Luigi Alamanni

Nacido el 28 de octubre de 1495 en Florencia, m. el 18 de abril de 1556 en Amboise (Francia), fue uno de los más típicos representantes de la cultura ita­liana del siglo XVI y de su irradiación europea.

Ya estudiante en el Estudio floren­tino se distinguió por sus ideas republica­nas, trabando amistad con Maquiavelo, quien le dedicó la Vida de Castruccio Castracani da Lucca (v.). Su intervención en una con­jura republicana determinó que se pusiera precio a su cabeza y su huida a Francia, donde fue acogido por Francisco I.

Aunque regresó a Italia, volvió a establecerse defi­nitivamente en la corte del rey francés, quien le dio varios encargos diplomáticos y honores y mercedes. Dedicó a este rey las rimas y sátiras recopiladas en Opere toscane (1532). Continuó su favor en la corte francesa durante el reinado de Enri­que II y su cultivo de diversos géneros poéticos, inspirándose siempre en los cáno­nes de la literatura clásica.

Así, en la Antígona (v.) imita la tragedia de Sófocles, y en Flora (v.) nos ha dejado un ejemplo de comedia clásica, mientras el célebre Culti­vo (v.) puede decirse que es, en parte, una traducción libre de las Geórgicas (v.) virgilianas. También en Girone el cortés (v.) se atiene al esquema de una novela france­sa homónima, y el poema épico Avarquida (v.) se adapta a la Iliada (v.). Pero a pesar de seguir el gusto de su tiempo, Alamanni encontró acentos originales para expresar su dolor por las desventuras de su patria, el lamento de su perdida libertad y la tris­teza del desterrado.

Recientemente han sido reconocidas como suyas las Stanze a Elena Bonaiuti, su mujer.

P. Onnis

Pedro Antonio de Alarcón y Ariza

Nacido en Guadix (Granada) el 10 de marzo de 1833, m. en Madrid el 19 de julio de 1891. De familia noble, pero arruinada, Alarcón, des­pués de los primeros estudios en el semi­nario de Guadix, inició estudios de juris­prudencia en la Universidad de Granada.

La pobreza le obligó a volver a la carrera eclesiástica, sin que llegara, no obstante, a terminar los estudios teológicos, atraído irresistiblemente por la carrera literaria. Su formación fue la típica del autodidacto: se formó una vasta cultura ocasional leyendo libros que conseguía procurarse a precios irrisorios en las liquidaciones de las biblio­tecas conventuales.

Ardiente partidario de todas las reformas, participó activamente en las luchas políticas de su tiempo, demos­trando un espíritu abiertamente contrario a toda forma mezquina de gobierno y un anticlericalismo tan decidido que le atrajo no pocas persecuciones. Inició su carrera de escritor fundando con Torcuato Tarrago el diario El Eco de Occidente. En 1853 mar­chó a Madrid en busca del éxito literario, sin alcanzar fortuna.

Obligado a regresar a Guadix, volvió más tarde a la capital y dirigió allí el diario antimonárquico y sa­tírico El Látigo. Su participación en la lucha política acabó por revelarle aspectos poco consoladores de la misma y por desilusio­narlo de un modo total. En 1860 se enroló como voluntario y partió para la campaña de África, cuya experiencia aparece viva en el Diario de un testigo de la guerra de África (1860), que le dio gran popularidad.

Gracias a las ganancias obtenidas con este libro pudo realizar un viaje a Italia, y contó sus impresiones en el libro De Madrid a Nápoles (v.). A continuación intervino de nue­vo en la vida política: en 1869, el gobierno provisional le ofreció el cargo de ministro plenipotenciario en Suecia y Noruega, em­pleo que rechazó. Se hizo defensor de la Restauración y apoyó a Alfonso XII, y en 1875 fue nombrado consejero de Estado.

Abandonada más tarde la actividad política continuó la de novelista: El niño de la bola (v.), El Capitán Veneno (1881, v.), El sombrero de tres picos (v.), El escándalo (1875, v.) y La pródiga (v.) son novelas que demuestran cumplidamente el desarrollo del pensamiento de Alarcón y sus cambios, que le lle­van desde un encendido revolucionarismo, y gradualmente, a un sincero conservaduris­mo católico. El escándalo es el ejemplo más significativo de su última postura. En 1887 cesó el escritor en sus actividades y se retiró a la vida privada. Pocos años después, en 1891, una grave enfermedad lo condujo al sepulcro.

G. Bellini

Lucas Alamán

Este historiador y polí­tico mexicano n. en Guanajuato en 1792 y m. en 1853. Es una de las figuras literarias más interesantes de su país, tanto por la calidad de su prosa cuanto por la seriedad de sus métodos de investigación como his­toriador.

Tuvo una formación humanística y científica, que completó en un largo viaje por Europa; base de su formación fueron las Ciencias Naturales y las lenguas clá­sicas. Político conservador, fue en su país diputado y ministro de Relaciones Exterio­res, cargo que desempeñaba en el Gobierno del presidente Santa Anna cuando la muer­te cortó su carrera literaria y política.

Es uno de los escritores mexicanos más dis­cutidos; sus Disertaciones sobre la historia de México (v.) y su Historia de México (v.) son obras de capital importancia para el conocimiento del desarrollo histórico de este país.

Nadie se atreve a negar las calidades de su prosa ni las excelencias de sus dotes de historiador; sin embargo, no ocurre lo mismo cuando se examina su objetividad. Alamán es un hombre de acendrado sentido his­pánico, lo que lo lleva a encuadrar los hechos de la conquista, de la colonización y de la insurgencia en un marco ajeno al odio y a la hostilidad con que suelen tratar dichos temas los historiadores que preten­den por ello calificarse de mexicanistas.

