Obras, Anastasio Pantaleón de Ribera

Según Balbín de Lucas en su edición de las Obras (Madrid, 1944, Bib. de Antiguos Libros Hispánicos) de Anastasio Pantaleón de Ribera (1600-1629), en los años que van desde 1631 a 1670, las mismas alcanzaron cuatro edicio­nes en Madrid y una en Zaragoza, muestra inequívoca del aprecio y estima en que sus contemporáneos tuvieron los escritos del poeta madrileño.

Con todo, y pese a esta boga y popularidad, ni los versos ni las pro­sas de Anastasio Pantaleón han sido reim­presas desde el siglo XVII, y los cortos pasa­jes de su obra que han vuelto a las prensas desde entonces no dan sino muy pobre idea de su satírico, ágil y malogrado ingenio. «La fama que granjeó en la corte y el interés real que aún hoy conservan los versos y los sazonados y burlescos vejámenes de Panta­león de Ribera me han llevado a preparar estos volúmenes que recogen el texto prín­cipe de 1631 y las variantes de las cuatro reimpresiones que le siguieron.

Con ello podrá leerse, en edición moderna, la selec­ción póstuma hecha y publicada por don José Pellicer de Tovar, no tan respetuosa y fiel como fuera deseable, pero bastante para acreditar el talento poético de un escritor festivo que en el primer tercio del siglo XVII fue secuaz una veces de Góngora y otras seguidor de Quevedo, logrando su empe­ño con garbosa soltura y regocijado aplau­so». En la edición que citamos se repro­duce también la Fábula de Ecco, de Tamayo de Salazar, que se editó siempre con las obras de Anastasio Pantaleón.

El volu­men primero (pues en dos ha sido distri­buido el contenido de uno) comienza con la Fábula de Proserpina dedicada a fray Hortensio Félix Paravicino y con la Fábula de Europa dedicada a don Luis de-Góngora. Romances, sonetos, epitalamios, tercetos, octavas, liras, vejámenes, canciones, dis­cursos, prólogos, censuras, décimas, loas, endechas, redondillas, madrigales, y unos textos íntegramente nuevos constituyen el contenido de los dos tomos en que se en­cierran las obras de este poeta.

C. Conde

Obras, Theodore Parker

[Works]. Las obras del teólogo norteamericano Theodore Parker (1810-1860) se publicaron en Boston en doce volúmenes en 1842-1859; apareció una se­gunda edición, cuidada por Miss Fr. Power Cobbe, en catorce volúmenes, también en Boston, en 1863-1871; la última edición, que es también la mejor, es la de la Unitarian Association, en quince volúmenes (Boston, 1908).

La obra de Parker se encuadra en la revisión del calvinismo ortodoxo que en 1815 produjo en América el cisma entre las Iglesias Trinitarias y las Unitarias. Unitario convencido, Parker se hizo campeón del li­beralismo más radical, contribuyendo a de­finir la nueva espiritualidad americana de acuerdo con Channing y con Emerson, cuya influencia sufrió.

Uno de sus primeros ser­mones, el que trata sobre lo transitorio y lo permanente en el Cristianismo [The tran­sient and the permanent in Christianity, 1841], es una clara afirmación de la inma­nencia de Dios en el hombre. En ios nume­rosos sermones que siguieron: Discurso so­bre cuestiones relativas a la religión [A Discourse of Matters pertaining to Religion, 1842); Diez discursos religiosos [Ten, Ser­mons of Religion, 1853]; Sermones sobre el teísmo, sobre el ateísmo y sobre la teología popular [Sermons of Theism, Atheism and the Popular Theology, 1853]; Lecciones del mundo de la materia y del mundo del hom­bre. Experiencias como ministro [Lessons from the World of Matter and the World of Man. Experience as Minister, 1859], etc., se aparta cada vez más de todo dualismo, bus­cando el testimonio de Dios en la propia conciencia del hombre.

Pero Parker se nos revela más como predicador que como pen­sador, antes reformador que filósofo, y Emer­son lo llamó con justicia «nuestro Savonarola». En la base de la doctrina de Parker están las «intuiciones instintivas» de Dios, de la ley moral y de la inmortalidad. R. W. Emerson había señalado en la naturaleza, en la comunión del hombre con la natu­raleza, la única vía que puede acercar al hombre a Dios.

