Epístolas de San Cipriano

Forman la parte más viva de la obra de San Cipriano, obispo de Cartago, martirizado en el año 258; ponen a plena luz su personalidad de obispo activísimo, dotado de gran modera­ción y firmeza, de prudencia y decisión.

Se trata en total de 81 cartas, de extensión y procedencia diversas, compuestas en el pe­ríodo, relativamente corto, pero intenso, de actividad del episcopado de San Cipria­no (248-258). Entre ellas, 16 importantes para la historia religiosa de su tiempo son obra de corresponsales de S. Cipriano y 6 son cartas sinodales, no escritas personal­mente por el obispo. Todas tratan de asun­tos oficiales: la persecución de Decio y Va­leriano, la cuestión de los apóstatas, el cisma de Feliciano y Novaciano, la controver­sia con Esteban, obispo de Roma, por el segundo bautismo de los herejes, y varias cuestiones de disciplina eclesiástica.

No por esto, sin embargo, tienen las epístolas ca­rácter objetivo e impersonal; revelan a un Cipriano grave y episcopal en las discusio­nes doctrinales y en las instrucciones a los fieles, místico entusiasta en las cartas a los mártires y a los confesores, polémico vivaz y satírico, moderado y agudo en las luchas contra los cismáticos. Los conceptos fundamentales son los mismos de los varios tratados de S. Cipriano, pero expresados en una forma más viva, en algunos casos más completa, más profundamente sentida. Par­tidario de una sólida disciplina eclesiástica, fundada en el respeto a la tradición, en cuanto está confirmada por la Sagrada Es­critura, S. Cipriano resuelve la compleja cuestión de los apóstatas.

Algunos creen que S. Cipriano creyó en una Iglesia uni­versal a base de las iglesias locales inde­pendientes sobre las que el obispo de Roma no tiene más que una preeminencia hono­rífica; es posible que esta dudosa interpre­tación de S. Cipriano haya contribuido a suscitar entre los protestantes la idea de las Iglesias nacionales, y ciertamente esto le hizo bastante simpático a Lutero y a los anglicanos, que le consideraron como un asertor del episcopalismo autónomo. Se pre­ocupó mucho de la disciplina eclesiástica, de la que hace un elogio entusiasta y que él mismo respetó rígidamente, conocedor de los deberes de los obispos.

Da por fin gran importancia a la autoridad del pue­blo, de los fieles, en la elección de los sa­cerdotes y a todos los negocios importan­tes de la administración de la Iglesia. Escritas en un estilo a veces amanerado por el abuso de antítesis, pero siempre fá­cil, fluido, limpio, de involuntaria pero ar­moniosa elegancia, hasta en la expresión de las ideas más simples, las Epístolas de S. Cipriano, muy leídas en la Edad Media, fueron la base de muchas colecciones canó­nicas, y ejercieron gran influjo en la for­mación de la disciplina eclesiástica medie­val. Están escritas en el latín culto, que reacciona ante las formaciones populares y ante los helenismos audaces, tendiendo a la normalidad y a la regularidad.

E. Pasini