Parlamento y Gobierno en el Nuevo Régimen de alemania, de Max Weber

[Parlament und Regierung in neugeordneten Deutschland]. Tratado político alemán de Max Weber (1864-1920),’ publicado en los primeros meses del 1918.

La idea funda­mental de la obra es la necesidad de una transformación de la constitución política del Imperio germánico en un sentido democrático parlamentario. Bismarck, al no tole­rar a su alrededor cerebros razonadores y «políticos», se había propuesto dar al Impe­rio una estructura constitucional que hiciese políticamente ineficaz el Parlamento e im­posible una influencia de los partidos.

La consecuencia de semejante política había sido la completa deseducación política del pueblo alemán, lo cual había de resultar funesto al faltar un político capaz de llevar él solo las riendas del gobierno. La ausencia de «cerebros políticos» determina, a la lar­ga, inevitablemente, la sucesión de funcio­narios administrativos (burócratas) de gran capacidad profesional y técnica, pero de nula capacidad política.

La atribución de funciones políticas a simples funcionarios incapaces de ejercerlas provoca, además, la intervención del soberano, que a menudo no es un político, en la política exterior, favorecido por burócratas que, exentos de responsabilidad, gobiernan escudados en la del monarca. Podrían evitarse estas con­secuencias, dice Weber, si el Parlamento controlara la obra del gobierno y si los diri­gentes de éste estuvieran obligados a res­ponder ante aquél.

Por esto es necesario que el pueblo se eduque políticamente me­diante las luchas de partido, y que los hom­bres de gobierno puedan expresarse libre­mente en el seno del mismo Parlamento. Al enjuiciar a un político hay que tener pre­sente, en primer lugar, su capacidad como tal; la ascensión al poder del político más hábil y astuto es siempre preferible a la su­bida del burócrata más manejable y aquies­cente a las órdenes del superior.

Los sistemas cesáreos crean siempre un grave problema: el de la sucesión. En tal momento se mani­fiesta la gran utilidad de un parlamento, que mantenga la continuidad política y las garantías constitucionales dentro del orden civil. El último capítulo se propone demos­trar la viabilidad del sistema parlamentario en un Estado federal como era alemania en 1917.

Este libro, verdaderamente atrevido, si se tiene en cuenta que fue escrito en una alemania en guerra, trasciende del ámbito del problema contingente para ascender a las esferas de la doctrina y de los princi­pios; para el estudio del fenómeno buro­crático la fenomenología trazada por Weber puede estimarse definitiva. El pesimismo del momento impidió, empero, al autor divisar en toda su plenitud la función de la buro­cracia como término de una dialéctica esta­tal, en la que ella representa la letra, que exige en todo momento ser animada por la idea política.

A. Repací

Parisina, Hjalmar Bergman

Se titula también Parisina un drama en tres actos, de Hjalmar Bergman (1883-1931), estrenado en los primeros años del siglo XX. Hjalmar Bergman es, entre los escritores suecos de este siglo, el más fecundo y más dotado de fantasía.

Los temas de sus libros y de sus comedias son casi exclusivamente suecos; no hay que olvidar, empero, que debutó con un trabajo sobre Savonarola y que conocía Italia. Algunos años después del Savonarola publicó e hizo representar Parisina, drama que vuelve a llevar a las tablas los nombres de las familias Este y Malatesta.

En esta obra Bergman ha que­rido pintar la vida multicolor del Renaci­miento italiano; pero el drama no es vivo, sus personajes no pasan de marionetas. El autor ha tenido el mal gusto de repetir exactamente la misma situación del canto dantesco de Francesca da Rimini (v.), en el momento en que ella y Pablo leen la historia de Lancelot (v.); Parisina y Hugo leen la historia de Tristán e Isolda, pero la escena es la misma; solamente falta en ella el soplo de la pasión.

Es fácil compa­rar este drama con la tragedia de D’Annunzio, pero la comparación lo hace pa­recer aún más pobre y frío.

A. Ahnfelt

Parisina, Gabriele D’Annunzio

El tema, tratado también por Gabriele D’Annunzio (1863-1938), dio origen a una tragedia en cuatro actos, en verso, Parisina, que sirvió de libreto para una ópera de Pietro Mascagni (1863-1945), estrenada en Milán en 1913 y publicada el mismo año.

Alrededor de la historia incestuosa de una mujer enamorada de su hijastro, como Fedra (v.), el poeta intenta, fijar las líneas de una fábula coherente y precisa, después de las opuestas tentativas del Martirio de San Sebastián (y.) y de la Pisanella (v.). Segunda obra, por su argumento, del ciclo Los Malatestas (v.), renueva el tema, el tono y el lenguaje de Francesca da Rimi­ni (v.); pero empobrecido hasta quedar reducido al limbo de las meras intenciones, como lo prueba el hecho de que la misma exigencia musical que en El martirio de San Sebastián y en La Pisanella le había hecho acudir a la música de Debussy y de Pizzeti, se realiza no en el texto, sino fuera del texto, hasta reducir este último a mero libreto de melodrama.