Parker se adhiere a los prin­cipios del trascendentalismo emersoniano, pero se preocupa de la fase siguiente, de los resultados prácticos a que debe condu­cir necesariamente la conquista de la verdad espiritual. En otros términos, la doc­trina del trascendentalismo emersoniano pasa con él de la fase sentimental y román­tica a la social y política, y se articula con los principios antiesclavistas. No podía lle­var a otras conclusiones una filosofía que propugnaba la esencia divina en toda alma humana.

El trascendentalismo asume en Parker el carácter de un absoluto radica­lismo teológico, que atañe tanto a la vida espiritual como a la actividad práctica de los individuos y de la sociedad. La obra de Parker no tuvo ningún valor literario per­manente; un cierto propósito literario pue­de encontrarse tal vez en la serie de Ser­mones para nuestros tiempos [Sermons for the Times].

C. Ferro

Las Obras del Amor, Soren Aabye Kierkegaard

[Kjaerlighedens Gjeminger]. Obra del pensador danés Soren Aabye Kierkegaard (1813-1855), publicada en 1847.

El autor define en ella la esencia del amor dentro del cuadro de los motivos fundamentales de su meditación. Entre estos motivos, es esencial el de la «elección»: no se trata, dice Kierkegaard, de hallar el objeto del amor, sino antes bien el de amar al objeto en cuanto se le ha escogido y de amarlo’ desde entonces para siempre, a pesar de todos los cambios que pueda experimentar. El factor decisivo es, pues, la elección, la decisión.

No es que se haya de escoger entre dos objetos antes reconocidos como amables de por sí, de manera que se viniese a preferir el que ejerce mayor atractivo. La elección versa sobre la alternativa: amar y no amar. Y esta alternativa es totalmente subjetiva, esto es, independiente de la amabilidad intrínseca del objeto. Se trata, pues, de una decisión que compromete nuestro destino y a la cual debemos mantenernos fieles, si queremos verdaderamente realizarnos a nosotros mis­mos.

En este sentido Kierkegaard puede , afirmar «cuando alguien cesa de amar, ello significa que no ha amado nunca». No me­nos esencial, y en estrecha conexión con la elección, es el principio del único, o de lo «particular». También el amor, como la exis­tencia en general, presenta una paradoja; por un lado no debe causar ninguna dife­rencia entre personas, porque debe exten­derse universalmente a todas; por otro lado cada persona debe ser amada en su particu­laridad irreductible, en su unicidad existencial. Verdaderamente este carácter para­dójico es característico, no del amor hu­mano natural, sino del amor divino.

Preci­samente, en cuanto tiende a elevarse al amor divino, el hombre tropieza con la pa­radoja. Por lo demás debe aceptar la para­doja, porque su misma existencia está fun­dada en la paradoja de lo finito e infinito, de inmanencia y transcendencia, de tiempo y eternidad. El amor divino, dice Kierkegaard, no establece ninguna diferencia, y con todo da de tal manera, que el que re­cibe, recibe una particularidad. «Para Dios, toda sociedad de hombres se disgrega en puros Únicos». En último término, pues, la elección recae entre el amor natural, que es condicionado por el objeto, y el amor divino, que no tiene otra condición sino él mismo.

El objeto del amor natural es sustituible como todas las cosas naturales y es limitado según las leyes naturales. El objeto del amor divino es insustituible, único, y, al mismo tiempo, ilimitado; se trata de amar al prójimo como sociedad de Únicos.

G. Alliney

Obras, Francisco de la Torre

La obra del poeta español Francisco de la Torre, que vivió en la segunda mitad del siglo XVI, fue impresa por primera vez merced a la diligencia de Quevedo. La salvó del olvi­do comprando el manuscrito a un librero, que se lo vendió «con desprecio», según confiesa en el prologuillo.

