Cartismo, Thomas Carlyle

[Chartism]. Ensayo de Thomas Carlyle (1795-1881), estrechamente li­gado a su Pasado y presente (v.). Fue pu­blicado en 1839. Las dificilísimas condicio­nes de vida de las clases trabajadoras in­glesas después de 1830, la falta frecuente de trabajo y los nuevos problemas surgidos después de la revolución industrial, condu­jeron a las graves insurrecciones de Glas­gow y Manchester, reprimidas con sangre. Exasperadas por las contribuciones sobre los cereales, atormentadas por el hambre, las masas fueron arrastradas a un movimiento revolucionario que deseaba llegar a una «magna carta proletaria». Las tres bases eran: la abolición de la constitución aristo­crática, el sufragio universal y concesiones esenciales a las clases trabajadoras. Este movimiento, conocido con el nombre de Cartismo, contrasta con la dócil psicología del pueblo trabajador inglés, habituado a con­siderar la extrema riqueza y la mayor de las pobrezas como designios divinos, y no fue en Inglaterra valorado en su verdadera importancia. Carlyle tuvo el valor de asu­mir una posición precisa, reprochando a las clases ricas y acomodadas su indiferencia hacia las clases pobres y trabajadoras, que, abandonadas, caían en brazos de los charla­tanes, siempre dispuestos a hablar de la li­bertad del hombre y de la libertad de pa­labra y de imprenta.

Según Carlyle, las relaciones entre ricos propietarios y traba­jadores habían empeorado después de la Edad Media: en el Medievo, la propiedad y la riqueza estaban ligadas a responsabili­dades y a graves deberes, en un profundo sentimiento religioso. El señor feudal no concebía la riqueza como el tesoro del que el individuo puede disponer plenamente; debía mantener a sus siervos y preocuparse por su salud y sus necesidades. Responsables de la lucha de clases son, por consiguiente, las clases pudientes, que, en su individua­lismo, no han tratado nunca de comprender las necesidades y los derechos de las clases sociales menos afortunadas. Se ve clara­mente que entre Carlyle y Marx hay puntos de contacto. Pero también hay diferencias profundas. Carlyle sigue una concepción aristocrática y realista: las revoluciones sociales deben tener un contenido ideal, admitiendo, sin embargo, que el factor material es el que da el impulso inicial. Los grandes cambios son obra de los grandes genios, los que él llama héroes. Carlyle no considera necesa­rio el choque formidable entre capital y trabajo, si bien admite que el trabajo pue­de hacer valer sus derechos a través de una evolución gradual. El industrial no deberá considerar al operario como un instrumento para producir riqueza; deberá ver en él un espíritu que pone en el trabajo su propia cualidad y que tiene interés en la prospe­ridad de su industria.

G. Fornelli