De las Obras y de la Limosna, San Cipriano

[Deopera et elemosynis]. Uno de los tratados menores de San Cipriano, obispo de Cartago, martirizado en 258.

En los Testimo­nios a Quirino (v.), San Cipriano había ya reunido cierto número de citas de las Escri­turas que atestiguan el deber, para el cris­tiano, de las obras buenas y de la limosna. Estos textos son utilizados en el tratado (en 26 capítulos) escrito entre los años 252 y 256.

Este escrito, en forma de apremiante exhortación, desarrolla la idea de que las buenas obras y las limosnas son un deber y al mismo tiempo una ventaja para el cristiano en cuanto principio de santifica­ción y fermento de la indulgencia divina; si los cristianos quieren obtener misericordia de Dios es menester que sean misericor­diosos con los pobres.

Es vano el temor de empobrecer dando por amor de Cristo, pues el propio Cristo, toma sobre sí la suerte del que busca ante todo el reino de Dios y su justicia. En cambio, está destinado a la perdición quien mantiene con demasiada solicitud su patrimonio. Tampoco es menes­ter preocuparse por los hijos, aunque sean numerosos, ya que Dios es padre y tutor para ellos.

Los cristianos deben tener ante los ojos el ejemplo, descrito por los He­chos de los Apóstoles (v.), de los primeros cristianos, que lo ponían todo en común, como verdaderos hijos de Dios, que a todos da, sin escatimar, la luz del día, el aire y todos sus bienes.

M. Niccoli

Obras Varias, Francisco López de Zárate

Título que dio Francisco López de Zárate (15809-1658) a la se­gunda edición de sus poesías en 1651. Las poesías de López de Zárate fueron publi­cadas por primera vez en Madrid en 1619 en una rara edición con el título de Varias poesías de Francisco López de Zarate…

Pero como a partir de esta fecha se intensifi­cara la producción del poeta, cuyo nombre apareció en justas poéticas, prólogos de li­bros, etc., frecuentemente, la segunda edi­ción, que reúne la mayoría de estas compo­siciones de circunstancias, es mucho más extensa y contiene, además, una tragedia, lleva el título de Obras varias y no el de Obras completas, porque, cuando menos, no reproduce el poema de la Invención de la Cruz (Madrid, 1648). La tragedia que se encuentra en Obras varias es la Tragedia de Hércules Furente y Oeta, juntando en ella las dos de Séneca, «con todo el rigor del arte».

El libro contiene silvas, églogas, rimas amorosas y romances amorosos. La versificación de López de Zárate es rotunda, su lenguaje, puro y castizo; sus pensa­mientos, elevados. Los manuales más cono­cidos de historia de la literatura española ni siquiera mencionan a López de Zárate. La obra de este poeta ha sido divulgada de forma confusa e imperfecta y citada por los principales bibliófilos.

Obras Trágicas y Líricas, Cristóbal de Virués

Colec­ción de piezas teatrales del escritor español Cristóbal de Virués (1550-1609), publicada en Madrid en 1609. Integran el libro cinco tragedias: La gran Semíramis, La cruel Casandra, Atila furioso. La infelice Marcela y Elisa Dido.  Esta última es, según el autor, una «tragedia conforme al arte antiguo» y es la menos defectuosa de todas.

Dido, viu­da de Siqueo, está dispuesta a casarse con Yarbas, cuyo embajador le ofrece una es­pada, una corona y un anillo. Dido no pue­de olvidar a su difunto esposo. Sus conse­jeros Carquedonio y Seleuco atacan a Yar­bas y mueren. Éste se dirige a palacio, se abren las puertas de la estancia de la reina y aparece muerta con la espada de Yarbas, con un papel en que declara morir por guar­dar fidelidad a la memoria de Siqueo. Vi­rués, en Elisa Dido, pretende imitar a Sófo­cles.

La tragedia resulta fría y carente de verdadera y humana emoción. Son riguro­samente guardadas las unidades de lugar, tiempo y acción. En las otras tragedias, Vi­rués trata de producir efectos trágicos acu­mulando muertes y horrores, especialmente en Atila furioso.

La acción de La gran Se­míramis adquiere cierto dinamismo debido a que el autor da a cada una de las tres jornadas el carácter de una tragedia inde­pendiente. El asunto de La infelice Marcela es novelesco: es el intento de seducción de una princesa por uno de sus vasallos, con escenas de pastores y salteadores.

La acción de La cruel Casandra transcurre en la sala real de un monarca de León, «siguiendo en esto la mayor fineza del arte antiguo y del moderno uso», como declara su autor en el prólogo. Cristóbal de Virués, como señala Ángel Valbuena Prat, representa la tenden­cia grecorromana, aunque ya aparecen en él los elementos de acción novelesca.