No admitiremos, por ello, que la obra de Alamán esté desprovista de pasión, pero es induda­ble que frente a las siniestras corrientes de la «leyenda negra» y a las de la exal­tada mexicanidad que niega sistemáticamen­te todos los valores españoles, se levanta majestuosa y señera la figura de este gran historiador, pletórica de valores hispánicos y universales.

Si la objetividad se concibe en términos absolutos, Alamán no es un historiador objetivo; mas si se admite que la condición humana no puede desprenderse de las calidades y afectos que la caracteri­zan, llegaremos a la conclusión de que se trata de un historiador que busca el má­ximo de objetividad dentro de sus orien­taciones.

J. Sapiña

Alain

Seudónimo de Émile – Auguste Chartier, n. en Martagne (Perche) el 3 de marzo de 1868; m. en el Vésinet, junto a París, el 2 de junio de 1951.

Discípulo, en el Liceo Michelet, de Jules Lagneau, el aus­tero pensador que había introducido un acento de moralismo ascético en la línea del pensamiento idealista francés, post­kantiano y postfichteano, sintióse primero atraído por la filosofía; y habiendo entrado en la Escuela Normal superior, salió de ella como profesor de dicha disciplina.

Pero bien pronto abandonó la filosofía «técnica» en sentido estricto, de la que había comen­zado a escribir ensayos en la Revue de Métaphysique et de Morale, para colaborar en periódicos radicales de provincias y para intervenir en la lucha política, en la cual, en la época del «affaire» se alineó en pri­mera fila entre los defensores de Dreyfus.

También figuró por aquel tiempo entre los promotores de las primeras universidades populares y pronunció conferencias para obreros y campesinos. Fue el período de la «revuelta activa» de Alain, que terminó con el estallido de la primera guerra mun­dial, cuando — aun siendo pacifista con­vencido y quizá por tal razón — partió voluntario para el frente como simple sol- dado de artillería.

Herido en una acción, fue desmovilizado en 1917 y volvió a su cátedra del Liceo Henri IV de París, para la que había sido nombrado a finales de 1909. Mientras tanto, desde 1906 habían co­menzado a salir los primeros Propos (v. Divagaciones).

De la guerra trajo un libro, Mars ou La guerre jugée (1921), en el que se encuentran violentamente afirmadas sus tesis pacifistas. Años más tarde publicó su obra fundamental de fenomenología del arte y estética, Sistema de las Bellas Artes (1926, v.).

En el período de entre guerras, el nom­bre de este autor se afirmó como uno de los más importantes ensayistas y moralistas de la Francia contemporánea, dentro de la tra­dición de Montaigne y Descartes. Publica entonces numerosos volúmenes, redactados casi todos bajo la forma de «divagaciones» (v. Ideas). Figuran entre los principales de ellos, Le citoyen contre les pouvoirs, Pro­pos sur L’éducation, Les idées et les âges, Les Dieux, etc.

A la cátedra del Liceo Henri IV, donde su enseñanza oral ejerció una influencia profundamente formativa sobre entusiastas alumnos, unió la tribuna europea de la Nouvelle Revue Française, en la que su «propos» mensual confirió a Alain una autoridad comparable a la de un Gide, un Valéry o un Thibaudet.

Jubilado en 1933, se encerró en su pequeña villa del Vésinet, consagrándose a la lectura de los grandes textos clásicos de la filosofía y de las letras (Descartes, Kant, Hegel, Balzac, Dickens, Stendhal, etc.), a los que dedicó importantes ensayos, y a la reelaboración de sus temas filosóficos y morales. En 1951, pocos meses antes de su muerte, había sido concedido al octogenario pensador el Grand Prix National des Lettres.

S. Solmi

Alain de Lille

(Alanus de Insulis). N. en Lille entre 1115 y 1118, m. en Citeaux en 1202-1203. Adornado por sus contem­poráneos con el título de «grande» y por la posteridad con el de «doctor universal», es quizá el máximo representante del huma­nismo francés del siglo XII, y al mismo tiempo, de aquella sumisión de la ciencia a la fe, típica de la época, por lo cual, llegado al ápice de su carrera y de la gloria, en lugar de esperar premios terre­nales entró como simple monje en la aba­día de Citeaux.

Había estudiado en Chartres y en París, asimilando sobre todo las ideas neoplatónicas, muy difundidas en su tiempo, y añadiendo a ellas elementos aris­totélicos derivados de Boecio, en un mo­saico, más que una síntesis, de la primera escolástica.

Durante su enseñanza en la Uni­versidad parisiense, de la que también fue rector (aunque desempeñó asimismo cáte­dra en Montpellier), redactó sus Regulae de sacra theologia y su De fide catholica contra haereticos: cuatro libros —respecti­vamente dedicados a la refutación de los albigenses, de los valdenses, de los hebreos y de los árabes— escritos con la intención de mantenerse fiel a la interpretación ra­cional de la Escritura y de los Padres, «quia auctoritas — decía agudamente — cereum habet nasum», y a todos es grato modelár­selo a su propio gusto.

Escribió también una obra voluminosa de interés canónico: el Líber poenitentialis. Pero su mayor influjo sobre la posteridad lo ejerció como poeta: con el Liber parabolarum y sobre todo con el Anticlaudiano (v.) —un viaje por los siete cielos montado en el carro de los sen­tidos y guiado primero por la Teología y luego por la Fe —, del que probablemente extrajo inspiración el Dante, y con las Lamentaciones de la naturaleza (v.), que inspiró, aunque en un sentido totalmente distinto, a los autores del Román de la Rose (v.). Anteriormente se le había atribuido también la obrita Del arte o De los artícu­los de la fe católica (v.), que hoy se atri­buye generalmente a Nicolás de Amiens.

C. Falconi