[Crainquebille, Putois, Riquet et plusieurs autres récits profitables]. Estos cuentos de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924), recogidos en un volumen en 1902, pertenecen al período de la evolución del arte de Anatole France, de la ostentación de un escepticismo indulgente pero radical, a la adhesión a un programa de rebelión con miras a un orden social más justo y más humano.
El primer cuento, «Crainquebille» (del que el mismo autor sacó una breve comedia que fue representada por Lucien Guitry), es, en este sentido, característico. Es la breve historia de un pobre vendedor ambulante de verduras, que llega a pelear con un guardia; éste cree que Crainquebille le insultó con el tradicional «mort aux vaches!»; el desgraciado es llevado delante del juez y sufre una ligera condena. Pero sus buenas y burguesas clientes, cuando él vuelve a su comercio, le hacen entender que no quieren tener nada que ver con un tipo de su género, que acaba de salir de la cárcel. Descorazonado, Crainquebille se entrega lentamente a la bebida y cae en la más negra miseria. Una noche, desesperado, insulta de veras a un guardia, esperando que le detengan y le manden pasar alguna que otra semana en la cárcel, alimentado y alojado por el Estado; pero el guardia le contesta en cambio con un filosófico sermón, dejando al pobre más atolondrado que nunca. La punzante verdad del tipo y el vigor satírico de las páginas hacen este cuento digno de su fama.
Del mismo género son los cuentos: «Les Juges integres», «Monsieur Thomas», «Vol domestique», «Edmée». Otros cuentos son, en cambio, de pura fantasía, entre ellos son notables y del más puro estilo franciano «Putois» y «Riquet». En el primero, Bergeret (v.), el erudito moralista, el héroe de la Historia contemporánea (v.), evoca con su hermana una curiosa historia de su niñez. Para sustraerse a las molestas insistencias de una vieja tía, una vez su madre había inventado la existencia de un tal Putois, tipo de vagabundo libertino, jardinero cuando le daba la gana, borrachín y ladrón, aunque hábil trabajador. Obligada a sostener su mentira, la madre de Bergeret acaba dando vida a un verdadero personaje, que es aceptado con alegría por los niños, sale pronto del cerrado círculo de la familia y es reconocido como existente por el barrio y más tarde por toda la pequeña ciudad. Y las cosas llegan a un punto tal que ella misma, frente a numerosos testimonios de extraños, casi acaba creyendo en la real existencia de Putois.
El otro cuento está dividido en dos partes, «Riquet» y «Pensées de Riquet»: trata del perrito del profesor Bergeret que su hija, durante el jaleo de una mudanza, esconde en una maleta. De esta broma, France, por boca de su personaje, se divierte explicando con paradójica argucia las impresiones y los pensamientos del perrito, Riquet, sobre su vida y la de los hombres, y sobre todo sus, por decirlo así, ideas religiosas: ya que (según esta maliciosa y chistosa fantasía) Riquet tiene de su dueño una idea no muy distinta de la que los hombres tienen acerca de la divinidad. El profundo y colorido estilo de Anatole France adquiere en estas breves páginas una preciosa ligereza y una gracia epigramática tanto más amable cuanto menos pesada.
M. Bonfantini

