Cuestión del Agua y de la Tierra, Dante Alighieri

[Quaestio de aqua et térra o, con un título más específico, De forma et situ duorum elementorum, aquae videlicet et terrae]. Breve disertación de filosofía natu­ral, que Dante Alighieri (1265-1321), escribió después de haberla expuesto oralmente en Verona, en el templete de Santa Elena, el domingo 19 de enero de 1320, en presencia de todo el clero veronés. Fue impresa por primera vez en Venecia en 1508 al cuidado del religioso agustino Giovanni Mocetti, el cual la halló en un códice que estaba per­dido. Causa ocasional de esta obrita, de cuya autenticidad se ha dudado equivoca­damente, fue una larga disputa a la que Dante asistió al pasar por Mantua.

La cues­tión que trataba de dilucidarse era «si el agua, en la esfera que le es propia, o sea en su natural circunferencia, está en algu­na parte más alta que la tierra que emerge de las aguas, llamada comúnmente la cuar­ta habitable». Como la cuestión había que­dado entonces sin resolver, Dante la volvió a tomar por amor a la verdad, y con el deseo de definirla. Ante todo, establece los cinco argumentos principales aducidos por sus adversarios para afirmar la posición su­perior de la esfera del agua con respecto a la de la tierra. Las dos esferas, decían ellos, no pueden tener un centro común, porque sus circunferencias no están igual­mente distantes; por esto el centro de la tierra que se identifica con el centro del universo, se halla más bajo que el del agua. Por otra parte, el agua, como cuerpo más noble que la tierra, ocupa un lugar menos alejado del Primer Motor, el más noble cie­lo; y, por lo tanto, más alto que el ocupado por la tierra. Que ésta, en su propia esfera, está más baja que el agua lo demuestra la experiencia de los navegantes, obligados a subir al palo mayor de la nave para des­cubrir las orillas. Además, si la tierra no estuviese más baja que la esfera del agua, la parte descubierta quedaría privada de agua. Añádase por otra parte que en el flujo y reflujo de las mareas el agua sigue la excentricidad de la órbita lunar; por lo cual hay que deducir que también es excéntrica la esfera del agua, más alta por esto que la esfera de la tierra. Dante refuta todos estos argumentos con rigor dialéctico, de­jando que más allá de los principios aris­totélicos a los cuales se confía, hable la voz de su alma, conmovida ante el orden providencial que reina en el universo.

Con­siderada en su esfera, el agua podría estar en cualquier parte más alta que la tierra por ser excéntrica o si fuera concéntrica, porque sus niveles podían variar hasta el punto de estar por encima de la tierra. Pero el agua no puede ser excéntrica. La fuerza de gravedad que ella experimenta del mis­mo modo que la experimenta la tierra, la lleva a tender, con igual movimiento recti­líneo, hacia el centro mismo al que tiende la tierra, esto es, al centro del universo, y no puede haber, en la esfera del agua, nin­gún desnivel porque inmediatamente el agua, que se derrama hacia abajo, se extende­ría dentro de su regular circunferencia. La esfera del agua y la de la tierra son, pues, concéntricas, y como todo lo que emerge de las aguas está más alejado del centro del universo, y por lo tanto más alto, la «cuarta habitable» está más alta que el mar; como, por lo demás, se hace evidente observando el curso de los ríos, que bajan hasta las orillas del mar. Ciertamente, la tierra, como cuerpo simple, tiende también en todas sus partes y principalmente al cen­tro: pero puesto que existe la «cuarta ha­bitable», no hay duda de que le es inherente otra naturaleza por la cual se deja elevar obedeciendo a las leyes de la natu­raleza universal. Ésta, en efecto, tiende a formar, fuera de las aguas, un lugar don­de todos los elementos puedan obrar jun­tos, armonizando con sus fines la finalidad a que están ordenadas todas las formas materiales de las cosas generadoras y co­rruptibles. Por esta causa la tierra se le­vanta por encima de las aguas en forma jibosa, como de una media luna, y con una extensión de 180 grados de longitud y de 67 de latitud.

Pero la causa eficiente de esta elevación no se puede encontrar en la tierra, que por su naturaleza, tiende hacia abajo, ni en los otros tres elementos, que por su homogeneidad producen efectos uni­formes. La causa eficiente procede del cie­lo, pero no de cualquiera de los siete cielos planetarios, cuya causalidad se ejerciera de modo igual sobre todo el globo terráqueo; ni siquiera del Primer Motor, que es unifor­me y está uniformemente potenciado. Pro­cede del octavo cielo, de las estrellas fijas, diversas por situación, virtud y forma. Las estrellas que se encuentran en esa región del octavo cielo, que se curva sobre la tie­rra que está al descubierto, operan sobre ella, ya por modo de atracción, como el imán que atrae al hierro, ya a manera de compulsión generando vapores que tienen la fuerza de formar los montes. La eleva­ción hemisférica de la tierra se puede decir que no resulta circular por deficiencia de materia; pero el declarar por qué esa ele­vación ocurrió solamente en aquel lado, es cosa que excede los límites de la razón humana. Cualquier investigación no sólo no pondría en claro la cuestión, sino que sería aventurada y presuntuosa. Dios lo creó todo para el mayor bien; su sabiduría es mis­teriosa y oculta; «de sus vías se hallan tan alejadas las vías del hombre como los cie­los están alejados de la tierra». Con es­tas palabras del Libro Sagrado, Dante con­cluye su disertación, despachando sucinta­mente los cinco argumentos puestos en dis­cusión por sus adversarios.

Las ideas de que se hizo propugnador son las que reflejan las doctrinas de su tiempo: arbitrarias y falsas, como todo el sistema aristotélico, si bien las más honradas y razonables con respec­to a los conocimientos de entonces. Pero lo que más vale, y que explica la obra y el penoso esfuerzo de investigación y demostración que la informa, es la exigencia de verdad que movió a Dante a escribirla: «placuit verum ostendere, nec non argumen­ta facta contra dissolvere, tum veritatis amore, tum etiam odio falsitatis». Es la mis­ma exigencia de verdad que se transparenta en las discusiones de filosofía natural inser­tas en la Divina Comedia (v.), no como ele­mentos inútiles y decorativos, sino como la exigencia de un espíritu que se ciñe a la realidad y se apoya en sus leyes, antes de remontarse libremente a los cielos de su fantasía y sublimarse con las puras exce­lencias del canto.

M. Casella