Opúsculos Contra Arrio, Lucífero

 [Opuscula]. Con este nombre son cono­cidas las obras polémicas de Lucífero, obis­po de Cagliari, muerto por los años 370- 371, Lucífero superó en violencia a los de­más escritores cristianos en la lucha contra el arrianismo y contra el emperador Cons­tancio, protector suyo, que lo desterró a Oriente en 355 por haberse negado a sus­cribir la condena de San Atanasio. Durante el destierro compuso estos opúsculos que son pura y sencillamente invectivas sin dis­cusión teológica, pero con numerosísimas citas bíblicas.

Son: De non conveniendo cum Haereticis [Es menester no tratar con los herejes], en el cual Lucífero excluye que cristianos ortodoxos puedan tener relaciones con los arríanos, hijos del diablo y del anti­cristo; De Regibus apostaticis [De los reyes apóstatas], en que afirma que Dios ha tole­rado más de una vez reyes impíos del «Anti­guo Testamento», pero a la presente for­tuna de Constancio seguirá la condenación final: Quia absenten nemo debet iudicari nec damnare (o Pro S. Athanasio) [Que nin­guno debe juzgar ni condenar al ausente], en que impugna la condena de S. Atanasio arbitrariamente impuesta por Constancio en los sínodos de Arles (353) y de Milán (355); De non parcendo in Deum deliquentibus [No se puede perdonar a los delincuentes contra Dios], en que Lucífero apoya su tesis con los ejemplos de los profetas hebreos ante su rey; Moriendum esse pro Dei filio [Es menester afrontar la muerte por el hijo de Dios]. En este último, Lucífero se declara dispuesto a sufrir el martirio por la defensa de la ortodoxia.

E. Alpino

Opúsculos de Física y Química, Torben Olaf Bergmann

[Opuscula physica et chemica]. Es la reco­pilación de las memorias científicas que el químico sueco Torben Olaf Bergmann (1735- 1784) iba publicando en las actas de la Aca­demia de Estocolmo y de Upsala.

Se publicaron en seis volúmenes, de los cuales el I fue publicado en Estocolmo en 1779; el II y el III en Upsala, en 1780 y 1783; los de­más en Leipzig en 1787-1790. Partidario de la teoría del «flogisto» (v: Física subterrá­nea) Bergmann se distingue por la novedad de métodos que instaura en el análisis quí­mico, y por los experimentos en que funda la determinación y clasificación de los mi­nerales, sentando las bases de la mineralo­gía química y de la química geológica.

En estas memorias suyas profundiza además el concepto de «afinidad» descubriendo tam­bién la «equivalencia» química de los meta­les, es decir, el hecho de la sustitución de un metal por otro en ciertas reacciones. Pero él dio de esto una explicación inade­cuada basada en una supuesta transmisión del flogisto, dejando a J. B. Richter (1762- 1807) y a G. E. Fischer el mérito de acla­rar este concepto de «equivalencia».

A Berg­mann se debe también un primer método eficaz para el «ensayo» de los minerales, y su tratamiento mediante los ácidos clorhí­drico y nítrico, como también su disgre­gación en carbonato potásico. Fue uno de los primeros en separar las sustancias orgá­nicas de las inorgánicas, y en prever la pre­sencia de metales, como el molibdeno y el wolframio, en sus compuestos oxigenados. En cuanto a esos metales, fueron después (1783) individuados respectivamente por obra de Hjelm y de Elhujar.

En lo refe­rente a la doctrina de la afinidad química, cuya historia va tan ligada con la obra que aquí estamos considerando, es justo recordar que de Boyle en adelante se pensó que de­pendía de una fuerza sustancialmente igual a la de la gravedad; pero que la afinidad debía de obrar exclusivamente a distancias cortísimas.

También Bergmann aceptó esta manera de ver, pero atribuyendo gran im­portancia a la «temperatura» de los cuerpos, y afirmando que la afinidad entre dos sus­tancias tiene una fuerza constante, indepen­diente de las cantidades de los cuerpos. Además, reconocida la imposibilidad de con­seguir determinaciones absolutas de la afi­nidad (v. Estática química), se esforzó por conseguir de ella medidas relativas, reco­giéndolas después en tablas de «afinidad» valiosas en ciertos aspectos, pero no caren­tes de errores, como las relativas a la afini­dad de los ácidos con respecto a las bases, y viceversa, a que fue conducido en parte por sus hipótesis teóricas y en parte por haber determinado mal la composición de las sales neutras.

Muchos de los errores de Bergmann fueron corregidos por Berthollet, a cuya obra (v. Estática química) se debe que toda la teoría en cuestión recibiese nuevo y decisivo impulso. Como físico, no sólo compuso Bergmann una obra de con­junto destinada a los estudiantes, sino que realizó originales experimentos de electri­cidad, especialmente sobre la turmalina.

Después de las clásicas investigaciones de Epino acerca de la electrización que pre­senta este minera] cuando se le calienta (piroelectricidad), Bergmann, en su ensayo De vi electrica turmalini, demostró que las cargas eléctricas suscitadas en la turmalina por calentamiento o enfriamiento son igua­les y de sentido contrario. Experimentos análogos fueron realizados por su contem­poráneo Cantón.

Bergmann se ocupó tam­bién con éxito de ciencias naturales, man­tuvo correspondencia con el gran Linneo, del cual había sido discípulo, y expuso un método para destruir las orugas devoradoras de las hojas de los árboles, método que fue premiado por la Academia de Esto­colmo.

