Alejandro Magno

La figura del hé­roe macedonio ha aparecido en todas las épocas como una de las manifestaciones más insignes de la gloria y de la potencia humana, vivo aún, sus gestas maravillosas le envolvieron en una atmósfera de mito y se le rindieron honores casi divinos; su muerte cerró el momento feliz de Grecia que había sido abierto por otro luminoso ejemplar de juventud; Aquiles (v.). Ya en los historiadores contemporáneos de Ale­jandro se advierte esta confusión entre his­toria y leyenda. La primera historia exten­sa que se atribuye al filósofo Calístenes, his­toriógrafo de la corte, mandado ejecutar después por Alejandro en la famosa cons­piración, es una novela heroica que tuvo mucho éxito en Oriente y fue traducida re­petidas veces incluso al latín. En gran parte legendarias son las narraciones de Clitarco  en doce libros, escritas en los últimos años del siglo IV a. de C., la de Aristóbulo de Casandra que había tomado parte siguiendo a Ale­jandro en la expedición a la India, y final­mente las de Tolomeo Lago de Nearco, Trogo y Justino (v. Historias Filípicas), Diodoro, etc., hasta Plutarco.

*       En Clitarco se inspiran las Historias de Alejandro Magno [Historiae Alexandri Magni], narración de la vida de Alejandro en diez libros, de los cuales se han perdido los dos primeros, del retor Quinto Curcio Rufo (primera mitad del siglo I d. de C.). La parte que nos queda comienza con la preparación de la gran batalla junto a Isos entre Alejandro y Darío, rey de Persia (333 a. de C.) y, después de narradas las conquistas y aventuras sucesivas, llega hasta la muerte de Alejandro, a la división del reino y a su sepultura en Alejandría (323 a. de C.). Junto con las narraciones de Arriano, Anabasia de Alejandro (véase más abajo), y Diodoro, en su Biblioteca Histórica (v.), la de Curcio constituye una de las fuentes más difundidas para la his­toria de Alejandro. Está basada en fuentes difíciles de identificar, en su mayor par­te, pero antiguas y valiosas, como lo revela la circunstancia de que a veces su juicio sobre el héroe refleja el juicio desfavorable de los ambientes macedónicos. A Curcio, sin embargo, no le interesan los proble­mas políticos, e incurre de buen grado en la predicación moralista a la que era tan aficionada la historiografía helenística; tam­bién la exégesis de los hechos militares deja que desear, y esto, porque pone en primer término, las flaquezas humanas del héroe, que después de haberse embriagado de glo­ria y de placeres en la conquista fulminan­te del fabuloso Oriente, llegando hasta el punto de considerarse como más que hom­bre, como Dios, murió en edad juvenil; en él se combaten desmesuradas pasiones y frío cálculo; se alternan impetuosos impulsos y desconsolados arrepentimientos, magna­nimidad, bondad y crueldad demoníaca. Este drama se desarrolla, además sobre un fondo de batallas, carnicerías, orgías gigan­tescas, en países maravillosos por su diver­sa naturaleza, por sus ciudades legendarias y por la novedad de sus usos y costumbres. Todos estos elementos, ya recogidos en la vasta literatura novelesca que con el tiem­po se formó en torno a Alejandro, son ela­borados por Curcio según la técnica historiográfica de su tiempo, con discursos directos, disgresiones descriptivas, senten­cias morales, pero sin resentirse excesiva­mente de los defectos de la retórica enton­ces imperante, ya que la exposición colo­rida, apasionada y dramática, cautiva por su estudiada sencillez.

