La Cartuja de Parma, Stendhal

[La Chartreuse de Parme]. Es la última obra de Stendhal (Henri Beyle, 1783-1842), publi­cada en 1839. En el primer capítulo, bajo el título «Milán en 1796», el autor, basándose en pretendidas confidencias de un teniente francés llamado Robert, nos presenta al an­ciano marqués del Dongo, pertinaz partida­rio de los austríacos y feroz reaccionario, pero sobre todo a dos mujeres, la joven marquesa y su hermana, Gina del Dongo. Por detalles fugaces se insinúa que el pro­tagonista de la novela, el «marquesito» Fabrizio del Dongo (v.), es fruto de los amores de Robert y de la marquesa. El muchacho crece en el tempestuoso y glorioso período de las guerras napoleónicas. En el castillo de Grianta (luego Griante), junto al lago de Como, donde el padre y el hermano ma­yor representan la reacción y el oscuran­tismo, él se aproxima a su madre y a su tía Gina (mujer, y más tarde viuda de un oficial napoleónico). En 1815, a la noticia de la vuelta de Napoleón desde Elba, Fabrizio huye de su casa para combatir a su lado: después de novelescas aventuras llega a Waterloo la tarde misma de la batalla, a la que asiste sin comprender gran cosa, encontrándose luego envuelto en la huida. Vuelto a su casa, es proscrito por el mar­qués del Dongo y se refugia junto a su tía, en Parma. La hermosísima Gina, una vez viuda, conoció al primer ministro del prín­cipe de Parma, el conde Mosca, y se casó allí, para salvar las apariencias, con el vie­jo marqués de la Sanseverina y constituía el ornamento de la anacrónica corte del tiranuelo de Parma. En dicho ambiente, el joven Fabrizio, para secundar las ambi­ciones de su tía, viendo cerradas definitiva­mente las puertas de la gloria militar, se dispone a seguir la carrera eclesiástica y se convierte en coadjutor del viejo arzobispo. Pero su ardiente juventud, carente de ver­dadero objetivo, le sume en azarosos y fá­ciles amores. Consecuencia de uno de ellos es un fatal duelo en el cual él, para defenderse, mata al actor cómico Giletti.

El incidente es aprovechado en Parma por el grupo de envidiosos del conde Mosca y de la hermosa Sanseverina: Fabrizio, inducido a volver con falsas promesas de inmunidad, es encerrado en la fortaleza, en lo alto de la famosa torre Farnese (una réplica ima­ginaria del Castillo de Sant’Angelo), y allí pasa mucho tiempo, continuamente amena­zado de muerte. Durante aquellos meses nace y crece el amor entre Fabrizio y la jovencita Clelia, hija del gobernador de la forta­leza, el ambicioso general Fabio Conti. Con una serie de ingeniosos expedientes ambos jóvenes se comunican, mientras la Sanseve­rina, temiendo con fundamento que su so­brino sea envenenado por sus enemigos, de acuerdo con Clelia hace llegar a Fabrizio los medios para huir. Consigue escaparse de la torre y se salva. Pero entre los procedimientos de su fuga estaba también una fuerte dosis de opio propinada al general Fabio Conti, que está en peligro de muerte; y Clelia, atormentada por los remordimientos, ha prometido a la Virgen, con tal de que su padre se salve, obedecerle en todo y no ver más a Fabrizio. Se casará, pues, con el riquísimo marqués Crescenzi. Entretanto en Parma el viejo príncipe muere, aparente­mente de enfermedad, pero en realidad en­venenado por el conspirador poeta Ferrante Palla por sugerencia de la Sanseverina; reprimida una pequeña sublevación, el conde Mosca se siente tan poderoso junto al suce­sor, Ranuccio Ernesto V, que aconseja la vuelta a Fabrizio y a su tía, que le ha se­guido en la fuga. Pero Fabrizio, enterado del próximo matrimonio de Clelia, vencien­do toda indecisión, ha vuelto mientras tanto voluntariamente a la torre de la fortaleza, poniéndose en manos de sus enemigos. Sigue una serie de intrigas demasiado larga y rápida: los enemigos del conde Mosca reco­bran los bríos y tratan de hacer morir a Fa­brizio; la Sanseverina (cuyo amor hacia su sobrino es ya evidente para ella misma y que se siente torturada por los celos), trata al mismo tiempo de salvarle y de impedirle que perturbe el matrimonio de Clelia; el joven príncipe, a su vez locamente enamo­rado de la Sanseverina, quiere conseguir los favores de ella a cambio de la gracia de Fa­brizio y lo logra.

