Obritas Morales, Pandolfo Collenuccio

No­table documento de la vida espiritual del Humanismo, estas Obritas morales, escritas en latín y en lengua vulgar durante los últimos años de la vida de Pandolfo Collenuccio (1444-1504), fueron publicadas por separado a partir aproximadamente de 1497 en adelante.

No se publicaron reunidas hasta 1929, en Bari, al cuidado de A. Gaviotti, junto con las Poesías latinas y en lengua vulgar de Collenuccio. Es importante el grupo de los Cuatro apólogos [Apologi quattuor], publicados desde 1497 a 1510 y recopilados por Beato Renano en 1514: «Agenoria», en que Murcea y Agenoria, que presiden la una a la Pereza y la Inercia, y la otra a la Diligencia y la Labo­riosidad, ofrecen materia para un apólogo en que se razona acerca de las cualidades humanas: el Fraude y la Hipocresía son censurados, y se exalta el Trabajo, la Vir­tud y el Arte; es más, por decreto de Júpiter se predice un cambio de cosas en el mundo; «Misopena», en que un filósofo discurre con dos jóvenes, Crisio y Sofía (esto es, Amigo del oro y Sabiduría), acerca de la necesidad de poseer una recta filosofía para la vida, en la práctica cotidiana, y no sólo en la formulación de los propósitos: si es menester que los hombres obedezcan a la necesidad inexorable, es justo que hombres ilustres y poderosos presten socorro a la virtud, que ha sido abandonada por la For­tuna; «La verdad» [«Alithia»] en que se afirma que quien combate por la verdad debe despreciar tanto la calumnia vulgar como la vanidad; el hijo de la Indignación, el severo Momo que a todos reprende, es, por esto, digno de encomio y de adoración por parte de los hombres honrados; «Bombardo», que predice como inminente el ím­petu de un instrumento bélico nuevo tan terrible que no puede encontrarse otro pa­recido.

A estos apólogos, en latín y a tono con un franco estoicismo, hay que añadir dos escritos en lengua vulgar, el Filotimos y el Espejo de Esopo. El primero, com­puesto en 1497, fue publicado aquel mismo año: discutiendo la Cabeza y el Sombrero se duelen de la fortuna y discurren acerca de la vanidad del mundo; finalmente llega Hércules para dirimir la disputa, elogiando tanto las virtudes intelectivas (artes, cien­cia, prudencia, intelecto y sabiduría) como las morales (liberalidad y magnanimidad).

El Espejo de Esopo, compuesto sin duda después de 1497 y publicado en 1526, consta de varios razonamientos entre Hércules, Esopo, Blacico, Luciano y el Rey. Partiendo del apólogo esópico de la castaña que sopla en el fuego contra el pastor, se razona acer­ca de Esopo, expulsado de la Corte a pesar de las verdades por él enunciadas en de­fensa de la virtud. Se trata del contraste entre la apariencia y la realidad, y todos los razonamientos de los personajes del diálogo están fundados en la sencillez de sus vidas y la falsedad que las rodea. El Rey, que acaba por comprender la probidad de Esopo, le alaba y quiere tenerlo en su Corte.

Estas Obritas morales, a tono con una concepción rigurosa de la existencia, son natural precedente de la pensativa y dolorosa canción A la muerte (v.) y del trágico asesinato de que fue víctima Collenuccio por obra de un ingrato señor.

C. Cordié

Obra Tercera, Roger Bacon

[Opus tertium]. Tratado del filósofo inglés Roger Bacon (alrededor de 1214-1274?) enviado por el autor al papa Clemente V, en 1268, para completar lo que había escrito ya en la Obra Mayor (v.) y en la Obra menor (v.); y por esto es lamen­table que se haya perdido una mitad.

Fue publicado por Brewer en Opera hactenus inedita e incluida en Rerum Britannicarum medii aevi Scriptores (Londres, 1859). Los fragmentos que nos han llegado son en par­te biográficos, concernientes a las obras del escritor; en otros son abordadas las más arduas cuestiones metafísicas y temas de ciencias naturales y de filosofía moral.

Ha­llamos aquí motivos propios del pensa­miento de Bacon: la insistencia en la nece­sidad de que la predicación tenga por base, no la elocuencia, sino una ciencia sólida, sin la cual será como «una espada aguda en manos de un loco»; que los teólogos aprendan las lenguas griega, hebrea, árabe «pero con método adecuado, por falta del cual se encuentran pocos teólogos que las posean»; la aplicación de los resultados de las ciencias experimentales a las Sagradas Escrituras; la independencia de juicio ante Aristóteles, cuya traducción latina censura en alto grado; la remisión al experimento paciente y reiterado, base para la formula­ción de principios y de medios de los que se origina la explicación racional de los hechos; la tentativa de reducir a principios matemáticos todas las acciones recíprocas de los cuerpos y de los agentes naturales; la apelación al Papa para que reforme el calendario «después de la corrupción de los textos sagrados, la cosa más intolerable que pueda existir»; la sugerencia de que, para eliminar las incertidumbres de la cronolo­gía bíblica, se recurra a la astronomía, que ofrece en la constancia de las revoluciones de los cuerpos celestes las más exactas me­didas del tiempo; la súplica al Papa con objeto de que constituya una comisión de doctos para la revisión de la Biblia (v.) latina llamada «Vulgata», llena de errores agravados por las tentativas de los «correc­tores corruptores» del siglo XIII, privados de sentido crítico y no armados de la cul­tura necesaria, en especial lingüística e his­tórica, acompañada por numerosos ensayos de aquellas revisiones; la denuncia de los errores científicos de que están llenas las obras de Alejandro de Hales y de San Al­berto Magno, a pesar de su fama inmensa, especialmente del segundo.

