Vida y Hechos de Estebanillo González, Hombre de Buen Humor, Compuesta por él Mismo.

Novela picaresca pu­blicada en Amberes en 1646. La existencia, hoy documentalmente comprobada, de un bufón del mismo nombre, que estuvo al ser­vicio de Octavio Piccolomini, duque de Amalfi y general de Felipe IV en la guerra de los Treinta Años, y la coincidencia de fechas y sucesos históricos con las aventu­ras referidas, autoriza a considerar esta Vida como una verídica autobiografía se­gún el esquema de la novela picaresca.

En efecto, la profesión que desempeña el pro­tagonista es la del pícaro tradicional desde el Lazarillo (v.), hasta el Guzmán (v.), al Marcos de Obregón (v.), al Buscón (v.), etc. Hijo de un gallego «trasplantado» a Roma, Estebanillo es enviado de niño a la escuela, pero como muestra poca inclinación al estu­dio es puesto a trabajar como aprendiz de barbero. A causa de los grandes daños infli­gidos al mostacho de un cliente se ve obli­gado a huir a Siena, en donde entra al ser­vicio de dos tahúres, a los que abandona en cuanto las cosas se ponen mal, después de haberles robado una capa. Se embarca en Liorna, en una galera con rumbo a Mesina, en donde un alférez español se lo lleva consigo como «marmitón» en una expedi­ción naval contra los piratas berberiscos; pero cuando llega la hora de combatir se refugia en la cocina.

Obligado a desembar­car, por haber sido sorprendido cuando se disponía a vaciar las ollas ajenas, se emplea como criado de un secretario, y más tarde como ayudante del primer cocinero del car­denal de Palermo, al que deja con un palmo de narices, huyendo con todos sus trajes, durante el transcurso de una representación teatral. De regreso a Roma, vuelve a dedi­carse al oficio de barbero, y después de haber adquirido algo de práctica acuchillando rostros y cortando orejas, se dirige a Nápoles, en donde asume el cargo de cirujano en el hospital de Santiago de los Españoles, mostrándose más ducho en prac­ticar sangrías en las bolsas que en los brazos. Impelido siempre por su indomable espíritu aventurero, lo encontramos más tar­de como criado de unos soldados en Lombardía, ayudante de la policía en Sicilia, peregrino a Santiago de Galicia, rufián de una actriz en Sevilla, de nuevo soldado y de nuevo desertor. Trasladándose a Fran­cia, en Ruán estafa a unos judíos haciéndose pasar por correligionario suyo, ven­diéndoles polvo como las cenizas de su padre, condenado a las llamas por los cris­tianos.

En las cercanías de Aviñón se en­rola en una compañía francesa, pasando después al campo español, y tras una visita a Roma, en donde vende la casa heredada de su padre, muerto durante este tiempo, vuelve a embarcar rumbo a España, siendo condenado a muerte en Barcelona, por ha­ber matado, incidentalmente, a un soldado. Indultado en el último momento, va a Flan- des en calidad de cocinero, y presencia la batalla de Nordlingen permaneciendo es­condido en un foso, del que sale al final para celebrar la victoria. Habiendo perdido el empleo de cocinero por sus rapiñas, se hace cantinero, pero viendo que es sólo él quien bebe, entra en calidad de bufón al servicio del conde Piccolomini, generalísimo del ejército español en los Países Bajos.

Al lado del conde visita Viena, Praga y reco­rre toda Europa como mensajero, llegando hasta Rusia, unas veces admitido familiar­mente entre reyes y magnates, otras metido en aventuras de taberna, dado siempre a pillerías y burlas de todo género, como la que inflige al duque Tomás de Saboya, al que obliga a atravesar las calles de Bruselas cubierto con la piel de un ciervo muerto, con peligro de ser despedazado por los perros, y en otra ocasión finge querer trans­formarlo, según él dice, de gallina en capón, lo que-le conquista frecuentemente la mal­querencia de todos. Durante algún tiempo está al servicio del príncipe Fernando, y a la muerte de éste se dedica a la búsqueda de Piccolomini, siguiéndole por Italia, Es­paña y Flandes, en una carrera de peligrosas aventuras que le llevan finalmente a Ingla­terra, donde, acusado de espía y papista, es encerrado en una jaula.

Por fin encuen­tra a Piccolomini en Bruselas, pero ahora Estebanillo, que está ya cansado y desea reposo, pide al poco tiempo permiso a su señor para retirarse a Nápoles, escribiendo a modo de despedida su autobiografía. El exceso de episodios que se suceden sin cesar y la insistencia en las escenas de hurto, libertinajes, borracheras y engaños, convierten con frecuencia la narración en algo monótono y mecánico. Sin embargo, el autor revela una indudable habilidad narra­tiva y una notable fuerza ridiculizadora. En efecto, Estebanillo se presenta, con deliberado propósito de sátira, como el an­tihéroe «licenciado en desvergüenzas y doctor en truhanerías». No hay en él nin­guna conciencia de la grandeza de los su­cesos históricos de que es testigo. Atraviesa el mundo trágico del Wallenstein (v.) con un sarcasmo bufonesco que opone a la grandeza las muestras del envilecimiento, y al heroísmo, la bellaquería declarada. Y en estos aspectos la obra es una típica expre­sión de la extrema decadencia española tanto civil como espiritual, que ya encuen­tra su manifestación en la resignada ironía de Cervantes y en el vivo sarcasmo de Quevedo.

C. Capasso