A. Passerini

*          De Tolomeo Lago y Aristóbulo deriva la Anabasis de Alejandro de Flavio Arriano de Nicomedia, Bitinia (95?-175? d. de C.). Dividida en siete libros a imitación de la obra de Jenofonte, narra la historia de Alejandro desde el comienzo de la expedición al Asia hasta su muerte. Es una de las fuentes más seguras de la historia de Alejandro, aunque el autor sea un poco parcial a favor de su protagonista; las fuentes de Arriano son como él mismo dice en su proemio, además de las obras de carácter militar de Tolomeo Lago y Aristóbulo, las de Erastótenes e la esfera geográfica, de Nearco, general de Alejandro, de quien con razón se fía mucho de Arriano y de Megástenes. Cuando las fuentes le parecen discordes, él las discute y escoge las noticias que le parecen más plausibles, con discernimiento y buen sentido notables; distingue claramente la parte legendaria de la históricamente atestiguada (por más que la crítica moderna no esté aún muy segura del valor de esa distinción), pero sin descuidar tampoco la primera. Estilísticamente se propone como modelos, además de Jeno­fonte, a Tucídides y Herodoto y pertenece con Luciano y Plutarco a la corriente li­teraria que quiere imitar no sólo a los áti­cos puros, los cuales gozaban en aquel mo­mento de fama indiscutible, sino también a los grandes escritores no áticos, como Home­ro y Herodoto. Artísticamente Arriano es inferior a los grandes escritores de la época de los Flavio y de Trajano, como Plutarco, Díon y Luciano; su estilo es sencillo, exen­to de ornamentos retóricos; no fue litera­to, sino un hombre de acción, que sólo en edad madura se puso a escribir al modo de su constante modelo, Jenofonte. Obras que nos quedan, y que lo han hecho ilustre, no habían de ser, según él decía, sino un ejer­cicio preparatorio para su obra mayor, que se ha perdido, La Historia de Bitinia. De todos modos como historiador de Alejandro, Arriano es importantísimo y en gran parte, gracias a él conocemos la personalidad de Alejandro por una fuente más verdadera y digna de atención que las historias nove­lescas de Curcio, Rufo y Pompeyo Trogo.

C. Schick

*     Bajo el nombre de Julio Valerio (II-IV siglos d. de. C.) ha llegado hasta nosotros una traducción latina del pseudo Calístenes, Empresas de Alejandro Magno [Res Qestae Alex Magni translatae ex Aesopo graeco]. La obra abundaba en relatos maravillosos, fantásticos, exóticos, habiendo experimenta­do cierto influjo de la novelística oriental, que precisamente la conquista de Alejandro había puesto en contacto con el mundo he­lénico. Esta novela, así como mereció en los pueblos orientales traducciones al ar­menio y siríaco, en Occidente fue vertida primero al latín, y después, en lenguas vulgares, tuvo no pocas versiones. Julio Valerio fue el primero, por lo que puede saberse, que tradujo esta novela al latín, dividiendo toda su materia en tres libros: nacimiento, empresas y muerte. La latini­dad de su estilo es muy decadente, con vulgarismos y provincialismos más que fre­cuentes; su estilo es descuidado, y más de lengua hablada que escrita. Tal vez por anticipar en ciertos aspectos las caracte­rísticas de la Edad Media, esta obra tuvo larga difusión y fue abreviada en un epí­tome: Epítome Julii Valerii.

F. Della Corte

*          La novela del pseudo Calístenes fue tra­ducida de nuevo por León Arcipreste, que vivió en la corte de los duques de Nápoles en los siglos X-XI. La traducción Vita Alexandri, más conocida por Historia de proeliis, hecha por León según el texto griego, durante un viaje a Constantinopla en 942, junto con el Epítome, transmitió aquella le­yenda a la Edad Media occidental, que tuvo un verdadero florecimiento de poemas y no­velas en torno a Alejandro.

*          La leyenda penetraba al mismo tiempo en el mundo islámico y Alejandro, recor­dado en el Corán con el nombre de Dulcarnain, producía el fabuloso Libro de Iscandar o Aliscandar [Iskandarname], que cuenta varias transcripciones persas, tur­cas e indostánicas. La más famosa es el poema persa de Nizami de Gangiah (mu­rió 1202), que fue el primero en dar forma autónoma de arte, en las literaturas musul­manas, a la leyenda oriental de Alejandro, después de las vagas alusiones del Corán y los capítulos del Libro de los Reyes (v.) dedicados a Alejandro por Firdusi. En el poema de Nizami, Alejandro desciende, por parte de madre, de Abraham, y sólo es hijo adoptivo de Filipo de Mecedonia. Educado por el sabio Aquwaqus (Nicómaco), padre de Aristóteles, sube al trono, y después de haber iniciado sus conquistas en Egipto, niega tributo a Darío, le vence en batalla, y se apodera del Irán. Siguen otras cam­pañas fantásticas (hasta contra los rusos) y la primera parte del poema se termina con la expedición de Alejandro, junto con el profeta Khizr, para descubrir el agua de la vida. La segunda parte, más gnómica y moralizante, introduce junto a Alejandro un cortejo de sabios y filósofos griegos como Arquímedes, Sócrates, Platón, Tales, Apolonio de Tiana, Hermes Trismegisto, que di­sertan de cuestiones de ciencia, moral y cos­mografía. Continúa luego la narración de los viajes de Alejandro a Oriente y Occi­dente; entre ellos el que hace a Gog y Magog, cercados por el héroe con una gran muralla de hierro y el viaje al país de una gente primitiva y feliz, al lado de la cual el inquieto conquistador siente la inanidad de sus andanzas. La muerte en Babilonia le eleva de allí al cielo. Confu­sos recuerdos y, sobre todo, estratos de le­yenda helenístico-egipcia, oriental y espe­cialmente musulmana, son elaborados por Nizami en este sugestivo poema. Entre los epígonos de Nizami, que tratan esta mate­ria, son dignos de recordar el poeta persa de la India, Amir Jusrev de Delhi (m. 1324), y Yamí de Harát (m. 1492). Este último desarrolló con preferencia los temas fabu­losos, a los que confiere carácter místico, y nos presenta un Alejandro que disputa con sus sabios acerca de la vanidad de las cosas humanas.

