Historia de la Literatura Española

Por «literatura española» entiéndese comúnmente hoy la literatura en lengua castellana dentro de los límites de su es­fera europea, considerándose actualmente como autónomas las literaturas sudameri­canas en lengua castellana. En cuanto a la literatura catalana es considerada, cuando menos, como un capítulo independiente de la literatura española a raíz de haberse afirmado en la región una conciencia que invade el campo de la tradición cultural y literaria y tiene su órgano en el benemérito «Institut d’Estudis Catalans» de Barcelona. (En menor escala, es análogo el caso de la literatura gallega). Del cuadro de la lite­ratura española quedan además excluidos los movimientos literarios regionales ibéri­cos — los cuales por lo demás, ofrecen es­casos monumentos — que no pertenecen a la tradición lingüística castellana, por ejem­plo, el de la región vasca. Existe, por otra parte, una corriente en la tradición historiográfica, desde Quadrio a Valera y a mu­chos otros dentro y fuera de España, que entiende por «literatura española» la «lite­ratura de la Península Ibérica», la de todas las regiones y de todas las lenguas, comprendiendo en la historia literaria española incluso a la literatura portuguesa; pero ya en el siglo XIX quedó plenamente asentado el reconocimiento de la substancial autono­mía de la tradición literaria portuguesa; y, a lo más, los actuales estudios no invaden otro campo que el de las relaciones y los intercambios entre ambas esferas, la portu­guesa y la española. En cambio, se man­tiene inalterable, aun entre los historia­dores más recientes, la idea — que data ya de los investigadores de los siglos XVII y XVIII — de una unitaria tradición ibérica en sentido cronológico, ya que no espacial, según la cual en la historia literaria espa­ñola se incluyen también las obras latinas de escritores ibéricos de la época imperial romana, de Lucano, de Quintiliano, de Mar­cial, de Séneca, de Celso y de Columela, cuanto más de los poetas cristianos del si­glo IV, Juvencio y Prudencio, y finalmente de Isidoro de Sevilla, idea evidentemente equivocada.

Con más legitimidad, en cam­bio, incluyen muchos en el cuadro de la literatura española la literatura medieval de España en lengua latina, arábiga y he­brea. Puede considerarse, en cierto sentido, como primera historia de la literatura es­pañola el bosquejo de la literatura romá­nica de España desde los orígenes hasta su tiempo (mitad del siglo XV) que trazó el gran poeta español don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana (1389- 1458), en el Prohemio e carta al Condestable de Portugal (v.), documento notable, tanto por la visión comparativa de las literaturas española, italiana y francesa, tendente a se­ñalar sus mutuas relaciones, como por los datos acerca de la poesía española en len­guas distintas de la castellana. Sin embargo, su información es insuficiente: Santillana pasa desdeñosamente en silencio el «mester de juglaría», y en cuanto al «mester de cle­recía» no tiene conocimiento de la exis­tencia de poetas como Gonzalo de Berceo.

Exponente de una consideración histórico- crítica de la literatura es también una co­nocidísima antología de mediados del si­glo XV (hacia 1445), el Cancionero de Baena (v. Cancioneros castellanos), compilado sin un determinado orden sistemático por el judío converso Juan Alfonso de Baena (siglo XV). Importantes datos sobre la literatura española hay en los gramáticos del siglo XVI, los cuales, al estudiar las fuentes de la lengua cuyas reglas tratan de fijar, se ven precisados a hacer una valo­ración histórico-crítico-estética de los an­tiguos monumentos. Interesantes observa­ciones encontramos también en poetas que asumen el papel de teóricos de la poesía. Mencionaremos ante todo la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija o Leluixa (1444-1522), obra que contiene importantísimas observaciones sobre la mé­trica de los «romances» o de los «cantares», como también el Arte de poesía castellana de Juan del Encina (14699-1529) o — junto con observaciones estéticas — el Discurso de poesía castellana (1575) de Gonzalo Argote de Molina (1549-1597) a quien debemos inte­resantes investigaciones sobre los textos me­dievales españoles; comentarista de los mo­numentos antiguos es también Hernán Núñez de Toledo (1475-1553). En el Siglo de Oro no se registra ningún particular en­tusiasmo en favor de los estudios filológi­cos.

