El Martirio de Policarpo, Marción

Con este título se ofrece en la tradi­ción manuscrita una epístola de la Iglesia de Esmirna a la Iglesia de Filomelio, en la que minuciosamente y en un tono extraordina­riamente patético se relata el martirio del venerable Policarpo, obispo de la ciudad.

Es un relato conmovedor que en todo cuan­to concierne al arresto del octogenario pre­lado, su juicio y su condena, abunda en detalles que sólo testigos oculares pudieron conocer. El que escribe en nombre de la comunidad y que revela ser un cristiano llamado Marción, hace su exposición con un sentimiento sencillo y sincero, cuyo va­lor se puede aquilátar si se compara esta sobriedad digna, y sugestiva con las lucu­braciones declamatorias que se encontraron más tarde en tantos ejemplos de la literatu­ra hagiográfica. No se podría imaginar, por ejemplo, una escena más viva y espontánea que aquella en que se describe al obispo prisionero, conducido desde la tienda de campaña en que fue arrestado, a la ciudad, un día de fiesta, montado en un asno. Por el camino se encuentra con el jefe de po­licía (Irenarca) Herodes y su padre Niceto, que le hacen subir a su carruaje y, movidos por un sentimiento de piedad hacia el anciano, a quien conocen y estiman, tratan de convencerle de que en el proceso le exigirán una cosa fácil, a saber: hacer un sacrificio a los dioses en honor de César.

La escena de los preparativos del suplicio destaca por su realismo desnudo y concreto: vemos moverse a la muchedumbre anticris­tiana, y mezclada con ella la comunidad judía. Se ha discutido mucho sobre el año en que Policarpo sufrió el martirio. La fe­cha probable parece ser el año 156. El gran historiador de la Iglesia antigua, Eusebio de Cesarea, conoció este documento y lo utilizó en el libro IV de su Historia ecle­siástica.

E. Buonaiuti

Los Mártires, Erik Johan Stagnelius

[Martyrerna]-. Tragedia del romántico sueco Erik Johan Stagnelius (1793-1823), publicada en 1822. El autor, siguiendo las huellas de Chateaubriand, toma su argumento de las persecuciones contra los primeros cristianos. La noble ro­mana Perpetua se ha hecho cristiana se­cretamente, junto con su amiga Felicitas. Durante una función religiosa, el pequeño grupo de cristianos es sorprendido y llevado a la cárcel- Perpetua, en vano impulsada por sus padres, por su hermana y por el procónsul Hilario a renegar de su fe, sere­namente va en. busca del martirio. «La muerte es nuestra esperanza, la verdadera patria está más allá de la muerte. Hermosa es la tierra, pero más hermosa es la esposa de Cristo: la comunidad cristiana». El dra­ma es débil y el iónico personaje que tiene relieve es el pagano Hilario, cuyo escepti­cismo adquiere algunas veces tonos de cá­lida humanidad. Una paráfrasis del «Pater Noster» que . Perpetua enseña a su niño es una de las perlas de la literatura religiosa sueca.

A. Ahnfelt

Martin Salander, Gottfried Keller

Novela, publicada en 1886, por Gottfried Keller (1819-1890), el gran poeta realista suizo. Compuesta ya en su vejez, traía, como Enrique el verde (v.), problemas de la vida burguesa: en primer término están las cuestiones sociales y po­líticas de la Suiza de su tiempo, cuyos as­pectos inmorales el escritor ya solitario juzga con indignada severidad, pintándolos con un realismo tan pesimista que a menu­do se tiene la impresión de que pierde la justa perspectiva de las cosas y su acos­tumbrada calma y objetividad.

Aunque tampoco faltan en este libro rasgos de hu­morismo, bellezas poéticas y vigorosas pin­turas de caracteres, esta novela es un poco lenta y pesada. Martin Salander, primero maestro de escuela, después comerciante, es un sólido y recto demócrata de vieja cepa, al cual las especulaciones desatinadas e inmorales de su colega Wohlwend hacen perder toda su hacienda, junto con la de su esposa. Dejada la familia en la miseria, en lucha para mantenerse a flote, se va al Brasil, de donde vuelve, al cabo de siete años de duro trabajo, con una peque­ña fortuna. Engañado de nuevo por Wohl­wend, pierde la mayor parte de lo ganado y ha de volver al Brasil, donde con férrea constancia logra rehacer su hacienda; y ayudado siempre por su esposa, funda fi­nalmente en su ciudad nativa una casa de comercio, pronto floreciente. Pero los tiem­pos nuevos, con sus tortuosos manejos políticos y su avidez de lucro, contaminan también su felicidad familiar. Las dos hijas se casan contra la voluntad de su madre con dos gemelos, más jóvenes que ellas; hijos de gentes sencillas, enriquecidas, que han intentado dar a los muchachos una educación superior, pero en realidad han hecho de ellos ambiciosos incultos, sin es­crúpulos ni nervio moral.