F. Gabrieli

*             Una de las primeras versiones occiden­tales es el Alejandro [Li romans d’Alixandre]. Los casi veinte mil versos alejanarinos publicados con este título por H. Michelant en Stuttgart en 1846, son un con­glomerado que se fue formando a través de una serie de manipulaciones. En el úl­timo tercio del siglo XII, Lambert le Tort de Cháteaudun había rimado en dialecto picardo las novelescas aventuras de Ale­jandro en la India, a continuación de un poema anónimo pictavino, en decasílabos, que en el texto que ha llegado hasta nos­otros no va más allá de las primeras gestas de Alejandro; a su vez se deriva de un poe­ma de Alberic, tal vez de Briangon (prin­cipios del siglo XII), del que sólo poseemos un fragmento. Con anterioridad al 1177, Alexandre de Bernay, culto letrado de Pa­rís, amplió y refundió el poema pictavino en versos picardos cuya forma métrica se llamó, desde el siglo XV, alejandrina, pre­cisamente por haberse usado en los poemas franceses acerca de Alejandro; versificó igualmente los hechos relacionados con la muerte del protagonista y unió estos dos trabajos suyos, como principio y conclusión, con la obra de Lambert, la cual, además, amplió y rehizo. Probablemente el mismo Alexandre de Bernay insertó, además, entre la primera parte y la central de la narra­ción, un episodio bastante extenso acerca de las luchas alrededor de Gaza, el Fuerte de Gadres, en su origen composición in­dependiente de un cierto Eustache, que des­conocemos. En fin, una redacción diferente de la muerte de Alejandro, atribuible a Pierre de Saint-Cloud (uno de los poetas del Román de Renart, v.), vino a confundirse con la primera. De la amalgama de tan­tas combinaciones y de otras interpretacio­nes menores, ha resultado el Alejandro, ex­posición completa de toda la vida del gran conquistador. Exposición fabulosa porque, a pesar de beber en fuentes históricas, como los libros de Curcio Rufo, reposa, sin embargo, en las fantasías del Epitome Julii Valerii, en las varias redacciones de la Historia de proeliis, en las supuestas cartas de Alejandro (siglo X), en el Alexandri Magni iter ad Paradisum; toda ella litera­tura que, en su mayor parte, iba a parar al relato novelesco del pseudo Calístenes. Pero el atractivo del tema residía precisamente en lo fantástico y maravilloso de aquellos relatos, de que estos autores franceses se servían después libremente. Querían sobre todo presentar a sus lectores sueños, ma­gias, prodigios, visiones de tesoros de inau­dito esplendor, memorias de rarezas y ex­traordinarios fenómenos naturales, países de sobrenatural efecto, exploraciones del fondo del mar, ascensiones a.1 cielo. Su Alejandro, héroe del destino, de peripecias y viajes sin tregua, incansable e insuperable guerrero, curioso de todo saber y especialmente del oculto, dotado, más allá de todo límite, de la virtud más ensalzada por los trovado­res y «trouvéres», la liberalidad, no difiere mucho, a no ser por una comprensible ma­yor grandiosidad de su tipo y sus empre­sas, del tropel de los caballeros andantes que, desde el siglo XII hasta los tiempos de Ariosto y de Cervantes, deleitaron a multi­tud de lectores y oyentes. A este respecto, el Alejandro aunque por su materia suele formar categoría propia con los poemas del llamado ciclo clásico (v.) resulta, sin em­bargo, por su carácter y su colorido, poco diferenciable de los poemas de materia bretona.

