Los Orígenes de la Epopeya Francesa, Pió Rajna

[Le origine deIl’ epopea francese]. Obra crítica de Pió Rajna (1847-1930), pu­blicada en 1884; muy pronto famosa porque traía a uno de los campos más discutidos de la filosofía románica la contribución de la nueva escuela italiana.

Entendiendo por epopeya «toda narración poética de cosas memorables», Rajna estudia las relaciones que tienen con el mito y con la realidad histórica, tanto en los pueblos primitivos como en los civiles, con particular referen­cia a las empresas de Carlomagno y a las vicisitudes de su pueblo.

La poesía recoge de los acontecimientos vividos la flor de tanta gesta y tantas conquistas, y fundién­dolas con el anhelo de un pueblo y las aspi­raciones de una cultura, modela sobre sus héroes la nueva narración que se va plas­mando y transformando en la creación de los poetas y en la fantasía de las gentes.

El orgullo de raza por los propios héroes y el deseo de nuevas aventuras explican las transformaciones de las leyendas carolingias y la fusión con las empresas de otros ciclos y otras tradiciones, tanto en Francia como en Italia.

La persistencia de un tipo universal y primordial que es propio del humano fantasear acerca del heroísmo y la bondad, explica, según Rajna, la creación de epopeyas y poemas nacionales, más que muchas teorías particulares, insuficientes para una verdadera crítica de los orígenes.

Esto es válido en particular para Francia, desde el Cantar de Roldan (v.) hasta la composición de los diversos cantares de gesta. Y aquí la exigencia de sentir la pureza de la representación artística, impulsa a Rajna a combatir la famosa teoría de las «cantinelas populares», que debieron de preceder a los cantares de gesta, mostrando, por el contrario, cómo dependen los prime­ros de los segundos.

Si ésta parecía una tendencia más francamente romántica en la concepción de la obra del pueblo creador de sus leyendas y de sus historias, el crítico italiano hacía sentir, en cambio, un ideal que había sido el mejor pensamiento del gran movimiento europeo: el de no percibir sólo algunos toscos comienzos de una tradi­ción poética como la francesa, sino de valo­rar la perennidad de ciertos temas poéticos y una continuidad entre la cultura latina medieval y la vulgar de los primeros siglos, como, en efecto, la crítica posterior ha ve­nido aclarando.

C. Cordié

Los Orígenes de la Alquimia, Pierre Eugène Marcelin Berthelot

[Les origines de Valchimie]. Obra histórica del científico francés Pierre-Eugène-Marcelin Berthelot (1827-1907), publicada en 1885.

Buscando en la antigüedad las huellas de una antigua ciencia natural, el investigador quiere conocer hasta qué punto los alqui­mistas trabajaron en un campo verdadera­mente experimental, y dónde en cambio se entregaron a prácticas ocultas o mágicas.

En la historia de la ciencia, sobre todo con ayuda de los papiros de Leiden, el autor examina las bases de los conocimientos quí­micos de los antiguos, considerándolos en relación con sus creencias.

De los textos antiguos se deduce que la alquimia tiene orígenes bastante complejos en el mundo egipcio, babilónico y griego; así se estudian de cerca las personas de los antiguos alqui­mistas y sabios, sus concepciones sobre los cuerpos simples, sobre el modo de tratar los metales y sobre cuanto interesaba directamente al arte de teñir los tejidos, conser­var las momias, fundir los metales, manipu­lar los distintos instrumentos y, por fin, las teorías químicas más antiguas a través de la filosofía jónica, pitagórica y platónica.

De los griegos de Alejandría y Egipto en gene­ral, los árabes tomaron sus conocimientos fundamentales y los desarrollaron con nue­vas investigaciones, gracias a una gran li­bertad de experimentación; sólo mediante la difusión del Islamismo, la Edad Media se puso en contacto con la ciencia de los meta­les y de los cuerpos y aprendió su nombre («alquimia»).

La obra termina considerando que los antiguos, al definir la unidad de la materia como una incesante transformación, no estaban lejos de las modernas concep­ciones materialistas. Las mismas teorías ató­micas han conseguido gran desarrollo entre los modernos, en particular por obra de Lavoisier, fundador de la química moderna; sin embargo los antiguos, al observar que los metales sometidos a la acción del fuego mostraban su sustancia originaria, pensaron en un devenir cíclico de la materia, según el mismo mito de la composición y del de­venir del mundo del Timeo (v.) y de los comentarios de la escuela neoplatónica.

