Anales de Ennio

[Anuales]. Extenso poema heroico nacional compuesto por Quinto Ennio (239-169 a. de C.) en diecio­cho libros y treinta mil hexámetros de los cuales apenas si nos quedan 600 dispersos y fragmentarios. En el principio el poeta invocaba a las Musas que habían de inspirarle para cantar un fantástico sueño en el cual se le aparecía Homero revelándole que su alma de poeta y cantor de las épi­cas gestas nacionales de los griegos, des­pués de muerta, había renacido en él, poe­ta de Rudia, surgido para proclamar y glo­rificar la romanidad. El esquema de la obra es el de una visión: Homero es para Ennio lo que Virgilio será para Dante; pero como era menester la ayuda de alguna concep­ción filosófica o religiosa para justificar la metempsícosis de Homero en Ennio, he aquí que vuelven a la superficie las ideas órfico-pitagóricas, nunca desaparecidas ni olvidadas en el suelo de la Magna Grecia. Por consiguiente, al reencarnarse en el poema la figura de Homero en la de Ennio, las responsabilidades poéticas y la digni­dad del tono épico e inspirado, imponen al poeta romano que rivalice, incluso en la estructura métrica del hexámetro y en la técnica versificadora, con el modelo griego. La herencia homérica es recogida precisa­mente en el punto en que se interrumpe el hilo de la narración ilíaca.

Muerto Príamo, caída Troya, Eneas huye de su desventura­da patria y desemboca en las lejanas tie­rras de Occidente, en las riberas de Hes­peria, a la cual le han llevado los hados y la guía sagaz de su madre Venus. Lauren- to, la dulce ciudad latina, que tenía su adorífero nombre de los laureles, había de acogerle con la hospitalidad del rey Latino, y los amorosos cuidados de su hija Lavinia. La estirpe itálica de los Enéades quedaba de este modo asegurada por el matrimonio de Eneas y Lavinia que fundía para siem­pre a troyanos y latinos en un nuevo pue­blo, la gente de Alba Longa, y con todo no era aquella la ciudad de los hados: Ilía, una hija de Eneas, vestal consagrada a perpetua castidad, tuvo de Marte dos gemelos, a los que el rey Amulio mandó arrojar al Tiber; y el río, apiadándose de ellos, no los su­mergió en sus ondas, sino, que los arrastró a tierra firme, donde una loba los acogía para amamantarlos. Crecieron los niños, lle­garon a ser robustos pastores hasta que un día fundaron su ciudad, Roma, que había de crecer en rivalidad con Alba. Uno solo de los dos hermanos podía alcanzar la in­mortalidad, uno solo dar nombre a la nue­va ciudad; era fatal, pues, que hubieran de venir a las manos, y que Rómulo matase a Remo, iniciando así la monarquía roma­na. El rapto de las sabinas, la victoria so­bre sus vecinos, el pacto con Tito Tacio, son los episodios más brillantes del reinado de este héroe, que, a su muerte, los dioses recibían en el cielo con el nombre de Quirino (libro I). A su reinado siguen los de Numa, Tulio, Anco, no tan esplendorosos, pero ilustrados por los íntimos y secretos coloquios, en las profundidades de los bos­ques sagrados, de Numa con la ninfa Egeria, del sangriento duelo entre Horacios y Curiacios, de la destrucción, dolorosa pero necesaria, de Alba, de la fundación de Ostia, promesa de futuros lauros en el mar (libro II).

A los reyes romano-sabinos se oponen los reyes etruscos; los dos Tarquinos y Servio; la dominación extranjera, que se había iniciado con buenos auspicios, ter­mina con un triste suceso sangriento; la in­esperada afrenta de Lucrecia será la causa definitiva del alzamiento insurreccional de Roma, que se hace libre (libro III). Son oscuros los siglos de la alta república; la memoria de los hechos pasados parece os­curecida por el incendio gálico; la vida de Roma se reanuda con renovado aliento en las repetidas luchas contra los samnitas, con el supremo intento de asegurar a la poten­cia romana las costas del Adriático y del Jónico (libros IV-V). Pero esas costas es­tán vigiladas por el rey del Epiro, quien, llamado por Tarento, acude en defensa del helenismo itálico que está en peligro. Es la primera gran prueba del ejército ro­mano contra una potencia griega, que im­pone su superioridad con los procedimientos bélicos del Asia: los elefantes. Derrotados pero no vencidos, los romanos no pactan con el enemigo; el anciano Apio Claudio, aunque ciego y enfermo, manda que le lle­ven en litera al Senado, para disuadirle de que firme la paz. Guerra otra vez, guerra sin cuartel, mientras el enemigo pise el suelo de Italia (libro VI). Sobreviene una nueva enemiga; ya Nevia en su Guerra Púnica había cantado en versos saturnios (v.) las empresas de los romanos contra los cartagineses; no se detendrá Ennio a repe­tir aquella gesta por extenso; a grandes rasgos narra las vicisitudes en el mar, el surgir de la nada de una marina romana, construida a imitación de una nave cartagi­nesa naufragada en las costas itálicas, las batallas, la victoria final.