S. Pellegrini

*            La primera versión alemana de este célebre roman de la baja antigüedad es el Poema de Alejandro [Alexanderlied] del sacerdote Lampecht. Basándonos en la comparación de los tres códices principales que nos lo transmiten es posible establecer que sólo la primera parte de la obra es de Lamprecht mientras el esto se debe a otro autor; Lamprecht parece haber escrito alrededor de 1138; y su continuador en los años de 1160 a 1170. La fuente de que se han servido ambos es la Alejandreida, del francés Alberiz de Besangon escrito hacia finales del siglo XI basándose en la obra de Julio Valerio y de la Historia de proeliis del Arcipreste León. Después de una intro­ducción en la que resuena el grito de «vanitas venitatum», se narra la vida de Ale­jandro como se halla en las fuentes. Una amonestación a la penitencia y al temor de Dios cierra el poema. Todo el relato respira el clima milagroso-religioso de la Edad Media. Las aventuras religiosas son el argumento que más apasiona al autor. Be­llísima es la fábula de las muchachas autó­genas que en verano nacen del cáliz de las flores, beben el agua de las fuentes y can­tan con los pájaros, y después en otoño, mueren con las flores de las que han na­cido. También es exquisito el idilio amoroso entre Alejandro y la reina Candace, una especie de Circe que posee los más bellos tesoros del mundo. Lleno de admonición cristiana se nos ofrece después el viaje al Paraíso; tras de muchas aventuras, Alejan­dro llega junto al Eufrates» a una alta mura­lla de piedras preciosas, de cuya puerta sale un anciano que le da una piedra preciosa del tamaño de un ojo, y le dice que ella le enseñará la mesura y que se vuelva atrás si quiere salvar su vida. Alejandro vuelve, en efecto a Grecia y ruega a un hebreo que le explique el significado de aquella piedra. El hebreo pone la piedra en el platillo de una balanza, y en el otro platillo pone oro, pero por mucho oro que pone no lo­gra contrapesar la piedra. Entonces el he­breo substituye el oro por un puñado de tierra y en seguida el platillo que contie­ne la piedra se levanta. El hebreo lo explica así: la piedra preciosa es Alejandro a quien no basta todo el oro del mundo, mientras que un puñado de tierra será bastante para cubrirlo. Alejandro reconociendo su ambi­ción desmesurada cambia de pronto su vida. Una de las tres redacciones del poema de Lamprecht (el códice de Basilea) contiene más hechos maravillosos que las otras como, por ejemplo, que Alejandro hace que una amiga suya, le sumerja dentro de una campana de cristal, en el fondo del mar para descubrir sus secretos; pero aquella mujer abandona la cadena que sujeta la campana, y el héroe es transportado a la orilla por las olas; otra vez Alejandro sube hasta los árboles del sol y de la luna, pero una voz le anuncia que será envenenado por su criado más fiel, etc. El poema tiene a veces tonalidades ingenuas y frescas de poesía primitiva. El autor se complace en novelar y por esto las cosas admirables que describe le apasionan, aunque por otra par­te su intención sea religiosa; y así de un lado representa a Alejandro como piadoso, y del otro muestra el delito que es querer igualarse con Dios.

