Vida de Cola Di Rienzo, Anónimo

[Vita di Cola di Rienzo]. Crónica anónima dividida en dos libros, en dialecto romano del siglo XIV. Originariamente formaba parte de las His­toríete Romanae Fragmenta, vasta narración histórica en 28 capítulos, perdidos hoy en su mayor parte, escrita primero en redac­ción latina, que no ha llegado hasta nosotros, y después en una lengua romance llena de reminiscencias clásicas.

Sólo sabe­mos del autor que era médico de profesión y que había estudiado en Bolonia. La Cró­nica, como el autor llama a su narración, compuesta sin duda en 1357-58, se extiende desde los acontecimientos ciudadanos entre 1325 y 1357 a toda la historia de los esta­dos europeos y de la Turquía de aquel pe­ríodo. Los literatos del siglo XVI, con su culto de la forma, aislaron de los Fragmen­tos, con otras partes, los dos capítulos en que se narra, con admirable potencia esti­lística y apasionada participación, la aven­tura del tribuno romano. Los dos capítulos reunidos con otros que se refieren a la vida de Cola fueron publicados en Bracciano en 1624 con el título de Vita di Cola di Rienzo y con adiciones en 1631, atribuidas a un tal Tomás Fortifiocca «scribasenato». Los Fragmenta fueron incluidos por Ludo- vico Muratori en sus Antiquitatis italicae Medii Ævi (III, 249 sig.) (v. Disertaciones sobre las antigüedades italianas). La Vida obtuvo una primera edición, al cuidado de Zeffirino Re (Florencia, 1854).

Después, este importante documento ha sido reeditado por A. M. Ghisalberti (Florencia, 1928); luego se ha preparado la edición crítica de toda la Crónica por parte de las «Fonti» del Instituto Histórico italiano para la Edad Media, al cui­dado de F. A. Ugolini. La vida del «tribuno del pueblo romano» está reproducida con agudeza y perspicacia desde sus humildes orígenes a la descripción de sus vicios y virtudes; el desconocido tribuno intenta ex­presar eficazmente todos los temas de una biografía complicada y excepcional. Nicola, hijo del tabernero Lorenzo y de la lavan­dera Magdalena, muestra desde su juventud tendencia a lo fantástico y grandioso: lee en los antiguos libros de historia y de elo­cuencia, y muy pronto se entusiasma con ellos hasta el punto de soñar en restaurar, en la Roma abandonada por los Papas re­sidentes en Aviñón, la gloriosa autoridad del Imperio y del pueblo. Como notario, rico en facundia y pasión política, se apro­xima al pueblo y lo amonesta para que no se desvíe del camino de los antepasados. Cola quiere la reforma del Estado de Roma: sale armado al Capitolio y habla a la mu­chedumbre, animándola a salvar la gloria de la Antigüedad y a proseguirla a costa de nuevos sacrificios.

En tanto, se pone de acuerdo con el vicario pontificio y muy pronto escribe en favor de la paz universal al Papa y a los príncipes de Europa. Visita San Pedro y lucha contra los rebeldes; despide al legado y manda una embajada a la Santa Sede. Su magnificencia de gran señor seduce el ánimo de la plebe; su cor­tesía, sus dones, su justicia, hacen presagiar de él grandes cosas. Para liberar la ciudad de la arrogancia de los «barones» los manda detener en el Capitolio, pero después se ve obligado a dejarlos en libertad; y para vengarse de la afrenta ellos conspiran de nuevo contra él. Entre aquellos barones, los más poderosos son los Colonna; vencidos éstos y muertos tres de su familia, Cola se siente digno del triunfo, y depone la corona y la vara senatorial en la iglesia de Aracoeli. Pero, enorgullecido por sus triunfos, se torna tiránico y soberbio; el pueblo se agita en lugar de obedecer sus mandatos, y le obliga a la fuga. Además, el legado ponti­ficio, Annibaldo di Ceccano, le declara he­rético y llega a Roma para combatir abierta­mente su facción.

Muerto Annibaldo, Cola se va a la corte del emperador Carlos IV de Bohemia y es bien acogido. Detenido por el obispo de Praga, es conducido a Aviñón donde, revocada la excomunión y luego de justificarse, es absuelto. Vuelve a Roma con el legado a buscar nuevas aven­turas, y el propio legado lo nombra senador de Roma. Los partidarios de Colonna cons­piran de nuevo contra él, y en vano los asedia en su fortaleza de Palestrina. Por una nueva gabela el pueblo se amotina, y Cola, atacado en el Capitolio, es míseramente despedazado y sus cenizas son dis­persadas. La vida de tan gran personaje es reproducida en la antigua crónica con vigor en las escenas donde mejor refulge el inte­rés pintoresco y dramático. Son de notable valor las páginas que describen su fin, cuando Cola pasa del orgullo de sus armas y de su palabra, a la inútil evasión de un disfrazado. Toda la obra está dedicada a mostrar el lado excepcional del personaje, a pesar de afirmar un «ejemplo espantoso y memorable a quien pretenda poner con­fianza y seguridad en la tumultuosa e in­grata plebe».

C. Cordié