Sin embargo, hallamos interesantes ob­servaciones, estéticas e históricas, esparci­das en diversas obras: desde el Diálogo de la lengua (v.) (1535-36), atribuido a Juan de Valdés (fin del siglo XV-1541), hasta la Dorotea (v.) de Lope de Vega, además de muchas de las grandes obras del siglo XVI y especialmente el Quijote (v.) de Cer­vantes. El cap. VI de la primera parte (1605) es un verdadero ensayo en el que se dan juicios en gran parte correctos y convalidados por la crítica posterior, y observa­ciones acerca de la procedencia de obras castellanas de los grandes poemas italianos. Cervantes aparece como historiador de la literatura en un sentido más estricto en el «Prólogo al lector» de las Ocho comedias y ocho entremeses (v.) (1615), que contie­ne un esquema de la historia del teatro y rápidos análisis de las obras de los prin­cipales autores, de Lope de Rueda a Lope de Vega. Ofrecen también datos sobre his­toria literaria algunas obras de historiado­res políticos, por ejemplo, los Progresos de la historia del reino de Aragón (1680) de Juan Francisco de Uztarroz. La historia de la historiografía literaria erudita puede empezarse a datar a partir de Francisco Cascales (1564-1642), autor de las Tablas poé­ticas (1617), extenso sumario bibliográfico; débense también a Cascales las Cartas fi­lológicas (v.) que contienen interesantes juicios históricos y estéticos sobre el mo­vimiento literario español: célebre, entre todas, es la carta sobre Góngora. La que puede considerarse como la primera «his­toria de la literatura española», en sentido propio, es la Biblioteca hispana del canóni­go sevillano Nicolás Antonio (1617-1684), «una de las más bellas obras en general de historia literaria que hayan visto la luz» según Tiraboschi: y es, en efecto, digna de la entera aprobación de Tiraboschi, por ser eruditísima y riquísima en noticias. Comprende dos partes: una Bibliotheca nova (1672) que examina las obras apare­cidas desde 1500 hasta el 1672, exactamente, y una Bibliotheca vetus (salida póstumamente en 1696) que estudia la literatura es­pañola y portuguesa desde el nacimiento de Cristo hasta el año 1500.

Del mismo tipo de la de Antonio, pero limitada sólo a los escritores jesuitas, es la obra comenzada por el padre Pedro de Ribadeneyra (1527-1611), en conformidad con otras grandes obras del género emprendidas por otras órdenes re­ligiosas, la De scriptoribus societatis Jesu (1608), corregida después por el padre Filippo di Alegambe (1592-1651) en la Bi­bliotheca scriptorum societatis Jesu (1643) y continuada por Nathniel Southwell en la Bibliotheca scriptorum societatis Jesu (1675). Pierre-Daniel Huet (1630-1721) hace notables observaciones sobre la «poesía po­pular» española en el Traite de Vorigine des romans (1670). Las investigaciones his­tóricas sobre la literatura ibérica reciben particular desarrollo en el siglo XVIII; en parte siguen los caminos ya señalados, pero con mayor rigor metódico y mayor amplitud de miras, en parte entran por nuevos cau­ces penetrando en terrenos totalmente in­explorados. Las búsquedas históricas y filo­lógicas dan lugar a la composición de sín­tesis bibliográficas, o a la construcción de amplios tratados sistemáticos o al descu­brimiento, a la publicación, al comentario de monumentos, tanto de los aislados como de los reunidos en antologías. A la litera­tura española le es reservado amplio lugar en la obra Historia de la razón de cada poesía (v.) del autor Francesco Saverio Quadrio (1695-1756), publicada entre 1739 y 1752; en ella se encuentran amplias lagu­nas (no se hace mención, entre otras cosas, de la tragedia española) y afirmaciones dis­cutibles, pero contiene también abundante erudición y extensas citas incluso de la literatura portuguesa que Quadrio consi­dera como parte de la literatura española. De las relaciones literarias entre Italia y España tratan Saverio Bettinelli (1718-1808) en la obra Resurgimiento de Italia en los estudios, en las artes (v.), que contiene juicios sumarios y desde luego también fragmentarios sobre la literatura española y en la que, por otra parte, no se hace men­ción de la serie de los importantes escrito­res del Siglo de Oro, y la Storia della letteratura italiana (v.) de Girolamo Tiraboschi (1731-1794), que imputa a España la culpa de la decadencia del gusto europeo e ita­liano en particular.

Quadrio, Bettinelli y Tiraboschi tienen sus opugnadores en los religiosos españoles refugiados en Italia y particularmente en el abate Juan Andrés (1740-1817) y en el abate Javier Llampillas (1731-1810), que traza la historia de la literatura española con intenciones y acen­tos claramente apologéticos (Saggio storico apologético se titula precisamente la obra de Llampillas, editada en italiano en 1778 y en español en 1782-86). Conforme al mo­delo de la obra de Quadrio está compuesta la obra principal de Andrés, Dell’origine, progresso e stato attuale d’ogni letteratura (ed. italiana, 1782-98; española, 1784-1806), que consagra amplio espacio, naturalmente, a la literatura española. No constituyen nin­gún tratado sistemático, sino más bien una serie de ensayos, aunque en extremo inte­resantes, las Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles de Pedro José García Balboa, más conocido bajo el nom­bre de fray Martín Sarmiento (1695-1772), publicadas póstumamente en 1775, fruto de toda una vida de búsquedas eruditas. Está inspirada en el gran modelo de la Histoire littéraire de la France, iniciada por los Be­nedictinos, y la Historia literaria de España de los hermanos fray Pedro y fray Rafael Rodríguez Mohedano, editada entre los años 1766 y 1791. Diez son los volúmenes publi­cados, con los que la obra llega hasta Lu- cano, ricos en digresiones que abordan to­dos los campos del saber: en realidad, más que de una historia literaria, se trata de una historia general de la cultura, conforme a los gustos y exigencias de la época, que precisamente se reflejan también en la His­toria literaria y en la Historia de Tirabos­chi. Del siglo XVIII cabe señalar obras importantes, ya sean de historia literaria particular de alguna región o limitada a de­terminados géneros, ya de bibliografía ge­neral o de erudición, así como selecciones antológicas de textos, obras todas que con­tribuyen en grado distinto al conocimiento y trazado de la historia literaria española.

