El Quijote, Miguel de Cervantes Saavedra

Novela del escritor español Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), cuya primera parte, dedicada al Duque de Béjar, se publicó con el título de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y la se­gunda y última, dedicada al Conde de Lemos, con el de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha.

Ésta apareció en Ma­drid en 1615, unos seis meses antes de la muerte del autor, impresa por Juan de la Cuesta. En cuanto a la primera parte, la edi­ción más antigua de las conocidas fue im­presa también en Madrid y por el mismo Juan de la Cuesta en 1605. Se supone, no obstante, una anterior edición, de 1604, y tal suposición se basa en tres indicios:

1.° En la novela La pícara Justina (v.), impresa en Madrid en 1605, pero con privilegio fir­mado el 23 de agosto de 1604, figuran unos versos en los que se hace referencia a Celes­tina, a Lazarillo a [Guzmán de] Alfarache y a don Quijote, lo que supone ya cono­cido y famoso el personaje creado por Cer­vantes.

2.° En una carta de Lope de Vega a una persona desconocida, firmada en To­ledo el 4 de agosto de 1604, se encuentran las siguientes palabras: «De poetas, no digo: buen siglo es éste. Muchos en cierne para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote».

3.° El morisco Juan Pérez, llamado también Zaibilí, en su obra Contra­dicción de los catorce artículos de la fe cristiana, escrita en 1637, explica que pre­senció en una librería de Alcalá de Hena­res, en 1604, como un cliente ponderaba las excelencias de los libros de caballerías, a lo que un estudiante que allí se encontraba comentó: «Ya nos remanece otro don Qui­jote».

Todo ello hace presumir que en 1604 ya se conocía la primera parte del Quijote, que pudo haberse publicado por vez primera aquel año en edición que no ha dejado ras­tro alguno. No obstante, los tres indicios mencionados no son tan concluyentes como parecen a primera vista, ya que la carta de Lope de Vega no supone precisamente una edición impresa de la novela, no tan sólo porque cita a Cervantes hablando de «poetas» sino también porque da a enten­der que sabe que nuestro escritor prepara alguna obra que tiene entre sus personajes a cierta persona ya conocida de todo el mundo que era llamada «don Quijote», tal vez apodo de algún loco contemporáneo, chiflado por la lectura de los libros de caba­llerías, sentido en el que también se podría interpretar la anécdota referida por el mo­risco Juan Pérez, quien, de todos modos, escribe más de treinta años después y bien pudo confundirse de fecha. El testimonio de La pícara Justina no es tan decisivo como parece porque en realidad no se publicó hasta 1605, y los versos en que se alude a don Quijote se pudieron intercalar después de conseguido el privilegio.

Lo que hace dudar más de la existencia de una edición del Quijote en 1604 es que en la más anti­gua de las existentes (la primera de Juan de la Cuesta de 1605) falta el pasaje del robo del rucio de Sancho, que se incorporó a la novela, aunque mal situado, en la se­gunda de las conocidas (también impresa por Juan de la Cuesta y en el mismo año 1605). El contrasentido es tan de bulto que es de suponer que se advirtió en seguida y sería muy raro que, dándose en la hipotética edición de 1604, se repitiera en la cierta de 1605. En 1604, de todos modos, la novela debería estar ya acabada y sin duda en curso de impresión. Es difícil determinar la fecha en que Cervantes la empezó a redac­tar, aunque algunos indicios, no del todo decisivos, hacen creer que fue hacia 1598. La primera parte del Quijote, tras la tasa y privilegio de rigor, se inicia con una breve dedicatoria al Duque de Béjar en la que Cervantes dista mucho de ser personal, ya que frases enteras son un auténtico calco de las que Fernando de Herrera escribió en la dedicatoria al Marqués de Ayamonte en su edición de las Poesías de Garcilaso (1580), plagio que, si bien no era insólito, no deja de sorprender en la primera página de una de las obras más originales que ha conce­bido el ingenio humano.

A la dedicatoria sigue un interesantísimo prólogo que pun­tualiza algunos de los aspectos de la inten­ción del autor («todo él [el libro] es una invectiva contra los libros de caballerías») y en el que no faltan alusiones satíricas a Lope de Vega y frases enigmáticas cuyo exacto sentido es difícil de desentrañar (por ejemplo cuando Cervantes dice: «pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote…»: ¿qué alcance tiene esta afirmación?). Era costumbre que los autores de obras literarias pidieran a escritores de fama o a personas encumbradas poesías lau­datorias con que encabezar los libros, lo que les daba cierto prestigio. Cervantes sati­riza cómicamente tal costumbre insertando, a continuación del prólogo, una serie de poesías burlescas firmadas por fabulosos personajes de los mismos libros de caballerías que se propone parodiar; y así hallamos sonetos firmados por Amadís de Gaula, don Belianís de Grecia, Orlando Furioso, el Ca­ballero del Febo, etc. y otras poesías en elogio de don Quijote que se cierran con un gracioso soneto dialogado entre Babieca, caballo del Cid Campeador, y Rocinante, ca­ballo de don Quijote.

De esta suerte el lec­tor de principios del siglo XVII advertía, apenas había abierto el libro, que tenía entre manos una obra de declarada intención satírica y paródica. — Primera salida de don Quijote. La narración se abre con una rápi­da descripción de las costumbres y estado del protagonista, Alonso Quijano (Quijada, Quesada o Quejana, diversas formas del apellido que en varias ocasiones empleará Cer­vantes, poco escrupuloso en estas minucias, v. Quijote), hidalgo de unos cincuenta años y de mediana posición, que consumía sus menguadas rentas en la compra de libros de caballerías, cuya lectura le entusiasmaba de tal modo que le llevó a la locura. Cer­vantes no precisa en qué aldea de la Man­cha vivía su protagonista (la tradición pos­terior quiere que sea Argamasilla de Alba), sin que en ello haya que buscar recónditas intenciones, como las que se han querido ver en las primeras palabras del relato: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…».

Obsérvese que «En un lugar de la Mancha» es un verso de un romance entonces popular (el del Amante apaleado), y que las palabras «de cuyo nom­bre no quiero acordarme» constituyen una muy corriente y generalizada fórmula de principio de cuento tradicional (al estilo de «En un país cuyo nombre no recuerdo vivía un rey…»). Y es que Cervantes, que escribe con el empeño de satirizar y parodiar los libros de caballerías, cuya acción transcurre en países exóticos y lejanos (Gaula, Constantinopla, Trapisonda, Tartaria), nos sitúa ya de buenas a primeras en una anónima aldea de la Mancha, de vivir monótono y apacible y en la que jamás ocurre nada extraordinario y destaca en ella al típico hidalgo de todas las aldeas castellanas. La descripción física de este hidalgo se hace al principio y en varios puntos de la no­vela: «de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro…, alto de cuerpo, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes gran­des, negros y caídos», características que corresponden a las que Huarte de San Juan, en su Examen de ingenios (v.), da a los hombres de temperamento «caliente y seco», los cuales son ricos en imaginación e inteligencia, coléricos, melancólicos y maniá­ticos.

Cervantes, profundo conocedor de las enfermedades mentales (como corrobora su novela ejemplar El licenciado Vidriera, v.), ha hecho corresponder la fisonomía de su protagonista a su especial temperamento, en el que es dable una locura del tipo de la que padecerá Alonso Quijano. Éste, en efecto, pierde el juicio a fuerza de leer li­bros de caballerías y su locura lo lleva a dos fundamentales conclusiones falsas:

1.a Que cuanto lee en aquellos disparatados y fabulosos libros es verdad histórica y fiel relación de hechos que en realidad ocurrie­ron y de hazañas que realizaron auténticos caballeros en tiempo antiguo;

2.a Que en su tiempo (principios del siglo XVII) es posi­ble resucitar la vida caballeresca de antaño en defensa de los ideales medievales de jus­ticia y equidad.

A consecuencia de ellos Alonso Quijano decide hacerse caballero andante y salir por el mundo en busca de aventuras. Para ello limpia y adereza lo mejor posible unas viejas armas que tenía en su casa y que habían sido de sus bis­abuelos que, faltas de celada, completa con unos endebles cartones. Adviértase, pues, que don Quijote a principios del siglo XVII saldrá a correr sus aventuras revestido con una armadura de finales del siglo XV o principios del XVI (época de sus bisabuelos), y ello constituirá uno de los motivos de sorpresa o de sarcasmo por parte de los que se topen con él de mismo modo que hoy  nos sorprenderá encontrar a un personaje disfrazado de mariscal del tiempo de Napoleón. En la vestimenta de don Quijote que refleja ya una actitud y un espíritu arcaicos, como en su manera de comprender la vida y en su especial forma de expresarse inspirada siempre en el lenguaje arcaizante de os libros de caballerías.

Toma como montura un viejo rocín de su propiedad, al que da el nombre de Rocinante por parecerle «alto, sonoro y significativo», y él mismo adopta el de don Quijote de la Mancha. Antepone, pues, a su nombre el «don» a que no tenía derecho; desfigura su apellido, Quijano o Quijada, con el cómico sufijo –ote, sin duda por sugestión del famoso caballero Lanzarote y por ser «quijote», el nombre castellano de una pieza del arnés que cubría el muslo; y finalmente, así como Amadís hacía seguir a su nombre el de su patria, «de Gaula», él completa el suyo con la apelación «de la Mancha». En la formación del nombre del héroe cervantino influyó también sin duda alguna el del Hidalgo Camilote del libro de caballerías Primaleón a que aludiremos luego. Finalmente, recordando que todo caballero andante estaba enamorado de una dama a la que encomendarse en los trances peligrosos y ala que ofrecer los frutos de sus victorias, decide hacer dama suya a una moza labradora «de muy buen parecer» llamada Aldonza Lorenzo, de la que tiempo atrás había estado algo enamorado sin llegar a darle cuenta de sus sentimientos, y le pone el nombre de Dulcinea del Toboso (v.).