Queda por destacar que, junto a una prác­tica deformada por la actividad industrial y las teorías religiosas, los orígenes de la química son precisos y claros; está inspirada en la observación de la naturaleza y en su incesante transformación por fuerzas que son desconocidas en sí mismas.

La obra de Berthelot, aunque débil en alguna parte debido a insuficiencias filológicas en el estudio de los documentos antiguos, es una de las más famosas en la historia de la cien­cia; también es notable por la continua afir­mación de fe en la teoría materialista que anima la actividad del químico francés y de su escuela.

C. Cordié

De los Orígenes, Marco Porcio Catón

[Originis]. Marco Porcio Catón (234-149 a. de C.) compuso esta gran historia romana en siete libros.

El primero contenía la historia de Roma bajo los reyes; el segundo y el tercero los orígenes de las ciudades itálicas de donde el título de Orígenes, esto es, la historia primitiva, de los ligures, de los etruscos, de los galos, de los vénetos, de los insubres y de los italiotas de la Magna Grecia. El cuarto libro narraba la primera guerra pú­nica, el quinto la segunda, el resto las vici­situdes de las demás guerras hasta 151.

Así, casi hasta su muerte, Catón compendiaba los acontecimientos antiguos y contemporá­neos, limitándose a los hechos de mayor importancia, en cuanto a las leyendas y las vicisitudes del pasado, mientras que para la historia más reciente ampliaba su narración con documentación más minuciosa y más rica. Para no tener que recalcar los elogios de las familias aristocráticas, evitaba el es­cribir los nombres de los capitanes, ano­tando los acontecimientos, sin nombre, seña­lando solamente la magistratura (dictadura, consulado, pretura) que había ejercido.

Con­tra el esquema analítico, contra la costum­bre establecida de escribir historias roma­nas en lengua griega, Catón es el primer historiador latino que exalta en prosa la estirpe itálica en lucha contra cartagineses y griegos, sin adular al patriciado romano. Diligencia de historiador, pero ninguna doc­trina de erudito, acompañan a la belleza de la narración y al colorido de un estilo voluntariamente arcaizante y polémico.

F. Della Corte

Los ciento cincuenta discursos que hasta ahora he conocido de él están atestados de palabras y de temas interesantísimos. ¡Has­ta sus Orígenes, de qué luz y qué flores de elocuencia están adornados! (Cicerón)

Los Orígenes, Francesco Novati

[Le origini]. Obra crí­tica de Francesco Novati (1859-1915), pu­blicada por entregas en Florencia, como inicio de una nueva edición de una Histo­ria literaria de Italia.

La continuó y com­pletó Angelo Monteverdi, publicándose com­pleta en 1926. Fiel a la enseñanza del maes­tro, aunque con libertad de actitudes críti­cas, Monteverdi completó la obra según el primitivo plan de trabajo, preparado desde 1906.

El asunto de la parte escrita por Nova­ti es el estudio de la cultura italiana, desde la alta Edad Media a todo el siglo XII, com­prendiendo, por tanto, el clericato italiano del siglo VI al XII, la esterilidad de la lengua vulgar en la alta Edad Media y sus causas, la cultura italiana en los primeros siglos de la invasión lombarda y la deca­dencia de tal cultura en el siglo VII, el renacimiento carolingio y el «siglo de hie­rro», o sea el siglo X, condenado, a partir del Renacimiento, como infecundo e incul­to.

En la parte completada por Monteverdi el cuadro concluye con un amplio y vigo­roso estudio sobre los siglos XI y XII y las nuevas orientaciones del pensamiento ita­liano. Fin fundamental de la obra es el de enseñar que la tardía aparición de la lite­ratura vulgar en Italia no depende del des­arrollo más amplio y seguro de la litera­tura latina, sino de la debilitación de ésta como elemento de pensamiento y de vida.

Abrazando en un único panorama los ele­mentos culturales de toda Europa, Novati observa que precisamente por el hecho de que la literatura latina escasea en Italia, la poesía en lengua italiana nace mucho más tarde que más allá de los Alpes. La debili­tación de los intereses culturales en toda su amplitud explica el que, en lugar de tira­nía de la cultura latina particularmente eclesiástica, se pueda hablar de la falta de sus más eficaces influencias.