Entre los tratados relativos a la historia literaria regional, son dignas de mención la historia de los Escritores del reino de Valencia (1747-49) de Vicente Ximeno, la Biblioteca ‘antigua de escritores aragoneses (1746) de Francisco de Latassa (hasta el 1500) y la Biblioteca hispano-arábiga escurialense (1760) de Casiri, muy elogiada por Tiraboschi. Entre las obras relativas a de­terminados «géneros», cabe señalar Traduc­tores españoles de Pellicer y Saforcada (1778), obra que trata de los traductores y refundidores españoles de la época huma­nística de autores griegos y latinos, de la Biblia y de textos patrísticos; los Discursos sobre las comedias españolas (1750 y 1753) de Agustín Montiano y Luyando (1697- 1759) y dos ensayos que preceden a las edi­ciones de Virginia y de Ataúlfo, en los que se bosqueja una historia del teatro español. Entre las obras bibliográficas cabe mencio­nar los tres catálogos de obras contenidas en las bibliotecas de Madrid, publicados en 1729, 1730 y 1769 por Juan de Iriarte (1703- 1771) y la Bibliographia critica sacra et prophana de Miguel de San José. Entre las antologías, el Parnaso español (1763) de J. J. López de Sedaño, muy interesante, pese a que algunos de sus juicios y atribu­ciones hayan sido en parte rectificados por la crítica moderna; la Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV (1775) de Tomás Antonio Sánchez (1732-1798), el pri­mer editor del poema del Cid (v.); el Tea­tro historie o-crítico de la elocuencia cas­tellana (1786) de Antonio Capmany Suris y de Montpalau (1742-1813), que es una excelente colección de fragmentos literarios adornados con notables comentarios; la Co­lección de poetas españoles (1785-97) de Ramón Fernández, muy rica y dotada de unos prefacios particularmente estimables de Fernández y de sus colaboradores.

Menciónanse también algunas, antologías con­sagradas a determinados géneros, en espe­cial al teatro, entre ellas el Teatro español (1785-86) de Vicente García de la Huerta (1734-1787) en quince tomos, que, sin em­bargo, no contiene muchas de las obras más salientes del Siglo de Oro. Especial men­ción merece la afortunadísima Floresta de varios romances (1711) de López de Torta- jada, que conoció a lo largo de los siglos muchas ediciones: es obra que, en cierto sentido, se ajusta a las nuevas exigencias y a las nuevas tendencias del gusto y de la crítica; de aquellas nuevas exigencias y de aquellas nuevas tendencias que des­embocaron en el movimiento prerromántico europeo que tiene su maestro en Herder. Johann Gottfried Herder (1744-1803) busca también y encuentra en la poesía «popular y nacional» española — como en la de otros países — el fundamento de las teorías, tan entusiásticamente acogidas y divulgadas, que él expone especialmente en über Ossian un die Lieder alter Vólker (1773) y en el prefacio a la segunda parte de Stimmen der Vólker in Liedern (1799). Herder se sitúa con respecto a la literatura española (a la que toca brevemente también en Früchte aus den sogennanten goldenen Zeiten des XVIII Jahrhundert (1801-1803), en una visión que resulta más bien vaga con referencias también a poetas portugueses), más que como erudito, como lector atento y traductor apasionado, aunque no siempre afortunado en la elección de los originales. En Stimmen se incluyen veinte composi­ciones breves, de las que cinco son de Góngora, una de Gaspar Gil Polo, y el resto anónimas. Responde más directamente a las exigencias románticas la colección de se­tenta romances titulada Der Cid nach spanischen Romanzen (1802).

Cierra el ciclo, como trabajo de precisión y transición, la obra monumental del padre Juan Francisco Masdeu (1744-1817), comenzada también en Italia y continuada después en España, sobre la Historia crítica de España y de la cultu­ra española (1782-1805). Obra diversamente juzgada, pero de una vastísima erudición, si bien excesivamente hipercrítica, que com­prende la historia de la civilización espa­ñola desde la Antigüedad hasta el período «restaurador». La literatura española des­pierta profundo interés entre los románticos, que la sitúan dentro del marco de las lite­raturas de formación «natural» y «espon­tánea», no «artificial» ni «refleja»: en las que de modo libre y seguro se manifiesta el «Volksgeist», el alma popular desligada de todo vínculo, de todo obstáculo de cultu­ra. «Verdadera» poesía, la española; nacida de la «creación anónima» espontánea, co­lectiva, del alma popular; y poesía «nacio­nal», es decir, congenial a la raza española, expresión directa de las exigencias, de las aspiraciones, de las creencias, de los sufri­mientos de la nación. La «verdadera» poesía española «popular» y «nacional» la consi­deran los románticos encarnada en dos «géneros»: en la «poesía heroica», que da lugar a los cantares épicos y a los roman­ces, y en la «dramática»; son estos dos gé­neros los que de modo especial atraen el interés de los investigadores y de los crí­ticos, incluso cuando el fervor casi místico del primer movimiento romántico se con­centra y limita en la búsqueda rigurosa y sistemática de la filología científica com­parativa.