Repárese en la sucesión de supuestos que intervienen en la formación del personaje de Dulcinea: Aldonza Lorenzo la moza «de muy buen parecer», no asomará ni un solo instante a las páginas de la novela; don Quijote, en cuya imaginación se ha verifi­cado la identidad entre Aldonza y Dulcinea mantendrá su secreto constantemente, a ex­cepción de una vez, cuando necesitará en­viarle un mensaje por medio de Sancho. Éste, que sorprenderá en esta ocasión la identidad entre la moza labradora y la en­cumbrada dama de la que tantas veces le ha hablado don Quijote, no le llevará el mensaje e inventará una escena entre él y Aldonza para engañar a su amo; y vol­verá a engañarle en la segunda parte ha­ciéndole creer que Dulcinea es una zafia labradora que topa, en el camino. De esta suerte, si bien Aldonza Lorenzo no aparece jamás en la novela, figuran en ella dos suplantadoras de su personalidad, debido a los embustes de Sancho; y por otra parte don Quijote obrará y hablará siempre como si se tratara de una nobilísima princesa llamada Dulcinea del Toboso.

Don Quijote sabe perfectamente que Dulcinea es una creación de su fantasía, pero es fiel a ella en todo momento. Aldonza Lorenzo sufre, pues, dos desfiguraciones: la idealización de don Quijote, que cifra en ella todas las gracias y la convierte en el paradigma de la hermosura y la nobleza; y el envileci­miento por parte de Sancho, que hace de ella un monstruo de fealdad y una hembra zafia y soez. Aldonza Lorenzo no era ni una cosa ni otra, sino «una moza labradora de muy buen parecer», y en la multipli­cidad de este personaje resalta el genio de Cervantes y se advierte uno de los puntos fundamentales del sentido del Quijote. Aca­ba así el primer capítulo de la novela, excelente y acertada presentación del pro­tagonista en la que el autor ha dado a sus lectores los datos suficientes para com­prender su propósito inicial: la sátira y parodia de un género literario en boga, los libros de caballerías. Don Quijote se ha vuelto loco debido a una auténtica intoxicación literaria ha perdido el juicio frente a la letra impresa.

Ello es lo que lo separa fundamentalmente del Orlando furioso (v.) de Ariosto, que era un caballero de veras que enloqueció por amor. Sale don Quijote de su aldea por la puerta trasera de su casa y sin que nadie se dé cuenta, y emprende su vagabundeo a caballo de Rocinante. Va sin rumbo fijo, como los caballeros andantes de las novelas hablando consigo mismo en lenguaje campanudo, altisonante y cuajado de arcaísmos. Pero apenas ha abandonado la aldea se da cuenta de que jamás ha sido armado caballero, y se propone recibir l orden de caballería en la primera ocasión que se le presente. Al atardecer después de un día de vagar por despoblado llega a una venta o mesón que la mente de don Quijote transforma en un castillo. Se inicia aquí una de las fases de la enfermedad mental del protagonista, que consiste en acomodar la realidad, por lo general vulgar y corriente a su ardiente fantasía literaria.

Sus sentidos le transmudan la realidad siempre de acuerdo con su idea fija o monomanía: dos mozas de la más vil condición que estaban a la puerta de la venta se le imaginan dos hermosas doncellas o graciosas damas, y el sonido del cuerno de un porquero le parece el clarín de un enano que anuncia su llegada a los moradores del castillo. Al dirigirse a las mozas el castellano de don Quijote sorprende por su contextura medieval, aspecto que los lectores del principios del siglo XVII podían apreciar con toda su intención, pues para ellos ya eran arcaísmos palabras como «fuyan», «ca», «non», «facerle» (en vez de «huyan», «pues», «no», «hacerle»). Es éste un matiz que el lector actual del Quijote, si no posee una determinada preparación filológica, no suele advertir y puede caer en el error de creer que tales formas eran normales en la lengua de Cervantes y de su tiempo, siendo así que ello constituye un recurso humorístico del escritor y un aspecto más de su constante parodia de los libros de caballerías.

Don Quijote, creí­do que el ventero, hombre maleante y so­carrón, es el castellano de lo que él cree castillo, le pide que le arme caballero, a lo que accede para evitar ciertas penden­cias que no tardan en iniciarse y para bur­larse de aquel pobre -loco. Y en efecto, aquella noche, tras una grotesca imitación de la sagrada vela de las armas, el ventero se presta a la gran farsa de armar caballero a don Quijote, haciendo ver que lee ora­ciones en «un libro donde asentaban la paja y la cebada que daba a los arrieros» y dándole un espaldarazo en presencia de las dos livianas mujeres, que no pueden contener la risa ante la cómica ceremonia. Hay en este episodio una evidente parodia de las solemnes fiestas que tanto abundan en los libros de caballerías donde el héroe es armado caballero con toda solemnidad y con profundo fervor religioso. Pero aún hay más: este episodio es la clave de todo el equívoco en que se basa el Quijote, pues pone de manifiesto que su protagonista ja­más fue caballero, lo que comprendían per­fectamente los lectores del siglo XVII, que sabían que no podía llamarse caballero quien no lo era.

Y sabían también que el rey don Alfonso el Sabio había legislado en la segunda de sus Partidas lo siguiente: «E non deve ser cavallero el que una vega­da oviesse recebido cavallería por escarnio…et por ende fue establecido entiguamente por derecho, que el que quisiesse escarnecer tan noble cosa como la cavalle­ría, que fincasse escarnescido della de ma­nera que non la pudiesse aver». El ventero a sabiendas y don Quijote inconsciente­mente escarnecieron la caballería aquella noche de la venta. Pero téngase en cuenta que Alfonso el Sabio legisla, además, que no puede ser caballero el que está loco ni el que es pobre. Alonso Quijano, con su menguada hacienda y su mucho más men­guado juicio estaba excluido de la caballe­ría, y aunque se hubiese enriquecido y hu­biese recobrado la razón no hubiera podido ser armado caballero porque una vez reci­bió la orden de caballería «por escarnio». Toda la novela se basa, pues, en un error, producto de la locura del protagonista, que como buen monomaniaco es un hombre sensato, prudente y entendido en todo me­nos en lo que afecta a su desviación mental.

Don Quijote, hombre bueno, inteligen­te, de agudo espíritu, de un atractivo sin límites y admirable conversador, sólo de­nuncia su locura al creerse caballero y al amoldar cuanto le rodea al ficticio y lite­rario mundo de los libros de caballerías. Creído que es caballero, satisfecho y ale­gre, sale don Quijote de la venta que tomó por castillo. A poco se ofrece ante sus ojos la injusticia y abuso del poder, males con­tra los que luchan los caballeros andantes de los libros medievales: Juan Haldudo, el rico, está azotando a su mozo Andrés porque perdía las ovejas de su ganado, y por su descuido no le pagaba la soldada que le debía. Don Quijote interviene a fa­vor del desventurado y menesteroso y exi­ge a Juan Haldudo que deje en paz a An­drés y le pague lo que le debe, que son nueve meses a siete reales. «Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales», así, como dice la primera edición, no «sesenta y tres» como requiere la aritmética y han enmendado las edicio­nes posteriores, pues don Quijote, hombre de letras, no sabe multiplicar, y se equi­voca en la fácil cuenta, pero favoreciendo al desvalido.

En este error aritmético hay una nota de amargura de Cervantes, que varias veces conoció cárceles y procesos por cuentas mal rendidas. Ufano se marcha don Quijote convencido de que ha reparado una injusticia, pero apenas lo han perdido de vista Juan Haldudo el rico ata al mozo Andrés a una encina y lo azota hasta de­jarlo medio muerto. Don Quijote ignora su auténtico fracaso: él había creído en la palabra y en la buena fe de Haldudo el rico y se imaginaba que era como uno de tantos caballeros perversos de las novelas de aventuras que, a pesar de su perversi­dad, son fieles a la palabra empeñada. Si­gue y encuentra a unos mercaderes a los que detiene y conmina a que confiesen que Dulcinea del Toboso es la doncella más hermosa del mundo, sin verla («la im­portancia está en que sin verlo lo habéis de creer, confesar, jurar y defender»).

Pide a aquellos hombres un acto de fe ciega que jamás comprenderán, y como es lógico los mercaderes se burlan de él y, cuando los ataca, lo apalean cruelmente y lo dejan tendido en el suelo sin aliento ni poder moverse por el peso de su arcaica armadura. Aquí la locura de don Quijote toma pasajeramente un nuevo sesgo. Al verse en el suelo sin poder valerse se ima­gina que es un personaje del romancero que se halló en trance parecido, Valdovinos, y se lamenta con versos de romance. Así le encuentra un labrador de su lugar, Pedro Alonso, que para don Quijote es el marqués de Mantua, lo que trae un dis­paratado diálogo entre el cuerdo y el loco. Se imagina luego don Quijote que él es el abencerraje Abindarráez, y Pedro Alonso, don Rodrigo de Narváez, personajes de la Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa (v.) Pedro Alonso, compadecido, car­ga a don Quijote en su asno y lo lleva al pueblo. La locura de don Quijote ha reves­tido esporádicamente un nuevo aspecto: el de los desdoblamientos de su personalidad.

Cervantes enmendará en lo sucesivo esta técnica, demasiado fácil para un novelista tan ingenioso como él, y desde ahora don Quijote siempre será don Quijote (el pre­sunto Avellaneda, autor de la apócrifa se­gunda parte del Quijote, seguirá esta fácil técnica, y su don Quijote sufrirá constan­tes desdoblamientos de la personalidad y se creerá que es Bernardo del Carpió, el Cid, Fernán González, Aquiles, Fernando el Católico, etc.). Mientras don Quijote duerme en su habitación y se repone de la paliza recibida, el cura (v.) y el barbero del lugar, ayudados por el ama (v.) que cuidaba del hidalgo, entran en su biblioteca y se dis­ponen a quemar los libros de caballerías que han ocasionado tan extraordinaria locura. Es éste un capítulo (el VI) lleno de crítica más o menos benévola y en el que Cervantes expone algunas de sus opiniones literarias. Los libros de caballerías son quemados en el corral de la casa de don Quijote, y sola­mente logran salvarse de la condena el Amadís de Gaula (v.), el Palmerín de Ingalaterra (v. Palmerín de Oliva) y el Tirante el Blanco (v.), selección realmente acer­tada.

