Vidas de Hombres Ilustres, Paolo Giovio

[Vitae virorum illustrium]. Obra de Paolo Giovio (1483-1552), insigne historiógrafo del Rena­cimiento. Escritas en perfecto y elegante latín y traducidas después a lengua vulgar por Domenichi, algunas fueron publicadas aisladamente; otras reunidas en grupo, en 1549, en Florencia; y todas se hallan reu­nidas en una publicación que salió a luz en Basilea en 1578.

Entre las primeras vidas figuraron las Duodecim Vicecomitum Mediolanensium, publicadas en París, en 1549, con los retratos de los Visconti. En el pre­facio, Giovio narra los orígenes de la casa de los Visconti; después, expone la vida del fundador de la familia, el arzobispo Otón. Siguen las vidas de Mateo llamado el Magno, de Galeazzo I, de Azzo, muerto en la flor de su edad, sin hijos; de su hermano Luchino, envenenado por su esposa. Después de él, los Visconti terminan casi todos de muerte violenta. Muere por mano de los conjurados el arzobispo Giovanni, muere envenenado Mateo II. Galeazzo II, que «rarum dedit Principibus exemplum», es una excepción; pero su sucesor Barnabas muere envenenado en la cárcel. En cambio, Ga­leazzo, conde de Virtù, primer duque de Milán, goza de buena fama y está sepul­tado en la Cartuja de Pavía. Giovanni María fue muerto por sus conciudadanos, in­dignados por su crueldad. El último de los Visconti de quien Giovio narra la vida es Filippo Maria, a quien el historiador cen­sura abiertamente por el asesinato de su mujer Beatriz. Entre las muchas vidas de hombres ilustres de todos los tiempos y paí­ses, son importantes las que se refieren a Alfonso d’Este, duque de Ferrara; el Gran Capitán, Gonzalo de Córdoba; el marqués de Pescara; los papas León X y Adriano VI; el capitán Pompeo Colonna.

En todas estas vidas se nota la índole apacible y concilia­dora de Giovio, que pone empeño en sacar a luz los méritos y las virtudes de sus hom­bres ilustres, y en atenuar sus defectos. Por esto fue acusado más de una vez de ser un historiador poco veraz y tachado de mala fe, de venalidad, de vengativo. Pero Giovio no falsea la verdad; sólo intenta mitigar sus sombras y asperezas como para adaptarla a la áurea mesura de su prosa.

P. P. Addoli