Retórica a Alejandro, Anaxímenes de Lampsaco

Tratado de retórica in­corporado al conjunto de obras de Aristóte­les, aunque seguramente anterior a éste, y atribuido a Anaxímenes de Lampsaco (segunda mitad del siglo IV a. de C.), discípu­lo del retor Zoilo y del cínico Diógenes, maestro y después partidario de Alejandro Magno.

La oratoria está clasificada en dos géneros (popular y judicial)§y siete especies, las primeras seis distribuidas en parejas opuestas: las que tratan, respectivamente, de persuadir y de disuadir,, de alabar y de cri­ticar, de acusar y de defender, de buscar los motivos y de examinar las consecuencias de los hechos. Son estudiados los medios internos y externos adecuados para com­probar las afirmaciones del orador, los ca­racteres formales de la oración, los prin­cipios esenciales de la composición y las partes en que se divide el discurso. Siguen dos apéndices de los que, por lo menos el segundo, que es una colección de sentencias eticopolíticas, extraídas en gran parte de la obra misma, se puede considerar casi como una compilación posterior.

La obra es de tipo isocrático; tiene algún punto de contacto con la lógica de Aristóteles, si bien queda en un plano inferior, por care­cer el autor de una sólida base filosófica; como fuentes se sirve de los oradores áti­cos. A pesar de la falta de una rígida di­visión lógica, la obra está desarrollada con un cierto orden; su fin es, en cierto sentido sofístico, enseñar a persuadir a toda costa. El estilo carece de vigor y vivacidad, pero el escrito encierra una indudable importan­cia ^histórica por su carácter arcaico y por los puntos de contacto con Aristóteles.

C. Schick

La Retirada de Laguna, Alfred d’Escragnolle Taunay

[La Re­tirada da Laguna]. Relato del escritor bra­sileño de familia francesa Alfred d’Escragnolle Taunay (1843-1899), publicado en 1871.

Refiere la retirada de un cuerpo ex­pedicionario brasileño formado por tres mil hombres, de los cuales un centenar iban acompañados de sus respectivas esposas, en una operación en la provincia de Matto Grosso durante la guerra entre Paraguay y Brasil – Argentina – Uruguay (1864 -1870): en treinta y cinco días, durante la primavera de 1866, recorrió 39 millas desde la ciudad paraguaya de Laguna al puerto fluvial bra­sileño de Canuto, sobre el Aquidauana. Las dos primeras partes de las cinco en que se subdivide el relato ofrecen los precedentes de la retirada propiamente dicha: presen­tan entre otros al comandante, de carácter bueno pero irresoluto e impulsivo, coronel Cario de Moráes Camisáo, y el llamado «hombre del sertao» José Francisco Lopes, que debía ser el heroico guía de la colum­na; y describe la imprudente marcha avan­zando hasta Laguna.

Dada la orden de re­tirada, el enemigo muestra su peligrosa presencia: emboscadas, ataques de caballe­ría, hostilidades nocturnas, incendio de los prados por donde la columna se retira, crueldad con los dispersos. Aunque iniciada y conducida Con orden y sin precipitación, la maniobra siembra el terreno de pérdidas, cada vez más graves, en hombres y mate­rial: todo ello complicado con desconfianzas y fatigas, y en tales condiciones la retirada se convierte en derrota y los que logran salvarse lo deben a la impresionante vo­luntad y espíritu de sacrificio del viejo Lopes, que guía la columna diezmada. A los males precedentes se añade el cólera; y el que deserta o se pierde, en la penosa tentativa de salvar hombres todavía válidos, cae en manos de un enemigo despiadado. Entre otros muere también el comandante, víctima del cólera, pero el viejo Lopes con­tinúa la retirada y cae también víctima del cólera cuando los supervivientes dan vista a su factoría.

La odisea del cuerpo expe­dicionario, reducido a la sexta parte, ter­mina después de haber pasado «por todas las miserias que el hombre puede sufrir sin sucumbir». El autor, que formó parte de la expedición, expone los hechos con una objetividad rica en «pathos» dramático y con un arte narrativo que hallará empleo más directo en numerosas novelas de la vida «sertaneja» o campestre. Más que las consideraciones técnicas, los errores del co­mandante y el espíritu de la tropa, lo que resalta en las páginas del relato es «el hom­bre» con sus miserias y nobleza de ánimo, con sus extravíos y su tenacidad, con su ferocidad y trágicos sufrimientos. Docu­mento histórico precioso que, además de aportar una notable contribución a la his­toriografía brasileña, encierra gran impor­tancia para el estudio de las costumbres de algunas poblaciones que en ciertos aspectos se hallan todavía en estado primitivo. Por todo ello La retirada de Laguna ocupa un puesto destacado en la literatura memoria­lista que va del Anabasis (v.) de Jenofonte a los Despachos de Wellington, etc.

