Peregrinaciones, Fernão Mendes-Pinto

[Pereçrinaçam]. Obra autobiográfica del viajero portugués Fernão Mendes-Pinto (hacia 1510-1583), pu­blicada póstumamente en Lisboa en 1614.

Es la narración de las empresas, viajes, batallas y naufragios de este aventurero, que fue sucesivamente soldado, comerciante, más a menudo corsario, náufrago muchas veces, hecho prisionero y vendido como esclavo, luego rescatado por los gobernadores de la India Portuguesa de Oriente. Sus aventu­ras son tan extraordinarias que se le creyó un embustero, y hasta se hizo, deformando su nombre, el chiste: «Fernao, mentes? Minto!» [«¿Fernando, mientes? Miento»]. Parece, sin embargo, que todo lo que cuen­ta tiene un fondo de verdad, y muchas de sus noticias sobre la India, la China y el Ja­pón, donde fue uno de los primeros europeos en desembarcar, fueron confirmadas por los viajeros sucesivos.

El relato comienza con el nacimiento del autor en Montemir-o-Velho, de una familia pobrísima; embarcó como simple grumete en un velero, cayó en manos de un pirata francés, que saqueó y quemó la nave, abandonando a la tripulación en una costa desierta de Portugal. Llegado a Setúbal, se embarcó como soldado hacia las Indias, donde el gobernador Antonio de Faria lo tomó a su mando, dándole algunos encargos para los soberanos de la península de Malaca y de las islas de Sonda. Sufrió un primer naufragio, fue hecho prisionero y vendido como esclavo. Rescatado, se puso a la caza del feroz pirata indio Coja Achem, llamado «el bebedor de sangre portuguesa», lo apresó, lo mató, hizo descuartizar el ca­dáver y lo colgó en la arboladura de la nave.

Un segundo naufragio lo llevó a las costas de China, donde logró alcanzar Nankin, vi­viendo allá de la mendicidad. Vuelto a Cantón con la esperanza de poder embarcar hacia la India, salió a las órdenes de un pirata chino, al que la tempestad arrojó a las costas del Japón. Allí encontró buena acogida, recogiendo preciosas noticias que luego comunicó a San Francisco Javier, al que indujo a evangelizar aquel país. Tanta era su admiración por el Santo, que pidió entrar en la Compañía, pero al cabo de un tiempo fue despedido por falta de vocación. Vuelto a Goa en 1557, vivió allá un año y luego retomó a la patria, donde murió en la pobreza’, tras haber perdido en el naufragio los haberes que había reunido como comerciante. Las Peregrinaciones fueron bien pronto traducidas al francés (1628 y 1645), y recientemente Boulenger (París, 1932) dio de ellas una edición parcial y modernizada.

G. Batelli