Es muy posible que tras el escrutinio y quema de los libros de caballerías se aca­bara una primera versión del Quijote, con­cebido como novela breve al estilo de las Novelas ejemplares (v.). Realmente, estos seis capítulos que constituyen la primera sa­lida del hidalgo manchego tienen unidad, y la narración podría darse por concluida después de la condena e incineración de los libros de caballerías que causaron la locura de don Quijote. La obra, así, sería una acertada novelita, al estilo de la del Licen­ciado Vidriera. No obstante, todo ello no pasa de ser una mera conjetura. Afortunada­mente Cervantes siguió adelante. — Segunda salida de don Quijote. Don Quijote no podía vagar solo por los caminos de España, pues el novelista se veía precisado a poner en su boca largos soliloquios que nos revelaran sus impresiones, sus estados de ánimo y su talante. A su lado Cervantes va a colocarnos a un labrador de su misma aldea, Sancho Panza (v.), personaje que a lo largo de la narración va perfilándose hasta adquirir una inconfundible fisonomía y devenir una de las más acertadas y geniales creaciones de la ficción novelesca de todos los tiempos y de todos los países.

Sancho se decide a acompañar a don Quijote en calidad de escudero, aunque no tiene una idea muy clara de lo que esto significa, y acuciado por la promesa de las ganancias y botines que su amo adquirirá en sus aventuras, sobre todo el gobierno de una «ínsula». Tampoco sabe Sancho exactamente qué es una ínsula, pues se trata de un término arcaico de los muchos que empleaba don Quijote. Cuando Sancho llegue a alcanzar su sueño, aunque sea todo ello una breve farsa, su ínsula estará en el centro de Ara­gón y nada tendrá de isleño. Lo importante es que en el Quijote ha aparecido, a partir del capítulo VII, la inmortal pareja y con ella el constante y sabroso diálogo. Gracias a este diálogo entraremos en el fondo del alma de don Quijote, y su constante depar­tir con Sancho será un eficaz contraste entre el sueño caballeresco y la realidad tangible, la locura idealizadora y la sensatez materia­lista, la cultura y la rusticidad y también la ingenuidad y la cazurra picardía.

Sancho evoluciona en el transcurso de la novela, no tan sólo porque Cervantes va perfilando cada vez más su fisonomía, sino también porque al escudero se le van contagiando paulatinamente la locura y la discreción de su amo. Al principio es un campesino rudo y tonto, que no sabe con certeza en qué suerte de aventuras se ha metido; pero luego va adquiriendo cierta picardía, se familiariza con el fantástico mundo caba­lleresco en que vive don Quijote e incluso, cuando llega a ser gobernador de la tan suspirada ínsula, nos admirará con sus rec­tos y sanos criterios y con la popular sabi­duría^ salomónica de sus juicios.

Querrá entrañablemente a su amo, pero no hasta el punto de renunciar a su egoísmo y, hu­manísimo al fin, al morir don Quijote se alegrará pensando en la herencia que le ha legado. Don Quijote montado en Rocinante y Sancho en su jumento llegan, en su vagar, ante treinta o cuarenta molinos de viento, que el- primero imagina ser unos desmesu­rados gigantes que agitan los brazos, con gran sorpresa del segundo, que intenta con­vencerle de la realidad. Don Quijote, como en su primera salida, sigue desfigurando la realidad para acomodarla a sus fantasías caballerescas, pero ahora tiene a su lado a Sancho, que inútilmente intentará sacarle de su error. Pese a las advertencias de éste, don Quijote acomete con su lanza los mo­linos, y caballo y caballero son derribados por la fuerza de las aspas que giraban im­pelidas por el viento. Este episodio — que en la novela se llama «aventura», al estilo de las que se narraban en los libros de caballerías —, uno de los más famosos del Quijote y que ha sido objeto de infinidad de representaciones gráficas, es el modelo de otros tantos que acaecerán en el trans­curso de esta primera parte de la obra, donde es tan frecuente que algo o alguien corriente y vulgar se transforme en la mente de don Quijote en elementos maravi­llosos propios de la literatura caballeresca y actúe frente a ellos de manera insensata, sin hacer caso de los consejos y avisos de Sancho, que ve las cosas tal como son y no deja de proclamarlo.

Al día siguiente en­cuentran por el camino a un grupo formado por dos frailes de San Benito, cuatro o cin­co de a caballo, con sus mozos y un coche en el que iba una dama vizcaína, a la que acompaña un escudero vizcaíno también. Don Quijote se imagina que aquel grupo de gente son unos encantadores que llevan raptada en el coche a alguna princesa, y detiene la comitiva con voces altas y ame­nazadoras conminando a los presuntos en­cantadores a que dejen en libertad a la dama. Acomete a uno de los frailes, pone en fuga al otro y se aproxima al coche y habla en términos caballerescos y arcaicos a la dama, pero el escudero vizcaíno le interpela indignado «en mala lengua castellana y peor vizcaína», o sea en un divertido espa­ñol con sintaxis vascongada (acertado rasgo de pintoresquismo que Cervantes intensificó en su entremés El vizcaíno fingido, v.). Don Quijote y el vizcaíno se enfrentan y se inicia una lucha entre, ellos, con las espadas en el aire…

Aquí Cervantes suspende la ac­ción de la novela so pretexto de que no ha encontrado más información escrita sobre las hazañas de don Quijote. Ello es harto significativo, ya que demuestra que Cer­vantes parodia la actitud del historiador que va relatando hechos que halla consig­nados en crónicas y documentos; pero aún tiene mayor intención paródica lo que sigue. En la trama de la novela se hace un vacío en el que Cervantes nos habla de sí mismo, de su interés por saber la continuación de las aventuras de don Quijote y nos relata cómo, encontrándose en Toledo, acertó a encontrar unos cartapacios en árabe, que se hizo traducir por un morisco y resultaron ser la historia de don Quijote «escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábi­go». Desde este momento el Quijote se nos ofrecerá como la traducción castellana de una narración árabe. Esto, que puede pa­recer inútil o arbitrario a un lector actual, tenía un sentido muy preciso para los espa­ñoles del siglo XVII, acostumbrados a que los libros de caballerías, originariamente escritos en castellano, se presentaran como traducción del latín, del griego o de lenguas orientales, ficción con la que se pretendía envolver dichos relatos de cierto misterio y de exotismo.

Se reanuda, pues, la narra­ción de las aventuras de don Quijote bajo el fingido aspecto de una traducción del árabe (aquí empieza la segunda de las cuatro partes en que va dividido el primer tomo del Quijote de 1605, división arrinco­nada en las ediciones posteriores a 1615, ya que se prestaba a confusión con el segundo tomo de la misma obra, que es realmente su «segunda parte») y se concluye la batalla con el vizcaíno, en la que ambos contendientes caen por el suelo. Don Quijote no queda tan maltrecho como su adversario; se adjudica, por lo tanto, la victoria y per­dona la vida al vizcaíno, gracias a la inter­vención de la dama del coche y a condi­ción de que su adversario se dirija al Toboso y se presente ante Dulcinea, para que ella haga de él lo que le plazca. Aparece aquí un frecuentísimo motivo de los libros de caballerías, en los que los caballeros vence­dores suelen enviar a sus enemigos vencidos a sus damas o a la corte del rey Artús o de otro monarca cualquiera para ponerse incondicionalmente a su disposición.

Don Qui­jote y Sancho llegan al anochecer a las chozas de unos cabreros, que les dan hospi­talidad amablemente, y al acabar la cena, cogiendo un puñado de bellotas, don Qui­jote pronuncia ante su rústico auditorio el famoso discurso sobre la Edad de Oro («Di­chosa edad y dichosos siglos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados…»), en el que con mucha ironía Cervantes parodia uno de los tópicos rena­centistas. Durante la estancia de amo y criado con los cabreros se desarrolla el final de la historia de los amores pastoriles de Grisóstomo y Marcela; aquél, muerto de amores-; ésta, displicente y desdeñosa. El clima de esta historia, en el fondo externa a las aventuras de don Quijote, es en cierto modo el de la novela pastoril, que Cervan­tes había cultivado en su primera obra extensa, La Galatea (v.). Acabado esta especie de intermedio pastoril, don Quijote y Sancho, abandonando a los cabreros, reemprenden su vagar.

Como sea que Ro­cinante se inmiscuye en el tranquilo pacer de unas hacas, o jacas, de unos yangüeses (gallegos, en la primera edición), éstos apalizan al caballo y luego a don Quijote y a Sancho, que quedan molidos por el suelo. Con penas y trabajos llegan a una venta, que don Quijote toma por castillo, a pesar de las razones y advertencias de su criado. Los alojan en un desván, donde también duerme un arriero, el cual esperaba la nocturna visita de una moza de la venta, la asturiana Maritornes, la cual acude y, en la oscuridad, se confunde de lecho y va al de don Quijote, quien le hace un engo­lado parlamento, creído de que se trata de una hermosa doncella que se ha enamorado de él. El arriero da un terrible puñetazo a don Quijote, la moza se refugia en el lecho de Sancho y en este momento, alar­mado por el ruido, se presenta el ventero con un candil, y la confusión aumenta hasta que un cuadrillero de la Santa Her­mandad, que se alojaba en la venta, impone su autoridad. Los «sucesos de la venta» se complican con escenas rápidas y movidas, en las que Cervantes hace ostentación de su inigualable maestría de narrador de epi­sodios tumultuosos.

