernos manus­critos desde los once años».

A. Millares Carlo

Obra Paramira, Paracelso Theophrast Bombast von Hohenheim

[Opus paramirum]. Título de una célebre obra de Paracelso Theophrast Bombast von Hohenheim; en latín: Philippus Aüreolus Theophrastus Bombastus Paracelsus, 1493-1541), filósofo, médico y naturalista suizo, publicada en Estrasburgo en 1575.

Esta obra, como todos los escritos de Paracelso, se presenta con una confusión indescriptible, en la cual es difícil orientarse además por los numero­sos pasajes dudosos y falsos que se han interpuesto en ella. Ha sido comentada y publicada en edición crítica, junto con to­das las obras de Paracelso, por Karl Sud­hoff (Paracelsus Sämtliche Werke, Berlin, 1922-31, catorce volúmenes).

Con la guía de los eruditos modernos se puede sacar en claro, dejando aparte las numerosas divagaciones por todos los campos del saber, el carácter central de la principal obra de Paracelso. Éste se manifiesta en ella como alquimista y filósofo, médico y astrólogo y, situándose entre la Edad Media y el Rena­cimiento, a pesar de sus numerosas inge­nuidades, anuncia el pensamiento científico y filosófico modernos.

Vinculado, a lo me­nos formalmente, con la Edad Media, dis­tingue en términos absolutos el cometido de la filosofía del de la teología, y parece creer que la razón humana no puede conducir a un resultado concreto respecto a las verdades reveladas de la religión. Pero la teología no puede prescindir de la filo­sofía y, como ésta es ciencia de la natu­raleza y del hombre, se saca en conclusión que también para la teología el principio fundamental ha de buscarse en el hombre.

Paracelso vuelve de este modo la espalda a la Edad Media y mira hacia la Edad Mo­derna, que se inicia precisamente con un nuevo concepto del hombre y de la natu­raleza. Ésta no es ya el mundo de la mate­ria abandonada por Dios, ni se divide, como piensan los escolásticos, en partes terrenas y corruptibles y en partes celestes e indestructibles. La naturaleza es un organismo viviente, todo él concordante, sin distinción de grado y de valor.

Por lo tanto, los astros no pertenecen a un mundo extraño a nues­tra vida, y cambia por ello el significado de la astrología. Verdad es que los plane­tas están en relación con el hombre, pero el hombre no depende de ellos, porque el hombre — afirma resueltamente Paracelso — es algo más que todos los planetas juntos. Toda la naturaleza se resuelve en una re­lación de fuerzas grande y coherente, en cuyo centro se sitúa la personalidad del hombre, que puede conocer la naturaleza en cuanto es capaz de revivirla y experi­mentar todos sus múltiples aspectos.

La me­dicina, la filosofía, la astronomía y la al­quimia, se convierten todas, de este modo, en forma de la actividad humana, del mi­crocosmos que en sí refleja y reconstruye la vida del macrocosmos. El experimentalismo de Paracelso halla de este modo jus­tificación panteísta y humanística que une al filósofo suizo con las corrientes más típi­cas del neoplatonismo italiano del Rena­cimiento.

E. Pací