Anales de Lamperto

[Anuales]. Obra bastante famosa de Lamperto (m. aproxi­madamente en 1080), monje alemán del convento de Hersfeld y uno de los histo­riadores más cultos de la Edad Media. Se narran al principio, de modo extremada­mente sucinto y siguiendo fielmente las antiguas composiciones analísticas, los su­cesos que van del primitivo origen del mun­do bíblico hasta el año 1039: es una árida sucesión de hechos, sin duda expuestos úni­camente para dar al conjunto del trabajo el carácter de crónica universal que tanto gustaba en la Edad Media. Pero de 1040 en adelante, a medida que el interés de los sucesos va haciéndose más vivo y urgente, el material aumenta: la fría noticia de los siglos pasados va transformándose en la narración animada y coloreada de sucesos vividos y sufridos por el autor, en la histo­ria de los «tiempos modernos» contemporá­neos a él, de recuerdos raros de su oscura existencia de monje. La parte más impor­tante de la obra comprende con cierta am­plitud los años del reinado de Enrique IV: desde 1056, en que es nombrado rey de Ita­lia, siendo regente su madre Inés, has­ta 1077, memorable por la humillación del emperador en Canosa ante Gregorio VII.

Y el relato acaba poco antes de la elección de Rodolfo, el nuevo príncipe, en cuyo rei­nado el monje escribió su obra. Lamperto se confiesa además «encerrado en la cárcel del monasterio, inexperto de los sucesos humanos y alejado de la curiosidad de la vida». Y en realidad sus Anales presentan amplísimas lagunas y errores, puerilidades e inseguridades, particularmente en torno a los asuntos del Estado, a las relaciones del rey con los príncipes y de los príncipes entre sí. Y, lo que es más grave, a menudo encontramos falseada la realidad histórica. Toda la obra respira un odio vivo contra el rey Enrique, rebajado en todas sus accio­nes, acusado de todas las atrocidades y maldades, representado en suma como dig­no de ser privado del trono; todo ello para elevar implícitamente a Rodolfo, para ha­cer aparecer indirectamente la legitimidad de su reinado. Algunas veces, sin embargo, la realidad sólo está deformada por la eru­dición del autor, por su excesiva tendencia literaria, por un particular amor hacia las fuentes clásicas, por el deseo siempre pre­sente de colorear el relato mediante alusio­nes ajenas a la historia, que el buen monje derivaba de los antiguos modelos. Entre éstos, Tito Livio ocupa el primer lugar. Lamperto no sólo conocía casi de memoria la primera «década» del gran historiador, sino que demuestra además haber leído atentamente la tercera, la cuarta e, incluso, por lo menos, los cinco primeros libros de la quinta década. Se trata de un continuo retorno natural, a través de la reminiscen­cia, de expresiones y episodios livianos, in­cluso de una imitación verdadera aunque sólo sea en la forma y el estilo. Nadie en la Edad Media puede testimoniar un cono­cimiento tan perfecto de Livio, y poquísi­mos una lectura tan cuidadosa de un clá­sico. Pero, junto a Livio, otros prosistas y poetas antiguos aparecen en las páginas de Lamperto, quien testimonia de este modo la riqueza extraordinaria de la biblio­teca del monasterio de Hersfeld. Particular­mente fuerte y comparable casi a la de Livio, es la influencia de Salustio, así como la de su imitador «Sulpicio Severo». Entre los poetas hay recuerdos indudables de Terencio, Horacio, Virgilio, Ovidio y Lucano; huellas incluso de los discursos de Cicerón. Y, además, están presentes, junto a las re­glas de San Benito, el latín de la Biblia y de los Santos Padres, primera fuente de es­tudio para un hombre de la Edad Media y mucho más para un monje.

G. Billanovich