Las actitudes de los diversos contendientes, incluso los movi­mientos de la pendencia y de los seres lanzados al desbarajuste y al desorden, se pormenorizan con una exactitud de sor­prendentes valores expresivos. El escritor logra describir ordenada y pausadamente lo desordenado y vertiginoso, y tras los trepi­dantes sucesos del desván, narrados con una constante y profunda ironía y con acertados detalles de humor, renace la calma. Don Quijote y Sancho, molidos y aporreados, yacen en sus incómodos lechos sin saber a ciencia cierta qué ha ocurrido y por qué razón han recibido tantos golpes, cuando al primero se le ocurre confeccionar el «bál­samo de Fierabrás», medicina mágica que no es sino la caricatura del santo y mara­villoso ungüento que, con carácter de reli­quia de la Pasión, tan importante papel desempeña en el viejo cantar de gesta fran­cés de Fierabrás (v.), conocido en España gracias a traducciones de prosificaciones francesas de la gesta. Lo que tan serio y tan sagrado fue en la vieja leyenda medieval aparece en el Quijote parodiado en forma de medicina popular y supersticiosa y pro­duciendo efectos saludables en don Quijote y una terrible descomposición en Sancho, que Cervantes describirá con realistas deta­lles fisiológicos.

Hay en ello un aspecto más de la constante parodia de los temas esen­ciales de los libros de caballerías. Al abandonar la venta, algunos de sus moradores, gente de baja extracción, gastan a Sancho la broma de mantearle alegremente, suceso que dolerá mucho al escudero y que recor­dará a menudo con dolor e indignación. Otra vez en el campo, ven venir, uno hacia el otro, dos rebaños, que don Quijote cree, en su exaltada imaginación, que se trata de dos poderosos ejércitos dispuestos a reñir una fiera batalla. Con desbordante inventiva describe a los combatientes de uno y otro bando, sus armas y sus escudos en una bri­llantísima enumeración llena de nombres pintorescos, cómicos y altisonantes («el va­leroso Laucarco, señor de la Puente de Plata…, Micocolembo, gran duque de Quirocia…, Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres Arabías…, Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya…, Alfeñiquén del Algarbe…, Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique», etc.) y de referencias a pueblos reales y fabulosos de la Anti­güedad, con lo que Cervantes se burla de la pomposa onomástica de los libros de caballerías y zahiere ciertos pasajes de La Arcadia (v.) de Lope de Vega.

Don Quijote decide favorecer a uno de los dos ejércitos, y a pesar de las advertencias y ruegos de Sancho, que intenta convencerle de que se trata de rebaños, acomete los corderos y las ovejas y, como era de esperar, es derribado a pedradas por los pastores. En todas estas aventuras, de estructura similar, en las que don Quijote desfigura la realidad acomodán­dola al estilo de los libros de caballerías, al llegar el desengaño y ver las cosas tal como son, atribuye la realidad a la fuerza mágica de ciertos encantadores enemigos suyos, que le transforman lo ideal; y así don Quijote quedará convencido de que luchó contra un verdadero ejército, pero los encantadores, a fin de humillar su glo­ria, lo han transformado en un rebaño. Sigue a esta aventura el encuentro con un cortejo de encamisados que acompañan el cadáver de un caballero, que va en una litera; don Quijote los emprende, dispuesto a vengar al muerto de sus presuntos mata­dores, pero debe contenerse, porque al ca­ballero lo mató «Dios, por medio de unas calentu1”?’? pestilentes que le dieron».

Todo este episodio es una consciente y clara y a trechos literal parodia del capítulo 76 de la primera parte del libro de caballerías Palmerín de Ingalaterra, hasta el punto de que el epígrafe del citado capítulo reza «De lo que aconteció a Floriano del Desierto en aquella aventura del cuerpo muerto de las andas», y el del Quijote se intitula «De la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto» (I, 19). A raíz de esta aventura, Sancho Panza llama a su amo «el Caballero de la Triste Figura», apelación que don Quijote acepta gustoso. Obsérvese que entonces se decía que tenía una «triste figura» a quien ofrecía un aspecto desgarbado y poco cuidadoso, y que ello no entraña en modo alguno la idea de tristeza. Era muy frecuente, en los libros de caballerías, que los héroes adquirieran sobrenombres de esta suerte, y así Amadís de Grecia fue llamado «el caballero de la Ardiente Espada» y «el caballero de la Muerte», y en cierta ocasión Belianís de Grecia adoptó el de «el caballero de la Rica Figura», que tal vez sugirió la apelación de don Quijote en la mente de Cervantes.

Véase, pues, hasta qué punto el Quijote está lleno de alusiones humorísticas y paródicas a los libros de caballerías, as­pecto que el lector moderno no especializado no puede captar en toda su intención lite­raria. A la del cuerpo del muerto sigue la aventura de los batanes, que se resuelve en un cómico e infundado temor pero que da pie a uno de los sabrosos diálogos entre don Quijote y Sancho, el cual narra con una gracia extraordinaria el cuento de la pastora Torralba. Al día siguiente topan con un barbero que, para resguardarse de la lluvia, se ha puesto la bacía en la cabeza. Don Quijote cree que aquello que tanto reluce es el yelmo de Mambrino, arma encantada que ganó Reinaldos de Montalbán, y aco­mete lanza en ristre al pobre barbero, quien huye espantado dejando la bacía en él suelo. Don Quijote se queda ufano con la pieza, que cree haber conquistado en justa batalla, y se la pone en la cabeza, de donde la grotesca figura a que estamos tan fami­liarizados del hidalgo manchego vestido de viejas armas y tocado con una ridícula bacía de barbero en lugar de casco o yelmo.

Sigue el episodio de los galeotes, uno delos pasajes más acertados del Quijote. Se encuentran con una comitiva formada por doce hombres encadenados que caminan custodiados por guardianes que los condu­cen, como delincuentes que son, a cumplir la condena remando en las galeras del Rey. Don Quijote los detiene y se informa deta­lladamente de sus fechorías, que con des­parpajo y sorna le cuentan los propios maleantes, entre los que se destaca Ginés de Pasamonte, el más cargado de delitos de todos. Don Quijote, interpretando elemen­talmente uno de los fines de la caballería medieval (dar la libertad al forzado o escla­vizado), aunque ello suponga el olvido de los principios de justicia y de castigo de los malhechores que constituían uno de los puntos esenciales del código caballeresco, da libertad a los galeotes, lo que le es relativa­mente fácil, pues cuenta en seguida con la colaboración de éstos. Literariamente este episodio parece arrancado de las páginas de una de las mejores novelas picarescas espa­ñolas, ya que los personajes que en él inter­vienen pertenecen al mundo de la delin­cuencia y del hampa que tan realísticamente retrata aquel género, e incluso los galeotes emplean en su lenguaje voces propias de la jerga de los maleantes, que el mismo don Quijote no entiende y se ve precisado a hacerse declarar.

Pero el episodio es signi­ficativo también por revelar el desquicia­miento del concepto de la justicia en don Quijote, defensor en este caso no de causas justas sino de las más injustas que darse puedan, como es la de libertar a seres socialmente peligrosos. Es ésta una de las mayores «quijotadas» de don Quijote, dando a la palabra el sentido que ha adquirido en español. La libertad de los galeotes pone a don Quijote, e incluso a Sancho, que ha colaborado en ella en la medida de sus fuerzas, fuera de la ley, y por temor a la Santa Hermandad, amo y criado se internan en Sierra Morena. El hallazgo, en pleno monte, de una maleta qué contiene papeles escritos y ropas imbrica en la trama de la narración de la novela la larga historia de los amores de Cardenio y Luscinda (v.) y de don Femando y Dorotea, asunto cuyos principales episodios narrarán el primero y la última en dos distintas ocasiones, y cuyo feliz desenlace se dará paralelamente a las aventuras de don Quijote. Es una especie de novelita intercalada, pero cuya acción afluye a la trama principal y propia del Quijote.

En Sierra Morena decide don Quijote en­tregarse a dura penitencia, imitando con ello un tema muy frecuente en los libros de caballerías y especialmente la que en la llamada Peña Pobre hizo Amadís de Gaula con el nombre de Beltenebros, y las extravagancias y locuras que realizó Orlan­do, según el poema de Ariosto. Al propio tiempo escribe una altisonante carta amo­rosa a Dulcinea del Toboso, en estilo arcaico e imitando las epístolas amatorias de los libros de caballerías, y encarga a Sancho que la lleve a su destinataria. Al llegar a este punto, don Quijote se ve precisado a revelar la auténtica personalidad de Dul­cinea: Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales. Sancho, que bien la conoce, se sorprende de que sea la dama de quien tan perdidamente enamorado se muestra su amo, el cual, al defender su punto de vista (en el fondo exclusivamente literario, pues se atiene al ejemplo de las fingidas Amarilis, Filis, Ga- lateas, Dianas, etc., celebradas por los poe­tas) nos brinda su más escondido secreto con estas palabras: «Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y pintóla en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y no la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina».

Queda don Quijote solo en la Sierra, ha­ciendo penitencia como Amadís, locuras como Orlando y versos como un enamo­rado desdeñado y ausente, pintorescas poe­sías, del más puro humorismo cervantino, que el hidalgo escribe en las cortezas de los árboles. El cura y el barbero del lugar de donde era natural don Quijote, llenos de buena intención, habían emprendido la busca del hidalgo, con intención de llevarlo a su aldea y procurar que dejara de vagar haciendo locuras. Con ellos se encuentra Sancho cuando ha dejado a su amo en la Sierra y se encamina al Toboso para llevar la carta a Dulcinea. Sancho les cuenta todas las andanzas de don Quijote, y cuando va a mostrarles la carta a Dulcinea se da cuen­ta de que no la lleva consigo, ya que se quedó olvidada en poder de su amo.