La interpretación romántica de la literatura española está en el célebre curso de lecciones de Friedrich Schlegel (1772-1829), publicado por primera vez en 1812 con el título de Historia de la litera­tura antigua y moderna (v.), en el que la literatura española goza de una privile­giada consideración en méritos a su ca­rácter verdadera y absolutamente «nacio­nal». «La poesía española — afirma Schle­gel — permaneció especialmente incontami­nada de cualquier mezcla extranjera y toda ella puramente romántica»; y la primera manifestación de la poesía nacional espa­ñola se encuentra en la dramática y espe­cialmente en la obra de Calderón, que pue­de considerarse como «un poema épico de tipo nuevo» (como es sabido, en la concep­ción romántica la más auténtica manifesta­ción del alma nacional está en la epopeya); al paso que el poema del Cid es considerado como la más alta expresión de la poesía popular y nacional española. Idénticos pun­tos de mira se encuentran en la obra de Simonde de Sismondi (1773-1842) De la li­teratura de Europa meridional (v.), en la que se da «la vuelta a Europa para exa­minar, de nación en nación y de región en región, los resultados de la unión de las grandes razas humanas, del Norte y del Sur, para asistir al nacimiento de las len­guas modernas, del genio y de la literatura que fueron su resultado; para determinar… cuál fue el proceso de formación del espí­ritu y del gusto nacionales». El estudio re­lativo a España ocupa el segundo volumen, mas ya en el primero se trata ampliamente de los escritores aragoneses y catalanes. Sismondi examina y describe el carácter «romántico» de una gran parte de la lite­ratura de la península ibérica. A los ro­manos españoles — es decir, a lo que es para los románticos la manifestación más auténtica y directa del espíritu popular y nacional español — consagran su atención Jakob Grimm (1785-1863) [Silva de roman­ces viejos, 18151, que da una famosa cla­sificación de los romances; el gran maestro de la filología románica, Friedrich Diez (1794-1876) [Altspanische Romanzen, besonders von Cid und Karl, 18211; G. B. Depping (1794-1853) [Romancero, 1825 y 1844, completado por F. Wolf en 1846]; F. Wolf (1796-1866) [Primavera y flor de Romances, en colaboración con K. Hofmann, 1856].

Es también investigador de la anti­gua epopeya popular española, además del citado Wolf, Huber (1800-1869) [De primi­tiva cantilenarum apud hispanos forma, 1844; La Crónica del Cid, 1844]: Agustín Durán (1793-1862) es editor del Romancero general (publicado por vez primera en 1828-1832). Notabilísimo es el «Prólogo» a los Romances históricos (v.) del duque de Rivas (1791-1843) y el «Prólogo» al Cancionero de Baena del marqués José Pedro de Pidal (1799-1865).

Traductores y comentaristas de los romances españoles los hay en todos los países de Europa: baste mencionar a los Hugo, Thomas, Maury, Berchet (Vecchie romanze spagnole recate in italiano, 1837), Damas-Hinard (Romancero general, 1844), Du Meril: toda la Europa literaria ve en los romances españoles la realización plena y entera del ideal romántico de la verda­dera poesía y reconoce en los romances la parte más significativa, o mejor la esen­cia de toda la literatura española. Tam­bién suscita un gran fervor de investiga­ción, en la primera mitad del siglo, el otro «género» que los románticos, como se ha dicho, consideran como expresión directa del alma nacional española, el «drama»: el cual, sin embargo, en el gusto y en la cul­tura literaria de la Europa romántica no despierta un interés tan universal como los romances y no goza de una. divulgación tan amplia y difusa. De todos modos, ya en 1802, Casiano Pellicer publica un estudio sobre el Origen del teatro y en 1804 los Orígenes de las comedias; en 1838 sale póstuma la obra Orígenes del teatro español de Leandro Fernández de Moratín (1760- 1828), a la que su autor había consagrado largos años de su vida y que constituye una historia de particular importancia, acompañada de una serie de textos inéditos o raros; en 1839 aparece la obra Lecciones de literatura dramática española de Alberto Lista y Aragón (1775-1848); en 1842, el En­sayo del antiguo teatro español, de Gon­zalo; en 1845, la Geschichte der dramatischen Kunst und Literatur in Spanien (tra­ducida al español por De Mier) de Adolf Friedrich von Schack (1815-1896), ilustre medievalista y arabista; en 1848-49 una se­rie de artículos de Wolf que llevan el título y tienen el valor de una Geschichte der spanischen Dramas. Mientras la crítica ro­mántica concentra así su interés sobre los aspectos considerados como más genuina­mente nacionales de la literatura española, aparecen, también en la primera mitad del siglo XIX, interpretaciones y sistematiza­ciones generales del vasto cuadro de la historia literaria de España. De estas his­torias generales de principios del siglo XIX, son realmente fundamentales la de Frie­drich Bouterwek (1765-1828) y la de George Ticknor (1791-1871).

