Leyenda de Tannhäuser, Anónimo

Este perso­naje histórico es un representante del «Minnesang» tardío. Nació de una noble fa­milia salzburguesa-bávara, hacia 1205; par­ticipó en una cruzada, probablemente en la de 1228; halló protección en Viena por parte de los Babenberg, de los que recibió casas y feudos; después, a la muerte de Federico el Batallador, habiendo perdido todos sus bienes, decidió vivir como «poeta vagabun­do» corriendo de corte en corte por todo el país germano y, posiblemente, también por Italia.

Algunos de sus «lieder» se han con­servado. A partir del año 1268 se pierden sus huellas. Cómo, dónde y cuándo surgió la le­yenda de su estancia en la Montaña de Ve­nus y de su peregrinación de penitencia a Roma — donde el papa Urbano II le negó la absolución hasta que su bordón de pere­grino estuviese florido, con lo que le indujo a retornar definitivamente a los brazos de la diosa pagana — no ha sido posible preci­sarlo hasta ahora, si bien la leyenda misma utiliza elementos de diversas tradiciones locales alemanas y presenta evidentes ana­logías con la leyenda de los Montes Sibili­nos, cerca de Norcia, recogida en 1420 por Antoine de La Sale y que ya era conocida antes de 1391 por el poeta del Guarino Mezquino (v.). El primer testimonio de una conexión del motivo legendario con la figu­ra de Tannhäuser se halla en 1451, en el poema La mora (v.), en el que su autor, Hermann von Sachsenheim, afirma haber visto personalmente al poeta junto a Venus, en el corazón de la montaña encantada. Posteriormente, y en especial hacia fines de aquel siglo, se multiplican los testimonios: entre otros se refieren a ello el franciscano Faber, autor del Evagatorium (1483), Sebas­tian Brant, Johannes Agrícola, Johannes Aventinus y el propio Hans Sachs [Hoffgesindt Veneris, 1517].

Pero su máxima vita­lidad poética la alcanza esta leyenda en un canto popular que tuvo amplísima difusión en todos los países de lengua alemana y fue objeto de numerosas y diversas traducciones incluso dialectales. Y fue todavía del mismo canto popular de donde renació la leyenda, una vez que Arnim y Brentano la recogieron en el Cuerno maravilloso del niño (v.). En 1799 Tieck extrajo de ella un sugestivo cuento en prosa, combinando su tema con el del fiel Eckart (v. El fiel Eckart y los Tannenhäuser); mas fue en el canto popular en donde se inspiraron direc­tamente todos los poetas del nuevo siglo, de Helmine von Chezy a E. Geibel, a F. v. Sallet, etc. El propio Goethe ve en él «un gran motivo cristiano-católico». Brentano pensó sacar de él un libreto para que lo musicase Weber. Los hermanos Grimm lo convirtie­ron en cuento, que fue incluido en las Deut­sche Sagen (1816). Heine, en los Elementargeister (1817) varió y adaptó el texto a la tonalidad irónica y sensitiva de su poesía. Y la derivación final fue el drama de Wagner.

Un pasaje de las Sagen (1836) de L. Bechstein, en el que Tannhäuser entra en relación con la Competición de los cantores en la Wartburg (v.) y, más todavía, en una disertación de C. S. Lucas [Über die Wartburgkrieg, 1838], en la que Tannhäuser es identificado con Enrique de Ofterdingen (v.), ofrecieron a Wagner el motivo para una fusión de ambas leyendas; toda la Edad Media cristiana y caballeresca renace ante su fantasía, con variedad de movimiento dramático y poética riqueza de colores. Me­diante el contraste de Elisabeth y Venus, «el amor sagrado y el amor profano», Tannhäuser se convierte en la fáustica encarnación del alma romántica, que «de la voluptuosi­dad de los sentidos asciende a la pureza del éxtasis místico, redimida por el amor y por la muerte», lográndose con ella dar un alto significado y una entonación nueva al tema.

G. Gabetti