Vida de las Abejas, Maurice Maeterlinck

[La vie des abeilles]. Obra del escritor belga Maurice Maeterlinck (1862-1949), publicada en 1901. Su propio autor dice no haber querido escri­bir «un tratado de apicultura ni una mono­grafía científica, ni siquiera una colección de observaciones y estudios», sino simplemente hablar de las abejas «como se habla, a quien lo ignora, de un objeto conocido y ama­do».

De este modo nos narra en siete capí­tulos o «libros», la historia, las costumbres, los hábitos y los instintos de las abejas, nos hace asistir a la actividad incesante de la colmena, a la construcción de la ciudad per­fecta, a las ocupaciones sabiamente distri­buidas de las abejas obreras, que proveen al bienestar, a la defensa y a la vida de la comunidad. Nos damos cuenta del respeto y del amor de que rodean a su reina, y, en páginas de viva poesía, el autor canta la embriaguez del vuelo nupcial en el eterno azul y en la gloria del sol. El motivo domi­nante de esta vida es el continuo sacrificio del individuo al bienestar de la colectivi­dad; la reina renuncia a la luz del día, con­denada por su deber maternal a pasar su vida en el interior de la colmena; las obre­ras renuncian al amor y al gozo de la ma­ternidad reservada a una sola; los zánganos, perezosos y voraces, son dejados con vida sólo por consideración a su función, para ser muertos en masa sin piedad, en cuanto hayan llegado a ser inútiles; así, cada cual cumple la función para que ha sido creado. Este libro es todo él un himno a las abejas, ligeras, activas e incansables.

La ciudad de las abejas podría servir de modelo a las ciu­dades de los hombres, así como sobre las leyes del pueblo alado podrían modelarse las leyes humanas. Maeterlinck, en esta obra de divulgación científica, se nos muestra diverso del Maeterlinck de los dramas sim­bolistas de su primera manera, llenos del terrible misterio del más allá; estamos aho­ra en el terreno de la realidad, y esa rea­lidad nos trae una palabra consoladora: abandonarse a la naturaleza es al fin y al cabo la mejor sabiduría, y que este consejo nos sea dado por el evocador de tantos mis­terios es una prueba de que su espíritu in­quieto está orientado hacia la investigación de una certidumbre más consoladora. [Trad. española por Pedro Tornamira (Barcelona, 1913 y Madrid, 1930)]. (P. Nobel 1911.)

L. Giacometti