Anales de Tácito

[Annales]. Cornelio Tácito (55 aproximadamente —primer cuar­to del siglo II d. de C.) en su proemio a las Historias (v.) había expresado su propó­sito de escribir más tarde el relato de la historia de los sucesores de Augusto, a los cuales dedicó los 16 (según algunos, 18) li­bros «ab excessu Divi Augusti», común­mente llamados Anales. Su preferencia por este período fue ciertamente causada por la mayor abundancia de hechos dramáticos, de empresas gloriosas, de tenebrosas intrigas y de catástrofes clamorosas: la mezcla de grandeza y de miserias que se adivinaba en los emperadores Julios era materia har­to más apasionante que el sabio gobierno de Nerva y Trajano, para el historiador amigo de penetrar más allá de las contra­dicciones de la historia, en las reconditeces insondables de las grandes almas. Los Ana­les, como las Historias, nos han llegado con lagunas. Conservamos íntegros los 4 pri­meros libros y en parte el V y el VI; lue­go, la mitad del XI y los restantes hasta la mitad del XVI. Los seis primeros contie­nen el largo reinado de Tiberio (14-37 d. de C.). Tiberio es presentado como un si­mulador, y su historia no es sino la revela­ción gradual de su ambición de déspota, de su crueldad, de sus sospechas. Con torci­das maniobras despoja al senado y a los magistrados de todo poder efectivo; con los procesos cada vez más frecuentes de lesa majestad hace estragos en los nobles; ayu­dado por ministros siniestros (entre los cua­les destaca Seyano, después derribado por su loca ambición y los tortuosos manejos de su príncipe), sofoca, finalmente, todo noble y libre sentir.

Los procesos, los es­cándalos y los delitos acosan también a la familia imperial: entre tantas miserias, Tá­cito se detiene a parangonar su mezquino cometido de historiador del imperio con los de todos cuantos narraron las gloriosas em­presas y las luchas heroicas de la repúbli­ca. No faltan, naturalmente, las felices em­presas de conquista, como las expediciones de Germánico contra Arminio; pero el es­critor se detiene en ellas como en un oasis, para reanimar el abatido espíritu. Los li­bros XI y XII contienen la segunda mitad del reinado de Claudio; este emperador, hoy tenido por sabio y clarividente, no halla mucho favor en Tácito, quien acentúa sus defectos y, retocando libremente algún dis­curso suyo, acaba por poner en caricatura su manía por la erudición. Los restantes li­bros están dedicados a Nerón, de quien, sin embargo, falta el final de su vida. También aquí la vida de las provincias tiene mucha menos importancia que las vicisitudes de Roma, desde el hundimiento gradual de Nerón en los vicios, en las matanzas, a los crímenes más horribles, que culminan en el matricidio, mientras el descontento invade a la nobleza y se agiganta entre ella, al verse perseguida con los procedimientos más crueles, entre los propios ministros del príncipe y entre el ejército y la- po­blación. Se multiplican las conjuras, que preparan la rebelión de las legiones por la cual será derribada, con Nerón, la dinastía de los Julios, y por poco no es derribado también el Imperio. Con el general pesimis­mo de que hace gala Tácito en su narra­ción, parece a primera vista muy difícil conciliar su declaración inicial de haberse decidido a exponer este período porque las historias corrientes estaban todas contami­nadas del espíritu de partido; y por la adu­lación las escritas sobre los príncipes mien­tras éstos vivían; por el odio, las compues­tas sobre los ya desaparecidos. Tampoco se puede afirmar, como se ha hecho, que obra­se de mala fe al sostener que había defen­dido la verdad.

En realidad no precipita jamás sus juicios, ni altera los hechos; más todavía que en las Historias es tam­bién visible, a través de sus citas, el traba­jo desarrollado sobre las fuentes, hasta las más directas (actas del senado, «acta diur­na» y otros documentos oficiales). Pero por una parte Tácito era hostil por naturaleza al régimen imperial, aunque su amor por la libertad no le ocultase cómo había ma­durado aquel régimen entre las contiendas políticas y sociales de las guerras civiles, y^ le obligase a reconocer su fundación his­tórica de restaurador de la paz y del orden social; por otra parte, mucho más que en sus obras precedentes, la atención de Tá­cito se desvía de la investigación de causas exteriores al hombre, y se concentra en cambio en su análisis insistente, agudo, des­piadado, de las pasiones humanas: el escri­tor aspira resueltamente a hacer servir, desnuda de todo velo, la personalidad hu­mana. Y Tácito ha conseguido crear inmor­tales personajes de arte, con la coherencia que supo dar a sus pasiones y a sus senti­mientos. Pero al mismo tiempo cometió graves injusticias históricas. Valga por to­das el ejemplo de Tiberio, pintado con os­curos colores y entregado a las generacio­nes venideras abrumado por una imborrable condena: sólo ahora, la investigación histó­rica ha reivindicado su grandeza de prín­cipe y su infelicidad de hombre. Ahora bien, la demostración de la doblez de Ti­berio, no es dada ni insinuada siquiera por Tácito en ningún lugar, a pesar de mostrar siempre gran cautela crítica. Pero precisa­mente no resulta ineficaz, antes acrece la eficacia de los semijuicios, de las acusa­ciones encubiertas de las calumnias referi­das sin su enérgico mentís, del juego de pe­numbras en el que el escritor envuelve a sus personajes, y que deja transparentarse su íntima convicción, que abraza en una condena universal a los hombres y a las instituciones del nuevo régimen.