La obra de Bouterwek se titula Geschichte der neueren Poesie und Beredsamkeit (1801-19): está concebida al margen de la ideología más propiamente romántica; más bien aparece, en parte, su­jeta todavía a los métodos de la crítica del siglo anterior y refleja las ideas filosóficas del autor (que fue precisamente profesor de Filosofía en Goettingen). Es una visión de conjunto de la poesía y de la elocuencia italiana, española, portuguesa y francesa, a partir del siglo XIII en adelante, desti­nada a señalar, de cada una de las litera­turas nacionales en romance, las característi­cas esenciales; por esto se hace caso omiso de la personalidad de cada escritor, al paso que toda la atención se concentra en hallar el tono y el espíritu de las distintas épocas y siglos y en distinguir los «progresos», el gradual «perfeccionamiento estético» del que resulta el nuevo arte literario; posee, en fin, un contenido pragmático y por la parte reservada a la literatura española es muy notable y fue considerada como obra autónoma y como tal fue traducida al es­pañol por Gómez de la Cortina y por Hugalde de Molinedo (1829), y por otros en otras lenguas europeas. La obra de Bouter­wek fue objeto de muchas controversias, pero tuvo, a pesar de todo, grandísima di­fusión y ejerció considerable influjo; fue, incluso, para los eruditos de toda Europa y durante mucho tiempo el manual de con­sulta corriente. La obra de Ticknor, History of Spanish Literature apareció en 1845, y fue traducida al español por Gayangos y por Vedia en 1851; al alemán por Julius en 1852, con suplementos, notas e investigaciones especiales de Wolf; al francés por Magnabal en 1864. La materia está distri­buida en tres partes: en las dos primeras se sigue el desarrollo de los «géneros», mien­tras que para los principales escritores se reserva un tratado aparte, muy extenso, ba­sado en el conocimiento directo de todos los textos y de todos los trabajos especia­les; en cambio, en la última parte, desde el reinado de Felipe V al de Fernando VII, se sigue el orden cronológico. El orden y la distribución de la materia no es siempre convincente ni el tratado es siempre cohe­rente, homogéneo, exhaustivo. Su posición es más bien romántica, en el sentido que establece la contraposición entre poesía po­pular y poesía erudita; pero no se insiste en el principio del «alma popular» como fuente única y original de la verdadera poesía. En cambio, domina en la obra el tema de la poesía que es reflejo directo e inmediato de las condiciones de vida de la nación. Hay, de todas maneras, en la obra de Ticknor el reflejo de las nuevas tenden­cias que imperan ya en el terreno de la historia y de la crítica literaria: el reflejo del riguroso cientificismo de la escuela «po­sitivista».

Ticknor muestra un gran empeño en documentar todas sus afirmaciones y examina hechos y escritos con la severidad del método «histórico» y filológico. El mé­todo histórico y positivo se impone justamente en esos años, dando lugar a un gran entusiasmo por las investigaciones particulares precisas y sistemáticas, gracias a las cuales las características y los hechos de la historia literaria española resultan aclarados e iluminados. Tres investigadores dominan en España el campo de la crítica, de la filología y de la historiografía lite­raria: José Amador de los Ríos (1818-1878), Manuel Milá y Fontanals (1818-1884) y Mar­celino Menéndez Pelayo (1856-1912) en es­pecial, que es el jefe y el maestro indis­cutible de la crítica española de la segun­da mitad del siglo XIX y principios del XX y que se distingue de los otros porque une a su probidad científica y a su inmensa erudición una exquisita y casi excepcional sensibilidad artística y literaria. La activi­dad de estos maestros se ejerce — de acuer­do con las exigencias del nuevo método histórico — en el campo de las indagaciones particulares, pero también da lugar a la elaboración de vastos y totales tratados que tienen el aspecto, ya que no la estructura, de historias generales de la literatura. No se mueve del campo de las investigaciones particulares Milá y Fontanals, cuyos mejo­res ensayos, sin embargo — el documentadísimo estudio sobre la Poesía heroico-popular castellana (1874) y el otro sobre Los trovadores en España (v.) —, son de gran aliento. Una propia y auténtica historia li­teraria general viene a ser la Antología de los poetas líricos castellanos en catorce to­mos (1890-1916) de Menéndez Pelayo, ex­tensa colección de textos con vastas intro­ducciones que constituyen a menudo ver­daderos tratados sistemáticos que ocupan a veces algunos tomos y son fruto de es­meradas investigaciones y de una refinadí­sima sensibilidad. Se nota en ella la super­vivencia de las corrientes románticas y po­sitivistas (la obra de arte es todavía consi­derada como producto del «milieu» de la raza, del «momento histórico»), pero el carácter básico general es el reflejo de intui­ciones nuevas y de nuevas posiciones esté­ticas. Y a la Historia de las ideas estéticas en España (v.) Menéndez Pelayo consagra uno de sus más agudos y penetrantes estu­dios.

Una representación sintética, con una base estrictamente crítica y científica de los primeros siglos de la literatura española es la gran Historia crítica de la literatura es­pañola en siete tomos (1861-1865) (v.) de Amador de los Ríos, que llega hasta la épo­ca de los Reyes Católicos. Amador, antes de entregarse a su obra principal, había des­plegado una intensa actividad de investiga­dor y de divulgador. En el 1841-42, había traducido, en colaboración con José Lo­renzo de Figueroa, la obra de Sismondi, y en 1848 había publicado sus Estudios histó­ricos, políticos y literarios. En la Historia crítica, que es fruto de una inmensa eru­dición, confluyen todas las anteriores inves­tigaciones del autor y se utilizan todas las aportaciones de los eruditos preceden­tes; por todo esto, la obra, al paso que es el reflejo fiel del estado de los estudios, constituye una visión sintética unitaria de gran fuerza y vigor que sigue siendo toda­vía fundamental, aun cuando, dado el pro­greso de los estudios, muchos juicios y mu­chas interpretaciones particulares aparecen hoy en día superados.

