Paul Clifford, Edward George Bulwer-Lytton

Novela de Edward George Bulwer-Lytton (1803-1873), publi­cada en 1830. Paul Clifford fue escrita ante todo para llamar la atención del público sobre la triste condición de los presos y sobre la severidad de las leyes pena­les que regulaban la justicia.

Él héroe de la novela, nacido de padres desconocidos, es recogido por un hospedero y educado entre gente vulgar y de dudosa moralidad. Enredado en una aventura de robo y dete­nido sin poder demostrar su inocencia, la convivencia con los criminales de la cárcel acaba por oscurecer su sentido moral; tanto que, evadido de la prisión, se convierte en jefe de una banda de salteadores.

Bajo el nombre de capitán Clifford se enamora, y es correspondido, de una noble dama, Lucy Brandon, pero consciente de su destino de  perdición, trata de hacer comprender a su amada la necesidad de separarse. Por salvar a dos compinches apresados en una incur­sión ladronesca, es detenido, y el tío de la muchacha, que es juez, está a punto de condenarlo a muerte, cuando un billete, que llega a sus manos, le revela que Paul es su hijo, robado de la cuna.

El juez pro­nuncia la misma condena, pero inmediata­mente después es hallado muerto en su coche. Quien le auxilia descubre el billete revelador y la sentencia que pende sobre la cabeza de Clifford es conmutada por el destierro perpetuo. Lucy seguirá a Paul a América y allí el criminal, redimido por el amor, empezará una nueva vida.

Continúa, pues, en Paul Clifford la tradición román­tica y prerromántica del bandido generoso en quien la innata bondad humana queda sofocada por las injusticias sociales; pero aquella está siempre dispuesta a resurgir si la ilumina el amor.

M. Navarra

Patria en el bosque, recuerdos de la época juvenil, Peter Rosegger

[Waldheimat, Erinnerunpen aus der Juqendzeit]. Novela de Peter Rosegger (1843-1918), publicada en 1873 en la revista «Heimgarten».

El autor se nos pone libremente a sí mismo en escena, como pastorcillo de los Alpes en la Alta Estiria y artesano vagabundo, en su infancia y en su juventud. Padres y abuelos, montañeses, se describen en su ambiente y en su vida con el más convincente acento de realidad y de viva humanidad.

Participamos del terror del bisabuelo obligado a pasar la noche en lo alto de un abeto, con la doble amenaza de los relámpagos sobre la cabeza y de los lobos a sus pies; seguimos al abuelo el día en que halla mujer; conocemos la paciente tenacidad y la cándida resignación del padre, el buen sentido y la estoica sere­nidad de la madre.

Los maravillosos sueños del pastorcillo ante el inmenso misterio del firmamento estrellado, el impulso de ingenua caridad que le hace seguir el ejemplo de San Martín, la muerte del cabrito domes­ticado, las veladas en los tibios y olorosos establos, el encanto de la misa de Navidad, la vuelta angustiosa del pequeño Pedro ex­traviado en la nieve y en las tinieblas, la peregrinación a Mariazell, el viaje a pie del pastorcito a Viena en busca del emperador José — monarca filántropo y reformador, que se mezclaba entre el pueblo para cono­cer y sobrellevar los sufrimientos —, la pri­mera prueba con el arado y tantas otras historias llenas de ingenuidad, dan la idea de una infancia dura, pero, considerando bien las cosas, serena y feliz.

Obligado des­pués, por su poco robusta constitución, a buscar un oficio menos fatigoso, el joven Pedro se hace aprendiz de un sastre, maes­tro Ignacio, con el que va de comarca en comarca, huésped de las rústicas casas, a coser o a remendar vestidos.

El aprendiz de sastre lee con avidez todo cuanto cae entre sus manos, y en los recortes de los perió­dicos de que el maestro se servía para en­viar los modelos de los vestidos de los clien­tes, encuentra el muchacho noticias que le atraen y le interesan, y el domingo, en los momentos de reposo, escribe en dialecto estiriano y en mal alemán.