Lo que queda del Opus tertium es suficiente para justi­ficar el juicio que de Roger Bacon dio Humboldt: «El mayor genio de la Edad Media». Además de las tres Obras, Bacon habla a menudo de un Escrito principal suyo, como de una obra de gran volumen, de la cual los tres escritos nombrados no eran más que «preámbulos» y preparación, y en la cual se proponía estudiar en tratados separados las ciencias particulares.

No se sabe que hubiera logrado realizar este vasto plan de una enciclopedia, cuya fisonomía general había de ser la de una obra en cuatro volúmenes: el primero, acerca de la gramática de las varias lenguas y la lógica; el segundo, acerca de la matemática, la geometría, la astronomía y la música; el tercero, acerca de las ciencias naturales, la perspectiva, la astrología, las leyes de la gravedad, la alquimia, la agricultura, la medicina y las ciencias experimentales; el cuarto, acerca de la metafísica y la moral. Tal vez algunos tratados, hoy insertos en los tres libros mencionados anteriormente, formaban parte de esta última obra.

G. Pioli

Obra Tripartita, Meister Johannes Eckhart

[Opus tripartitum]. Título colectivo de las obras teológicas en lengua latina del teólogo y místico dominico alemán Meister Johannes Eckhart (aproxi­madamente 1260-1327), de las que nos quedan sólo la introducción general, que ex­pone el plan de la obra, y las introducciones particulares de las tres partes en que está dividida, más una porción del tercer tra­tado.

La primera parte, «Obra de las propo­siciones generales», estaba dividida en más de mil tesis, distribuidas en 14 tratados. La segunda parte estaba compuesta por la primera parte «en el orden en que nos son propuestas en la Summa (v.) del egregio y venerable fray Tomás de Aquino». Estas dos partes en que Eckhart procedía siste­máticamente y discutía las bases de su en­señanza no han sido recuperadas.

La ter­cera parte, que demostraba las tesis pre­cedentes, estaba subdividida en dos, una de las cuales, «La Obra de los sermones», explicaba los pasajes más oscuros de la Escritura. De estos comentarios sólo ha sido recuperada una parte en la biblioteca de Erfurt, y editada por Denifle en 1880; se refiere al Génesis (v.), al Éxodo (v.), al Eclesiastés (v.) y al Libro de la Sabidu­ría (v.), y probablemente también una re­fundición de su comentario al Evangelio (v.) de San Juan.

Sobre la base de estas obras, más metódicas y escolásticas y más rela­cionadas con las fuentes tradicionales que sus Sermones (v.) en alemán, dirigidos generalmente a religiosos, se puede formu­lar un juicio más moderado acerca del misticismo de Eckhart, acusado de anular toda distinción entre alma y Dios, a lo me­nos en la unión mística, y de usar enfáticas expresiones escolásticas exageradas admi­tidas por todos los doctores de su tiempo, especialmente por los seguidores de la co­rriente mística del Pseudo-Dionisio y de Hugo de San Víctor; expresiones que son a menudo reducidas por él mismo a los límites ortodoxos en el contexto del dis­curso.

Más confirman su fama de místico que de filósofo original; de orador sagrado exuberante, apasionado y popular, precur­sor de las tendencias reformistas, pero re­velan también un Eckhart fiel al método escolástico, que se inspira en Santo Tomás, de quien adopta las tesis fundamentales acerca de «Dios acto puro», sobre las «rationes creaturarum» en Dios, y las ideas divinas, sobre la creación y sobre el «esse rerum».

La Obra tripartita ha vuelto a suscitar la cuestión discutida desde media­dos del siglo XIX, especialmente por crí­ticos alemanes, acerca de la ortodoxia de Eckhart, pero bajo la luz completamente nueva impuesta por Denifle: la de la de­pendencia de sus obras latinas de las de Santo Tomás, y del predominio absoluto de estas, por su tamaño y su carácter siste­mático, sobre las alemanas, como represen­tativas del genuino pensamiento de Eckhart.

Verdad es que Eckhart distingue en la criatura la esencia y la existencia, y mien­tras concede a ésta su propia esencia pre­tende que Dios es su existencia: «esse est Deus»; y él ve la prueba de la ubicuidad divina en la creación, en la identidad de la existencia que abarca a Dios y a la criatura; y en este punto roza con el pan­teísmo. También en la unión mística final del alma con Dios va a parar a un verda­dero panteísmo; absorta en Dios, compe­netrándose con Dios, el alma opera en todo con Dios, y como Dios; de aquí el «quietismo» y, con todo, afirma Denifle, Eckhart, en el fondo, no es panteísta, por­que mantiene la transcendencia divina y enseña que «la esencia creada es distinta de Dios, y que a ella corresponde una idea propia de la inteligencia divina».

