Crónica de la Vida y Hechos del Emperador Carlos V, Francesillo de Zúñiga

Por su bufón Francesillo de Zúñiga (m. 1529), represen­ta por sí sola un tipo aparte de historio­grafía. El autor, descendiente de conver­sos— de lo que él mismo se moteja dono­samente aplicándose el título de «Duque de Jerusalem por derecha sucesión, Conde de los mares de Galilea y Tiberíades, Señor de las tribus de Roben y Judá» — pasó por su ingenio procaz de ser sastre remendón en Béjar al palacio de su duque y de allí a la cámara real, a alegrar las melancolías del Emperador. Escudado por la protección de éste contra la inquina que sus donaires provocaban, aficionó a no pocos a su audaz maledicencia, la cual fue arriesgándose a extenderse a cartas que con ellos cruzaba. Después, al formar en la comitiva de la infanta Catalina en su viaje a Portugal (1525), hizo una graciosa reseña de la ex­pedición, que envió al punto a su amo, y la buena acogida que de Carlos obtuvo fue probablemente lo que le movió a emprender la crónica completa de su reinado.

Co­menzó desde su venida a España y la pro­siguió hasta 1528. Desde la aparición de los primeros capítulos, en copias que circularon profusamente, los peligros se acrecentaron para el bufón, que, amedrentado, hubo de maldecir de la corte y acogerse a un mayo­razgo por él fundado en Navarredonda de la Sierra (Ávila); pero, después de varias alternativas de su fortuna, le persiguió has­ta aquel rincón la saña de un grande ofen­dido, un sicario del cual le asesinó. La obra, contra lo que pudiera esperarse, es muy veraz, y su diferencia de las crónicas habituales está, más que en los asuntos, en la manera de enfocarlos, buscando el efecto cómico por variados medios: burlas de los personajes, cuyos más escondidos defectos son sacados a luz; citas latinas de mucho gracejo, etc.; sobre todo, comparaciones, he­chas con indudable agudeza, pero cuya pro­fusión llega a producir monotonía y a fa­tigar al lector. Huelga decir que el princi­pal interés está en la realista pintura que traza de la corte y de la psicología de los hombres que tuvieron en ese tiempo los más encumbrados puestos. El autor extien­de a todas las clases sociales, incluso la eclesiástica, sus ataques, que a veces pasan de innocuos chistes a graves acusaciones. La crónica no se ha impreso hasta 1855, en que se editó — muy defectuosamente — en la conocida Biblioteca de Rivadeneyra. Des­pués ha sido muy estudiada.

B. Sánchez Alonso