Comentarios sobre la Guerra Civil, Cayo Julio César

[Commentarii de bello civili]. En los últimos meses de su vida, Cayo Julio César (100-44 a. de C.), se propuso narrar, como anteriormente había hecho con la conquista de las Galias (v. Comentarios sobre la guerra de las Galias), la guerra civil; su propósito era demostrar cómo se había visto forzado por sus adversarios a recurrir a las armas, ya que al desposeerle de todo poder, deja­ban su dignidad y su vida expuestas a la venganza de los privados. La obra debía comprender también las guerras de Egipto, Asia, África y España, o sea, narrar el triun­fo íntegro de César. Mas su muerte prema­tura le obligó a dejarla interrumpida, y el escrito comprende sólo los sucesos de dos años, el 49 y el 48, seguramente distribuidos en dos libros; la actual distribución en tres es posterior. Es probable también que César quisiese englobar esta obra con los comen­tarios sobre la guerra de las Galias, que había acaudillado hasta el año 52, llenando el vacío después de haber escrito la historia de los sucesos recientes, para él mucho más importantes. Sin preámbulos, César empieza por la reunión del Senado que el primero de enero del año 49 le cursó la orden de li­cenciar al ejército, Las negociaciones suce­sivas demostraron la mala fe de sus adver­sarios.

César, después de exhortar a los sol­dados a que defendieran el honor del ge­neral que les había conducido a pacificar las Galias y la Germania, avanza sobre Rímini, dispuesto todavía a llegar a un acuer­do. Pero Pompeyo sólo procura ganar tiem­po, y César prosigue sus operaciones, mien­tras sus fuerzas, integradas en un principio por una sola legión, se ven engrosadas por la llegada de otras legiones y por la ren­dición de fuerzas enemigas que tenían la misión de detener su avance. Su benignidad para con los vencidos le atrae las simpatías de todos, soldados y paisanos: una tras otra las ciudades van pasándose sucesivamente a su bando, mientras él se dirige hacia Brindisi, donde Pompeyo ha concentrado el grue­so de su ejército con el intento de pasar a Grecia. César no logra impedírselo, y la falta de naves le veda seguirle. Pero, por el momento, lo más importante para él es asegurarse el Occidente; y, después de man­dar tropas a Cerdeña, Sicilia y África, des­pués de una breve estancia en Roma, parte para la Galia, donde deja un lugarteniente para sitiar a Marsella, y se dirige apresu­radamente hacia España, a enfrentarse con los generales de Pompeyo y sus siete legio­nes. No es cosa fácil batir a tan gran ejér­cito: César lo vence después de varios con­tratiempos, cercándolo junto a Ilerda (Lé­rida), al norte del Ebro (Libro I). Más tar­de capitula también el último ejército pompeyano compuesto de dos legiones; Marsella, después de heroica resistencia, se rinde. En todas partes, César se adueña, con su cle­mencia, del corazón de los vencidos. Final­mente puede regresar a Roma, donde asume el título de dictador para el nuevo año.

Dueño y señor de Occidente, puede ahora pensar en Pompeyo, no sin antes tener que lamentar la derrota y la muerte de su legado Curión frente a pompeyanos y númidas, en África (Libro II). Infatigable, César, en di­ciembre, se halla ya en Brindisi, y a pri­meros de enero, a pesar de que sus tropas se hallan cansadas y diezmadas por las mar­chas sin precedentes y las batallas, y a pesar de tener una flota insuficiente, con siete legiones pasa el mar y toma por sor­presa al enemigo Orico y Apolonia, pero no Dirraquión, donde Pompeyo le aguarda pre­venido. Aquí, los ejércitos se enfrentan des­de lejos: el enemigo, dueño del mar, rehúye el combate. Y cuando en marzo Marco An­tonio logra transportar otras cinco legiones y los nuevos intentos de inducir a Pompeyo a la lucha fracasan con gran derramamiento de sangre, César se dirige hacia Oriente. Pompeyo le sigue y, por fin, acepta el com­bate, arrastrado por la vanidad de los nobles que le rodean: César refiere con sutil ironía cómo éstos, en lugar de pensar en el modo de vencer, discutían sobre lo que habría que hacer después de la victoria. La cual fue, por el contrario, de César: cerca de Farsalia, en Tesalia, el ejército de Pompeyo fue aniquilado. La descripción de la gran ba­talla, de extraordinario realismo, está entre­verada de consideraciones y juicios sobre la táctica de Pompeyo, de inestimable va­lor bajo el punto de vista militar.

