La Revolución Francesa, Thomas Carlyle

[The French Revolution]. Epopeya histórica, más que historia, de Thomas Carlyle (1795-1881), publicada en 1837. El gran escritor inglés da en esta célebre obra una visión de los hechos típicamente epicodramática: relieve estereoscópico de fuerzas espirituales ocul­tas que afloran por simpatía bajo la pe­netrante mirada intuitiva del investigador de héroes y fuerzas heroicas, mal disimu­ladas por la apocalíptica violencia de los acontecimientos.

De este procedimiento su­yo, por cuadros ricos de color, de movi­miento, erizados de sentencias, de epigra­mas que se resuelven en imágenes fulgu­rantes, Carlyle da ya memorables ejemplos en los primeros capítulos de su obra. Luis XV, el «Bienamado» de un tiempo, muere: una nueva era se asoma «en un porvenir tan brillante como corrompido ha sido el pasado». Primero es la Época de la Carta, de la esperanza, del Contrato social, de Montgolfier, del filosofismo, de los edictos y las reformas financieras de Necker «im­presas» en 80.000 ejemplares; mientras ante los ojos de un rey papagayo, de una Iglesia ya derrotada y muda, pasan los «25 millo­nes de rostros escuálidos» por delante de una «horca de cuarenta pies de altura», atroz coronación de una lucha por la exis­tencia alegrada, a falta de pan, por bailes de máscaras, suavidad de maneras y nobles instituciones. Se aproxima el día de saldar cuentas, en que la cólera, reprimida du­rante siglos, estallará. «Hermano, no seas nunca charlatán: oficio maldito que trae consigo maldiciones, las cuales te perse­guirán cuando hará siglos que no existas.»

En París, la «canaille» se agita, es dueña ya de la calle: la tormenta se prepara, es­talla; son episodios insignificantes, con sólo unas pocas decenas de víctimas, aprendizaje de la insurrección; y después, en una mag­nífica y solemne procesión, los elegidos de Francia, los municipios, los nobles, el cle­ro, seguidos por el rey y por la corte en medio del mayor esplendor, inauguran los Estados Generales. El Tercer Estado, con la voz de Mirabeau, el nuevo rey, el león de la situación, no reconoce al otro rey ninguna autoridad que no esté sostenida por las bayonetas, y no se disuelve. Unos pocos días más y retumba el grito «¡a las armas!»; el 14 de julio la Bastilla, símbolo execrado, cae, derrumbada como Jericó por un son milagroso. «¡Pero esto es una revuelta!», exclama aquel fantoche de rey. «No, es una revolución», responde Liancourt. Emi­gración, fuga de nobles, mientras la Asam­blea Constituyente no hace más que lamentarse.

En tanto, los castillos arden en lla­mas, las barreras aduaneras son incendia­das, los proveedores de pan no hallan en Francia trigo suficiente para París, y los bandidos aparecen por todas partes. «Sin embargo, de todo esto deberá brotar una indecible bendición; el Hombre y su Vida no estribarán ya en el vacío y la mentiras Sigue la insurrección de las mujeres ham­brientas, que piden pan para sus hijos. El rey marcha hacia París seguido de 50 carros de trigo: toda la corte y hasta la reina están en las Tullerías, que se han conver­tido en nacionales; todos prisioneros de las mujeres furiosas que intiman: «¡Pan sin discursos!»; «Vive le Roi á Paris…». Así todos los aspectos de la Revolución, todos los acontecimientos en su fatal fluir, son revividos y apasionadamente comentados, hasta la caída de la Gironda y el último acto del drama, el Terror. Los girondinos «querían una república de la Virtud, a cuya cabeza habían de estar ellos mismos: no obtuvieron sino una república de la Fuerza. La nación creyó durante muchos años en la posibilidad, en la certidumbre del próximo advenimiento del milenio en que el hom­bre sería hermano del hombre, sin dolores ni culpas; un cielo sobre la Tierra». Ésta fue el alma de aquel prodigio mundial que se llamó la Revolución francesa.

La Monta­ña lo había comprendido; los girondinos que hablaban fríamente de las «masas», de sus «pobres hermanos», no. Después del proceso de los girondinos, el asesinato de Marat, la condena de Danton («Los dioses tienen sed»), los supervivientes «en la gru­ta de Polifemo» intentan el desquite, la salvación. La Convención triunfa: «Robespierre y todos los rebeldes están fuera de la ley»; y el telón baja sobre el último acto de la tragedia revolucionaria. La na­ción ha efectuado la prueba del sansculotismo y está cansada de él. Las cárceles restituyen a oleadas a los que estaban se­pultados en ellas; los comités revoluciona­rios son abolidos; ahora hacen furor los «bailes de las víctimas» y la moda «a la guillotina»; el comercio reanuda su libre curso; dos onzas de pan al día es la ra­ción. Dos veces más el león moribundo grita: «¡Pan y Constitución!», y después muere de verdad. Se hacen las listas de las víctimas del reinado del Terror. Cuatro mil, incluidas novecientas mujeres, a lo sumo. «Una victoria gloriosa, con su corres­pondiente Te Deum, cuenta por lo regular diez veces más víctimas que las matanzas.»

La tentativa reaccionaria del 13 de vendimiario es destrozada por el ciudadano Bonaparte: los domadores del sansculotismo y del realismo son domados a su vez; ha lle­gado el hombre. Francia tiene en adelante cuatro millones de propietarios de la tierra. ¡Cambien de vida ricos y pobres! Los acos­tumbrados defectos de estilo enfático, profético, con ternuras y entusiasmos de fa­nático, y apostrofes e interjecciones; el des­precio ardiente por los astutos, los charla­tanes, los hipócritas, y la adoración por la sinceridad aunque sea brutal, por la fuerza y la energía, y la personalidad aun­que sea la de un asesino; todas las sim­patías y todas las antipatías, hacen de La Revolución Francesa una lectura a veces exasperante y a veces alucinante. Esta obra refleja la teoría de los «héroes» tan ama­da por el autor: los héroes encarnan las fuerzas de la Historia, con su volcánico psicologismo. La obra, con sus defectos y sus parcialidades, como con sus geniales ilumi­naciones, con su ritmo épico, de la narra­ción, como con su característica interpreta­ción de la Historia pasada en función de los problemas presentes, queda como el monu­mento tal vez más notable de la historio­grafía romántica europea. Se han hecho fa­mosos algunos retratos, como el de Robespierre: «el incorruptible verdemar» («the seagreen incorruptible»).

G. Pioli

La Revolución Francesa de Carlyle es una de las novelas históricas más fascinadoras que jamás se escribieron. (Wilde)

Su extraordinaria visualidad, su predi­lección por lo pintoresco, su gusto por .la Historia como puro arte, como espectáculo, lo salvan de tergiversar los hechos más de lo que los tergiversa. Hay un fondo homé­rico en este predicador puritano. (Unamuno)

Como Macaulay, fue un historiador pin­toresco y partidista; pero como Macaulay… no se avergonzaba ni de ser partidista, ni de ser pintoresco. (Chesterton)

Carlyle no consigue permanecer mucho tiempo fuera del cuadro que pinta, mora­lista escocés y filósofo trascendental como es. Pero tiene una maravillosa capacidad de situarse en el punto de vista de su per­sonaje. (J. W. Beach)