Epístolas de San Bonifacio

[Epistolae]. Son la obra fundamental de San Bonifacio (hacia 673-754), el santo anglosajón, após­tol de alemania y mártir de la Iglesia.

Transmitidas en un corpus único de 150 cartas, en el que junto a las escritas por el docto obispo, hay muchas otras que le fueron enviadas de todas partes de Euro­pa, la colección, que probablemente se ha ido formando en épocas sucesivas, es un documento histórico y psicológico de im­portancia excepcional, porque ilumina la vida de una generación entera. En ella apa­recen los personajes más representativos de la época: papas y obispos, soberanos y príncipes, abades y abadesas, anglosajones especialmente, y los germanos, francos e italianos, atraídos y dominados por la pode­rosa palabra y por la fuerza superior del santo, así como fueron transformados, al precio de su supremo sacrificio, los que él mismo llama «immanissimi Germaniae populi».

Y si las Epístolas (v.) de Lupo de Ferriéres, otra figura eminente del Me­dioevo cristiano, nos presentan un mundo de personas e intereses diversos, unidos por el fuerte lazo de la cultura, del mismo modo el epistolario de Bonifacio, como su misma vida, hermana a los hombres a tra­vés de un solo vínculo de caridad no me­nos grande y sagrado: la caridad del Após­tol. Tanto si informa oficialmente al papa Zacarías sobre su ministerio entre los pa­ganos y le anuncie gozosamente la funda­ción del convento de Fulda, futuro centro de santidad y doctrina, «en medio de los pueblos de su predilección», en el que los monjes «de dura abstinencia, sin carne ni vino, sin cerveza ni criados, contentos de vivir del trabajo de sus manos», entre los que «querría reposar ahora un poco para fortalecer el cuerpo cansado por la vejez y yacer allí un día en la paz de la muer­te»; tanto si siente la necesidad espiritual de escribir una carta a un desconocido, a un monarca, a una abadesa, a sus anglos (todos amigos de un tiempo pasado a los que ha dejado por los bárbaros de su mi­sión), sólo para que se acuerden en sus plegarias de su mezquindad y le obtengan del Señor ser digno de revelar a las gentes el evangelio de la gloria de Cristo, Bonifacio se declara sólo y siempre, «el siervo de los siervos de Dios».

Es el suyo un celo incan­sable y vehemente, que nunca se deja aba­tir por las potencias del mal, en cualquier forma que se manifiesten, del mismo modo que pone al descubierto la lujuria de Ethilwaldo, el vanilocuente discípulo de Aldelmo, ahora rey de Mercia, acusa de simonía al propio papa Zacarías, siempre con un noble llamamiento a la virtud, aunque le sangre el corazón. Su actividad apostólica supera en mucho a la literaria; en las pági­nas del epistolario raramente vibra el alma del sabio y del maestro. Si una vez exhor­ta Bonifacio al joven Nitardo a «resucitar la gracia de su ingenio y la ciencia de las artes liberales», se apresura al momento a poner en primer lugar «el estudio de las letras^ sagradas», para la posesión de la sa­biduría divina, que es más «espléndida que el oro, más hermosa que la plata, más brillante que el rubí, más transparente que el cristal, más preciosa que el topacio».

Otra vez, para mitigar su tristeza, pide a Ecberto, arzobispo de York, «una partecilla, o mejor una chispita de la candela de la Iglesia, que el Espíritu Santo ha escondido en las regiones de York», es decir, uno «cualquiera» de los tratados de Bedá, pero a continuación, el apóstol agrega: «sobre todo, si es posible — lo que sea más idóneo, más a mano, lo más útil para nuestra pre­dicación —, las homilías y el comentario a los proverbios de Salomón». Del mismo modo había rogado a la abadesa Eadburga que le transcribiera en letras de oro las epístolas de San Pedro. Se trata del estu­dio y^ la cultura de hoy, para la misión apostólica de mañana. Hasta el arte de la poesía, de la que no era ignorante, sino maestro, le sirve para los mismos fines espi­rituales, y así el pagano «omnia vincit amor» de Virgilio, para él se transforma en la cristiana máxima paulina «la caridad todo lo vence». De objeto e interés muy particular es la epístola X de la colección: narración de Wynfredo (nombre originario de Bonifacio) a la abadesa Eadburga, de una visión de ultratumba y del juicio final.

Es muy importante para el futuro des­envolvimiento de este género literario, ini­ciado en forma típicamente medieval por la prosa descarnada y casi apocalíptica de Gregorio Magno y que culminará con el poema inmortal de Dante. La narración de Bonifacio, mientras presenta junto a seguras huellas de la lectura del libro VI de la Eneida, algún recuerdo formal y sustancial de su gran precursor (como la alusión al «puente de la prueba»), prenuncia junto a otros vivos elementos (tales las luchas y las alternas victorias de los ángeles y de los demonios por la posesión de un alma) algunos episodios de la Divina Comedia.

G. Billanovich