Obras Retóricas, Alberico de Montecassino

En la extensa producción, casi totalmente perdida, de Alberico de Montecassino (siglo XI), revisten gran impor­tancia el Breviarium de dictamine y los Flores rhetorici, conservados en la biblio­teca estatal de Munich, en el Códice de San Emerano, cuya redacción se remonta * al siglo XII.

El Breviarium, teoría com­pleta del arte epistolar, que Alberico en el prólogo dedica a sus dos cofrades y condiscípulos Gundifrido y Guido, expone «para las mentes de los niños» los prin­cipios del «Ars dictandi». Después de un extenso «excursus» en el que son exami­nados los géneros que se pueden adoptar (el humilde, el medio, el sublime), enume­rados los expedientes para el embelleci­miento del estilo, examinada la composición de las «epistolae formatae», de los «privile­gia», etc., da principio la explicación de la primera de las partes que componen la epístola, la «salutatio», que él llama aún «prologus».

Sigue una colección de concep­tos, redactados en forma casi epigramática, para mejorar el contenido de la epístola. El Breviarium termina con dos capítulos sobre los defectos de la epístola y sobre la consideración de los mismos. De los Flores rhetorici, en intención del autor destinados a los estudiosos aventajados del «ars dictan­di», sólo el prólogo había sido publicado por L. Rockinger, en una colección de textos ita­lianos, franceses, alemanes, aptos para esclarecer el desarrollo de la epistolografía desde el siglo XI al XIV, antes de que apa­reciese la edición completa, aunque crítica­mente imperfecta, de Inguanez y de Willard (en la «Colección de Montecassino»).

En los Flores rhetorici, complemento del Breviarium, hay la explicación de las cua­tro partes («exordium, narratio, argumentatio, conclusio») de que se compone la «oratio rhetorica» o epístola. Es, pues, una completa exposición del «ars dictandi», criticada en el momento de su aparición y ampliada por los discípulos de Alberico.

A. Cutolo

Obras Póstumas Divinas y Humanas, Félix Paravicino

Su autor es Fray Hortensio Félix Paravicino (1580-1633) y fueron publicadas en un volumen en 1641; van con el segundo nombre y el segundo apellido del autor: Félix de Arteaga. Se trata de una serie de composiciones de asunto sacro y profano y una comedia de aparato: La gran Gridonia o Cielo de amor vengado.

El autor fue amigo de Góngora, a quien imitó en una serie de sonetos en los que lo gongorino se une a un evidente conceptismo. En el as­pecto religioso da muestras de un cierto gusto por lo patético o lo abultado, debido sin duda a su oratoria sagrada culterana y al prurito barroco de acumular los elemen­tos estéticos: «Hotos los pies, Señor, rotas las manos;/selva horrible de espinas la cabeza…»

En el aspecto profano, la temática de Fray Hortensio es, de acuerdo con su conceptismo, mínima o inexistente; puro pretexto para la habilidad poética, para el juego retórico que el poeta despliega con gran brillantez. Falto de los grandes moti­vos vitales — el amor y la guerra — que legó el Renacimiento, Paravicino, como buen poeta gongorista, se debate en un nihilismo temático — en el aspecto profano —; pero con el nuevo lenguaje poético que vino a ofrecernos Góngora en un momento en que los recursos de la lírica del siglo XVI se hallaban completamente gastados, Fray Hor­tensio pone en juego una serie de maravi­llosos recursos retóricos.

He aquí el pri­mer cuarteto del soneto que dedica «A una Dama sangrada»: «No agravia Fénix al jar­dín la abeja/que importuna, si atónita labebe/vida al clavel, mientras sangrienta nie­ve/desde el jazmín más hurtos aconseja…» El modelo estético de Fray Hortensio es Luis de Góngora, a quien dedica su «Ro­mance describiendo la noche y el día», cuyos son estos versos: «En maligno albor la no­che/orientes arduos emula/y sobre huellas lucientes/estampas afecta oscuras./Medrosa al caer del Cielo,/los crepúsculos escucha/ ecos de un ardor, que ausente/batallas dilata mudas».

A este homenaje estilístico une Paravicino su homenaje personal en un ma­gistral soneto, cuyos últimos versos dicen: «De cisnes jamás vistos, genio oculto/las plumas pareció, si bien menores/estas, cual breve arroyo a largo río./Rinda, pues, al mayor, el menor culto,/y en grata niebla en pompa igual de colores/tus aras cubra ofrecimiento mío». Tiene además cuatro so-netos dedicados al Greco — pintor símbolo del Barroco — por el retrato que éste le hizo. Paravicino, aunque obtuvo más fama como predicador, es un destacado repre­sentante de lo que puede llamarse la es­cuela de Góngora.

J. M.a Pandolfi