Pero, si César no ahorra sus críticas al general, tam­poco escatima sus elogios a los soldados, cuyo inútil sacrificio aparece más conmove­dor cuando refiere las mañas con que los oficiales habían procurado hacer cómoda su vida de campaña. Y la crítica de César se agudiza al hablar de estos cobardes que ha­bían provocado la guerra y rehuían los su­frimientos que acarreaba. Después de la victoria, César se lanza en persecución de Pompeyo, que se había refugiado en Chipre y luego en Egipto, donde esperaba encon­trar protección del rey Ptolomeo Aulete. Pero éste se halla en guerra con su herma­na Cleopatra y prefiere granjearse el favor de César vencedor: con traidora perfidia, manda asesinar a Pompeyo. Mas César, a pesar de las escasas huestes con que había llegado y de la hostilidad con que le recibió la población, no duda en imponer a ambos soberanos el cese de las hostilidades y en obligarlos a que sometan a él toda contro­versia. La insubordinación de los genera­les egipcios origina la llamada guerra ale­jandrina (Libro III). La continuación de las operaciones fue narrada por continuadores de César. A Aulo Hircio, general de César, se le atribuye con cierta base la Guerra Alejandrina, que contiene, además del fin de la guerra con Aulete (el rey fue muerto y sustituido en el trono por su hermano menor y por la célebre Cleopatra), la cam­paña asiática contra Farnaces, rey del Ponto, arrollado en Zela después de sólo cinco días de operaciones: de aquí envió César a Roma el célebre mensaje: «Veni, vidi, vici». El estilo y la información de Hircio son bue­nos. Estimable es también la Guerra Afri­cana, sobre la guerra africana del año 46, que terminó con la victoria de Thapso: el autor, desconocido, pudo haber sido un ofi­cial cesariano. La última victoria de César, habida en Munda el año 45 contra los hijos de Pompeyo refugiados en España, está na­rrada en De la Guerra Española, también anónimo.

La obrita, incompleta, está escri­ta en un estilo mediocre y confuso, y su información es muy deficiente. Asinio Po­llón decía acerca de los Comentarios de Cé­sar que estaban escritos con poco amor a la verdad: probablemente el juicio se re­fería a los Comentarios sobre la guerra civil. Pero este aserto ha parecido infundado has­ta a la crítica más severa. En el mismo es­tilo adoptado para la narración de la guerra de las Galias, César, que habla de sí mismo en tercera persona, pone al lector ante los hechos, dejando que éstos hablen por sí mismos. Naturalmente, no deja escapar la ocasión, al exponer los motivos de la guerra, de poner de relieve la ilegalidad de los ma­nejos de sus adversarios: pero el examen de los precedentes históricos y el análisis de las intenciones de Pompeyo son tan jus­tos y libres de todo tono apologético, que no podemos dejar de aceptarlos. En cuanto a los hechos, si bien las fuentes paralelas son abundantes, no se ha logrado descubrir que César los hubiera alterado de ninguna ma­nera. En realidad, él no había querido la guerra: este genio militar fue uno de los pocos conquistadores que empuñaron las ar­mas sólo por necesidad. Lo demuestra en esta misma obra, más que la narración de los antecedentes inmediatos a la guerra, sus sentimientos para con los inocentes que se veían envueltos en el torbellino de las ar­mas. Para con sus soldados, rendidos por las fatigas de marchas increíbles, diezmados por los combates, faltos de todo, César ex­presa a menudo, en breves anotaciones, su conmovida simpatía. Pero ésta se dirige tam­bién hacia sus vencidos adversarios, cuyo trágico valor reconoce. Nadie más que Cé­sar podía revelar con tanta simplicidad este aspecto de la grandeza cesárea: en este pun­to, ni la crítica más maliciosa ha podido manchar el valor del testimonio de los Co­mentarios.