Pero no es esto a los ojos del poeta la verdadera guerra decisiva de Roma contra Cartago; otra de­bería llevarse a cabo dirigida por su hé­roe predilecto, Escipión el Africano, que decidirá la suerte del Mediterráneo (li­bro VII). La guerra púnica es pues, la de Aníbal o mejor dicho, la de Escipión. Un odio implacable separa a los dos pueblos desde la época de Eneas y Dido; animado de este odio, Aníbal desde España, a través de los Alpes, llega a Italia y de victoria en victoria, llega hasta Cannas, donde hallan la muerte millares de legionarios, incluso el cónsul Emilio Paulo (libro VIII). El pue­blo romano, que había conocido la mayor de las derrotas se halla a sí mismo en la figura del joven Escipión que regresa de España aclamado por el pueblo, cónsul en Sicilia, caudillo en África; quita de en me­dio al infiel Sifax, y he aquí a Escipión, cara a cara con el gran titán de la guerra que en los campos de Zama, intenta, prime­ro parlamentando, y después, con las ar­mas en la mano, evitar la catástrofe de la patria cartaginesa.. En un torbellino de pol­vo, la lucha de los dos máximos caudillos se cierra con el triunfo del romano (li­bro IX). Pero el Oriente se sobresalta al conocer la afortunada, rápida y arrolladora aventura. La Macedonia de Filipo, que quie­re probar en batalla las fuerzas de Roma, espera entre las abruptas montañas el cho­que de los legionarios. Flaminio, actuando por sorpresa, derrota a los enemigos en Cinocéfalos (libro X). Después, con un gesto de magnánima bondad, devuelve en los juegos ístmicos de Corinto, la libertad a los griegos. No menos que del filoheleno Flaminio, es alabado Catón, representante de la neta tradición nacionalista romana, por su rígida moralidad y su expedición hispánica (libro XI). Entretanto, Oriente todavía no está domado: Antíoco rey de Siria, intenta oponerse a Roma, aguijonean­do contra ella los ánimos de los griegos; pero la derrota de Magnesia le obliga a volverse a sus confines, y a no intentar nue­vos ataques contra las costas europeas (li­bros XII-XIV), donde Fulvio Nobilior está abatiendo, con el asedio de Ambracia, la soberanía de la liga etólica (libro XV). Han terminado ya las grandes empresas, pero no por ello se ha extinguido en el corazón de Ennio el deseo de contar los hechos más recientes del pueblo romano: la gue­rra ístrica (libro XVI) o las guerrillas con­tra ligures, sardos y corsos (libros XVII- XVIII).

El cansancio senil se une extraña­mente a una senilidad conservadora, al introducirse subrepticiamente en el gobier­no romano, después de las recientes empre­sas orientales. Extinguido el ardor impe­rialista y expansionista de los Escipiones, sustituidos éstos por los partidarios de Ca­tón, intransigentes moralistas, pero priva­dos de vastos horizontes y de perspectivas políticas, Ennió ve en torno a sí, agotarse el manantial de la épica al que había recu­rrido repetida y libremente o participando personalmente en las empresas, acompañan­do a cónsules y magistrados en sus expedi­ciones de ultramar. El Homero de los pri­meros libros desciende siglos abajo hasta quedar reducido a un modesto cantor he­lenístico, como los numerosos versificadores griegos sus contemporáneos, que, en las cor­tes de los monarcas de Oriente, celebran, exagerándolas, las empresas de su señor. El mito predomina en los primeros cantos, la crónica en los últimos; en esta antítesis y sobre este equívoco vive la poesía de Ennio que, partiendo de un alto designio va poco a poco bajando su tono lírico y respon­diendo cada vez más al significado prosaico del título, que no es más que una cons­ciente referencia a la historiografía romana en lengua griega, tal como se escribía por aquellos años en Roma. Sin embargo la na­rración año por año, sólo es posible cuando los hechos son conocidos con exactitud y en sus detalles; y cuando los dos cónsules epónimos caracterizan por sí mismos y por sus actividades el período de tiempo que toma título de ellos. El poema, de visión inspirada y mística, como hubiera debido ser, superado por los acontecimientos, aco­sado por la crónica cotidiana, se convirtió en una rapsodia nacional y, hasta que fue substituida por la Eneida (v.) de Virgilio, fue la obra maestra de la poesía latina, la gran epopeya de los romanos, el libro áureo de la latinidad arcaica.

F. Della Corte