La Sanseverina, inmedia­tamente después, abandona Parma para siempre, junto al conde Mosca, con quien se casará más tarde. Fabrizio, ya sumido en la carrera eclesiástica, se convierte en un célebre predicador; pero, agitado por su pasión, trata de recobrar por todos los medios a Clelia, dividida a su vez entre el amor y el deber. Lo consigue al fin, por breve tiempo. La muerte de un hijito de am­bos lleva muy pronto a la tumba a Clelia, torturada por los remordimientos. Entonces Fabrizio se retira, abandonando honores y riquezas, en la Cartuja de Parma, y no tarda en morir también él. La última parte del relato es, según opinión general, de­masiado rápida y algo arbitraria. Pero este defecto no basta para debilitar la belleza de esta obra maestra. En ella Stendhal ha metido todos sus ideales de arte y de vida: el ya lejano espejismo de gloria de la epo­peya napoleónica, la pasión de la aventura, el amor profundísimo por Italia contempo­ránea y por la anhelada Italia del Renaci­miento (de ahí el espléndido y pintoresco logro de la anacrónica corte de Parma), pero, sobre todo, el amor al amor. Hay en este libro del escritor, ya en los umbrales de la vejez, un tono nuevo: las aventuras de su héroe son contempladas con una especie de nostálgica melancolía y de amorosa indul­gencia; la novela histórica tiende a la fan­tástica dulzura de un poema novelesco; los refinados análisis psicológicos, el obstinado y preciso rigor del estilo, las consideraciones filosófico morales, todo está transfigurado con la rara felicidad de una visión lírica que alcanza, en las mejores páginas (que son mayoría), la pureza de ritmo de un canto. Se han hecho célebres muchos episo­dios (la originalísima evocación de la ba­talla de Waterloo, la vida de Fabrizio en la torre…), pero el mérito más alto y la cualidad verdadera del libro continúan sien­do esta bienaventurada entrega a la fanta­sía, en un temperamento de escritor tan exquisitamente analítico y cerebral.

Casi ignorada en su época (sólo fue apreciada por pocos iniciados y por los colegas más inteligentes), esta obra maestra nos aparece hoy como el libro-clave de toda la litera­tura del ochocientos: ocupa en la primera mitad del siglo XIX el lugar que ocupa en la segunda mitad la Educación sentimen­tal (v.). Se encuentra en la Cartuja el ex­tremo punto de llegada de aquella refinada psicología del XVIII (recordemos la admira­ción de Stendhal por Lacios) que estaba fe­cundada por el «historicismo» del nuevo siglo. Mientras la precisión del dibujo, el re­pudio de todo énfasis en virtud de un lucidísimo, continuo y siempre contenido entu­siasmo, permitían ya a Stendhal recoger los frutos más verídicos del naciente rea­lismo y enfrentarse con rápida eficacia al cuadro de costumbres, por lo que no en vano fue tan apreciado y estudiado por Bal­zac. Hay, también, la aventura considerada como resolución poética de una moralidad íntima. Por lo que puede llegarse fácilmen­te a comprender, partiendo de la Cartuja, la novelesca y poética felicidad de Steven- son; y recordar que, todavía hoy, el «flaubertiano» Proust encuentra el contraste del «stendhaliano» Gide. [Trad. de J. Farrán y Mayoral (Barcelona), 1941)].

M. Bonfantini

Beyle ha escrito un libro en que lo subli­me se desencadena de capítulo en capítulo. (Balzac)

Pretendía representar la vida de una ma­nera más apasionada e intelectual y si hu­biera podido reducir sus novelas a una se­rie de símbolos matemáticos habría sido feliz.            (Strachey)

Un maestro de esta literatura abstracta y ardiente, más seca y más ligera que ninguna otra, característica de Francia. (Valéry)

Stendhal me parece ser, como Rousseau, una víctima de las clasificaciones ya hechas. Es considerado un escritor seco, sólo quiere verse en él a un psicólogo especialista. No hay escritor más tierno. Lo que me ha sor­prendido releyendo recientemente la Car­tuja es la verdadera ingenuidad del estilo, su espontaneidad, su frescura. El fondo de la Cartuja es de Fra Angélico… (C. F. Ramuz)

La Cartuja así, entre su lago, su torre de vigilancia, su sabor de fruto meridional, de polvo blanco y de crujir de seda y el tin­tineo de perlas de Sanseverina, nos trae al recuerdo aquellos juegos de antaño, cuyos innumerables personajes recibían vida al son de un organillo, o también aquellas magní­ficas piezas de orfebrería de Dresden que reproducen en material precioso cortes prin­cipescas en miniatura. (Fernández)