Matías Aires

Nombre con el cual es conocido el moralista Matías Ramos da Sil­va de Ega, n. en Sao Paulo (Brasil) el 27 de marzo de 1705 y m. en Lisboa en 1763.

Habiéndose trasladado a Portugal en 1716, inició sus estudios en Lisboa y se licenció después en Filosofía en Coimbra, donde obtuvo el título de «Mestre em Artes». En Bayona de Francia, donde residió entre 1728 y 1733, se doctoró en Derecho civil y canó­nico y estudió lengua hebrea, ciencias físi­cas y matemáticas.

Vuelto a Lisboa, se esta­bleció allí definitivamente, y en 1743, a la muerte de su padre, heredó de éste, además de otros bienes, el cargo de «Provedor 4a Casa da Moeda», que conservó hasta 1761. Amigo de Antonio José da Silva «O Judeu», se afanó en vano para salvarle de la ho­guera.

Su nombre ha quedado unido a las Reflexiones sobre la vanidad de los hombres [Reflexdes sobre a vaidade dos homens ou Discursos moraes sobre os effeitos da vai­dade, 1752], que le convierten en el más agudo y sutil moralista del período colo­nial brasileño.

J. Prado Coelho

William Harrison Ainsworth

Nacido el 4 de febrero de 1805 en Manchester, m. el 3 de enero de 1882. Hijo de un procurador de los tribunales, parecía también destinado a la carrera de leyes, pero habiéndose diri­gido a Londres con el fin de completar sus estudios, conoció al editor John Ebers, di­rector de la Opera House, quien lo intro­dujo en los medios literarios y teatrales y lo casó con su hija.

Probó algún tiempo el negocio editorial, pero lo abandonó después para dedicarse al periodismo y a la lite­ratura. El juicio favorable de Walter Scott sobre su primer libro, John Chilverton (1826), lo estimuló a escribir otros del tipo de novela truculenta, puesto en boga por Radcliffe y por Lewis.

Rookwood (1839) y Jack Sheppard (1839) obtuvieron gran éxito. Escribió a continuación La torre de Londres (1840, v.), San Pablo el Viejo (1841, v.), Guy Fawkes (1841), La hija del avaro [The Miser’s Daughter, 1842], El castillo de Windsor (1843, v.), Las brujas del Lancashire [The Lancashire Witches, 1848] y otras más.

Dotado de ardiente imaginación, pero sin profundidad de pensamiento, A. popu­larizó la novela gótica con sus complicadas intrigas y sus elementos de misterio y te­rror sobre un fondo pseudohistórico, pero con escasa sensibilidad moral y psicoló­gica. Puede considerarse como un precursor de la novela policíaca moderna.

Sus grandes ganancias le permitieron adquirir el New Monthly Magazine, al que dio su nombre, y llegar a ser director de la Bent­ley’s Miscellany; abrió en Londres un salón literario frecuentado por las personalida­des literarias más famosas de su tiempo, entre ellas Dickens y Thackeray.

F. Mei

Gustave Aimard

(Olivier Gloux). Nove­lista francés. N. en París en 1818, m. en el asilo de Sainte-Anne, el 20 de junio de 1883.

Sus novelas de aventuras, llenas de vida y de imaginación, son la imagen de su animada existencia. Embarcado como gru­mete, navegó por los mares del Norte y más tarde hizo la travesía del Atlántico, hasta Río Janeiro.

Nuestro autor, que pasó largos años en Norteamérica, especialmente entre los pieles rojas y que participó en la expedición de Sonora (México) con Raousset-Boulbon, sentía la «añoranza de las saba­nas». Decepcionado -de nuestra civilización, en sus novelas, de títulos evocadores, exaltó la vida libre y audaz de los hombres de acción en lucha con la naturaleza.

Entre sus libros de ficción cabe mencionar: Los buscadores de pistas (1858), Los piratas de las praderas (1859), La fiebre del oro (1860), La selva virgen (1870), Los bandidos de Arizona (1882, v.), etc. Son también dig­nos de nota sus relatos de viajes: Por tierra y por mar (1878), Mi último viaje: Brasil desconocido (1886).

Aimeric de Pegulhan

N. a finales del siglo XII en Toulouse, hijo de un comer­ciante de telas oriundo de Pegulhan, en el Alto Garona; m. en 1228.

La muerte del ma­rido de una dama tolosana, su primera musa, lo llevó a Cataluña, junto a Guilhem de Berguedán; de allí marchó a Cas­tilla, donde fue acogido por Alfonso VIII y por el infante don Fernando, quienes le donaron vestidos, arreos y dinero; estuvo después en la corte de Pedro III de Aragón y en la de don Diego López de Haro, gran señor de Vizcaya.

Más tarde — no se sabe cuándo — pasó a Italia, y las primeras noti­cias seguras lo sitúan en la corte de Azzo VI de Este en 1212, a la muerte del marqués y su fiel amigo y aliado, conde Bonifacio de San Bonifacio de Verona, llorados por el trovador en dos desconsolados sirventesios.

En esta corte de Este permaneció largo tiempo, durante el breve señorío de Aldo- brando y durante el de Azzo VII, celebrando por entonces a la bellísima Beatriz, hija de su señor. Frecuentó también la corte de los Malaspina, y lamentó la muerte de Gui­llermo, acaecida en 1220, después que el marqués regresara de Cerdeña.

Cantó la vuelta a Italia del emperador Federico II (v. Poesías), pero no estuvo nunca en su corte. Vivió hasta su muerte en Italia sep­tentrional y estuvo en la corte de Guiller­mo IV de Monferrato, y también en Rávena con los condes de Traversari. Un biógrafo afirma que era voz pública que murió «en herejía».

G. R. Sarolli

Ernst Ahlgrén

Seudónimo de la es­critora sueca Victoria Benedictsson; n. el 6 de marzo de 1850 en Bruzelius, en Esca­ma meridional; m. suicidándose en Copen­hague el 21 de julio de 1888.

Se casó a los veinte años con un anciano, viudo con hijos, del que al cabo de un tiempo se se­paró. Dedicada a la literatura escribió una serie de breves relatos y croquis, más tarde reunidos en volúmenes: Páginas de Escania [Fran Skane, 1884]; Vida de pueblo y rela­tos breves [Folkliv och sma beráttelser, 1887], en los que describe la vida rural de Escania, que le era familiar desde la infan­cia.

Afectada por una enfermedad que la obligó a servirse de muletas, reanudó la escritora su actividad literaria publicando entre otros trabajos las novelas Dinero [Pengar, 1885]; La señora Mariana [Fru Marianne, 1887, v.], en las que las enton­ces discutidas relaciones entre hombre y mujer en el matrimonio son afrontadas en tácita polémica con el movimiento femi­nista y con el drama de Ibsen Casa de mu­ñecas (v.).

La fuerte y sincera sencillez de su estilo, evidente sobre todo en los rela­tos menores, la hizo muy popular en su tiempo, así como su trágico fin, en el que tuvo parte su amor no correspondido por G. Brandes.

M. Gabrieli