Vida de Cellini, Benvenuto Cellini

[La vita di Cellini]. Narración autobiográfica de Benvenuto Cellini (1500-1571), dictada por él en gran par­te a un joven. Compuesta entre 1558 y 1566, se interrumpe en 1562; publicada por pri­mera vez en Nápoles, en 1728, por Antonio Cocchi; a continuación obtuvo varias edi­ciones y fue traducida a las principales lenguas. El libro está dividido en dos partes (respectivamente de 124 y 113 capítulos) y queda truncado. La narración de la primera parte llega hasta 1539.

Nacido en Florencia, Benvenuto es encaminado por su padre a los estudios de música, que él sigue sin verdadera vocación, y se pone, en cambio, a aprender el arte de orfebre, en la tienda de Antonio del Sarto, por sobrenombre Marcone. Muy joven todavía se enreda en riñas y contiendas; se ve obligado a pasar seis meses en Siena, desterrado de Floren­cia, y después huye a Pisa por una cuestión tenida con su hermano. Regresa a Florencia y se entrega enteramente a su arte, toman­do por modelo «la bella manera de Miguel Ángel», de la cual declara no haberse soltado nunca. Pasados dos años de fecunda permanencia en Roma (1519-1521) vuelve a Florencia, se empeña en una reyerta vio­lenta con los Guasconti, orfebres, émulos suyos, hiere a uno de ellos, Gherardo, y se ve obligado a huir a Roma. Allí realiza espléndidos trabajos para el obispo de Sa­lamanca, para la esposa de Ghismondo Chigi y para el papa Clemente VII.

En tanto, Carlos de Borbón se dirige con los españo­les al asedio de Roma (1527); Benvenuto arma y guía «cincuenta valerosísimos jóve­nes», mata de un arcabuzazo al Borbón y después se refugia en el castillo de Sant’Angelo con las últimas defensas papales. Se­gún él dice, hace allí prodigios, dirigiendo el tiro de algunas piezas de artillería, y se convierte en el héroe de la defensa; pone en lugar seguro las joyas y el oro del Papa y hiere al príncipe de Orange. Después de un breve período de ausencia es vuelto a llamar a Roma por Clemente VII, labra un estupendo botón de capa pluvial y un cáliz de oro; y obtiene el encargo de los cuños para las monedas papales. Pero helo aquí de nuevo metido en contiendas y extrava­gancias. Con torturante e incontenible afán de venganza mata al que hirió a su hermano; por causa de cierto amor suyo con una Angélica siciliana se entrega a prác­ticas de nigromancia, y poco después de la muerte de Clemente VII, exaltado por el comportamiento del émulo y enemigo Pom­peo de Capitaneis, orfebre milanés, le mata de dos puñaladas (septiembre de 1534). El nuevo papa, Pablo III Farnese, le perdona («los hombres como Benvenuto, únicos en su profesión, no han de estar obligados a la ley»).

Pero Benvenuto incurre en el odio del hijo del Papa, Pier Luigi, quien incita a su padre, le tiende insidias mortales y lo obliga a huir de Roma. Llamado de nuevo a Roma por el Papa, con promesa de indulto total, apenas llega lo amenazan con encar­celarlo: entonces le da un ataque violen­tísimo de bilis y está a punto de morir, hasta que, casi en sus últimos momentos, le sale del estómago «un gusano velloso, largo un cuarto de brazo». Pero el Papa oye siempre a los calumniadores y enemigos de Benvenuto, el cual, después de un pri­mer viaje a Francia a la ecarte de Francis­co I, vuelve a Roma, donde es detenido por falsa acusación de haberse apoderado de joyas por valor de 80.000 escudos durante el asedio del castillo de Sant’Angelo. Y pre­cisamente en aquel castillo es encarcelado y cae en manos de un alcaide loco, a quien se le ha metido en la cabeza que Benvenuto sabe volar. Después de evadirse en una fuga atrevidísima, recibe nuevo perdón de Pablo III, pero poco después es nuevamente encerrado en las prisiones subterráneas del castillo; Benvenuto lee la Biblia y se aban­dona a fervientes raptos y transportes de misticismo.

En fin, cuando ya está resignado a morir, obtiene por medio del cardenal de Ferrara, Ippolito D’Este, la liberación y el permiso para partir a Francia. Aquí acaba la primera parte del libro. En Francia Benvenuto recibe de Francisco I, que le concede como habitación y taller el castillo del Petit Nesle, el encargo de modelar doce estatuas de plata para candelabros; modela un Júpiter, un Vulcano, un Marte y se dis­pone a labrar un admirable salero; pero también allí encuentra a su enemigo en Madame d’Etames, favorita del rey, que se supone despreciada por el artista y consigue hacer que le retiren los encargos. Mientras el rey se halla ocupado en la guerra contra los ingleses, Benvenuto obtiene licencia, y parte de nuevo para Italia. En Florencia recibe del duque Cosimo I el encargo del «Perseo» y le presenta el modelo, que es admiradísimo. También allí émulos, envi­diosos y enemigos; especialmente Pier Francesco Riccio, mayordomo del Duque, y el escultor Baccio (él lo llama Buaccio) Bandinelli. En el «Perseo» trabaja con todas sus fuerzas y consigue fundirlo en dramá­ticos momentos de exaltación y entre inge­niosas ocurrencias.