G. C. Rossi

La Retama o La flor del desierto, Giacomo Leopardi

[La ginestra o il flore del deserto]. Es la última composición poética de Giacomo Leopardi (1798-1837), publicada en la edición pos­tuma de los Cantos (v.), en el año 1845. Si hubiese quedado de Leopardi únicamente este canto, él solo, en una suprema síntesis, podría dar la medida de su arte y de su mente.

Ninguna de sus composiciones en verso o prosa lo muestra tan íntegramente como ésta, que es elevada y fértil, aunque no en todo igual y no en todo poética. El poeta había sentido el reproche de cantar su dolor y no «las necesidades de nuestro siglo»: quiso romper la costumbre, no con una apología de su sistema, como es la Pa­linodia (v.), sino con un canto de alto alien­to social, donde se sintiera la austera moral de su dolorosa concepción; la que persuade a los hombres a ayudarse recíprocamente para llevar mejor esta miserable vida y oponerse de esta manera a la naturaleza enemiga.

Por este origen polémico, a pe­sar de la segura fe de Giacomo Leopardi en los principios que profesaba y el sincero sentido de amistad hacia los hombres, La retama, en la que indecibles movimien­tos poéticos prevalecen sobre todo esquema, se desarrolla sin embargo sobre un razona­miento, como en un discurso dividido en varias partes: preludio descriptivo, motivo para el paso a consideraciones filosóficas con el apostrofe contra el siglo ingrato y vil; corrección de la filosofía optimista con la sentencia de la infelicidad universal gra­cias a la naturaleza: los hombres, por con­siguiente, han de considerarse aliados en la guerra común contra la enemiga, madre por parto, pero por su voluntad madrastra, que se divierte con la pequeñez humana; ejemplo de ello, las ruinas de Pompeya en la erupción que la sepultó, con el retorno al mismo motivo del preludio, como pero­ración final. El razonamiento es muy falaz, ya que en un sistema materialista como es fatalmente el leopardiano (desmentido en cada instante por el vivo sentimiento del poeta), también la llamada lucha contra la naturaleza es un movimiento de natura­leza y casi la burla y la extrema diversión de la enemiga.

Pero el poeta dice que cuando el vulgo se dé cuenta de la infeli­cidad humana, la unión de los hombres en el recíproco amor tendrá otra y segura base que no las «soberbias patrañas»; y, una vez más, el que consideró las ilusiones como un amado engaño contra la hórrida verdad, asume precisamente él la tarea de quitar a los hombres toda ilusión, soberbia o hu­milde, y enseñarles, sin caridad alguna, el rostro de la verdad. Pero aquel rostro, afor­tunadamente, también era un embuste, no menos soberbio que el de los optimistas; y ya era el primero en contradecirlo el mismo Leopardi en su canto, donde la infelicidad del mundo era asumida como materia de una no caduca poesía.

Y en cuanto se sale del razonamiento, en el que parece continuarse la Palinodia, he aquí que a mitad del canto la inspiración más profunda, del volcán y de la flexible retama, irrumpe co­mo una imprevista ternura, demasiado lar­gamente contenida, y dice palabras de so­brehumana belleza. La sabiduría técnica del poeta pasa aquí por una prueba muy seve­ra, y aun la parte menos poéticamente feliz está trabajada con aquel sentido de inmi­nente poesía que por entonces se anuncia en los detalles.

F. Flora

Ahora ya no soporto más que a poetas que por lo menos tengan algún que otro pensamiento, como Píndaro y Leopardi. (Nietzsche)

La retama es la más solemne queja que se ha llorado sobre la fatal miseria del mundo, pero también es una poderosa y fa­tídica llamada a la solidaridad del trabajo humano: llamada tan fiera y fraternal que sólo podía ser levantada en este siglo XIX, quiero decir, antes que este siglo XIX, que se abrió teniendo en la frente el fulgor de las ideas humanas y de la luz, se hundiese a su fin en la tiniebla de los hechos bru­tales. (Carducci)

Retazo, Dario Niccodemi

[Scampolo], Comedia en tres actos de Darío Niccodemi (1874-1934), es­trenada en 1916 y publicada el mismo año en Milán. El autor tuvo presente el Pigmalión (v.) de Shaw; pero lejos de querer des­concertar al público, se complace, con su acostumbrada pericia, en dosificarle aquel punto de picante que pueda divertirlo sin turbarlo demasiado.

