Bajo el título de Vida de don Quijote y Sancho (1905), el gran escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) escribió un ensayo que constituye un largo comentario, capítulo a capítulo, de la obra cervantina. Para Unamuno, la vida del caballero de la fe.
Alonso Quijano, se ofrece como la más apta y eficiente para ser transcrita de acuerdo con el espíritu de su ideario filosófico, ya expresado en el Sentimiento trágico de la vida (v.), según el cual, repudiadas las morales utilitarias y positivistas como inferiores a la trágica esencia de la realidad humana, no resta sino aferrarse a la «voluntad de creer» en el destino inmortal del hombre. Por ello acepta la interpretación común según la cual el caballero era un loco, reconociendo aquella locura como un sentimiento más intenso de la personalidad y el deseo de lo eterno. Es natural que con este criterio, la primera aventura (el encuentro en la posada con las dos pobres meretrices que él llama doncellas) sea interpretada como un primer acto dirigido a purificarse del mal y a redimirse de la injusticia social.
Más tarde, cuando en el encuentro con los mercaderes que se resisten a reconocer las dotes de Dulcinea, el caballero recibe la peor parte, el autor ve simbolizado en la aventura el drama fatal de quien quiere hacer triunfar la verdad del espíritu, contra el mundo sometido a un craso materialismo. El «Yo sé quién soy» del incomprendido don Quijote está transfigurado como un símbolo del poder de la voluntad, único capaz de afirmar el valor de la persona por encima de la caducidad física. El ataque a los molinos de viento es elevado a símbolo de la lucha del espíritu contra la brutalidad de la máquina. La liberación de los galeotes por parte de don Quijote da ocasión de desarrollar la doctrina de una justicia más humana y espontánea que la legal. El episodio del yelmo de Mambrino sirve de base para una digresión sobre el necesario valor de la afirmación heroica, creadora mediante la ilusión; entregándose a una efusión apasionada, Unamuno invoca para su España una guerra civil que encienda en el corazón del pueblo el fuego de las eternas inquietudes.
Los estragos que causa el caballero entre los muñecos de la «morisca titerería» de maese Pedro, es interpretada como una saludable lección de sinceridad heroica. Se inserta aquí una de las páginas más elocuentes del libro: el horror de la ficción oficialmente aceptada inspira al autor una apocalíptica imagen de lo que sucedería en la maravillosa catedral de León, llena de las salmodias de los canónigos, si poco a poco las palabras y las plegarias de vida murmuradas por los hombres sencillos bajo las inmensas naves se despertasen, ahogando con el ímpetu y la fuerza de sus cantos la salmodia del coro y destruyendo finalmente la misma catedral de piedra para erigir un nuevo templo espiritual más aéreo pero no menos profundo. Página que incurre solamente en el error de convertirse finalmente en una invectiva política, que contrasta con el tono de tantas otras páginas, encendidas de puro amor patrio. En otro momento, la melancolía de don Quijote, que no sabe bien lo que ha logrado conquistar con sus esfuerzos, es interpretada como la presentación, al hombre activo, del .sentido de la angustia, que «huyendo del conocimiento de las cosas aparentes, nos lleva al conocimiento esencial de las cosas», conocimiento que se verifica con la conquista de esta verdad: «el mundo no es una representación tuya sino creación tuya, de tu corazón», ya que la verdad no es lo que hace pensar, sino lo que hace vivir.
A medida que se desarrollan los capítulos, el «contrapunto» filosófico del autor alcanza cada vez mayor volumen e importancia, superando casi el interés por la vida del hombre, y difundiéndose hacia el fin con creciente acuerdo sobre el sentido de la inmortalidad, sobre el valor de la persona y sobre la inmanencia del espíritu humano en Dios. Esta Vida es, como otras obras de Unamuno, un documento del íntimo tormento del autor, que se confiesa y difunde más que logra construir. Llena de elocuencia, poniendo de relieve el ingenio, adolece en cambio de la misma insuficiencia del pragmatismo que la inspira; doctrina que destinada a exaltar sus fáciles triunfos en el campo» de la acción política o en la teoría de las ciencias particulares, es por su esencia incapaz de justificar una idea metafísica y una fe verdaderamente activa.
G. Alliney
El español más importante desde el punto de vista europeo y, probablemente, el más importante después de Goya. (Keyserling)
* Además de la imitación de Avellaneda y de los ensayos de Unamuno y Azorín, fueron numerosas, ya en el mismo Siglo de Oro, las obras inspiradas en la figura de don Quijote o en los distintos episodios y personajes de la novela. Entre las más conocidas figuran las comedias de Guillén de Castro (1569-1631) Don Quijote de la Mancha y El curioso impertinente, que dramatiza la novela del mismo título inserta en la obra de Cervantes. En ésta se inspira también la comedia de Juan Matos Fragoso (1608-1689) El yerro del entendido. A las aventuras de Cardenio (primera parte, capítulos 23-27) deben referirse la perdida comedia Cardenio, representada en Londres en 1613 por la compañía de Shakespeare, y The history of Cardenio de Fletcher y Shakespeare, incluida en una edición londinense (1653) de algunas comedias shakespearianas. Entre las restantes imitaciones españolas, debemos recordar el Quijote de los teatros de Cándido María Trigueros; Vida y empresas de D. Quijote de la Manchuela de Cristóbal de Anzarena; Adiciones a la historia del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1786) de Jacinto María Delgado; El Quijote del siglo XVIII de F. Siñériz; Semblanzas caballerescas, publicada anónima en La Habana, y sobre todo los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes (1882) del sudamericano Juan Montalvo, que logró imitar la forma y el espíritu del original.