Ello da pie a que el cura y el barbero se ofrezcan a escribirla de nuevo, pues -Sancho asegura que la recuerda de memoria, lo que da lugar a graciosos dislates de éste, que convierte los términos caballerescos de la epístola en disparates y vulgarismos. El cura, el barbero y Sancho se internan en Sierra Morena con la finalidad de atraer a don Quijote, y encuentran a Cardenio (el enamorado de Luscinda) y a Dorotea, la inteligente muchacha que, burlada por don Fernando, se ha ocultado en las fragosidades de los montes. Ambos explican muy prolija­mente la historia de sus amores, y Dorotea se ofrece a desempeñar el papel de princesa menesterosa que pedirá su ayuda a don Quijote a fin de atraerlo y conducirlo a su aldea. Dorotea, conocedora de los lances y del estilo de los libros de caballerías, se disfraza de modo conveniente y, bajo el grotesco nombre de Princesa Micomicona, se postra ante don Quijote y le suplica que empeñe su palabra en no entremeterse en aventura alguna hasta haber matado a un temible gigante que le ^ha usurpado su reino.

Don Quijote, engañado por vez pri­mera con la ficción caballeresca, accede gustoso y con buen ánimo. Así arrancan a don Quijote de la Sierra. Sancho se ve obligado a mentir ante su amo, que le pre­gunta por el mensaje que debía haber lle­vado a Dulcinea, y el escudero inventa toda una escena en el Toboso y un diálogo entre él y Aldonza Lorenzo, como si realmente ésta, auténtica aldeana y no encumbrada princesa, hubiese recibido la carta del hi­dalgo. Llega toda la comitiva a la venta aquella en que don Quijote fue apuñeado por el arriero y Sancho manteado, y en ella el cura lee a toda la concurrencia (menos a don Quijote, que duerme) unos manuscri­tos que alguien dejó allí olvidados y que contienen la «Novela del curioso imperti­nente», que de esta suerte se intercala en la acción del relato principal. La lectura de la novela es interrumpida por el alboroto producido por don Quijote, quien, actuando como un sonámbulo, estaba destrozando con la espada unos grandes cueros de vino que Tiabía en la habitación donde dormía, con­vencido de que peleaba contra temerosos gigantes- Apaciguado el alboroto y acabada la lectura de la novela llegan a la venta don Fernando y Luscinda (él el burlador <le Dorotea, ella la amada de Cardenio) y el conflicto sentimental se arregla a gusto de todos.

Dorotea, de todos modos, sigue desempeñando su papel de Princesa Micomicona. Llegan a la venta un cautivo de Argel recién libertado, acompañado de una hermosa mora, Zoraida, y por la noche, ante tanta concurrencia, don Quijote pro­nuncia el famoso discurso de las armas y las letras, en el que pone de manifiesto su agudo ingenio, su cultura literaria y su retórica oratoria al desarrollar el tópico renacentista tantas veces repetido. Este dis­curso sirve en cierto modo de preámbulo a los capítulos en que el cautivo narra su historia, llena de elementos autobiográficos, pues se basa en los recuerdos y las duras experiencias de Cervantes cautivo en Ar­gel. Las historias del Oidor, del fingido mozo de muías y de doña Clara, nuevos moradores de la venta, diluyen otra vez la acción principal del Quijote. Pero ésta vuel­ve a sus cauces con la llegada de unos cuadrilleros de la Santa Hermandad a la venta y del barbero a quien don Quijote había despojado de su bacía convencido de que se trataba del yelmo de Mambrino.

Los equívocos y las situaciones cómicas aumentan, y todo acaba en una general penden­cia. No obstante, uno de los cuadrilleros identifica a don Quijote con la persona que dio libertad a los galeotes, para la cual se ha extendido mandamiento de prisión. Pero el cura arregla la situación demostrando a los cuadrilleros que se trata de un loco. Dos días después, el cura y el barbero con­certaron con un carretero de bueyes que llevara a don Quijote a su aldea en una especie de jaula que montaron sobre el carro y donde le metieron, atándolo por sorpresa cuando estaba durmiendo, llevando los rostros cubiertos y disfrazados, lo que hizo creer al hidalgo que era víctima de los encantadores, ficción que acrecentó el barbero entonando con voz temblorosa una profecía al estilo de las de Merlín, en la que se pronosticaban grandes venturas a don Quijote, quien así quedó sosegado y con­formado con su suerte. La comitiva encuen­tra en el camino a un canónigo, con el que el cura departe sobre literatura y principal­mente sobre libros de caballerías, discusión en la que también interviene don Quijote defendiendo sus peculiares puntos de vista en una acertada mezcolanza de buen crite­rio y de desquiciamiento mental.

Encuentran luego a un cabrero, que narra la senti­mental historia de Leandra, y a unos dis­ciplinantes, y finalmente don Quijote llega a su aldea enjaulado en el carro de bueyes, detalle que sin duda parodia el viejo tema artúrico de Lanzarote en la «charrette», que ya narró en el siglo XII Chrétien de Troyes. Esta primera parte del Quijote se cierra con unos grotescos versos de los Académicos de Argamasilla, «lugar de la Mancha», pura invención cómica de Cervantes, y se con­cluye con el verso del Orlando furioso (v.) de Ariosto, «Forse altri cantera con miglior plettro» [«Tal vez otro cantará con mejor plectro», o pluma]. — Tercera salida de don Quijote. La segunda parte del Quijote (de cuyas aprobaciones, dedicatoria y prólogo se tratará más adelante) reanuda la trama de la narración un mes después del final de la primera. El cura y el barbero conversan amigablemente con don Quijote, a fin de comprobar si ya está curado, y el diálogo transcurre dentro de la más elegante dis­creción y normalidad hasta que se toca el tema caballeresco, que hace disparatar al hidalgo y en lo que se ve que su mente sigue sin sanar.

Admiramos, como siempre, el excelente criterio y el elegante conversar de don Quijote cuando no se roza el tema fundamental de su locura. Sancho entra después en casa de su amo y le hace una capital revelación: ha llegado a la aldea un bachiller, Sansón Carrasco (v.), quien afirma que existe impreso un libro titulado El inge­nioso hidalgo don Quijote de la Mancha en el cual, dice Sancho, «me mientan a mí… con el mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió». Ello, confesémoslo, es sorprendente: Cervantes ha llegado a dominar de tal suerte la técnica novelesca que es capaz de hacer de su pro­pio libro un elemento activo en el Quijote> y en varios pasajes de esta segunda parte, la primera, el libro impreso diez años antes, será aludido, alabado, criticado y comentado por los mismos seres de la ficción, y en este aspecto llegará a tal extremo que será el propio novelista quien nos dará la primera bibliografía del Quijote: «el día de hoy están -impresos más de doce mil libros de tal historia; si no dígalo Portugal, Barce­lona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se tra­duzca».

Estas proféticas palabras las pro­nuncia el ya mencionado bachiller Sansón Carrasco, hombre de buen entendimiento, «aunque muy gran socarrón», que se im­puso la tarea, que al fin acabará con éxito, de curar la locura caballeresca de don Qui­jote. Decide éste salir por tercera vez en busca de aventuras, acompañado de su fiel escudero. El capítulo en el que Sancho se despide de su mujer, Teresa Panza, consti­tuye, como atinadamente anuncia su epí­grafe, una «discreta y graciosa plática» por su acertado estilo popular y las interesadas e ingenuas observaciones del matrimonio, que en algunos momentos llegan a tal agu­deza que Cervantes, en significativos inci­sos, subraya con achaques de considerar «apócrifo» este capítulo. Vemos, pues, que el escritor está siempre al lado del lector, narrando con una rebuscada impersonalidad sus más finas invenciones, y descubriéndo­nos su arte de novelar mientras escribe y crea su gran obra. Salen de su aldea don Quijote y Sancho y se encaminan al Toboso, pues el primero tiene la pretensión de soli­citar la licencia y bendición de Dulcinea.

Grandes son los apuros de Sancho, mientras el amo, a media noche, está empeñado en encontrar el palacio donde ésta mora. En la oscuridad van a parar al edificio de la iglesia, y entonces don Quijote dice algo tan ‘ anodino como «Con la iglesia hemos dado, Sancho», frase que no significa abso­lutamente nada más que lo que expresa, pero que se ha hecho famosa al interpre­tarse en el sentido de que es peligroso que en los asuntos de uno se interponga la Igle­sia o sus ministros y se suele repetir en forma viciada («Con la iglesia hemos to­pado…», dicen y aun escriben algunos). Tal vez haya en el Quijote intenciones recón­ditas, pero lo seguro es que en esta frase no hay tal. Sancho logra que salgan del Toboso, donde tan claramente se podría poner de manifiesto su mentira respecto al mensaje, pero es encargado de una nueva embajada a Dulcinea al día siguiente. Re­curre al ardid de hacer creer a don Quijote que tres rústicas y feas labradoras que en­cuentran en el camino son Dulcinea y dos de sus damas, y ante ellas se arrodilla, reme­dando las caballerescas cortesías y arcaico lenguaje de §u amo, el cual no acierta a ver sino a tres aldeanas montadas en tres borricos, que se quedan estupefactas ante las palabras del criado y la rara indumen­taria del amo.

Don Quijote llega a la con­secuencia de que el perverso encantador que le persigue «ha puesto nubes y cata­ratas» en sus ojos, transformando en una fea labradora quien es una hermosa dama, engaño sólo válido para él y del que los demás, incluso Sancho, están exentos. Nos hallamos aquí ante una nueva fase de la locura de don Quijote, o, mejor dicho, de su reacción ante la realidad que le ofrecen sus sentidos. Vimos que en su primera salida no tan sólo sufría desdoblamientos de su propia personalidad — Valdovinos, el abencerraje Abindarráez—, sino que elevaba a la categoría ideal del mundo de los libros de caballerías cuanto veía — ventas convertidas en castillo, mujeres de baja ex­tracción en apuestas doncellas —, aspecto este último que perdurará en la segunda sa­lidamolinos convertidos en gigantes, reba­ños en ejércitos, bacía de barbero en yelmo de Mambrino, y otra vez la venta en cas­tillo —. Sus sentidos no perciben la realidad cotidiana, baja y vulgar, porque la trans­forman en un mundo libresco, que se hace extraordinario, elevado y noble. Cuantos le rodean, Sancho el primero, porfían en desengañarle, en hacerle ver que aquello que toma por gigantes, por ejércitos, por casti­llos o por un rico yelmo no son sino moli­nos de viento, rebaños, ventas y una vulgar bacía de barbero.

