El contexto, de Leónardo Sciascia

La novela negra suele estar llena de héroes malditos y villanos crueles, mujeres fatales, policías brutales o simplemente corruptos, callejones en sombras, vidas perdidas y riqueza de origen oscuro. De casi todo esto hay en ésta novela corta de Leonardo Sciascia, pero antes de seguir hay que reconducir el escenario, no se tratan de arquetipos anglosajones y ciudades crecidas hacia el cielo los que la pueblan, son gentes de profundos resabios mediterráneos y lugares que llevan habitados miles de años los que sirven de escenario para ésta novela policiaca de tintes reflexivos y más satírica que épica.

En un país indeterminado, que bien pudiera ser Italia, o España, o Francia, o…, un perturbado inicia una cadena de asesinatos de jueces y fiscales. El fiscal Varga es finiquitado de forma discreta, cuando prácticamente no se ha puesto en marcha la investigación, otro tanto ocurre a cien kilómetros del lugar con el juez Sanza. El inspector Rogas, encargado del caso, no tiene dudas de que se trata de una venganza desencadenada por una condena injusta, y que el asesino no se detendrá hasta acabar con todos los magistrados implicados o hasta que la policía logre pararle. Efectivamente, a los cuatro días de la muerte de Sanza cae el juez Azar… y ahí no se acabará la carrera del asesino, uno tras otro mata a jueces y fiscales implacablemente. Entre tanto Rogas estrecha el cerco, investiga, pregunta, los indicios, al fin, le llevan hasta el sujeto que probablemente esté causando tal desaguisado cuando ciertos testimonios hacen que sus superiores le obliguen a abandonar su línea de investigación para convertir el caso en una cuestión de índole político.

Rogas no se desespera, sólo se desconcierta. Él ante todo es policía, le gusta su trabajo, y pese al varapalo que supone el descrédito de su investigación y ponerle a las órdenes de la sección política no se desaliente y continua trabajando incansable, aún a sabiendas de que no llegará a ninguna parte y su hombre continuará asesinando impunemente a todo magistrado que se le ponga a tiro.

Todo este entramado le sirve a Sciascia para arremeter contra el adocenamiento, la vulgaridad y la parálisis a las que llevan a las instituciones del estado la burocracia y el clientelismo político. Rogas, un buen policía, el mejor policía del estado, no hubiera tardado en encontrar y detener al asesino, incluso con las restricciones que sus jefes y el ministro le habían impuesto; ante todo discreción, de encontrar algún indicio que pudiera manchar la reputación del fiscal Varga debería actuar con suma discreción. La sola posibilidad de que un fiscal pudiera tener algo que ocultar inquieta más a los vivos que al muerto, que el descrédito por tener en activo a un personaje de vida disoluta pudiera caer sobra la profesión jurídica y el ministro correspondiente es inconcebible.

Es obvio que según se acrecienta la masacre alguien piensa en aprovecharla en su favor para desprestigiar a sus enemigos políticos, y a la primera oportunidad hace cambiar el sentido de la investigación, con el consentimiento tácito de la judicatura, para la que, por otro lado, la posibilidad de un error judicial, error que sería la causa de los asesinatos en cadena, no entra en modo alguno dentro de lo posible. No sean, pues, asesinatos por despecho contra la inepta aplicación de la ley, conviértanse en crímenes contra el Estado y la justicia.

Rogas se abre camino, sin embargo, entre toda esta maraña de intereses y poderes ocultos para acabar por no investigar los crímenes, sino la propia trama que le ha apartado de su objetivo; atrapar al criminal.

Sciascia es un narrador incisivo y socarrón, con esta novela corta (Una Parodia, como está subtitulada) destripa un sistema de administración de justicia anquilosado en su autocomplaciencia, una policía que se refugia en la rutina y un gobierno que sólo se preocupa de perpetuarse en el poder. ¿De qué país? De ninguno y de todos, de un país imaginario que es la parodia de todos los países.

© Francisco José Súñer Iglesias,

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