Un día manda un fascículo de su literatura a un periódico de Graz. El director nota, en la forma in­experta, la frescura de un ingenio nuevo y puro; habla en su hoja del sastrecillo artista, atrae la atención sobre él, y le llama a Graz, donde lo hace estudiar.

La obra es a la vez autobiografía y novela. La verdad y la poesía se mezclan íntimamente hasta el punto de ilusionar al poeta, que escribe con sencillez y sincera emoción.

A. Bernard

La Patrona, Fedor Dostoievski

[Chozjajka]. Novela del escritor ruso Fedor Dostoievski (Fëdor Michajlovič Dostoevskij, 1821-1881), publicada en 1847. Es la tercera novela compuesta por el célebre escritor, y como la precedente El doble (v.), fue mal acogida por la crítica y por los lectores.

El crítico Belinskij, que se había emocionado y conmovido con Po­bre gente (v.), escribió que la obra era un absurdo psicológico, pero en realidad el juicio dependía del hecho de que se espe­raba del joven escritor algo más amplio y actual que un sencillo ensayo psicológico. La patrona pertenece a la realidad y a la fábula al mismo tiempo.

El estudiante Ordynov toma en alquiler una habitación a una joven que ha visto en la iglesia y ha seguido hasta su casa. En el reducido piso, además de la joven Katharina, vive un hombre, Murin, que se supone es el marido. Murin es un viejo extraño, medio bandido y medio santo, que con la fuerza de su vo­luntad tiene sujeta a Katharina.

Pero la joven, ávida de libertad y amor, busca un cómplice en Ordynov y le cuenta su com­plicada historia, mezcla de heroísmo, de sangre y de raptos místicos. Murin dispara con un fusil contra Ordynov, en quien ve un rival, pero no lo alcanza.

Ordynov está a punto de apuñalar al viejo, caído presa de un ataque de epilepsia, pero le falta valor. Por fin, el joven huye de aquel extraño ambiente, y el lector se queda con la impresión de haber escuchado una an­tigua leyenda, fruto de una fantasía mons­truosamente primaria.

En dicha psicología fantástica Dostoievski da un paso más en su capacidad de análisis de los tormentos espirituales, pero pierde de vista la elementalidad de sus inicios; se le revela un nuevo mundo que, sólo cuando sabrá fundirse con la humanidad de Pobre gente, hará surgir sus obras maestras. [Trad. española de L. Cansinos Asáens (Madrid, 1943)]. G.  Kraisky

Patrología Griega y Latina, Jacques-Paul Migne

[Patrologiae cursus completus]. Al ingenio po­deroso y a la actividad incansable del abate Jacques-Paul Migne (1800-1875), teólogo francés, debemos la existencia de esta obra colosal, que ideó y realizó entre 1844 y 1866, con objeto de recoger en una colec­ción única todos los textos cristianos, grie­gos y latinos, compuestos desde la época delos Apóstoles hasta los umbrales de la Edad Moderna.

La colección se subdivide en dos partes: la patrología griega y la latina. La griega comprende todos los textos cristia­nos compuestos desde la época de los Após­toles al Concilio de Florencia (1459), en 161 tomos (más 2 vols. de índices), publica­dos en dos series, la una de 108, la otra de 55 volúmenes, en los que al lado del texto griego va la traducción latina; existe además una tercera serie de 84 volúmenes, que con­tiene solamente las traducciones latinas de los textos.

La obra comienza con Clemente de Roma, Bernabé Apóstol, Mateo Apóstol, Hermas, para llegar hasta Teodoro de Gaza, Juan Paleólogo, Constantino Paleólogo, etc. La patrología latina, en 221 volúmenes (más cuatro de índices), se extiende desde los orígenes de la literatura cristiana, es decir, desde Tertuliano y Cipriano, hasta Inocen­cio III (1216).