Ante esta disparidad don Quijote responde que los malignos encantadores, envidiosos de su gloria y obstinados en dañarle, le mudan y transforman lo ele­vado en bajo. Pero al iniciarse la tercera salida de don Quijote, y con ella la segunda parte de la novela, observamos que este as­pecto se ha invertido. Sancho, que antes se afanaba en hacerle ver que no había tales gigantes ni tales ejércitos sino molinos de viento y rebaños, le pone frente a tres feas aldeanas y sostiene que él «está viendo» a tres encumbradas damas, y ahora, precisa­mente, los sentidos no engañan a don Qui­jote, que ve la realidad tal cual es: tres zafias labradoras. El juego es inverso, y así perdurará a lo largo de esta segunda parte y tercera salida, donde hallaremos a varias personas empeñadas en inventar a don Qui­jote un mundo falso y caballeresco, al paso que don Quijote no verá sino la realidad cotidiana y vulgar. El encuentro con una compañía de cómicos, que van de pueblo en pueblo representando el auto titulado «Las Cortes de la Muerte», se presta a una aven­tura breve y sin graves consecuencias.

Por la noche se sorprenden don Quijote y San­cho — y mucho más el lector — cuando se encuentran en despoblado con un caballero andante, armado de todas sus armas, me­lancólico y enamorado de una tal Casildea de Vandalia, que vaga en compañía de -un escudero. Se trata del Caballero de los Espejos, que platica con don Quijote y pronto disputan sobre la belleza de sus res­pectivas damas y deciden luchar en combate singular, al propio tiempo que los dos escu­deros mantienen una sabrosa conversación, que constituye uno de los episodios más graciosos de todo el libro. Al amanecer se celebra el combate, en el que don Quijote derriba a su adversario; y cuando le levanta el yelmo para verle el rostro se queda estu­pefacto ya que sus facciones son las mismas que las del bachiller Sansón Carrasco. Tal parecido es atribuido, naturalmente, a una jugarreta más de los encantadores que quie­ren mal a don Quijote; y Cervantes se apre­sura a detener el curso de la narración para explicar en un breve capítulo quién era el Caballero de los Espejos.

Era éste realmente el bachiller Sansón Carrasco, quien, de acuerdo con el cura y con el barbero, se había disfrazado de caballero andante con la pretensión de luchar con don Quijote, vencerle e imponerle como condición que no se moviera de su casa durante dos años, tiempo en el que seguramente el hidalgo recobraría la razón. Pero todo este plan fra­casó cuando, contra todo lo previsible, fue don Quijote quien venció a Sansón, y aquél quedó plenamente asegurado de que por el mundo vagaban caballeros andantes como los que él pretendía imitar. Poco después don Quijote y Sancho encuentran por el camino a un caballero que, por llevar un gabán verde, es llamado el Caballero del Ver­de Gabán (v.). Éste, que se llama don Diego de Miranda, es el prototipo de persona dis­creta, instruida, de buenas y sanas costum­bres que se maravilla de la locura de don Quijote, aunque quede prendado de su inge­nio, y oponga al afán de aventuras del fin­gido caballero andante, su vida plácida, ordenada, cristiana y honrada de caballero acomodado.

Viajando con el del Verde Ga­bán se encuentran con un carro en el que se conducen dos bravos leones de Orán, que son llevados a la corte para ser ofrecidos al Rey. Con gran espanto de Sancho y de don Diego de Miranda, y a pesar de las amonestaciones y súplicas del leonero, don Quijote se hace abrir las jaulas que van encima del carro y, a pie, espera valiente­mente que salgan los leones para luchar con ellos. Abierta la jaula del león macho, lo ocurrido es explicado del siguiente modo: «Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la ga­rra, y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se despol­voreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vis­ta y ademán para poner espanto a la misma temeridad…, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y en­señó sus traseras partes a don Quijote, y con flema y remanso se volvió a echar en la jaula».

Son estas palabras una buena muestra de la prosa del Quijote, novela en la que el estilo pocas veces se aparta de la dicción humorística y juguetona; pero ad­viértase, también, la magistral precisión con que, en pocas pero significativas palabras, se describen los movimientos del león, cuya bravura y espantable catadura se reduce, al fin, en el más grotesco de los ademanes. Queda don Quijote convencido de que su sola presencia atemoriza tan terribles fieras, y desde entonces adopta el nombre del Caballero de los Leones. El del Verde Ga­bán, a quien don Quijote le parecía «un cuerdo loco y Un loco que tiraba a cuerdo», pues al lado de sus extravagancias y temeridades admiraba la inteligencia y gracia de su conversación, le invita a su casa, en una aldea próxima, donde su hijo, joven dado a la poesía, mantiene pláticas literarias con el hidalgo manchego, quien así de nuevo hace ostentación de su feliz ingenio y de su agudo criterio, siempre tan sensato y tan culto mientras no se toque su monomanía caballeresca. Siguen don Quijote y Sancho su vagabundeo y se encuentran envueltos en el final de la historia sentimental de Basilio el pobre, Quiteria la hermosa y Camacho el rico.

Éste, por su fortuna, ha logrado la mano de la moza, que está enamorada de Basilio, el cual, gracias a un fingido suicidio, logra que Camacho no se case con Quiteria, a pesar de las opíparas bodas que estaban ya preparadas y que Cervantes describe con los más suculentos pormenores. Acompaña­dos por un personaje estrafalario, el Primo, chiflado por la erudición, don Quijote y Sancho se encaminan a la cueva de Monte- sinos (próxima a las lagunas de Ruidera, donde nace el Guadiana). Don Quijote des­ciende a la profundidad de la cueva, mien­tras. Sancho y el Primo quedan en la super­ficie, y tiempo después lo hacen subir con una soga y lo encuentran profundamente dormido. Cuenta entonces don Quijote lo que vió o soñó en el interior de la Cueva de Montesinos, verdadera fantasía de libros de caballerías y de elementos artúricos y carolingios del Romancero. Siguen el en­cuentro del soldado y el episodio del rebuz­no, graciosa historieta sobre la rivalidad entre dos pueblos vecinos. Llegan a una venta, que «don Quijote la juzgó por ver­dadera venta, y no por castillo, como solía» (dato que nos revela, una vez más, que en esta tercera salida no desfigura la realidad), en la que poco después comparece un tal Maese Pedro. Lleva un mono adivino que al punto identifica la personalidad de don Qui­jote y de Sancho, lo que deja a todos pas­mados. Luego Maese Pedro ofrece a los con­gregados en la venta una representación de teatro de títeres (o marionetas al estilo de los pupi sicilianos todavía vivos en la tradición) en la que se escenifica la historia de Gaiferos y Melisendra, tan popularizada por el Romancero.

En plena representación don Quijote irrumpe en escena con su es­pada desenvainada, a favor de los cristianos y hace un gran destrozo entre los títeres. Es preciso luego pagar el precio de los títe­res de Maese Pedro, y Cervantes no se ol­vida de revelarnos que éste no era otro sino el galeote Glnés de Pasamonte, a quien dio libertad en Sierra Morena don Quijote, de­bido a lo cual le fue fácil fingir que su mono adivino averiguaba su personalidad y la de Sancho. Amo y criado atraviesan el Ebro en una barca que encuentran sin due­ño, «el barco encantado», que da pie a un divertido diálogo y a una aventura que acaba con los dos en el río. Al atardecer del día siguiente se encuentran con una bella cazadora, a la que don Quijote hace saludar solemnemente por Sancho, quien da a conocer la personalidad del andante caba­llero. La cazadora, que resulta ser una du­quesa, afirma ya tener noticia de don Qui­jote y de Sancho por la primera parte de sus aventuras, que «anda impresa», y acoge a los recién llegados con muestras de gran afecto y alegría, y hace saber a su marido, el duque, que ha dado con tan interesantes personajes.

Durante varios días serán don Quijote y Sancho huéspedes de estos du­ques, despreocupados y poderosos aristócratas para quienes la llegada de la pareja será una inesperada distracción en sus ocios. Con gran gentileza, pero despiadadamente en ciertas ocasiones, tratarán los duques a don Quijote y a Sancho, y no repararán en dificultades a fin de hacerles creer que viven realmente en el ambiente de los libros de caballerías. Los duques, gracias a su fortuna y a su poder, harán una complicada panto­mima del mundo novelesco y de las aven­turas de los antiguos caballeros andantes, de tal suerte que, sin necesidad de desfigurar la realidad ni de forzar la imaginación, se revivirá artificialmente una corte medieval de libros de caballerías. Al lado de los du­ques don Quijote y Sancho entran por vez primera en un ambiente aristocrático y con­viven con la nobleza.

El mundo de venteros, cabreros, pastores y de labradores más o menos acomodados, en el que hasta ahora han estado inmersos casi siempre, se susti­tuye por la etiqueta palaciega, el lujo sun­tuoso y la riqueza y poder de una auténtica corte, que, aunque reproduce con toda fide­lidad el esplendor de algunas casas nobles de principios del siglo XVII, por su boato, magnificencia, elegancia y apego a una vieja tradición, conserva elementos y actitudes que en cierto modo se asemejan al ambiente medieval descrito en los libros de caballe­rías. La corte de los duques está llena de servidores de todas clases, que desde el pri­mer momento recibirán de su señor la orden de tratar a don Quijote como si fuera un caballero de veras y de crearle un fingido mundo novelesco. Sólo dos personas, entre la servidumbre de los duques, quedan fuera de este mandato. Una es cierta dama de honor de la duquesa, llamada doña Rodrí­guez, tipo inolvidable porque en él Cer­vantes ha pintado magistralmente a la mujer tonta (con la misma maestría que en Doro­tea pintó a la mujer inteligente) y la ha hecho obrar y hablar de la manera más estúpida y mentecata posible.