M. Pensa

*             Sigue en el orden del tiempo la Aiexandreida [Alexandreis] de Gauthier de Chátillon, que vivió en el siglo XII. Es el poema épico más logrado de entonación virgiliana que haya producido la Edad Me­dia. Los 5464 hexámetros de la obra, com­puesta en cinco años (1178-1182), dividida en diez libros, tratan de una «materia ele­vada, que ninguno de los antiguos poetas se atrevió jamás a describir». El poema, pre­cedido de un modesto prefacio en prosa, se abre a la manera clásica con la invocación a la musa y la dedicatoria, a Guillermo, arzobispo de Reims, protector de Gauthier, y se cierra con una invocación a las Piéri­des y otro devoto homenaje a su protector. Su fuente principal son los diez libros de las Historias de Alejandro Magno de Curcio Rufo. Gauthier toma de ellas con la libre fidelidad que todo poeta mantiene ante su modelo en prosa: unas veces sigue escru­pulosamente aquel relato, otras veces lo co­loca con mayor abundancia de pormenores; ya su fantasía o las reminiscencias de otros autores le elevan a añadir episodios ente­ros que se encuentran en Curcio, ya se sien­te obligado a suprimir ciertas narraciones de su modelo. Vinculado, pues, a la clasicidad, tanto por el contenido como por su métrica, el poema de Gauthier de Chátillon floreció en una época que experimentó bien el encanto del mundo milagroso de las ges­tas del Macedonio. La originalidad de Gau­thier, aunque no escape del todo a las in­fluencias de su época, consiste en su docta audacia de referirse a un mundo pasado, a un tipo que había tenido ya su ocaso, en hacer revivir, contra las tendencias de un tiempo, al épico y multiforme combatiente de Curcio, y de la tradición clásica, reves­tido de las estupendas ropas virgilianas. Al lado de Alejandro los personajes más vivos del poema son Darío, «el rey de reyes» fa­talmente destinado a la ruina más espanto­sa, derrotado y traicionado por los suyos, desnudo en su indigencia de vencido, siem­pre infeliz en su desolada soledad, pero dig­no del llanto estupendo del magnánimo vencedor sobre su carro de muerte; y Poro, el príncipe indio, poderoso en medio de sus elefantes, derribado, únicamente, por la astucia, no por las armas y el valor de Alejandro, que le recoge, herido, en su tienda. Todo el resto — sátrapas persas, y jefes macedónicos, caudillos y guerreros de todo género — no es en el fondo más que turba innominada. Un contemporáneo de Gauthier, admirando entusiásticamente el nuevo poema que entonces surgía, repitió con Propercio: «Nescio quid maius nascitur Aeneide» y la Alejandreida gozó realmente de tanta fortuna y difusión que substituyó a menudo en las escuelas la lectura de la epopeya virgiliana. Méritos esenciales, aun en medio de los defectos de su apresurada composición con su viva humanidad, su sentimiento de la naturaleza, la pureza de la lengua y el fluir del verso, no lejos a veces de las armonías de Virgilio. En cam­bio, en nuestra opinión son ostentosas y frías, aunque de elegancia no raramente perfecta, las clásicas representaciones ale­góricas y míticas que aquí y allá adornan el poema: vana resurrección de espectros de otro tiempo, tan enojosos como la manía moralizante propia de su época, que queda bien documentada en la obra de Gauthier.

G. Billanovich

*      Al pasar esta leyenda a España, crista­lizó en El libro de Alexandre, poema de más de diez mil versos, que en dos hemistiquios de siete sílabas cada uno, se distribuyen en cuartetas monorrimas («cuaderna vía»); obra de autor desconocido, sin duda un «clericus», que vivió a mediados del si­glo XIII. El rimador se atiene a la Alejandreida de Gauthier y al Alejandro de Lam­bert Le Tort y Alexandre de Bernay; toma también del Epitome de Julio Valerio, de la Historia del Arcipreste de León y del Ale­jandro del «clérigo» Simón; y, para los de­talles del asedio y la destrucción de Troya se sirve de la Historia de la destrucción de Troya (v.) de Guido delle Colonne. El autor inicia su exposición dando a conocer los prodigios que precedieron y acompañaron el nacimiento del gran conquistador; cuen­ta que tuvo por maestro en las artes libe­rales al sabio Aristóteles y que al ser ar­mado caballero recibió como regalo una espada fabricada por Vulcano; después le presenta en sus viajes y en sus empresas militares de Oriente; Alejandro visita ante todo las ruinas de Troya cuya historia se narra minuciosamente; rinde homenaje a la tumba de Aquiles (v.), y desde allí se pone en marcha contra el ejército persa de Darío, y lo derrota repetidamente. Así entra triun­fante en la ciudad de Babilonia y apenas se entera de que Darío está a punto de caer víctima de una traición se apresura a socorrerle aunque demasiado tarde ya. Alejan­dro se lamenta ante el cadáver del rey muerto; y en su memoria manda levantar un rico y grande monumento; persigue y vence a los traidores del imperio y lo con­quista, y finalmente se casa con Racena hija de Darío. Continuando sus conquistas hacia Oriente, Alejandro llega al mar, y que­riendo visitar el reino de las aguas, se hace sumergir en la profundidad encerrado en una caja de cristal. La naturaleza se enco­leriza por tal atrevimiento, que entra en su misterio para conocerlo y violarlo, y suscita contra Alejandro las iras del infierno. Pero Alejandro no se sacia en su sed infinita de saber, igual a la bondad generosa, que la inspira. Después de haber explorado el mis­terio de las aguas oceánicas y haber cono­cido otros prodigios y maravillas, anhela subir al cielo «por ver todo mundo, como yaz o en qual manera». Dentro de un saco de cuero, dejando fuera solo la cabeza, Ale­jandro se levanta por el aire, transportado por dos grifos, ante los cuales, con una pér­tiga agita un pedazo de carne; pero en la tierra le aguarda la traición. Mientras él explora el cielo, y contempla el movimien­to de las estrellas y mide con la mirada la inmensidad de la tierra y del mar, en su palacio real los traidores, reducidos por Antipater se conjuran contra él y consiguen más tarde darle un veneno mortal. Este poema es la historia de un alma, que a través de una existencia venturosa se va mostrando progresivamente; bondad genero­sa e inteligencia abierta. En función de esta historia interior están los episodios en que se explaya el poeta a su sabor, perdiendo el sentido de la medida y entregándose a su imaginación. Con arte ingenuo y desnudo toma las cosas no por lo que valen por sí mismas, sino como medio para introducirse en el alma de Alejandro; un medio en que historia y fantasía se identifican pero en el cual es posible captar la vida de un gran es­píritu en su doble actividad de inteligencia y de amor. A ésta realidad autónoma tiende el poeta, aunque se disipe en detalles ocio­sos o en comentarios de erudición inútil, perdiendo el hilo de la narración con daño de la armonía de todo el poema.