Después de la muerte de Migne, en 1880, Horoy añadió a esta serie un apéndice de 6 volúmenes con el título Patrología Latina Medii Aevi, la cual parte del «Ordo Romanus», de la «Quinta Compilatio decretalium», para llegar con el sexto volumen a los escritos de San Francisco de Asís y de San Antonio de Padua.

El mayor mérito de esta obra consiste en ofrecer la primera edición de bastantes textos griegos y latinos, y la primera traducción latina de algunos textos griegos; se trata, sin embar­go, de ediciones que tienen muchos defec­tos desde el punto de vista crítico. Migne, en efecto, tuvo que recurrir a ediciones preexistentes y, por consejo de Pitra, so­bre todo a las de los benedictinos.

Tales ediciones, hechas con método menos rigu­roso que el actual, no pueden ser aceptadas como base para trabajos filológicos. Sin em­bargo, son muy útiles las noticias eruditas sobre la vida de los autores y sobre la his­toria literaria y religiosa de varios textos, que se anteponen a la edición de cada uno de ellos.

M. Corti

Patria, Abilio Manoel Guerra Junqueiro

[Pàtria]. Poema alegórico, en versos alejandrinos, dividido en veintitrés escenas, del poeta portugués Abilio Manoel Guerra Junqueiro (1850-1923), publicado en 1896.

En tanto que el mar muge tempestuoso y los relámpagos surcan el cielo, en un salón del regio castillo — cuyos muros están ornados con los retratos de los antiguos reyes de Braganza — Siganus, Magnus y Opíparus, ministros del rey de Portugal, muestran un pergamino (el tratado entre Portugal e Inglaterra) y cambian entre sí cínicas e insultantes opiniones sobre el so­berano, tachándolo de fanfarrón, etc.

Llega el rey, quien declara que firmará el tratado sin leerlo, y se abandona a vanas charlas con los ministros. Cuando se queda solo oye una voz que se lamenta de haber te­nido castillos y fortalezas, naves y espadas, en tanto que ahora está privado hasta del alma, prisionera en el castillo. Es el «Loco», símbolo del Portugal decaído. Siganus y Opíparus lo traen ante el rey, encadenado, llevando en la mano un libro desencuader­nado y desgarrado: Os Lusiadas (v.), de Camoes.

Cuando el «Loco» ve los retratos de los soberanos de Braganza colgados de los muros, prorrumpe en soeces insultos con­tra ellos. El pueblo entre tanto se rebela y llegan al castillo los bramidos de la insu­rrección, mientras que el rey dice estulticias y el «Loco» se lamenta y maldice. La tempestad se desencadena en el cielo y en el mar, y una nave gigantesca se llena de gen­tes hambrientas.

Viejos, mujeres y mucha­chos aparecen en el curvo vientre del enor­me navío: son los emigrantes. El «Loco» grita y los ministros se lo llevan fuera. Al rey, que se queda solo, se le aparecen los espectros de sus predecesores y le aconsejan firmar el tratado.

Aparece también el Gran Condestable Nunho Alvares Pereira, que (en tercetos) deplora amargamente tantas mi­serias. Nunho Alvares se encuentra con el «Loco» y se reconocen. En tanto, el castillo arde y el rey muere. A la luz del incendio, el «Loco» recupera su alma, pero llegan cor­sarios que lo atan y lo insultan.

Llevado por fin a lo alto de la montaña, le crucifican, colocando sobre la cruz infamante la irónica inscripción: «Portugal, rey del Oriente». Escrito por Guerra Junqueiro bajo la tre­menda impresión producida por el «ultimá­tum» brutal con que Inglaterra humilló en 1890 a Portugal, decidiendo violenta­mente a su propio favor la cuestión de Chire, en Sudáfrica, el poema lleva el signo de una violenta indignación que, si no con­siente al autor ninguna efusión lírica, halla en la pasión que impregna el símbolo un aliento creador que da a su elocuencia, ya que no a su poesía, una fuerza de visión que no carece de vigor. [Trad. española, en ver­so, por Eduardo Marquina, en Obras com­pletas, tomo III (Barcelona, 1905)].

L. Panarese