El nombre del autor aparecía borrado en cinco sitios, pero los borrones, piadosos, dieron el nombre de un Francisco de la Torre, que fue identificado por Quevedo con el homónimo autor de la «Visión delectable de Filosofía», poeta del Cancionero General de 1511. Este error del gran editor fue ya deshecho en el mismo siglo XVII por Faria y Sousa, el comentarista de Camóes, indicando además que Francisco de la Torre era un seguidor de Garcilaso de la Vega.

En el siglo XVIII, el erudito Luis José Velázquez volvió a edi­tar el tomito de La Torre, pero atribuyendo su paternidad al mismo Quevedo, hipótesis que no prosperó. Sin embargo, los investi­gadores posteriores nada han podido hacer por romper el mutismo de los archivos, obstinados en guardar celosamente la persona­lidad de ese incógnito poeta.

Coster pensó que quizá encerrase ese nombre el pseudó­nimo de Juan de Almeida, poeta salmantino conocido de fray Luis de León y amigo del Brócense, debido al apéndice que figura al final del volumen, dónde aparecen traduc­ciones de los dos profesores de Salamanca, con unas líneas preliminares de don Juan de Almeida. Pero las conjeturas de Coster, como el andamiaje levantado por Fernández Guerra en torno a un Francisco de la To­rre, natural de Alcalá y amigo de Laínez y de Figueroa, no resisten una crítica severa.

Sin embargo, aunque nada concreto sepa­mos de ese incógnito Francisco de la Torre, lo cierto es que su obra poética ofrece un positivo interés al estudioso, tanto por lo inusitado de algunos temas como por la técnica empleada en diversas composicio­nes. La edición aparece dividida en cuatro partes, con un apéndice final de traduccio­nes de Horacio y Petrarca, debidas al Bró­cense y a fray Luis, como ya se indicó.

El libro primero contiene treinta y dos so­netos, seis odas y dos canciones; el segundo, otros tantos sonetos, cinco odas y cuatro canciones; el tercero, diez endechas, y el cuarto, ocho églogas. La división parece que se hizo atendiendo a la estructura formal, ya que el libro tercero contiene sólo poe­mas en arte menor, frente a los dos pri­meros. Por su temática, toda la obra poética de La Torre gira alrededor del tema amoroso, sin que aparezcan otros motivos.

Aunque pesa sobre Francisco de la Torre toda una tradición de petrarquismo, no es difícil encontrar en su obra esa nota origi­nal que busca el lector. Su metafísica amo­rosa es la corriente en un poeta del si­glo XVI, educado bajo la influencia del italianismo y de Garcilaso. Fitzmauriee Kelly y Crawford han rastreado con sagacidad las influencias de los renacentistas italianos y han señalado abundantes sonetos que son traducciones de otros de Tasso, Varchi, Amalteo, Spira, etc., junto con versos lati­nos de A. Navagero.

Por esas influencias, a las que se suman las clásicas de Horacio y Virgilio, resulta Francisco de la Torre un perfecto petrarquista. Las descripciones del paisaje estilizado, los retratos de la ama­da Filis, el sentimiento amoroso, la melan­colía, el deseo de tranquilidad, etc., respon­den a una tradición bien conocida, lo mismo que el uso de las contraposiciones («siento luego abrasarme en vivo hielo/y siento lue­go helarme en fuego vivo»), tan caracterís­ticas. En las églogas, los pastores Palemón, Tirsis, Florelo, discurren por paisajes típi­camente renacentistas, por riberas cercadas de «blancas flores, de purpúreas rosas», lle­vando sus quejas el ligero viento «y sus ardientes lágrimas el río»: Sin embargo, una nota caracteriza con singularidad esos tópi­cos renacentistas: la invocación a la noche, o a los árboles, ciervas, tórtolas y ríos.

La Torre, como fray Luis de León, es uno de los grandes enamorados de la noche, a la que hace confidente de sus ansias, lo mismo en los sonetos que en las canciones o en las endechas. Los ojos claros o las claras y transparentes luminarias del cielo escucha­rán sus penas y dolores, sus congojas apa­sionadas. Algunas veces logra aciertos bellí­simos, con anticipaciones de sabor román­tico, como en los sonetos 4, 5, 7, 16 y 20 del libro primero, o en el 27 del segundo y en la endecha 6.a Muy bellas son también las canciones enderezadas a la cierva herida, a la tórtola o al olmo, las más conocidas de Francisco de la Torre, sobre todo la pri­mera, pieza obligada en todas las antolo­gías.