M. Casella

*      La leyenda de Alejandro fue tratada también por Rudolf von Ems (1200-1254) en su largo poema Alejandro escrito alrededor de 1230-1240, en el cual, siguiendo un esti­lo de crónica, quiere hacer de Alejandro un modelo de caballero que tiene presente el amor de Dios y «la salud del cuerpo y del alma», yendo a parar al testimonio de la nulidad y transitoriedad de todo bien te­rreno. De este modo era seguida y subra­yada la interpretación medieval etico-religiosa de la novela. Rudolf von Ems nos da asimismo noticia de que también Berthold von Herbolzheim y un tal Biterolf habían escrito dos Alejandreidas, pero no nos que­da nada de ellas.

*      También Ulrich von Eschembach (vi­vió en la corte de Wenceslao II, 1278-1305) escribió, alrededor de 1287, un poema (unos 30.000 versos) llamado Alejandreida, toma – do de la gran Alejandreida de Gauthier de Chátillon para disfrazar a Alejandro de ca­ballero medieval. En realidad Ulrich com­puso su poema, sobre todo, para halagar a su protector Wenceslao II rey de Bohemia, y elogiar bajo el ropaje del héroe, a su padre el rey Otokar, y por ello le pareció oportuno disfrazar el poema antiguo de novela cortesana contemporánea con esce­nas de amor y caballería, descripción de fiestas y torneos, y toda clase de imagina­ciones sentimentales. Son características de este poema la adaptación de la antigua le­yenda o. novela cortesana y la traducción de las alusiones a la mitología pagana en términos cristianos, como llaman al Elíseo Paraíso, a la Megera diablo, a Venus «la impúdica», y así sucesivamente.

M. Praz

*      Un episodio de Alejandro contiene el poemita burlesco Alejandro y Antiloyes (hacia 1260-1270) en alemán medieval. Narra que Alejandro encontró un día al enano An­tiloyes, quien le descubrió la infidelidad de sus cortesanos; durante una fiesta organizada por Alejandro, Antiloyes aprovechándose de ser invisible, apaleó a su gusto uno tras otro a todos los cortesanos prestando así un gran servicio al rey.

*      Un tal Seifrid escribió hacia 1352 un Alejandro, refundición de la Historia de proeliis. A fines del siglo XIV se publicó el Alexander Magnus, o sea la traducción alemana de la Historia Alexandri (hacia 1230-1240) de Quilico de Spoleto, De hacia 1350 es un Alejandro en bajo alemán que resume brevemente, en prosa, la vida del rey macedonio, con fin religioso para amo­nestar contra la desmesurada concupiscen­cia. En los siglos XV y XVI ya no se pu­blicaron refundiciones poéticas sino sólo libros informativos de tono cronista o didáctico-moralizador. Así tuvieron mucha fortuna una Crónica, Alexandri des grossen Kónings (traducción de la Historia de proe­liis) del maestro Babiloth y la Crónica de Alejandro (1472) del humanista Johannes Hartlieb. Se publicaron también muchas traducciones alemanas de la obra latina pseudoaristotélica intitulada Secreta secretorum; entre ella es notable el Secreto de Aristóteles [Aristotelis Heimlichkeit] del si­glo XIV, que es un intercambio de epístolas entre Alejandro y Aristóteles. En Lubek fueron representadas tres comedias de car­naval: Alejandro y Anteloe (1446), Alejan­dro y el rey de Morland (1467) y Alejan­dro quería conquistar el paraíso (1473). También Hans Sachs escribió en 1558 una Tragedia del gran Alejandro.