Sin embargo, la escasa cultura latina que siguió con vida hace brotar en la Edad Media una herman­dad ideal y cultural, desconocida en la antigüedad, aunque bajo los golpes de las invasiones de los bárbaros la civilización latina resiste en Italia y en Europa, y da origen, a través de la obra de la Iglesia, a la nueva vida.

Más tarde que en la civili­zación francesa y provenzal, surge en Italia una literatura vulgar en la que languidece el mundo originario de la cultura latina, difundiéndose en ensayos secundarios en lugar de alcanzar la verdadera creación. Ésta se origina más tarde en todo su esplen­dor. El siglo XIII es la primavera de la nueva civilización italiana.

La obra de No­vati es una verdadera historia de la cultura y de la civilización medieval; la literatura vibra sobre el fondo de una historia varia y agitada; solamente unas nuevas condiciones políticas y sociales conducen al florecer de una nueva literatura, la italiana.

C. Cordié

Origen del Hombre y Selección en Relación con el Sexo, Charles Darwin

[The descent of man and selection in relation to sex]. Obra del naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882), publicada en 1871.

Ven­ciendo las largas vacilaciones basadas, so­bre todo, en el temor a las polémicas a que la obra pudiera dar lugar, Darwin, que ya desde 1859, en su célebre obra sobre el Origen de las especies (v.), había expuesto su teoría general de la evolución, en esta otra obra recoge sus apuntes relativos a un problema específico de la evolución; espe­cífico pero importantísimo: el origen del hombre.

La obra, por lo tanto, se propone tres cuestiones fundamentales: I) si el hom­bre, como todas las demás especies, ha des­cendido de alguna forma preexistente; II) el modo de su desenvolvimiento y III) el valor de las diferencias entre las llamadas razas humanas.

El estudio de las estructu­ras homologas en el hombre y en los ani­males más bajos en la escala de la evolu­ción zoológica, y el análisis del desarrollo embriológico del hombre y de los fenóme­nos de atavismo conducen a la conclusión de que el hombre desciende de alguna for­ma menos altamente organizada y preci­samente de un simioide, «cuadrúpedo pe­ludo, provisto de cola y de orejas aguzadas, probablemente de costumbres arbóreas y que habitaba en el antiguo* continente».

A su vez este simioide, como todos los verte­brados, debe de remontarse, en su origen primero, a un animal acuático semejante a la ascidia de mar. La dificultad mayor para admitir tal teoría está en el hecho de que el hombre se halla dotado de facultades intelectuales y de un sentido moral que fal­tan a los animales.

Pero Darwin observa que el intervalo entre las potencias menta­les de los monos más elevados y las de un pez es inmenso; por esto también la inte­ligencia del hombre, que no difiere sino en grado de la de los monos, es un producto de la evolución.

También los sentimientos morales son desarrollados, debido a la evo­lución, de instintos que se hallan en todos los animales—Las conclusiones de esta obra serán consideradas, dice el autor, como extremadamente irreligiosas, pero no es más irreligioso explicar el origen del hombre como una especie distinta que desciende de alguna especie más baja, que explicar el origen del ser individual gracias a las leyes de la reproducción.

Las leyes de desarrollo del hombre son idénticas a las de otros ani­males. Finalmente, las razas humanas se pueden considerar como subespecies, o sea, como especies diversas; con todo, no des­cienden cada una de una pareja distinta, porque los cruzamientos, los cambios por evolución y la selección sexual han com­plicado las cosas. La segunda parte de la obra está dedicada al tema de la selección sexual, importantísima porque es el princi­pal factor de la evolución.

La naturaleza ha establecido, sobre todo en los machos, una verdadera lucha por la selección sexual; obra como los ganaderos que destinan a la reproducción los ejemplares mejores y me­jor dotados, descartando a los demás. De esto Darwin saca interesantes consecuencias de carácter moral: los más pobres e inca­paces deberían abstenerse del matrimonio, y la civilización no debería impedir el cur­so de la ley de la naturaleza por la cual los más aptos deberían prosperar mejor y criar más hijos.

Así, la ley científica de la evolu­ción es aplicada en apoyo de la ética típica de la burguesía anglosajona del siglo XIX, ética según la cual la lucha por la vida, y las diferencias de clase que derivan de ella tienen en sí un valor moral, y están fundadas en la naturaleza.

G. Preti