Después de éstas, que son las tres figuras cumbres de la historio­grafía literaria española del siglo XIX, me­recen una mención numerosos autores de obras de carácter general, de varia inspi­ración y de tono diverso, más todas ellas, por distintas razones, notables, aún las que son de divulgación: Adolphe-Louis de Puibusque (1801-1863), autor de una Histoire comparée de la littérature française et espagnole (1843), en la que se da particular importancia a la poesía popular española vista a la luz de los criterios románticos de la «creación colectiva» y «del espíritu na­cional»; Ludwig Clarus, autor de una Darstellung der spanischen Literatur im Mittelalter (1846); Antonio Gil y Zárate (1796- 1861), autor de un Manual de literatura (1842-44), escorzo histórico en el que se encuentran juicios inaceptables pero a me­nudo vivamente inteligentes; Théodore de Puymaigre (1816-1901), autor de un brillan­te volumen: Les vieux auteurs castillansHistoire de l’ancienne littérature espagnole (1863); el gran arabista Reinhardt Dozy (1820-1883), autor de la Histoire littéraire et politique de l’Espagne pendant le moyen âge (1849); E. Baret, autor de un super­ficial tratado de las «particularidades» de la Histoire de la littérature espagnole (1863) hasta el siglo XVIII; José Fernández Es­pino, autor de un Curso histórico-crítico de la literatura española (1871) en el que se encuentran opiniones meditadas, pero en parte rechazadas por la crítica posterior. Valor de historia general tiene, en cierto sentido, la antología de Ludwig Lemcke (1816-1884): Handbuch der spanischen Li­teratur. Auswahl von Musterstücke aus den Werken der klassischen spanischen prosisten und Dichter von ältesten Zeiten bis auf die Gegenwart mit biographisch-literarischen Einleitungen (1855-1856), en tres to­mos, dedicado el primero a la prosa, el segundo a la poesía épica y lírica y el ter­cero al teatro.

Lemcke, que no es propia­mente un filólogo, por lo menos en el sen­tido moderno de la palabra, da a su obra el tono característico de su época; algunos párrafos del prólogo parecen sacados de Sismondi, y se insiste mucho sobre el «Nationalgeist» y sobre otros conceptos neta­mente románticos. Continúa en el siglo XIX la tradición de las grandes «Bibliotecas» o tratados históricos bibliográficos, a veces acompañados de la reproducción parcial o total de textos inéditos o raros, iniciada en el siglo XVII-XVIII, de carácter a menudo regional o limitados cuando menos a ambientes particulares: la Biblioteca valen­ciana (1827-1830) de Justo Pastor Fuster, que elabora y amplía el vasto material re­cogido por Ximeno (que a su vez había utilizado la obra de José Rodríguez e Igna­cio Savalls); la Biblioteca arábigo-hispana de Francisco Codera (1826-1917). Una serie de memorias en vistas a un Diccionario crítico de los escritores catalanes, publicó, en 1836, Félix Torres Amat, obispo de Astorga. Entre las obras prevalentemente bi­bliográficas (con reproducciones de textos), tenemos el Ensayo de una biblioteca de li­bros raros y curiosos (editado en 1863 y revisado en 1889) que a base de notas de José Bartolomé Gallardo y Blanco (1776- 1852) compilaron Zarco del Valle y Sancho Rayón. El fruto de un siglo de investiga­ciones y estudios se recoge en algunas obras «manuales» que reflejan las ideas estéticas que dominaron el siglo XIX, la crítica ro­mántica y la positivista, y la síntesis del inmenso trabajo de investigaciones particu­lares de la larga serie de historiadores, filó­logos, descubridores y editores de textos, eruditos y críticos que en todo el mundo se consagraron, durante el siglo XIX, al estudio de la literatura española.

De estos manuales, mencionaremos dos: el de Goofried Baist [Die spanische Literatur], que forma parte de la obra Grundriss der ro- manischen Philologie de Gróber (vol. II, parte II, pp. 383 ss., 1897), muy rápido y resumido pero rigurosamente informado y preciso, y el de James Fitzmaurice Kelly (1857-1921), que es indudablemente el más autorizado y tuvo un éxito enorme, fue traducido a muchas lenguas europeas y muchas veces reimpreso, tanto en su ori­ginal como en sus traducciones, siendo, además, en cada nueva edición revisado, mejorado y puesto al día. La primera edi­ción española de la History of Spanish Literature (1896) es de 1901, obra de Bonilla y San Martín, de la que hablaremos; la primera francesa es del 1904. Importante es la edición española del 1926 a cargo de Julia Fitzmaurice Kelly según el texto revi­sado por el autor hasta los últimos días de su vida y según los apuntes y notas del mismo autor y las comunicaciones y observaciones hechas por corresponsales y amigos y que Fitzmaurice Kelly tuvo muy en cuenta en un ejemplar de su historia «interpaginado». La Historia consta de una introducción en la que se trata de la España latina, cristiana y musulmana: de la pre­historia, es decir, de la civilización espa­ñola románica y de trece capítulos, cada uno de los cuales corresponde a una época, caracterizada unas veces por una determi­nada orientación literaria (por ejemplo, época didáctica (1295-1406), identificadas otras con un siglo (por ejemplo, el siglo XVIII (1700-1808), mas por lo general co­incidente con un reinado (época de Juan II, de Carlos V, de Felipe III). Este modo de distribución y de división sistemática de la materia corresponde a las exigencias de la crítica historicista, que establece estrechí­sima relación, o mejor aún, una relación de dependencia, entre historia literaria e historia política.