Doña Rodrí­guez, en su integral estulticia, cree a pies juntillas que don Quijote es un caballero andante e incluso acudirá a él, como una dueña menesterosa de las que tanto abun­dan en los libros de caballerías, para que defienda el honor de su hija. Otra de las personas que caen fuera del mandato del duque es el eclesiástico adscrito a su corte, que malhumoradamente interpela a don Qui­jote, reconviene a su señor por organizar tal farsa y abandona la mansión. Sancho se convierte en el bufón del palacio, ya que sus gracias, sus cuentos, su rústica manera de expresarse e incluso sus ambiciones dis­traen y divierten a la duquesa. En una ca­cería que organiza el duque en honor de don Quijote, aparece de improviso uno de los criados de aquél, disfrazado de diablo, que anuncia la llegada de un cortejo de encantadores que traen sobre un carro triun­fante a Dulcinea del Toboso. Y en efecto, al cerrar la noche y precedidos de músicas y de ruidos estremecedores, llega un carro tirado de bueyes y acompañado de toda suerte de personas disfrazadas de magos y de encantadores, principalmente uno que dice ser el sabio Merlín (v.), el cual pro­nuncia ante don Quijote una cómica y so­lemne profecía en verso, al estilo de las que en la Edad Media se atribuían a aquel dia­bólico personaje.

En dicha profecía se anun­cia que Dulcinea está encantada en forma de rústica aldeana (o sea la forma en que, gracias a la socarronería de su escudero, creyó verla don Quijote) y que sólo reco­brará su estado primero (o sea el de una gran dama) cuando Sancho se haya dado tres mil trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Ante las protestas del escudero, don Quijote se dispone a darle los azotes a viva fuerza, pero interviene Merlín y puntualiza que el desencanto sólo tendrá efecto si Sancho recibe los azotes «por su buena voluntad, y no por fuerza, y en el tiempo que él quisiere», pues no se exige plazo fijo. Este embuste implica una nueva situación en las relaciones entre amo y criado, situación que perdurará hasta casi el final de la novela. Don Quijote deberá importunar, rogar y suplicar a su criado para que, de cuando en cuando, se vapulee y con ello se vaya ganando camino hacia el desencanto de Dulcinea.

Sancho, si por una parte no encuentra muy agradable eso de azotarse, por la otra tendrá en ello una importante arma contra su amo e incluso se hará pagar en dinero cada uno de los azotes. Sigue a la farsa de Merlín la de la condesa Trifaldi, o dueña Dolorida, que con un grotesco cortejo de damas barbudas se presenta a don Quijote para pedirle que vaya a la lejana tierra de Candaya a des­encantar a la infanta Antonomasia y a don Clavijo, convertidos por el gigante Malambruno, ella, en una simia de bronce, y él, en un espantoso cocodrilo. Sólo a don Quijote estaba reservada la hazaña de hacerles reco­brar su primitiva forma.

Los criados del du­que realizan toda esta farsa con notable propiedad y remedando con verdadero acier­to las situaciones, el estilo y el lenguaje de los libros de caballerías. Para ir a Candaya es preciso montar en un caballo de madera, llamado Clavileño, que lleva rápidamente por los aires a las regiones más apartadas. Don Quijote y Sancho montan en el caballo de madera, que acaban de traer cuatro «sal­vajes»; les cubren los ojos con un pañuelo, y acercándoles al rostro aire producido con fuelles y estopa quemada les hacen creer que vuelan por las regiones etéreas, hasta que hacen explotar los cohetes que el ca­ballo de madera lleva en su interior, lo que le hace estallar y derriba a don Quijote y a Sancho. Allí, en el mismo sitio de donde creían haber partido para tan extraordinario viaje, hallan un pergamino en el que se afirma que la aventura de la Trifaldi ha acabado y que don Clavijo y Antonomasia han recobrado su «prístino estado» gracias al esfuerzo de don Quijote, quien verá a Dulcinea desencantada «cuando se cumpliere el escuderil vápulo».

En este episodio Cer­vantes parodia declaradamente el asunto del vie.io «román» francés de Cleomadés, escrito en el siglo XIII por Adenet Le Roi, y que se conocía en España gracias a la adap­tación en prosa titulada Historia de Clama- des y Clamnonda, en la que el maravilloso caballo volador de madera es un elemento mágico que es tratado con toda seriedad. El afán burlón del duque llega al extremo de convertir en fugaz y ficticia realidad el mayor sueño de Sancho: ser gobernador de una ínsula, promesa que tantas veces le tiene hecha don Quijote. Ordena que du­rante unos días, en un lugar próximo y del que tiene el señorío, todo el mundo acepte a Sancho Panza como gobernador y finja respetarle, acatarle y obedecerle. Sancho no sabe que «ínsula» es una palabra ya enton­ces arcaica que significa simplemente «isla», y por esto es fácil convencerle de que aque­lla aldea aragonesa tan de tierra adentro es «la ínsula Barataria». Don Quijote da a Sancho unos sabios consejos para que sepa cómo comportarse en su gobierno, consejos que derivan de conocidas y divulgadas co­lecciones de aforismos, pero que, a pesar de su profundidad, de su acierto y de su sabia y moralizadora doctrina, no hay que olvi­dar que sirven de prólogo a una de las ma­yores y más despiadadas farsas y Cervanteslos inserta con malicia y buen humor, no con el intento de transmitirnos viejas ense­ñanzas morales.

Hay en estos consejos de don Quijote a Sancho una fina y demole­dora parodia de los aforismos morales más en uso. La acción de la novela se bifurca, y alternativamente unos capítulos tratan de Sancho y otros de don Quijote, mientras amo y criado están separados. Llega Sancho al lugar «de hasta tres mil vecinos» que le han hecho creer que es la ínsula Barataria, donde es recibido con pompa y alegría y antes de tomar posesión del cargo le infor­man de que es costumbre que el nuevo go­bernador responda a preguntas intrincadas y resuelva casos difíciles a fin de medir su ingenio. Se le exponen tres casos en litigio, y en todos ellos Sancho manifiesta poseer un ingenio vivo y despierto, un gran sentido común y un espíritu justiciero. Con ello Cervantes no ha deformado la figura de este rústico personaje, ya que los tres famosos juicios de Sancho — todos ellos registrados en el folklore — ponen de manifiesto una auténtica sabiduría popular, muy posible en un hombre sin letras ni formación pero con buen sentido práctico y con ingenio innato.

Cuando Sancho, habiendo acreditado sus dotes de gobernante, es llevado ante una mesa de los más opíparos manjares, expe­rimenta la primera decepción que hay en el poder y en el mando: un médico encargado de velar por la salud del gobernador, el doctor Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera (lugar que ha escogido Cervantes por lo cómico de su nombre), le prohíbe, con varias razones de salud, que coma de lo que más le apetece y lo reduce a una sana dieta. Cuando Sancho ha reac­cionado violentamente contra el médico y el régimen que quiere imponerle (porque «ofi­cio que no da de comer a su dueño, no vale dos habas»), entra en el comedor un correo del duque quien le anuncia en una misiva que ha sabido que aquella misma noche unos enemigos han de asaltar la ínsula y quitar la vida a su gobernador. Se organiza la. defensa de la plaza; Sancho, grotesca­mente armado, ronda el lugar acompañado de una escolta y finalmente se hace una pantomima de revolución que convence al gobernador de que él no sirve para tales menesteres. Sancho se despoja de sus armas, recoge a su rucio, que estaba en la caba­lleriza, se despide patéticamente de sus súb­ditos haciendo reflexiones sobre la vanidad del poder y las limitaciones humanas, y parte en busca de don Quijote.

Éste, mien­tras tanto, ha permanecido en el palacio de los duques y ha sido objeto de nuevas bur­las. Una de las doncellas de la duquesa, Altisidora, moza desenvuelta y decidida, ha fingido enamorarse perdidamente de don Quijote, quien a pesar de todas las insinua­ciones se mantiene fiel a Dulcinea. Doña Rodríguez, como ya se dijo, pide seriamente el auxilio de don Quijote para que éste de­fienda el honor de su hija, episodio que se concluye con la fracasada batalla con el lacayo Tosilos. Al volver de su gobierno Sancho encuentra al morisco Ricote, que regresaba clandestinamente a España, des­pués de haber sido objeto del decreto de expulsión, y ambos mantienen una divertida plática. Por fin juntos amo y criado, se des­piden de los duques y reemprenden su vagar caballeresco.

El encuentro con unos que llevaban las imágenes de San Jorge, San Martín y Santiago (los santos caballeros) y el de unas doncellas que se disponían a representar una égloga de Garcilaso y otra de Camóes, constituyen lo único notable de este día de camino, en el que los diálogos son plácidos y agradables, pero la jornada no es totalmente feliz, pues una manada de toros los atropella debido a la temeridad de don Quijote (ahora, de manera muy distinta a lo que ocurrió en la segunda salida, no toma al rebaño por ejército). Lle­gan molidos a una venta («digo que era venta porque don Quijote la llamó así, fue­ra del uso que tenía de llamar a todas las ventas castillos», puntualiza Cervantes olvi­dando que desde que ha empezado esta se­gunda parte don Quijote no ha vuelto a caer en este engaño), y después de cenar don Quijote oye que unos caballeros que se hospedan en la habitación contigua comen­tan un libro titulado La segunda parte de don Quijote de la Mancha.