Induda­blemente, Tácito ha cedido en esto, más que a las razones del arte, a la visión pe­simista de la historia humana, por lo cual, junto a las figuras de los emperadores que predominan con mucho en la obra, nos muestra la agitación de una muchedumbre de colaboradores o de enemigos, absortos en sus pasiones y trastornados o guiados por insignes virtudes, o por horrendos vi­cios con final igualmente lamentable; sin distinción entre unos y otros, la divinidad, que según Tácito se manifiesta en toda la historia de Roma, descarga su ira sobre los buenos y los malos, persiguiendo un oscuro propósito. Esta insistencia en el análisis del alma humana hace que su narración, aun­que avance a la manera de los analistas, y trate año por año de los hechos interiores y exteriores, insista con preferencia en las vicisitudes de la capital y de la corte, en torno a la cual se concentra todo el resto. Así, la historia de las provincias permane­ce en la sombra. Estos méritos y defectos, justamente por ser connaturales a la vi­sión unitaria de la historia, propia de Tá­cito, y no derivar de una idea preconcebida, confieren a los Anales más aún que a las Historias, un puesto único en la historio­grafía antigua, y a su autor no sólo la ala­banza de sumo artista (su estilo conserva o acentúa las peculiaridades notadas en las Historias) sino la de profundo indagador del hombre. A. Passerini

Elocuentísimo en mentiras. (Tertuliano)

Se esfuerza tanto por acercarse a Salustio que va más allá: hasta el extremo en que se aloja el vicio; porque mientras quiere asemejársele con su afectada brevedad y la abundancia de quebradas y sutiles senten­cias, se aleja mucho de la sencillez y tem­planza de aquel ilustre escritor. (Gravina)

Esta alma osada y varonil, este estilo que penetra en las entrañas del hombre como una hoja candente de espada, estas altas y tremendas virtudes y espantosas torpezas que esculpe en jaspe. (Giusti)

El más grande pintor de la antigüedad. (Racine)

*      Una traducción italiana de los Anales y de las demás obras de Tácito se debe a Bernardo Davanzati Bostichi (1529-1606). La traducción de Tácito por Davanzati entra en la serie de las célebres traducciones de la época del Renacimiento, del griego al latín; y del latín al italiano. Las monumen­tales versiones en latín de la Ética (v.) de Aristóteles por obra de Leonardo Bruni (1370-1444), de la obra de Platón por Marsilio Ficino (1433-1499), hallan corres­pondencia en las vulgares, no menos famo­sas, de la Eneida (v.) de Caro y de Da­vanzati; y esta última se ha hecho famosa como un ensayo del virtuosismo de los ar­tistas y literatos de la época, al querer competir en elegancia con la antigüedad. Puesto a emular en concisión y celeridad a Tácito, Davanzati puede vanagloriarse de haber vencido al escritor antiguo en cuan­to a la brevedad de construcciones, pero más todavía que por esta razón extrínseca, la traducción de Davanzati ha quedado como ejemplar por el canon que indirecta­mente deriva de ella. Es decir, que Da­vanzati ha mostrado que una traducción, más que reproducir palabra por palabra y término por término, ha de reconstruir la trama orgánica del original. No todos, sin embargo, están de acuerdo con este juicio, y más de uno cree que Davanzati ha re­bajado la potencia y la dignidad de Tá­cito con una traducción que recurre a cual­quier medio con tal de conservar el laco­nismo del original.

L. Giusso

La más maravillosa (traducción) que ja­más se haya hecho. (Foscolo)

*      En castellano existen varias traduccio­nes clásicas de los Anales de Tácito. La pri­mera de Emanuel Sueyro (Amberes, 1613), seguida dos años después por la que se incluye en la traducción del Tácito espa­ñol hecha por Baltasar Alamos de Barrientos (Madrid, 1615). Las dos fueron defini­tivamente superadas por la del gran histo­riador de las guerras de Flandes, Carlos Coloma, publicada en 1626 y profusamente reimpresa en los siglos XVIII y XIX.