Por otra parte, el tratado sobre la época medieval se inspira en los dogmas y mitos románticos, y no faltan tampoco en muchos puntos las influencias de las doctrinas evolucionistas. Por todo ello, la obra de Fitzmaurice Kelly — que fue la coronación de toda una serie de investigaciones monográficas, especialmente sobre el Siglo de Oro — se nos presenta como la síntesis de todas las corrientes historiográficas y críticas del siglo XIX. Además, la herencia de las enseñanzas de Marcelino Menéndez Pelayo se pone de ma­nifiesto en la tendencia a presentar de mo­do bastante completo la personalidad de los escritores principales y a distinguir el desarrollo y los aspectos de los diversos movimientos literarios. No falta la pre­sentación de las obras principales, si bien aparece, por lo general, superficial y ge­nérica, carente de profundidad y precisión, a excepción de algunos puntos bien deter­minados. La información bibliográfica es muy rica y precisa. Eso justifica el hecho de que la obra de Fitzmaurice Kelly haya sido el repertorio o manual de consulta de todos los hispanistas. En los cincuenta años últimos, los estudios hispanistas han sido muy fervientes y fecundos en todos los países cultos; todos los campos de la in­vestigación han sido rigurosamente des­lindados, los métodos perfeccionados, las búsquedas profundizadas.

Las posiciones de la filología, de la lingüística, de la estética, de la crítica, de la historia de la cultura y de la historiografía literaria han sido tam­bién radicalmente renovadas. Una inmensa cantidad de trabajos monográficos, de es­tudios, de ensayos, de interpretaciones par­ticulares, de aportaciones formales han vis­to la luz llevando a una visión más amplia, a un conocimiento más profundo de la his­toria literaria española. Mas no se ha lle­gado a una síntesis general de los datos señalados e iluminados por las indagaciones e interpretaciones particulares; y las pocas obras de conjunto que han visto la luz son de carácter puramente manual o se mantienen dentro de los cánones historiográficos ochocentistas: es decir, no representan ni reflejan plenamente los progresos de la hispanística. El mayor hispanista ac­tual es, sin duda, don Ramón Menéndez Pidal (n. 1864), formado en la escuela de Menéndez Pelayo, filólogo, lingüista, gran historiador y crítico de exquisita sensibi­lidad, director del Centro Español de Es­tudios Históricos, sagacísimo investigador del mundo medieval, magistral editor de textos, abierto a los nuevos rumbos de la ciencia (baste confrontar la Gramática his­tórica de la lengua española, aparecida co­mo Manual en 1904 y sucesivamente perfec­cionada, con los Orígenes del español (1926), para ver cómo ha sabido maravillosamente adaptarse a los nuevos métodos y a las nuevas exigencias de la lingüística), Mas si bien sus estudios sobre la epopeya me­dieval, su Poesía juglaresca y juglares (v.) y especialmente su España del Cid (v.) reve­lan los alientos de Menéndez Pidal para las composiciones de alto vuelo, no nos ha dado (aun teniendo en debida cuenta al­gunas Antologías fundamentales y compa­rables con la famosa Antología de Menén­dez Pelayo, sobre los prosistas, sobre las leyendas populares, etc.) la interpretación general de la historia literaria española, al menos medieval, que de él cabía esperar.

Con Menéndez Pidal mencionaremos a otros ilustres investigadores, de su escuela y de la de Menéndez Pelayo, que, sin embargo, no han franqueado prácticamente el campo de la literatura monográfica: Cristóbal Pé­rez Pastor (1842-1908), editor de textos del Siglo de Oro y asimismo de una impor­tante Bibliografía madrileña (1907) y de interesantes Noticias y documentos relati­vos a la historia y literatura españolas (1910); Francisco Rodríguez Marín (1855- 1943), comentarista del Quijote; Emilio Cotarelo y Mori (1858-1935); el catalanista Antonio Rubio y Lluch (1856-1938); Manuel Serrano y Sanz (1868-1933), que renueva una vieja tradición gloriosa con los Apun­tes para una biblioteca de escritores espa­ñoles desde 1401 a 1833 (1903-1905); Miguel Asín Palacios (1871-1944), profundo culti­vador de la literatura arabigohispana; Adol­fo Bonilla y San Martín (1875-1926), editor de textos, historiador, traductor, especiali­zado en literatura comparada; Américo Castro (n. 1885), insigne filólogo y critico de los principales escritores españoles (Cer­vantes, Santa Teresa, Lope, F. de Rojas, etc.); Antonio García Solalinde, que de­dica preferente atención a problemas me­dievales; Francisco Codera (1836-1917), au­tor de una importante «Biblioteca arabigo- hispana»; Andrés González Blanco (1886- 1924), autor de una preciosa Historia de la novela en España desde el romanticismo a nuestros días (1909); Lasso de la Vega, a quien se debe una esmerada Historia del teatro español (1924), si bien, en general, superficial y anecdótica, que se refiere a actores, escritores y curiosidades teatrales; F. Martí Grajales, que continúa la tradición de las bibliotecas españolas regionales ocupándose de los escritores de Valencia hasta el Setecientos.

