Taras Bulba, Gogol

Novela del escritor ruso Gogol (Nikolaj Vasil’evič Gogol’, 1809-1852), publicada, con otros tres cuentos, en la serie Mirgorod (v.).

Dada su extensión y el gran éxito que alcanzó inmediatamente, Taras Bulba fue siempre publicada separadamente. Se refleja en esta obra el entusias­mo del pueblo cosaco y su naturaleza pode­rosa y salvaje. Nos hallamos en pleno si­glo XVI, el siglo férreo en el que no es un verdadero hombre el que no se entrega a la lucha. Taras Bulba, un cosaco que ya cuenta cincuenta años, pero siempre dispuesto a verter su sangre por sus creencias, se diri­ge con sus dos hijos, Ostap y Andrés, al «Sech», campamento militar de los cosacos establecido en una isla del Dnieper. Día y noche galopan por la estepa y alcanzan el Sech precisamente en el momento en que, sobre una almadía, llegan cosacos maltra­tados. «Los judíos han arrasado nuestras iglesias, los polacos aprisionan y torturan a nuestros jefes, llevando como trofeo sus ca­bezas para ludibrio de la muchedumbre de incrédulos», cuentan los fugitivos.

Esto re­presenta la guerra; y los cosacos, después de haber arrojado al Dnieper a todos los judíos de los contornos, inician su campaña de destrucción. Durante el sitio de una for­taleza, el hijo menor de Taras, Andrés, enamorado de una joven polaca que conoció en Kiev, traiciona a los suyos y se pasa al enemigo, pero es capturado y muerto por el propio Taras Bulba. Ostap, el hijo mayor, no tiene mejor fortuna y es hecho prisio­nero por los polacos. Taras, que escapa a la muerte, desearía salvar a su hijo, pero pasa por el dolor de asistir, impotente, a la tortura pública de Ostap; todo lo que puede hacer es gritar al hijo que él está presente, comprobando su heroísmo, y prometiéndole venganza.

Enfurecido entonces Taras, vuel­ve al Sech y, como coronel, al principio, de un numeroso ejército y como jefe después de una tropa independiente, siembra la ruina y el terror entre las ciudades polacas, hasta que, al ser capturado, es quemado vivo. Sus últimas palabras son para señalar a los compañeros el mejor camino para que huyan, y después le envuelven las llamas. Se encierra en esta obra un ambiente épico que nace del espíritu genuino de un pueblo; las escenas se suceden con una potencia elemental e inmediata: Bulba, que la em­prende a puñetazos con el hijo para probar su resistencia, y que mata al traidor Andrés, no puede olvidarse fácilmente, como tam­poco se olvidan las maravillosas descripcio­nes de la estepa. «Oh, estepa querida, que el diablo te lleve. ¡Qué bella eres!», comenta Gogol.

Pero esto es el Sech: un cosaco ten­dido, durmiendo en mitad del camino, con su largo mechón arrastrándose por el polvo y con los calzones de rico paño manchados de alquitrán en señal de desprecio; una muchedumbre entera que danza el «casachok», la desenfrenada danza popular rusa; la comilona continua de los cosacos, inmen­sa diversión de la horda… Todo ello deja transparentar la naturaleza primitiva y sal­vaje del pueblo cosaco, capaz a veces de elevarse a efusiones de un efecto grandioso. Un ejército se divide; una parte vuelve para defender el Sech de las invasiones musul­manas, y la otra continúa su lucha contra los polacos; y he aquí que antes de sepa­rarse, millares de hombres besan a otros millares de hombres, sabiendo que tal vez no volverán a verse. [Trad. española de T. Eneo de Valero (Madrid, 1923)].

G. Kraisky

*  Merecen recordarse dos óperas sobre el tema de Gogol: Taras Bulba de Arturo Berutti (n. 1862), compuesta en 1895, y Tarass Boulba de Marcel Rousseau (n. 1882), estre­nada en París en 1919. El bohemio Leos Janacek (1854-1928) compuso una rapsodia titulada asimismo Taras Bulba.