Los Últimos Días de Pompeya, Edward George Bulwer-Lytton

[The Last Days of Pompei]. Novela histó­rica del inglés Edward George Bulwer-Lytton (1803-1873), publicada en 1834. Se hizo rápidamente popular y, traducida a diversos idiomas, señaló el camino a muchas novelas sobre el mundo romano que tuvieron innú­meros lectores en el siglo pasado; entre las cuales sobresale con razón, Quo vadis? (v.). El valor intrínseco del libro es muy inferior a su fama: la fantasía de Lytton es más visual que psicológica, y los nume­rosos personajes de su enredada narración están trazados a la buena de Dios, compensando la falta de profundidad con el borras­coso movimiento de sus aventuras. La ac­ción ocurre en Pompeya y termina con la famosa erupción del Vesubio del año 79 d. de C.

El protagonista es Glauco, joven grie­go, rico, apuesto y generoso, al que se opone el egipcio Arbax, aficionado a las ciencias ocultas y devorado por un ilimitado orgullo y una insaciable lujuria. El primero es el amado de la bella Jone, también griega, dotada de toda virtud y gracia. El segundo, enamorado de la belleza de la muchacha, trata de impedir por todos los medios el amor de los dos. Sus tentativas fracasan por la intervención de Nidia, joven esclava cie­ga que Glauco liberó rescatándola de unos amos infames. El amor apasionado de ésta por Glauco es el elemento, más dramático y humano de todo el libro, y es también el más feliz recurso del autor para solucionar y a un tiempo complicar de vez en cuando la trama.

La máxima tensión dramática se al­canza cuando Arbax encuentra la manera, por medio de otra mujer celosa de Jone, de dar a Glauco una bebida que le provoca la locura, matando luego a traición a un jo­ven sacerdote de Isis (hermano de Jone) y acusando del crimen al loco Glauco. Los acontecimientos van enredándose cada vez más; Glauco, que ha recobrado la razón, es condenado a las fieras, Jone cae en ma­nos de Arbax, junto con Nidia, y hasta un equívoco sacerdote de Isis, Caleño, cómplice de muchas fechorías del egipcio y único testigo del asesinato, cae en una trampa en la misma casa del satánico felón. Sin em­bargo no se hace esperar la feliz solución: Nidia consigue huir, avisa a los amigos de Glauco, libera al testigo, ahora ya sediento de venganza, y los salvadores llegan a tiem­po al circo, mientras la muchedumbre grita con impaciencia ya que el león, tranquila­mente, no parece tener ganas de devorar a Glauco. La verdad es que la fiera, con su instinto, ha advertido ya el peligro que se cierne sobre la ciudad, y, en efecto, pronto la lluvia de ceniza ardiente cae de súbito sobre los descuidados ciudadanos.

En el an­gustioso tumulto, Nidia, siempre olvidándose de sí misma y favorecida por su ceguera que le permite orientarse en las tinieblas que envuelven la ciudad, reúne a Glauco y Jone y los conduce a salvo. Arbax y otros odio­sos personajes mueren; los amigos de Glau­co y el cristiano Olinto, ya destinado, al igual que Glauco, a servir de pasto a los leones, se salvan. Nidia, que no quiere pre­senciar la felicidad de Jone y Glauco, se arroja al agua desde el buque que los con­duce a salvo. Durante su cautiverio Glauco se ha convertido al cristianismo gracias a Olinto, y Jone pronto seguirá su ejemplo. Todo está contado con gran riqueza de deta­lles en más de quinientas páginas tan colo­readas como enfáticas, admirables especial­mente por su escenográfica vivacidad de representación. La descripción de Pompeya (que el autor escribió en aquel mismo lugar durante los días del entusiasmo suscitado por las excavaciones) es indudablemente efi­caz, y singular la vitalidad de esos muñecos en dos colores — blanco y negro — cuyas complicadas aventuras narra el autor.

En la masa romántica de la composición se ad­vierten las influencias de Walter Scott y especialmente una curiosa reminiscencia de byronismo. [Existen varias traducciones es­pañolas: de Isaac Núñez Arenas (Madrid, 1847-48); de J. Roca Cornet (Barcelona, 1862); de Celestino Barallat y Falguera (Barcelona, 1883); de Alfredo Opisso y Viñas (Madrid, 1923) y de F. Oliver Brachfeld (Barcelona, 1945)].

L. Krasnik

*             El teatro musical empleó ampliamente este argumento; entre las óperas tituladas último día de Pompeya, hay que recordar: la de Giovanni Pacini (1796-1867) según li­breto de Leone Andrea Tottola, no inspirada, sin embargo, en la novela de Lytton, publicada más tarde, y estrenada en Nápoles en 1825; y las de A. Gast y Félix Victorin de Jonciéres (1839-1903), ambas sacadas de Lytton; la primera estrenada en Breslavia en 1864 y la segunda en París en 1869. óperas ya olvidadas, tanto por su escaso valor musical como por su falta de consis­tencia dramática.