En los pocos fragmentos de las obras latinas que poseemos de Eckhart se encuentran 13 de las 28 proposiciones condenadas en 1329 por Juan XXII: diecisiete como heréticas, las demás por «sonar mal y por temerarias, sospechosas de herejía». Los fragmentos recuperados de la Obra tripartita han sido publicados por Denifle en «Archiv für Literatur und Kirchengeschichte» (Berlín, 1886).

G. Pioli

Obra Teórica de la Disciplina Musical, Franchino Gaffurio

[Theoricum opus musice disci­pline]. Tratado de (1451- 1522), publicado en Nápoles en 1480, y en Milán en 1492 con notables variantes.

Estas ediciones, como también la de la Práctica musical (v.), tienen además notable impor­tancia en la historia de la tipografía, pues pertenecen al período de los más preciosos incunables. Una reproducción en facsímil de la edición de 1480, formando colección con la de 1496, preparada por Gaetano Ce­sari, se ha publicado en Milán en 1934.

El Theoricum opus contiene los acostumbrados temas de la doctrina musical medieval que se fue desarrollando a través de los siglos a partir de Boecio. Está subdividido en cin­co partes: la primera trata de la naturaleza y de los orígenes de la música, de los efec­tos producidos por ella desde la antigüe­dad, de su distinción en varias ramas (mun­dana, humana, instrumental, etc.); la se­gunda habla de los sonidos y de los inter­valos en su naturaleza física (y hasta fisio­lógica) y matemática; la tercera, de las va­rias especies de proposiciones numéricas; la cuarta, de las consonancias en cuanto origi­nadas por las proporciones mismas; la quin­ta, de las escalas musicales y de las varias especies de intervalos entre los griegos, con un paréntesis dedicado a Guido d’Arezzo y al solfeo.

Toda la obra contiene una gran acumulación de erudición clásica expuesta en una prosa latina indigesta y embrollada; y aunque tal manifestación de humanismo tenga desde luego importancia histórica y didascálica, hoy ha perdido gran parte de su interés, porque los mismos temas se pueden hallar tratados de modo mucho más claro en otros escritos de la Edad Media y del Renacimiento, siendo la mejor entre todas las Instituciones armónicas (v.) de Zarlino.

La obra, además, no tiene tampoco la viveza de investigación ni en ella se presienten los nuevos problemas armónicos que se advierten en la Práctica musical y en algunos lugares del De harmónica musicorum instrumentorum del mismo Gaffurio. El único interés de la obra radica tal vez en el lenguaje figurado y pintoresco con que a veces están en él tratadas las cuestio­nes científicas aparentemente más áridas.

F. Fano

Obras Varias, Adrián Turnébe

[Variorum operum]. Importante documento de la acti­vidad filológica de Adrián Turnébe (cuyo nombre de humanista es Turnebo, 1512- 1565) son los tres tomos de ensayos y de estudios de las Obras varias, publicados en 1600, al cuidado de su hijo Etienne.

Consti­tuyen una colección de escritos inéditos, particularmente de comentarios a clásicos; cada uno responde a una de las característi­cas por las que el docto francés era célebre: su seguridad en dar una correcta lectura de los autores antiguos, su facilidad en corre­gir pasajes discutidos y la amplia anotación histórica de todo lo referente a costum­bres.

Estos comentarios filológicos se refie­ren a Cicerón (en su discurso en. defensa de Rabirio), Varrón (sobre la lengua latina), Horacio, Plinio Segundo (en sus Historias Naturales). Muy interesantes son los estu­dios filológicos e históricos sobre Aristóte­les, Teofrasto, Plutarco, Filón e incluso Cicerón. Son muy notables por su tenta­tiva de fijar en disquisiciones propias y verdaderas varias observaciones sobre los temas más dispares, con opúsculos sobre el método, sobre el color, el vino y otros semejantes.

Esta gran obra, comparable en suntuosidad tipográfica a los tres tomos de los Apuntes de lectura (v.), es llamada, en el prólogo, Tumebiana, por contener acerca del autor desaparecido las pruebas de ad­miración y los elogios de los más insignes personajes de su tiempo. Baste citar para el lector moderno una epístola francesa de Michel de l’Hospital y dos poesías francesas de Du Bellay, que al lado de los elo­gios de Lambió (Denis Lambin) y de piezas oratorias con motivo de la muerte de Tur­nebo, ofrecen un vivo reflejo de la época.

En este aspecto, los discursos y el prólogo del propio Turnebo revelan, junto con sus versos latinos, la vivacidad de las discusiones con sus contemporáneos en un esfuerzo por conseguir una elegancia propia de literato, aunque según los antiguos modelos; por esto ofrecen un interés que sólo puede ha­llar comparación con la laboriosidad huma­nista de Muret y los eruditos del siglo XVII francés.

C. Cordié