Junto a estos nombres cabe mencionar a los principales catedráticos, desde Valbuena Prat a González Palencia, desde Hurtado a Montesinos y a Guillén, y a los literatos que nos han dejado inter­pretaciones y descripciones de la historia literaria española: José Martínez Ruiz (Azorín) (Al margen de los clásicos; Clásicos y románticos; Lecturas españolas; Los valores literarios; Rivas y Larra, etc.), José Ortega y Gasset, que tiene de la historia española una visión trágica y sombría — España in­vertebrada (1922); Meditaciones del Quijote (1914) —y el maestro de los ensayistas con­temporáneos, Miguel de Unamuno. Muy cultivados son los estudios hispanistas en Portugal (T. Braga, C. Michaelis de Vas- concellos, etc.) y en la América latina. En­tre los hispanistas italianos cabe mencionar a Benedetto Croce (La Spagna nella vita italiana durante la rinascenza; Ricerche italo-spagnole; Historia de la edad barroca, v., Uomini e cose della vecchia Italia; Poe­sía antica e moderna, donde se encuentran sagaces ensayos sobre los principales autores españoles del Siglo de Oro, etc.); Arturo Farinelli, especializado en investigaciones sobre las relaciones entre España y alemania y España e Italia; A. Restori; B. Sanvisenti; M. Casella, intérprete del Quijote. Entre los hispanistas franceses ocupan un puesto eminente R. Foulché-Delbosc, editor de innumerables textos desde las Cantigas al Cancionero, desde el marqués de Santi- llana, Juan de Mena y Jorge Manrique a Góngora, autor de un interesante ensayo sobre el origen de los romances, etc.; A. Morel-Fatio, catalanista además de hispa­nista en sentido estricto, historiador del teatro español, crítico del Libro de Aleixandre (v. Alejandro Magno), del Auto de los Reyes Magos (v.), del Conde Lucanor (v.), del Lazarillo (v.), de Góngora, de Calderón y de otras muchas obras litera­rias y coleccionador de una fundamental documentación historicoliteraria sobre L’Espagne au XVI et au XVII siècle.

El prin­cipal hispanista alemán es Ludwig Pfandl, de quien hablaremos luego; entre los anglo­americanos distínguense Lang, Vickersham Crawford entre muchos, de los que hay un gran número de estadounidenses. Entre tan entusiasta producción hispanista sólo pueden mencionarse tres «historias» lite­rarias. Primero, la Historia de la lengua y de la literatura castellana de Julio Cejador y Frauca (1864-1927), en catorce tomos, pu­blicada entre 1915 y 1922, en los que el au­tor acumula un enorme acervo de material elaborándolo de modo apasionado y a me­nudo del todo personal. Esta historia — que ha provocado por parte de críticos autori­zados juicios francamente feroces — ha sido definida hace poco como «un enorme mon­tón de escombros» producido por el derrum­bamiento de un edificio de estructura harto débil: pero, a pesar de esto, todo investi­gador encontrará en ella gran acopio de cosas preciosas. Segundo, la Geschichte der spanischen National-literatur in ihrer Blutzeit del citado Pfandl (1929, trad. española 1933), que no es una historia general, pero que es, quizá, la más notable de todas por la solidez de su construcción, nitidez de ex­posición y amplitud de visión. Tercera, la Historia de la literatura española (1.a edic, 1921) de Juan Hurtado de la Serna y Án­gel González Palencia (que, hasta la apari­ción de la obra de Valbuena Prat, era el manual más en uso). Dicho tratado co­mienza en la época imperial romana (Cap. I, «Literatura hispanolatina») y da también rápidas noticias sobre las literaturas «his­pano judía» e «hispanoarábiga». Luego sigue la historia de la literatura española propia­mente dicha trazada según el doble cri­terio de los siglos y de los géneros: es de­cir, la estructura está fundada sobre es­quemas arcaicos y prescinde de las nuevas orientaciones de la cultura y de la histo­riografía literaria.

La exposición es muy precisa y objetiva, pero muy esquemática, con carácter de manual, puramente infor­mativa. Se trata, en fin, de un útil manual de consulta, de un repertorio completísimo de datos y conocimientos muy puestos al día, pero no es una visión unitaria ni una interpretación. La bibliografía es rica, pero dista mucho de ser completa. Más moderno y críticamente más valioso es el tratado histórico contenido en los dos volúmenes (tres, en ediciones posteriores) de la His­toria de la literatura española (Barcelona, 1937) de Ángel Valbuena Prat. Como com­plemento a su Historia, los autores arriba citados han publicado una Antología (1926). Otros manuales mucho más concisos son los de Alonso Cortés, de Mérimée, de Montoliu, Díaz-Plaja, Blecua, García López, etc. En 1949 empieza a publicarse la Historia de las Literaturas Hispánicas bajo la dirección de G. Díaz-Plaja, obra ambiciosa de valor desigual.

A. Viscardí y R. Richard