El Cuervo y otros poemas, Edgar Allan Poe

[The Ra- ven and other Poems]. Es el último libro de poemas, publicado en 1845, del norte­americano Edgar Allan Poe (1809-1849).

Se inicia con el poema que da título al volu­men y que tal vez es la más famosa de sus obras: «El cuervo». En una lúgubre noche de diciembre, mientras consulta libros de antigua sabiduría, intentando aliviar un poco su dolor por la muerte de Lenore, el poeta oye de repente una ligera llamada a la puerta. Venciendo su terror, abre de par en par, pero tras la puerta no hay más que las tinieblas en las que él se queda escrutando y «soñando sueños que nunca mortales se atrevieron antes a soñar». Vuel­ve a su habitación, pero pronto oye de nue­vo la llamada; abre entonces la ventana y he aquí que entra el majestuoso cuervo, que va a encaramarse sobre el busto de Mi­nerva colocado sobre la puerta. El poeta le pregunta cuál es su nombre, y grande es su estupor al oírle contestar, con acento humano: « ¡Nunca más!» Y «nunca más» continúa contestando el cuervo, con lúgubre insistencia, inmóvil y solemne, a las pre­guntas del poeta que se hacen cada vez más angustiosas: «nunca más» ángeles enviados de Dios entre los perfumes de un invisible incensario traerán alivio y olvido a su dolor; «nunca más» podrá volver a abrazar en el misterioso mundo del más allá a su amada; «nunca más», el diabólico pájaro, regresará a su nocturno reino de horror; permanecerá inmóvil sobre el pálido busto de Minerva, con sus ojos de demonio soñador, y «nunca más» el alma del poeta volverá a levantarse, librándose de su sombra fatal.

En su Filosofía de la composición (v. El principio poético), Poe nos describe minuciosamente de qué manera compuso esta poesía, insis­tiendo sobre el hecho de que «ningún pun­to de su trabajo tiene que ser referido a la casualidad o a la intuición» y que «la obra avanzó lentamente hacia su cumpli­miento con la precisión y la rígida coheren­cia de un problema de matemáticas». La búsqueda de efectos de puro virtuosismo es evidente en el lúgubre resonar del «nunca más» («nevermore»), en el rebuscado contraste entre el negro de las plumas del cuervo y el marmóreo candor del busto de Minerva, en la original combinación en la estrofa de versos trocaicos de siete y ocho sílabas. Toda la poesía está animada por una corriente subterránea de significacio­nes que, indefinidas en un principio, se aclaran en los últimos versos, donde vemos en el cuervo el símbolo de un «lúgubre e inmortal recuerdo». El Cuervo fascina por el poder sugestivo de su atmósfera y de su ritmo; pero, por su mismo virtuosismo a veces ligeramente escenográfico, es inferior a otros cantos de más sencilla y pura ins­piración, como, por ejemplo, «A una en el Paraíso» («To one in Paradise»), invocación llena de sencilla ternura que el poeta dirige a su amada, que la muerte le había arre­batado. Ella lo era todo para él, una isla verde en medio del mar, una fuente, un santuario engalanado de flores y de frutas, y todas aquellas flores eran suyas. ¡Pero era un sueño demasiado luminoso para que pu­diera durar, era una esperanza divina que surgió sólo para ser oscurecida fatalmente! Ahora en vano una voz le dice que mire al futuro, delante de sí; su espíritu sigue deteniéndose en el profundo abismo del pa­sado.

Según el parecer de algunos, Poe quiso expresar en esta poesía el contraste entre la felicidad de los difuntos y la mi­serable vida humana; mucho más probable­mente se trata tan sólo de un sencillo can­to de amor y de dolor, inspirado como Annabel Lee (v.) en una humana y per­sonal experiencia, en que todo elemento simbólico, si es que existe, se disuelve por completo en lo concreto de la poesía. La in­tención alegórica es evidente, en cambio, en el «Palacio encantado» [«The haunted Palace»]: en un verde valle, habitado por ánge­les buenos, se levantaba un día un radiante palacio en el dominio del monarca Pensamiento. Alegres banderas ondeaban en el techo, suaves perfumes flotaban en el aire; y los peregrinos que pasaban por aquel va­lle veían, a través de dos luminosas ven­tanas, espíritus que danzaban con aires mu­sicales, al son de un laúd, alrededor del trono del glorioso rey. De perlas y rubíes eran las puertas del palacio, de las que se derramaban continuamente ecos armoniosos cantando la sabiduría del rey. Pero seres malvados, con trajes de dolor, asaltaron un día el palacio y destruyeron toda la gloria y la alegría; y ahora los viandantes ven a través de las ventanas iluminadas de luz rojiza grandes figuras que danzan con rit­mos fantásticos al compás de una música discorde mientras que, a través de la pálida puerta, sale una horda horrorosa que ya no sabe sonreír.

Es imposible no vislumbrar aquí la historia del alma humana provista de maravillosas facultades espirituales que una enfermedad misteriosa oscurece y echa a perder; pero los términos de la alegoría están traducidos en imágenes musicalmente perfectas. También dominado por el tono simbólico es «El gusano victorioso» [«The conqueror Worm»], descripción de un es­pectáculo en que los ángeles envueltos en velos y sumergidos en el llanto asisten a una representación en la que actúan miedos y esperanzas, mientras la orquesta toca de vez en cuando la música de las esferas. En la escena, actores hechos a semejanza de Dios murmuran, balbucean, se mueven in­ciertos, desaparecen a las órdenes de gran­des seres deformes — símbolos del amor, del odio, del terror — que cambian las escenas y hacen llover de sus alas un invisible do­lor. Es un espectáculo de locura, de pecado, y el horror es el alma del drama. De re­pente se introduce por entre los actores una forma arrastrándose, roja de sangre, que se come a éstos, devorándolos con len­titud, haciéndolos sufrir largamente. Se apa­gan las luces, cae el fúnebre telón: los ángeles se levantan y proclaman, abriendo sus velos, que aquélla es la tragedia de hombre y su héroe el gusano victorioso. El sentido de la muerte no se aplaca aquí, como en Durmiente (v. Poesías), en la con­templación de la hermosura, sino que se exaspera en una visión de macabro horror. El «Gusano victorioso» pertenece, en la obra de Poe, al período en que su morboso pa­roxismo encuentra su expresión en algunas de sus más obsesionantes narraciones. [Tra­ducción de José A. Pérez Bonalde (Valpa­raíso, 1895)]. A. P. Marchesini