Vida de Don Gregorio Guadaña, Antonio Enríquez Gómez

Obra de Antonio Enríquez Gómez (1600- 1665?), que puede ser considerada como el eslabón de enlace entre la novela picaresca española y la francesa que representa el Gil Blas (v.). Fue editada por primera vez en Rúan, en 1647, pero con tal número de erra­tas que para poder entender su verdadero sentido debe acudirse a la segunda edición, hecha en la misma ciudad en 1682.

La obra completa se titula El siglo pitagórico y Vida de don Gregorio Guadaña y trata poética­mente de la metempsícosis, estudiando las variaciones que experimenta un alma en los diversos cuerpos en que se encarna; una de estas transmigraciones corresponde a la Vida de don Gregorio Guadaña que, por su ex­tensión, por estar escrita en su totalidad en prosa y por su tono, más parece una obra independiente, y como tal ha sido editada en numerosas ocasiones. Trata de las aven­turas del personaje que le da título y que más que pícaro es aventurero que goza del instante sin preocupación por el mañana. Se inicia la trama con la genealogía del pro­tagonista, que habla en primera persona y se complace en retratar con fino humor las aventuras y desventuras de su larga paren­tela. Siguen luego las cómicas escenas que acompañan a su concepción y alumbra­miento, siempre contadas en primera per­sona, y, dando un salto en el tiempo, sus andanzas camino de Madrid, adonde se di­rige a cursar estudios. En el viaje traba re­lación con un juez y sus acompañantes, y su vida a partir de este instante transcurre ligada a ellos primero y a sus familiares de la corte después.

Divertidísimo es el episo­dio de la ronda del juez, a quien acompaña Gregorio Guadaña, en las inmediaciones de Carmona, y también aquel otro del asalto de los bandoleros en Sierra Morena. De sus desventuras en la corte sobresalen sus lan­ces amorosos, en especial aquel que tiene con la mujer del alguacil que acompaña al juez, y que éste descubre por el mismo don Gregorio a causa de la ignorancia de éste acerca de la personalidad de la dama. Otras burlas y divertidas circunstancias contribu­yen poderosamente a mantener el interés de esta notable novela. El tono es digno y ele­gante. Como muestra de su vivaz estilo, véase la frase con que culmina la aventura de la ronda: «El escribano, con más lige­reza que su pluma, abriendo la puerta de la calle, puso al galán en ella. El juez pedía luz, la dama misericordia, la vieja agua bendita, el escribano doblones, el alguacil resistencia, mi letrado calle, y yo de risa pedía silla para sentarme, porque no la po­día tener en pie».

A. Pacheco