M. Pensa

*     En Italia, durante la Edad Media, fue­ron dedicadas varias obras al gran conquis­tador; algún fragmento de ellas, como el del clérigo Simón, del siglo XIV, de nota­ble valor poético. Diversas citas en tomo a la figura y vicisitudes de Alejandro se contienen en las obras de los mayores es­critores italianos de la Edad Media tardía, entre ellos Dante; una historia anónima «enteramente dedicada al héroe» se titula Los nobles hechos de Alejandro Magno y está sacada de la Alejandreida del pseudo- Calístenes.

*     En la literatura francesa del Renaci­miento son particularmente notables algunas obras dramáticas en torno a Alejandro: una de las dos únicas tragedias de Jacques de La Taille (1542-1562) se titula Alexandre y fue representada en 1573. Alexandre Hardy (15759-1632) trató el mismo tema con la Trilogie d’Alexandre, formada por la trage­dia: La mort de Daire, La mort d’Alexandre y Timoclé ou le juste vengeance.

M. Praz

*     En Inglaterra, está inspirada en esta leyenda la comedia en cinco actos Alejan­dro y Campaspes [Alexander and Cam- paspe] de John Lyly (15549-1606), publica­da en 1584. Tiene por tema el amor de Ale­jandro por la prisionera tebana Campaspes y su cesión al pintor Apeles que se había enamorado de ella mientras la retrataba; la fuente de esta obra está en Plinio (Histo­ria Natural, XXXV, 36). Es un drama hu­manista cuyo brioso diálogo se resiente de la influencia de Erasmo, y preludia los in­geniosos escarceos de las comedias shakesperianas.

M. Praz

*             En el teatro español del Siglo de Oro es notable la tragicomedia Las grandezas de Alejandro de Lope de Vega (1562-1635), re­presentada el 1620. En ella, que al decir de K. Vossler, «no es, ciertamente, una obra maestra pero sí una verdadera pieza popu­lar, vemos un Alejandro hijo de Júpiter, un vital y pagano semidiós, en cuyo arrojo y belleza física, decisión, caballerosidad, li­beralidad, suerte con las mujeres y afición a la aventura habían de complacerse los españoles cumplidamente. Pero, al final de la obra, en el apogeo de su poder, se arroja en el polvo ante las puertas de Jerusalén el hombre magnífico, a los pies del Sumo Sacerdote…, por más que el propósito que allí se llevara fuese el de imponer obedien­cia a los judíos a sangre y fuego».

*        La obra teatral más célebre de este ca­rácter es la tragedia en cinco actos de Jean Racine (1639-1699), Alejandro el Grande [Alexander le Grand], representada en Pa­rís el 4 de diciembre de 1665. En el campa­mento de Taxilos, en las orillas del Hidaspes, mientras Alejandro se aproxima, Cleófila hermana de Taxilos, que había sido prisionera del rey macedonio, intenta per­suadir a su hermano para que acepte la amistad de Alejandro, a quien ama, separándose de su aliado Poro. Como estos dos aman a Asuana, reina de otra parte de la India, y Taxilos cree que el preferido es el otro, se aviene a seguir el consejo de su hermana pero no convence a Poro de que deponga las armas. Efestión, embajador, presenta a Cleófila el homenaje del ena­morado rey macedonio, y después ofrece la paz a los dos reyes. Taxilos está dispuesto a aceptar; Poro se niega desdeñoso; com­batirá solo, consolado por el amor de Asiana. Alejandro, una vez vencido Poro, se declara a Cleófila, prometiéndole el trono de Asia; al mismo tiempo piensa obligar con su generosidad a su enemiga Asiana a aceptar la mano de Taxilos. Pero la reina que supone muerto a Poro, resiste a los halagos del vencedor, y abiertamente de­clara que sigue amando al muerto, y sólo está dispuesta a dar su amor a Taxilos en el caso de que éste vengue a Poro. Éste vive todavía, Taxilos se enfrenta con él en el campo de batalla y Poro le mata. Poro va a someterse a Alejandro, que le trata como rey, le restaura en su trono, le concede a Asiana por esposa, entre la admiración de todos, y repite a Cleófila el ofrecimiento de la corona y de su corazón. En esta obra juvenil, Racine cede al gusto heroico-galante presentando un Alejandro perfecto amante, un Poro enamorado, ade­más de héroe, y todo ello con una dicción florida, plagada de preciosismos. La trage­dia agradó como un espectáculo de gracia amorosa; nosotros hallamos en ella algunos rasgos más sentidos, que presagia al inmi­nente poeta de la mujer y del amor.