Caracteriza a Francisco de la Torre la limpia delicadeza del aspecto formal, per­cibida por Quevedo y Van der Hamen en el siglo XVII. Sus poesías están escritas «con la verdad, propiedad y pureza que pide nuestra lengua», según frase de Van der Hamen, que contrapone esa pulcritud a las innovaciones barrocas. Quevedo indica lo mismo, señalando de paso que Herrera imi­tó su dicción y le tuvo por maestro. El es­tilo de Francisco de la Torre es más puro aún que el de Garcilaso, como se ve en las liras, tan horacianas, aunque le falte aque­lla nota de sinceridad afectiva que tanto cautiva en la obra del toledano.

Pero ade­más, nuestro poeta intentó ampliar las for­mas estróficas del Renacimiento, escribiendo cuatro bellísimas odas en sáficos y adó­rneos, estrofa que manejó con toda gallar­día y precisión, sin contar con las diez lindas endechas, en versillos de seis sílabas, llenas de delgada poesía, anticipación del exquisito arte de Góngora. La Torre manejó el verso de arte menor con la misma faci­lidad que el endecasílabo, y esta mezcla de poemas italianizantes con versos castellanos no escapó a la perspicacia y agudeza de Faria y Sousa, quien escribió lo siguiente: «Horacio, aunque dice buenas cosas en los versos mayores, apenas hay en ellos uno bueno, siendo insuperable en los pequeños.

En ellos se quisieron probar grandes poe­tas italianos, como Beniveni, Serafino y Poliziano, y no consiguieron tanto crédito como en los otros. Así sucedió, de los españoles, al venerable Juan de Mena y al feliz Gar­cilaso, que aunque no escribieron muchos versos pequeños, siempre vienen a ser los que bastan para hacer este juicio; y por ventura, que el haberlo hecho el propio Garcilaso, le hizo escribir menos de ellos que Mena, al revés de Boscán, que en ellos se hizo más estimable que en los sonetos y canciones; advirtiendo que Francisco de la Torre no desdijo tanto de esta gloria de la igualdad en los dos géneros de ver­sos».

J. M. Blecua

Obras, Jordano Nemorario

La perso­na y la nacionalidad de este hombre de ciencia medieval son cuestiones todavía «sub judice», y el estado caótico de sus manuscritos, que han llegado hasta nosotros confundidos a menudo con los de otros autores, hacen más ardua todavía la crítica de su obra, que, indiscutiblemente, señala una piedra miliar en el camino del progreso de la mecánica y de las matemáticas.

La hipótesis propuesta por Boncompagni y Treutlein, y sostenida por Maximiliano Curtze, de identificar a Nemorario con el dominico Jordano de Sajonia, es tal vez la más digna de atención. Teniendo todo esto en cuenta, debe excluirse que fuese natural de Nemi, como se afirma en la Enciclopedia Italiana Treccani. En la biblio­grafía de los escritores dominicos (Jachobus Quetif y, Jachobus Eckard… Scriptores ordinis Praedicatorum MDCCXIX), en la voz Jordán de Sajonia, sucesor inmediato de Santo Domingo en el generalato de la Or­den, a propósito de las obras de Jordano se lee: «De his sic noster Nicolaus Trivet in chronica ad annum MCCXXII, vide Spicilegii Dacheriani 2. VIII, pág. 572; hoc anno in capitulo F. F. Praedicatorum generali tertio, quod Parisius celebratum est, suc- cessor B. Dominici magisterio ordinis F. F. Praedicatorum factus est F. Jordanus natione Teutónica diócesis Maguntiae, qui cum Pari­sius secularibus et praecipue in mathematicis magnus haberetur libros duos admodum útiles, unum de ponderibus et alium de lineis datis dicitur edidisse».