Éstos hacen ca­rrera como ^notarios y hombres políticos, pero pronto es desenmascarada su conducta inmoral y las infelices hijas de Salander han de divorciarse. A pesar de todas las pruebas dolorosas y las injurias del tiempo, Martin conserva intacto su sincero senti­miento democrático, su comprensión para el corazón del pueblo y sus esperanzas en un porvenir mejor para su patria, y en la magnífica figura de su hijo Amoldo y los amigos de éste se delinea una más sólida era nueva, según la idealidad de Martin Salander. Iteller había proyectado una con­tinuación de la novela con el título Arnold Salander, pero la muerte le impidió llevarla a cabo.

C. Baseggio-E. Rosenfeld

Los Mártires, François-René de Chateaubriand

[Les Martyrs]. Obra de François-René de Chateaubriand (1768-1848)   , publicada en 1809, y que tiende a demostrar, más con calor poético que por vía de razonamiento, la superioridad de lo maravilloso cristiano sobre lo pagano, en cuanto la nueva religión de Jesús es más favorable para el «desarrollo de los carac­teres y el juego dé las pasiones en la epo­peya».

El fondo de la obra es la sociedad del siglo III en tiempo de la persecución de Diocleciano. Un joven cristiano, el griego Eudore, conduce a su casa a la extraviada Cymodocée, hija del sacerdote pagano Démodocus, que se había perdido en un bos­que. A Démodocus y a su hija les cuenta el joven su vida: mandado en rehén a Roma, había olvidado su religión; herido en una batalla contra los francos, hecho prisionero y después puesto en libertad, llegó a ser gobernador de la Armórica, y había sido amado por Velleda, sacerdotisa de la religión celta de los druidas: ahora, vuelto a su fe, vive con su padre. Cymo­docée obtiene el consentimiento para con­vertirse y casarse con el joven a quien admira; pero ella es amada por Hiérocles, favorito del César Galerio y poderoso go­bernador griego; Eudore la salva de su rapto, y ella parte a Jerusalén, para conver­tirse a la verdadera religión. Promulgado el último edicto de persecución, Dioclecia­no abdica; y Hiérocles, que ha llegado a ser primer ministro del nuevo Augusto, Ga­lerio, manda detener a Eudore. Cymodocée, bautizada en el Jordán, vuelve a Grecia; una tempestad la arroja por voluntad divi­na a Italia.

Por obra de la persecución, par­ticipa junto a su amado en la gloria de la muerte en la arena del circo de Roma. En tanto, la religión de Cristo triunfa; Constantino es elevado al Imperio, y la proclama religión oficial. La obra, tan favorablemen­te acogida al publicarse, también por la razón de que se refería estrechamente al programa ideal de la obra maestra del au­tor, el Genio del Cristianismo (v.), revela su debilidad de inspiración precisamente en lo «maravilloso»: las intervenciones mate­riales de Dios y de Satanás están demasia­do sujetas a la imitación literaria de los poemas clásicos y muy raramente la verdad de una visión interior anima el drama de los diversos personajes. Con todo, son fa­mosas algunas páginas, ricas en emotividad y en finura . descriptiva, especialmente en los paisajes exóticos, que pueden compa­rarse a lo mejor de Chateaubriand. Son interesantes las alusiones a Napoleón en el retrato de Galerio y en la pintura de la corte de Diocleciano. Se relacionan con el ideario artístico de los Mártires los Estudios históricos (v.) del mismo autor, y también, por la investigación acerca de los lugares de la acción, el Itinerario de París a Jerusalén (v.). Aún reconociendo en esta obra un corolario artístico de los argumentos sostenidos con tanto énfasis en el Genio, no se puede ocultar que mani­fiesta claramente alguno de los más graves defectos del escritor: el esfuerzo de la pre­paración histórica y el evidente derroche de habilidad técnica.