Se ve obligado a expo­ner la hermosa estatua al público a pesar de no estar aún terminada, por orden del duque, incitado por Bandinelli, y quizás también por la duquesa, enojada con él porque no había querido o sabido mediar en su caprichoso deseo de poseer una gar­gantilla de perlas; pero su éxito es enorme, y se pegan al pie de la estatua muchísimos sonetos de alabanza, como se usaba enton­ces. La narración se reanuda después de una inexplicable laguna de cuatro años (1555-1559), con el proyecto del duque de una gran estatua, en mármol, de Neptuno; Benvenuto sabe que aquella estatua está destinada a Bandinelli y, con todo, arde en deseos de esculpirla él; pero a pesar de todas sus propuestas y sus tentativas y de la sobrevenida muerte de Bandinelli (1560), el gran bloque de mármol es confiado a Bartolomeo Ammannati. Perdida toda espe­ranza de realizar la obra, Cellini pide en vano licencia para volverse a Francia; en noviembre de 1562, después de la muerte del cardenal Giovanni, hijo del duque, parte hacia Pisa para reunirse con la corte, y aquí se interrumpe el libro.

La Vida es ante todo el autorretrato vivacísimo de una personalidad extremadamente original; Benvenuto es una mezcla de bárbaras pasiones y de tenacísimo amor por el arte, de verdad y de jactancia. Privado del sentido de socia­bilidad, se arroja a la venganza con inge­nuidad frenética; sobre todo necesita siem­pre algún enemigo, y parece no hallar reposo hasta que sabe que alguien trama contra él en la oscuridad. Por esto en la Vida faltan los tonos medios y tiernos, y la vida de relación (vida política, vida fami­liar, amores, amistades) es escasísima. Pero la Vida, además de ser un libro interesante, es una gran obra de arte. Benvenuto posee el abandono, de los narradores de raza, se ve a sí mismo como él quiere verse, y se suma todo en la representación de aquel yo suyo. Su lengua es dialectal e inmediata, pero su valor no reside sólo en su agudeza y en el realce que le proporciona su com­paración con la prosa del siglo XVI, tan compuesta y solemne, sino en su fuerza re­presentativa, de claridad deslumbradora y de un poder de concisión y relieve al que dan valor las imprevistas inversiones, anacolutos y desviaciones gramaticales, todo lo cual indica el rápido proceder de un narrador violento, libre de toda preocupa­ción que no sea la inmediata de expresarse. [Trad. española de Luis Marco (Madrid, 1892)].

M. Sansone

Es una de las cosas más vivaces que tuvo jamás la lengua italiana, tanto por lo que se describe en ella como por el modo de ha­cerlo. (Parini)

No tenemos en nuestra lengua ningún libro de tan deleitosa lectura como la Vida de aquel Benvenuto Cellini, escrita por él mismo en el habla pura y neta de la gente florentina. Aquel Cellini se pintó allí mismo con extremadísima ingenuidad y tal como él se sentía ser…; esto es, animoso como un granadero francés; vengativo torno una ví­bora; supersticioso en sumo grado, y lleno de singularidad y de caprichos; galante en un corro de amigos, pero poco susceptible de tierna amistad; más lascivo que casto; algo traidor, sin creer serlo; un poco envi­dioso y maligno; jactancioso y vanidoso sin sospechar que lo es; sin ceremonias y sin afectación; con una dosis de loco nada me­diocre, acompañada de firme confianza en ser muy sabio, circunspecto y prudente… Y con todo, aquella extraña pintura de sí mismo resulta en extremo placentera para los lectores, porque se ve claro que no está escrita con cálculo, sino dictada por una fantasía inflamada y pronta y que ha escrito antes que ha pensado. Y el deleite que pro­porciona me parece ser algo semejante al que experimentamos al ver ciertos bellos animales armados de afiladas garras y tremendos colmillos cuando nos encontramos en lugar desde donde podemos verlos sin peligro de que nos toquen ni ofendan. (Basetti)

Benvenuto Cellini es un preciosísimo loco; el único entre todos que parece hablar cuando escribe. Sin duda hay que prestarle atención, para robarle, si se puede, aquel su modo de escribir que parece hablar. (Giordani)

Pruebe, quien quiera sentir toda la poten­cia de este escritor, de dejar de pronto aquella lectura para leer la prosa de otro, aun de los mejores; todos le parecerán arti­ficiosos y un poco soñolientos, en compara­ción con la onda de vida, la naturaleza sincerísima, la fresca, desbordante y endiablada juventud de e\ste encantador sin gramática. (D’Amicis)

El arte es su Dios, su moralidad, su ley, su derecho. (De Sanctis)