De manera que Ne­morario («Silvestre») debió de nacer en 1190, fue elegido General de la Orden en 1222, y murió en un naufragio el 13 de febrero de 1237. Una tradición le hace per­tenecer a la familia von Drach; según otros nació en Borrentrick, junto a War- burgo, obispado de Paderborn, y por lo tanto en los bosques del Eggebirge, y se­gún algunos pertenecía a los nobles duques de Eberstein, en Sajonia, según otros en el ducado de Dessel, de la diócesis de Hid- delsheim.

Hoy le son atribuidos los siguientes trabajos:

a) Arithmetica, o Aritmética, o Elementa arismetica, publicado en París en 1496 por Lefévre d’Étaples (Jo. Faber Stapulensis);

b) Tradatas de numeris da­tis o de lineis datis, publicado por Treut­lein, 1879;

c) Algorithmus demonstratus (?), publicado por Fr. Schöner en Nuremberg, 1534;

d) De triangulis, publicado por M. Curtze, 1887;

e) Planispherium, publicado por Jacob Ziegler, Basilea, 1536;

f) De proportionibus (?);

g) De Isoperimetria (?);

h) De speculis.

Las graves incertidumbres acerca de la originalidad de estas atribu­ciones son debidas a las condiciones en que se encuentran los numerosos códices que representan y representaban las únicas fuentes de la cuestión nemorianense. Como ejemplo recordaremos:

1.° El cod. de la Bib. Nac. de Florencia en el fondo «Con- venti Soppressi» y procedente del convento de S. Marcos, I. VI. 36 (antiguo n. 207), en 4.°, siglo XV, mutilado al final; en las guar­das interiores se lee: Tractatus de planetis [falta] Liber Jordani de ponderibus [de fol. 7 r. a fol. 13 r., antigua numeración]; Magistri Blasi [Biagio Pelacani], de parma de ponderibus [del fol. 13 r. al fol. 21 t., paráfrasis del dé Giordano]; Liber in geome­tría quod didtur enbadorum, compositus a Savasorda Judeo, etc. (v. Historia de las matemáticas de Libri);

2.° El códice con la signatura 1. 1. 32 [San Marcos antiguo 206], perg. in-4,°, sig. XIV; en la guarda interior perg. por otra mano está escrito: superio- rum et inferiorumde Naturis Signorum fol. 1 [del fol. 1 r. al fol. 17 t.] de triangulis, fol. 18, fol. 124 Ziber Jordani de almanta de triangulis [el primero del fol. 18 r. al folio 18 t.]; Alpaganus c. 19 [del fol. 19 r. al fol. 34 r.]; de visu sive -perspectiva fol. 40, fol. 103; perspectiva Euclidis [del fol. 40 r. al fol. 46 t.; en el fol. 43 se encuentra el libro de speculis hasta el fol. 46 t.]; de ponderoso et levis Eucl. fol. 47 r.; de ponderibus Eucl., fol. 48; Geo­metría Euclidis fol. 49 cum comento Adelardi [del fol. 49 r. al fol 113 r.]; Algorismus fol. 113. [del fol. 113 t. al fol. 124 r.]; [sigue] Jordanus de triangulis; fol. 124 [del fol. 124 t. al fol. 135 r.]; [va en cabeza en el primer folio: lib. Jordani trianguli de almania]; Theodosius de speculis fol. 135 item liber de proportionibus fol. 165 [del folio 135 t. al 168 r.]; Arithmetica Jordani [fol. 168 t. 212 t.j; de ortu signorum fol. 213 [del fol. 213 a. a fol. 218 r. al final]; de proportionibus fol. 165.

3.° El cod. con la signatura 1. 1. 37 [San Marco antiguo 199] sig. XV, en 4.°, parte pergamino y parte papel. En la guarda interior se lee: 19 «in bancho XVIII ex prte occidentis»; Arismetica Jordani [de fol. 1 r. a fol. 80 r.]; Euclides de Visu [del fol. 85 r. a fol. 103 t.].

4.° El cod. con la signatura 1. V. 18 [San Marco] De Geometría, Arithmetica et Astrologia, Varia. Quaedam videntur Jordani Nemorarii, et Roberti Lincolniensis. Cod. perg. in folio siglo XV.