V. Lugli

Cuando Racine quería crear un gran efec­to no adoptaba el sistema romántico: no perseguía sus ideas por los cuatro puntos cardinales, para, al fin, darles alcance en el borde del vacío. Todo aquel que espere ha­llar en sus páginas «bellas sorpresas» de ese tipo, quedará desilusionado. Su atre­vimiento pertenece a un tipo totalmente distinto; no se trata del atrevimiento de la aventura, sino de la intensidad. Sus «be­llas sorpresas» están arrancadas del mismo corazón de su tema, y arrancadas de un solo tirón. Por ello, machas de sus más sorprendentes frases poseen una concentra­ción de energías que, aunque difíciles de captar por completo en el primer momento, acaban por grabarse indeleblemente en vuestras mentes. (Strackey)

*        También Pietro Metastasio (Pietro Trapassi 1698-1782), escribió en 1727 entre los dramas de su primera época, un Alejandro en las Indias [Alessandro nelle Indie], uno de los más afortunados dramas líricos del siglo XVIII. Se cuentan más de cincuenta partituras compuestas sobre el texto de Me­tastasio; aquí se mencionan las más nota­bles y aplaudidas; todas se intitulan, como el texto Alejandro en las Indias. La pri­mera, con la que se estrenó el drama en Roma en 1729“ es de Leonardo Vinci (1694- 1744); siguieron las obras de Nicola Porpora (1686-1768), Dresde 1730; Leonardo Leo (1690-1730), Roma 1730; Johan Adolph Hasse (1699-1783), Milán 1732; Karl Heinrich Graun (1703-1759), Berlín 1744; Christoph Willibald Gluck (1714-1787), Turín 1745; Davide Perez (1711-1788), Génova 1751; y Lisboa 1755, en nueva elabora­ción; Baldassare Galupe (1706-1785), obra que fue representada en 1755 en varias ciu­dades de Italia; Nicolo Jommelli (1714- 1774), Stuttgart, 1757; Nicola Piccinni (1728- 1800), Roma 1758; Jóhann Gottlieb Naumann (1741-1801),Venecia, 1768; Antonio María Gaspare Sacchini (1730-1786), Vene­cia 1768; Giovanni Paisiello (1740-1816), Módena apr. 1773; Antonio M.a Gaspare Sac­chini (1730-1786), Venecia 1768; Domenico Cimarosa (1749-1801), Roma 1781; Luigi Cherubini (1760-1842), Mantua 1784; Anto­nio Gresnich (1755-1799), Londres 1785; Gio­vanni Pacini (1796-1867 K Nápoles 1824. El mismo asunto fue también musicado sobre libretos de otros autores y con variantes en el título.

*      En las artes plásticas son muchas las obras inspiradas en la figura de Alejandro Magno. Entre las innumerables esculturas de la Antigüedad, que se han perdido en su mayor parte, la más conocida que nos queda es el Alejandro Hermes en el museo del Louvre y que se tiene por retrato au­téntico del gran caudillo. Es famoso el mo­saico del Museo Nacional de Nápoles que representa la Batalla de Isos entre Darío y Alejandro. Durante el Renacimiento se ins­piran en la historia y en la leyenda del Macedonio, Rafael (Galerías del Vaticano), Sodoma (Farnesina), Pierin del Vaga (Mu­seo de Nápoles). Entre las obras no italia­nas más conocidas figuran el bajorrelieve de Puget, Alejandro y Diógenes 1687 (Louvre), y la serie de cinco telas que re­presentan las empresas de Alejandro, de Charles Le Brun.