U. Franceschini

Opúsculos, Michel de Bay

Bajo el nombre de Opúsculos son conocidas las obras del teólogo belga Michel de Bay (en latín Baius, 1513-1589), primero publicados sueltos en­tre 1563 y 1566, reunidos luego por el mis­mo autor [M. Baii opuscula nunc primum edita, Lovaina, 1566] y en edición póstuma [M. Baii… Opera, Colonia, 1696] junto con las apologías y otros escritos. Con el propó­sito de restablecer el sentido de la doctrina de San Agustín, falseada por Lutero y Calvino, Bayo hizo un profundo estudio de las obras del Santo, cuya obra entera leyó nue­ve veces.

Pelagio había afirmado la bondad esencial de la naturaleza humana y, por lo tanto, la libertad que había de ser anulada cuando fuese necesaria la gracia (v. A Demetriades); San Agustín había demostrado contra él la culpa original y la corrupción del hombre que está sujeto desde el nacimiento hasta la muerte a toda la secuela de los males que desde la caída de Adán son herencia del género humano.

Dios no puede haber creado al hombre como ahora se encuentra, es decir, inclinado a la concupiscencia y sin imperio sobre sus propios sentidos: privada de este imperio el alma es esclava del cuerpo. Por lo tanto, infería Bayo, el estado de una ciencia no era sola­mente el estado en que Dios había creado al hombre, sino que Dios no hubiera po­dido crear al hombre sin las perfecciones del estado edénico.

Estas perfecciones no pueden llamarse gracias sino que son parte integrante de la naturaleza humana [De prima hominis justitia]. Con la culpa origi­nal el hombre fue despojado de la integridad de su naturaleza. Ahora es esclavo de la concupiscencia y solamente tiene fuer­za para pecar. Con todo, el hombre puede escoger y determinar con su propio juicio sus acciones, y por esto el libre albedrío no se ha perdido [De libero hominis arbitrio].

El hombre tiende con toda su voluntad ha­cia la criatura, y todas las obras hechas sin la gracia son pecaminosas. Nadie nace sin culpa original y las penas sufridas por la Virgen y los Santos son castigos del pecado original, o actual. Se puede merecer la vida eterna antes de la justificación, pero no debe decirse que el hombre satisface con las obras de penitencia, por más que la satisfacción de Cristo le pueda ser aplicada en com­pensación de tales obras [De justitia et justificatione].

Esta doctrina encontró irredu­cibles opositores, especialmente entre los franciscanos discípulos de Escoto. Extraje­ron dieciocho proposiciones de las obras de Bayo y de sus discípulos, que fueron conde­nadas por la Sorbona en 1560. Pero como Bayo sostuvo sus principios y encontró pro­sélitos, Pío V, en 1567, extendió la condena a setenta y seis proposiciones con la bula Ex ómnibus affectionibus.

La bula de Pío no llevaba una puntuación exacta, y los partidarios de Bayo la interpretaron en su favor, dando así origen a la disputa del «comma planum» que fue después resuelta, en 1579, por una segunda bula de Grego­rio XII [Provisionis nostrae]. Bayo se some­tió, pero el movimiento al que su doctrina dio origen: el bayanismo, no se extinguió del todo, y a poco tiempo renació en la forma del Jansenismo (v.).

C. Capasso

De la Óptima Política, Alonso de Madrigal

[De óptima política]. Entre las cien obras del Tostado, don Alonso de Madrigal (1400-1455), obispo de Ávila, figura una «repetitio» o relección académica sobre el mejor régimen político. La obra se orienta contra Sócrates y Platón y se elabora en torno a la idea de la natu­raleza.

Se fija en el tema de la generación de los hombres politizantes, es decir, en la creación del hombre como figura propia de la Política. Atiende a los factores telúricos y climáticos y al problema de la unificación social y política, con lo que se pronuncia contra Platón y contra el comunismo sexual.

Con gran vigor dialéctico, el Tostado estima que la unidad de la sociedad es obra de agregación, y que por consiguiente no es deseable ni posible excederse en el cumpli­miento de las tendencias unitarias.

El Optimista, François Collin D’ Harleville

[L’ optimiste]. Comedia en cinco actos de Jean François Collin D’ Harleville (1755-1806), representada por vez primera en 1788.

El optimista es el señor de Plinville que ha concedido la mano de su hija Angélica al señor de Morinval, mien­tras que ella está enamorada de Belfort, el secretario de su padre. Entretanto, una carta notifica al señor de Plinville que ha perdido cien mil escudos que había» confiado a un amigo, y que éste perdió en la mesa de juego.

Morinval, que ha descu­bierto el secreto de los dos jóvenes enamo­rados, no sólo lleva su generosidad hasta el extremo de pedir la mano de Angélica para su rival, sino que incluso le ofrece a éste una parte de su fortuna. Sin embargo, la esposa de Plinville rechaza la oferta e in­cita a su marido a que venda sus tierras; para adquirirlas se presenta el padre de Belfort, que precisamente quiere comprar con los cien mil escudos que ganó en el jue­go al amigo de Plinville.

Al final todo se resuelve, pues el viejo Belfort solicita la mano de Angélica para su hijo y regala a los novios las tierras que había comprado. La comedia, extremadamente sencilla y li­neal, es, junto con El viejo solterón (v.), una de las mejores de Harleville, y pretende reflejar esos momentos de la vida del hom­bre en los que, guiado por un ilusorio opti­mismo, tiene plena confianza y seguridad en sí y en los demás, y por ello supera los lími­tes de la comedia de carácter para dirigirse, siguiendo las huellas de Goldoni, hacia los episodios del drama cotidiano.

G. Alloisio