5.° El cod. con Ja signatura 1. X. 40 [S. Marco], perg. in. 4.°, sig. XV del fol. 17 r. al fol. 22 r. Fragmento del tratado sobre el astrolabio, donde en el fol. 18 r. se lee: «propositio Jordani est talis», y en el fol. 22 r. «et in hoc com- pletur demonstratio Jordani de planisferio».

Por estas referencias parecería confirmarse la suposición ya expresada por Duhem de que había escrito realmente sobre el astro- labio, pero permanece la duda de que se trate de refundiciones del Mesallah o de Hermann. Duhem (Pierre Duhem: Les Origines de la Statique, t. I, París, A. Herrmann, 1905) trató con profunda doctrina la obra de Nemorario examinando los có­dices existentes en París (Bib. Mazarina, ms. 3642; Fondos latinos Bib. Nac. de Pa­rís, n. 16644 [s. XIII], 7364 [s. XIV], 16198 [s. XIV], 14737 [s. XV], 10252 [s. XV], 10267, 11247 [s. XV], 16649 [s. XVI], 8680 A, 7378 A, 7310, 10260), y mediante una crí­tica cuidadosa ha demostrado la transfor­mación peripatética de los elementos de Jordano, haciendo además un análisis cui­dadoso del trabajo de Tartaglia (Jordani opusculum de ponderositate. Nicolai Tartaleae studio correctum novisque figuris auc- tum. Venetiis, apud Curtium Trajanum, MDLXV).

Con estos elementos Duhem se ha propuesto dirigir su atención hacia los precursores de Leonardo, e indagar cuál pudo haber sido la influencia de Nemorario sobre Vinci. Ciertamente fue grandísima, más aún, preponderante, especialmente en las cuestiones de la mecánica. Por lo demás, esta influencia nos la confirma indirecta­mente el propio Leonardo. En efecto, el profesor Roberto Marcolongo (La mecánica en Leonardo da Vinci, Nápoles, 1932) ha llamado la atención sobre el nombre «Gior- dano», que Leonardo trazó de su mano en sus códices.

Esto deja lógicamente suponer que los estudios de Vinci acerca de la me­cánica comenzaron en Florencia y precisa­mente con la serie de los códices del con­vento de San Marcos. La promiscuidad de los manuscritos fragmentarios en los códi­ces citados más arriba manifiesta su orden, o desorden, su estado incompleto, debido, por lo general, a los copistas y encuaderna­dores, de manera que el estudio de la cues­tión nemoriana además de estar erizada de dificultades debe necesariamente aplicarse al examen crítico de estos manuscritos con preferencia a las primeras ediciones impre­sas. Cierto es que toda investigación en este sentido pondría más de relieve el valor de este oscuro tratadista que cooperó prin­cipalmente en el trabajo de transformación de la mecánica que nos transmitió el mundo griego, hasta llegar a la estática moderna.

Y así, por su obra de matemático, no po­demos todavía dar un juicio más seguro porque sobre ella no se ha efectuado un trabajo de crítica cuidadosa; para la me­cánica es mucho más fácil obtener una con­clusión, especialmente después de los tra­bajos de Duhem y de otros. Jordano estu­dia un móvil obligado a descender según un camino no vertical, presentándolo como la única fuerza eficaz para el movimiento, a la que llama «gravitatis secundum situs», tomando en consideración la longitud de la trayectoria y el descenso por la vertical, y formula los principios que regulan la caída. Para el descenso por arcos de círculo, aunque no pueda llegar a la solución inte­gral del problema, considera arcos «quantulumcumaue parvi», lo que justamente hace decir a Duhem: «Si la méthode infinitési­male pouvait apparaître un instant à un géomètre du moyen âge, ce ne pouvait être que comme une lueur qui brille un clin d’œil et s’éteint aussitôt».

Añádese que el «principium secundum situm» induce a Jor­dano a transformarlo en el siguiente: «Lo que puede levantar cierto peso a cierta altura puede levantar un peso K veces mayor a una altura K veces menor», principio que después se convertirá en el fundamento de toda la estática, con la expresión: «prin­cipio de los trabajos virtuales».

P. Pagnini