Sin embargo, en el sentido de la aspiración musical no faltan sugestivas insistencias sobre el conocido tema de la voluptuosidad amorosa; tales los tenues versículos anticipados en la Contemplación de la .muerte (v.), donde, fuera de la endeble y pesada acción, se adaptan mejor a la sensualidad del último D’Annunzio.

E. De Michelis

París Revolucionario, Georges Lenótre

[Paris révolutionnaire]. Obra de Georges Lenótre (Théodor Gosselin, 1857-1935). Es una colección de artículos aparecidos en el «Moniteur», publicada en 1891 y continuada después en seis series con el título Viejas casas, viejos papeles.

El autor va buscando en el viejo París y en las ciudades de pro­vincia los lugares donde se desarrolló la vida de los hombres de la Revolución, ilus­tres u oscuros; se dirige a las casas donde vivieron, interroga a sus descendientes, in­vestiga en los archivos y de todo ello entre­saca aquellos detalles de ambiente, rasgos reveladores y detalles materiales que nos ayudan a hacer revivir personajes y esce­nas, y devolviendo palpitación de vida humana a situaciones que en la gran his­toria quedan rígidas.

Vemos así como la vida burguesa continúa en medio de las atrocidades cotidianas, penetramos en la tranquila intimidad doméstica del indigna­do Pére Duchesne o del cruel Fouquier-Tinville (los revolucionarios más furibun­dos eran amantes de la normalidad familiar) o en las habitaciones donde se desarrolló el breve idilio trágicamente truncado de Camille y Lucille Desmoulins; seguimos a los honrados Simón en la siniestra morada del Temple, sabemos lo que divisaban desde sus ventanas Danton o Marat.

Topografía y objetos de museo se animan y dan vida a los lejanos recuerdos. A veces el fin es obtenido poniendo en primer plano a figu­ras de menor cuantía; la tragedia de André Chénier es seguida en la tumultuosa an­gustia de su padre; la caída de Robespierre, a través del calvario de la jovencita de veinte años Elizabeth Duplay; la muerte de la Dubarry, a través de los remordimien­tos de su paje negro Zamor.

Las mujeres de los más ardientes revolucionarios son amorosamente estudiadas: la madre Duches­ne, ex monja que continuó siendo devota; la «femme» Simón, buena ama de casa; madame Fouquier-Tinville, que recitaba versos pastoriles el día del cumpleaños de su maridó. El autor investiga la juventud de muchos de los héroes de la revolución y sigue a los supervivientes en su edad más avanzada, cuando cesa de iluminarlos la luz de la Historia; papá Pache, alcalde de París en el 1792-93, entierra sus tremendos recuerdos en la quietud contemplativa de un pueblecito; Tallien ofrece a los «bouquinistes» del Sena la colección de su dia­rio y, reconocido por Pasquier, acepta una pensión de Luis XVIII; Drouet acaba sus días como lector de periódicos realistas a un gentilhombre de provincia.

Los historia­dores más modernos han reprochado a Le­nótre su tendencia a no ver en la revolu­ción más que el fruto de una loca exalta­ción de unos pocos, dentro de una general incomprensión; con todo, su punto de vista, no político, sino privado y novelesco, exclu­ye toda animosidad. Se le reprochó también el sustituir con la fantasía el documento, a lo que replicó que aunque había preferido consultar fuentes distintas de los fríos tes­timonios oficiales, todo estaba documentado, e incluso el estado del cielo, descrito en sus animadas escenas, estaba sacado del boletín meteorológico.

La variedad, la fuerza evo­cadora, la abundante cosecha de curiosi­dades anecdóticas, el arte del escritor, ha­cen de este libro uno de los más atractivos de la literatura sobre la Revolución. [Trad. española de Zoé Ramírez (Barcelona, 1946)].

P. Onnis

Parisina, George Gordon Byron

Poema de George Gordon Byron (1788-1824), publicado en 1816. Se inspira en el conocido y sangriento suceso que ensombreció el ducado de Nicolás III (1425), que ya había inspirado una de las más célebres Novelas (v.) de Bandello.

Pero la fuente de Byron es un fragmento del historiador Edward Gibbon (1737-1794), en las Antigüedades de la casa de Brunswick [Antiquities of the House of Brunswick, en Miscellaneous Works]: «Bajo el reinado de Nicolás III, Ferrara se vio ensangrentada por una tragedia doméstica.

Por el testimo­nio de una niñera y su propia observación, el marqués de Este descubrió los amores incestuosos de su esposa Parisina y de su bastardo Ugo, hermoso y valiente joven. Los dos fueron decapitados en el castillo, después de la sentencia promulgada por su respectivo padre y marido, que hizo pública su propia vergüenza y sobrevivió a esta ejecución».

Byron sustituyó el nombre de Nicolás por el de Azzo, porque «era más métrico»; e hizo que el destino final de Parisina quedase envuelto en el misterio, mientras Ugo era decapitado. [Trad. española por H. V. (Valparaíso, 1844) y en Obras completas, tomo II (Madrid, 1930)].

M. Pensa