De los personajes ninguno ha quedado vivo, ni en su drama ni en su figura. Sólo la sacerdotisa Velleda, en la atmósfera de los ritos druidas dentro de los ilimitados bosques, permane­ce para atestiguar la potencia artística del escritor, que no olvida el mundo que cantó tan apasionadamente en Atala (v.). Con todo, el éxito de la obra en Francia y en Italia fue grande: los Mártires contenían en sí, sobre todo, el clima de la época, y con alguna razón se ha podido afirmar que, en cierto modo, eran en literatura la más notable expresión de aquel «estilo Impe­rio» que inspiraba, en la escultura, el arte de Cano va. [Existen varias traducciones castellanas; la primera, la de D. L. G. P., fue publicada en Madrid el 1816].

C. Cordié

Chateaubriand pecó de gravísimo anacro­nismo en Los mártires, poniendo las opiniones religiosas y la religiosidad y las supersticiones de los tiempos de Homero, en los tiempos de Luciano. (Leopardi) Un himno augusto nacido de la sereni­dad, de la imaginación, del estudio, y que consagra un pasado consumado para siempre. (Sainte-Beuve)

Un mosaico en que cada una de las pie­dras está sacada de un monumento an­tiguo. (De Vigny)

Martín Lutero o La Consagración de la Fuerza, Zacharias Werner

[Martin Luther oder die Weihe der Kraft]. Tragedia en cinco actos, de Zacharias Werner (1768-1823), estrenada en Berlín, el 1807. Precede un prólogo en el que se pinta a Lutero como enviado por Dios para reconstruir el mundo en ruinas, acompañado de tres ángeles: la fe, el arte y la pureza, motivo que será recogido ale­góricamente en el canto sacro y en las figuras de dos personajes, Teobaldo y Te­resa.

El primer acto prepara la aparición de Lutero: tumulto de mineros en la plaza; intento de secuestro, en el convento, de Ca­talina la mística, que logra quedarse y no cede, como otras jóvenes religiosas, a las lisonjas de Franz von Wildeneck, luterano ardiente y enamorado de Catalina. Ésta, firme en su fe tradicional, odia al hereje Lutero y con arrogancia desciende en com­pañía de la dulce Teresa, la muchacha sencilla que ha permanecido a su lado, para arengar a la muchedumbre amotinada. Mas en esto aparece Lutero y quema la bula papal. Catalina le observa espantada y huye de nuevo a su celda: acaba de ver encar­nada en él la imagen de su éxtasis. En el segundo acto, la figura de Lutero tiene momentos de verdadera y auténtica inspi­ración, como cuando traduce un salmo, para postrarse en tierra seguidamente, o el momento de su encuentro con sus padres o cuando Melanchton y los demás discí­pulos le suplican que no vaya a Worms, donde le espera sin duda la condena.

El acto termina con su resolución de conti­nuar su camino. El tercero y cuarto actos, de gran efecto teatral, tratan del proceso en presencia del emperador Carlos V y de los príncipes imperiales. En el tercero, es­cribe Lutero el famoso himno Fortaleza fir­me es nuestro Dios (v.): nada quiere de los hombres, todo de Dios: vida o muer­te. En la escena de la sala de Worms, du­rante el debate, se plantea la cuestión de la independencia alemana, y muchos prín­cipes electores querrían encontrar en Lu­tero su abanderado contra el catolicismo que representa España, pero él rehúsa. Car­los V, si bien no le comprende en este momento ideal, salva sin embargo a Lutero, si bien lo descarta de sus planes. El acto IV termina con una escena en el bosque, entre Catalina y Lutero, Teresa y Teobal­do, discípulo predilecto de aquél; allí se perfila aquel amor que dominará, en el acto V, sobre las frágiles criaturas y dará, a su vez, a Lutero y Catalina fuerzas para vivir y continuar la obra reformista. Arti­ficiales, irreales y poéticamente románticas son las figuras de Teresa y Teobaldo, que en sus simbólicos parlamentos sobre pie­dras preciosas y flores, se incitan recípro­camente hacia el amor. El acto V se inicia con los funerales de Teresa.

Franz, el fa­nático devastador, saquea el convento y movido por los celos intenta matar a Lute­ro, pero alcanza a Teobaldo. Tras un mo­mento de decaimiento producido por la muerte del discípulo, Lutero, influido por la mística Catalina, se repone y recobra toda su fuerza. Los dos, sintiendo la fe única en su misión divina, se unen en matri­monio; un cuerpo y un espíritu, para lo­grar el fin único. En toda la tragedia, Werner, ya próximo al catolicismo, sólo pre­senta a Lutero bajo el aspecto de refor­mador. En el mundo romántico alcanzó esta tragedia escaso éxito; en cambio, triunfó rotundamente en los teatros berlineses, in­cluso en mayor medida que el propio Schiller.

G. F. Ajroldi