Y la sutil comedia tuvo tanto éxito que después fue musicada por Camussi y refundida en forma de novela por el propio Niccodemi: Il romanzo di Scampolo. La protagonista es una extraña muchacha, lirio salvaje, pero cándido, cre­cido entre el fango, que aúna la más in­tempestiva y desconcertante sinceridad de lenguaje con la honestidad y la bondad más conmovedoras. Ni mujer ni muchacha, la llaman Retazo, como el último trozo de una pieza de tela «que no basta para hacerse un vestido, pero que es demasiado para una blusa». Acogida en una casa de «personas civilizadas» que tratan de educarla, después de haberla fastidiado todas ellas y escandalizado más o menos, llega a la conclusión de que todo el mal del mundo se concentra en la casa, en esta institución que ella había ignorado hasta entonces. «Por la calle las personas no son malas por­que todo el mundo las vería».

Es preciso añadir, en disculpa de Retazo, que en la casa donde ha venido a caer, el dueño, Tito, convive con una amante vulgar y ca­prichosa de la que no sabe liberarse, y se deja, al mismo tiempo, seducir por la mu­jer de su amigo más querido, en tanto que este querido amigo trata de adueñarse de las gracias de Retazo. Pero, por fin, la bondad que Tito ha tenido siempre por la pequeña salvaje vence todas las aspere­zas, reconciliándola incluso con el abece­dario. Y Tito, partiendo para Libia, adonde le llama su trabajo, despide, con ternura que no es sólo paterna, a una nueva cria­tura que lo esperará fielmente en su casa.

E. C. Valla

El Retablo de Maese Pedro, Manuel de Falla

Adaptación musical y escénica de un co­nocido episodio de Don Quijote (2.a parte, v.), compuesta en 1920 por Manuel de Falla (1876-1946) y estrenada en Sevilla en 1923.

En el corral de una venta de la Mancha, el titiritero Maese Pedro ha levantado su teatrillo para representar la liberación de Melisendra, esposa de don Gaiferos, pri­sionera del rey moro Marsilio (v.) en un castillo de Zaragoza. Entre la muchedumbre de espectadores está don Quijote (v.) con Sancho (v.). Una voz juvenil va refiriendo los varios episodios de la historia, que uno tras otro se representan en el retablo. He aquí la corte de Carlomagno (v.), y la de­cisión de don Gaiferos de acudir en auxilio de Melisendra; aparece el Alcázar de Zaragoza, donde se ve a Melisendra esperar la llegada del libertador; entretanto, don Gaiferos cabalga en dirección a Zaragoza y llega por fin al pie de la torre; Meli­sendra reconoce a su esposo, se descuelga de la torre, monta a caballo con don Gai­feros y huye con él. Pero se da la alarma en el castillo; Marsilio reúne entonces a sus soldados para lanzarse en persecución de los fugitivos.

En este momento, en la imaginación de don Quijote — que había seguido el espectáculo con atención cada vez más intensa y nerviosa —, ficción y rea­lidad se confunden. Salta de su asiento con la espada desenvainada y se arroja sobre el retablo gritando: «¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en batalla!» Y comienzan a llover mandobles de su espada sobre los muñecos, que quedan hechos pedazos. Mae­se Pedro, espantado y desesperado, presen­cia impotente aquella furia. El espectáculo termina con un elogio de don Quijote a la caballería andante. El Retablo es una de las joyas de la música moderna: reali­zado con arreglo a los cánones de una ins­piración purísima, para un conjunto ins­trumental de cámara, puede considerarse como la obra más señera de Manuel de Falla.

La partitura se mantiene en el plano de una perfectísima y finísima caracteriza­ción musical para títeres hasta la última es­cena; cuando interviene don Quijote con su trágica locura, súbitamente se expande en notas de humana compasión. Es un mundo que hasta aquel momento vemos a través de un anteojo invertido, que reduce sus proporciones, y súbitamente las propor­ciones de los sentimientos vuelven a ser normales y la figura de don Quijote cam­pea trágica y compasiva, en su eterna hu­manidad.