Se trata del Qui­jote apócrifo, o de Avellaneda (sobre el cual v. más adelante), cuya existencia in­digna al hidalgo manchego que, a fin de poner de manifiesto que se trata de un libró falso, decide ir a Barcelona en vez de encaminarse a Zaragoza, como era su propósito, ya que en la citada segunda parte el caba­llero toma parte en unas justas que se cele­bran en la capital aragonesa: «así sacaré a la plaza del mundo — dice don Quijote — la mentira dese historiador moderno, y echarán de .ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice». Emprenden, pues, el camino de Barcelona. Hasta ahora, desde que empezó la novela en su primera parte, don Quijote ha buscado lo extraordinario, lo inaudito y gallardo: la aventura caballeresca. En la primera y segunda salidas su propia imaginación ha convertido la reali­dad monótona, vulgar y corriente, en fan­tasía literaria; en la tercera, los que le ro­dean (Sancho y los duques) le han trans­formado la realidad en aventura. Pero ésta, el suceso extraordinario y fantástico, toda­vía no ha aparecido, y don Quijote todavía no se ha visto en ningún trance novelesco que se dé en realidad, no fantaseado por él o por los demás.

Cataluña reserva a don Quijote aventuras reales y hechos desacos­tumbrados, sanguinarios y bélicos que no le habían ofrecido ni la Mancha ni Aragón. Así que don Quijote y Sancho ponen los pies en tierra catalana topan con una cua­drilla de bandoleros, hombres que viven fue­ra de la ley, que manejan con destreza ar­mas de fuego, que señorean el terreno que pisan, en el que imponen su voluntad por la fuerza asaltando a los caminantes. Se trata de un hecho real, pues a principios del siglo XVII Cataluña sufría la terrible plaga de estos bandoleros, entre los que abundaban los hugonotes gascones y que estaban más o menos directamente al ser­vicio de la política de Francia. Pero si son reales los bandoleros que aparecen en el Quijote también es real el capitán que los acaudilla, Roque Guinart, o sea el famoso Perot Rocaguinarda (v.), nacido en 1582 y que, después de haber dominado con sus cuadrillas gran parte de Cataluña, hasta las cercanías de Barcelona, se había acogido en 1611 — tres años antes de publicarse la segunda parte del Quijote — al indulto y había partido a Nápoles como capitán de tercios regulares.

Don Quijote y Sancho conviven tres días con los bandoleros y no dejan de «mirar y admirar» aquella vida siempre alerta de la cuadrilla, que vaga de un lado a otro, a salto de mata, con cen­tinelas y espías bien distribuidos, las noches en vela o interrumpiendo el sueño. Y sobre todos ellos se destaca Roque Guinart, ban­dido noble y justiciero, al estilo romántico, hombre de auténticas dotes de mando, de gran valentía y de caballerescas reacciones. Ante Roque llega una joven mujer, Claudia Jerónima, que busca su amparo porque acaba de asesinar a don Vicente Torrellas… El lector advierte que el Quijote ha tomado un nuevo sesgo: por vez primera se ha derramado sangre en la novela, lo extra­ordinario se ha impuesto a lo vulgar y mo­nótono. Pero lo extraordinario ha aparecido precisamente en aquellos relatos que más fielmente recogen la realidad española de la época: el bandolerismo catalán; y ha apa­recido en la figura de un personaje que, notémoslo bien, no es una criatura de la invención de Cervantes ni tan sólo el calco de un «modelo vivo», sino el auténtico Ro­que Guinart, que figura en la novela con su mismo nombre cuando todavía estaba con vida y cuando el recuerdo de sus hazañas o fechorías — para el caso es lo mismo — era tan reciente.

En los capítulos en que figura Roque Guinart advertimos, con cierto des­encanto, que don Quijote se empequeñece, se reduce a un ser marginal y pasivo que, admirado de la gallardía y de la eficacia «militar» del bandolero, parece que ha olvi­dado sus ideales caballerescos y su afán de aventuras personales, pues está viviendo la primera aventura real de su existencia. Gra­cias a un salvoconducto que les firma Roque Guinart para que sus cuadrillas no les en­torpezcan el camino, don Quijote y Sancho llegan a Barcelona, y aquellos dos seres de tierra adentro, nacidos y criados en una al­dea, se sumen en la movida y multiforme vida de una gran ciudad, donde les esperan las mayores maravillas, ahora auténticas y reales, y el mayor desengaño. Son recibidos y acogidos por un caballero barcelonés lla­mado don Antonio Moreno, amigo de Roque Guinart, y al llegar a la ciudad se pasman ante el mar, que ni don Quijote ni Sancho habían visto hasta entonces, y ante la alegría y el bullicio del puerto. En casa de don Antonio Moreno se celebra una fiesta en honor de don Quijote, en la cual se exhibe a todos los asistentes una maravillosa cabeza de bronce, sostenida por un pie de jaspe, que posee la sorprendente y mágica virtud de responder atinadamente a cuanto se le pregunta.

La cabeza da respuestas ingenio­sas a algunas preguntas que se le hacen y a don Quijote y a Sancho contesta ambiguamente sobre la cueva de Montesinos, el desencanto de Dulcinea y las posibilidades de un nuevo gobierno. Aclara Cervantes, acto seguido, que tal cabeza estaba montada sobre un tubo que comunicaba con el apo­sento del piso inferior, donde se situaba un sobrino de don Antonio Moreno, que desde allí oía las preguntas y daba las respuestas. Pero obsérvese que este portento mecánico se presenta como algo mágico no tan sólo a don Quijote y a Sancho sino también a todos los demás concurrentes a la fiesta, hasta tal punto que el rumor de tal prodi­gio se extendió por Barcelona y los inqui­sidores ordenaron a su propietario que la destruyese. Don Quijote visita una impren­ta, donde ve confeccionar algunos libros, entre ellos el Quijote apócrifo de Avella­neda, lo que da ocasión para atacar de nue­vo al intruso continuador. Aquella misma tarde don Antonio Moreno llevó a don Qui­jote y Sancho a la playa, para visitar las galeras. Al entrar en una de ellas y cuan­do la chusma se pone a maniobrar y deja caer la entena, advertimos algo inesperado e insólito en el héroe de la novela: «no las tuvo todas consigo don Quijote, que también se estremeció y encogió de hombros y perdió la color del rostro».

Por vez primera don Quijote, siempre tan valeroso en su teme­raria inconsciencia, ha tenido miedo. Súbi­tamente desde el castillo de Montjuich se hacen señas de alarma: un bergantín turco se halla próximo a la costa, y la galera a bordo de la cual se encuentra don Quijote, junto con otras tres, se hace a la vela en su captura. La guerra ha aparecido por vez primera en el Quijote: guerra de verdad, aunque sea un hecho de armas insignifi­cante y episódico, pero guerra contra los turcos, enemigos de España y de la Cristian­dad, aquellos precisamente contra, los cuales había luchado Cervantes en Lepanto. Los turcos, tantas veces derrotados por los caba­lleros andantes de los libros, están ahí, en son de guerra, frente a don Quijote. Dispa­ran sus escopetas desde el bergantín y dan muerte a dos soldados españoles; el general de las galeras, que era «un principal caba­llero valenciano», embiste con furia la nave enemiga y la alcanza. Resulta luego que el arráez del bergantín es Ana Félix, la her­mosa morisca, y que se trataba de una fuga de Argel; pero ha habido un pequeño com­bate naval, se han disparado armas y han muerto dos soldados. Desde que el vigía de Mpntjuich dio la señal de alarma don Qui­jote parece eclipsarse.

Cervantes no se acuerda de él, ahora que la realidad le ha­bía brindado la aventura más gallarda de cuantas topó en su vida y la más acomodada a cuanto leyó en los libros de caballerías. Vemos, pues, que todo el ardor caballeresco de don Quijote se desmorona cuando el hi­dalgo manchego es situado frente a lo que exige valentía y heroísmo, y comprendemos hasta qué punto era intelectual o libresca su locura. Dos días después llega a Barcelona un caballero armado de punta en blan­co y en cuyo escudo estaba pintada una res­plandeciente luna, el cual encuentra a don Quijote en la playa y lo reta a singular combate a fin de hacerle confesar que su dama es más hermosa que Dulcinea del To­boso. El recién llegado, que dice ser el Caballero de la Blanca Luna, insiste en dar allí mismo la batalla, ante el virrey de Cata­luña, don Antonio Moreno y un grupo de gente que ha acudido a presenciar el com­bate.

Éste es muy rápido y se narra en po­cas líneas: don Quijote y Rocinante ruedan por la arena y el Caballero de la Blanca Luna pone su lanza sobre la visera del ven­cido y le anuncia que va a morir si no con­fiesa las condiciones del desafío. Don Qui­jote, con voz débil, «como si hablara den­tro de una tumba», pronuncia estas impre­sionantes palabras: «Dulcinea del Toboso es la mujer más hermosa del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta ver­dad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra». El de la Blanca Luna replica que «viva en su entereza la fama de la señora Dulcinea del Toboso», y que él se contenta con que don Quijote se retire a su lugar un año, o el tiempo que le mandare. A don Antonio Moreno revela luego el Caballero de la Blanca Luna su personalidad: es el bachi­ller Sansón Carrasco que deseoso de curar la locura a don Quijote ha recurrido por segunda vez a esta estratagema, después de su fracaso como Caballero de los Espejos. Regreso a su aldea y muerte de don Qui­jote. Después de su vencimiento, don Quijote pasó seis días en cama, debilitado y melancólico, hasta que inició el regreso.

Las jornadas de la vuelta están cargadas de tris­teza: don Quijote, desarmado, sobre Roci­nante, Sancho a pie y el rucio de éste car­gado con las armas del hidalgo manchego. Pasan días sin que ocurra nada de parti­cular. Don Quijote planea entregarse a la vida pastoril durante el tiempo de su for­zada inactividad caballeresca: él será el pas­tor Quijotiz, Sancho el pastor Pancino, el bachiller el pastor Carrascón y hasta el cura será el pastor Curiambro. A Dulcinea no es preciso mudarle el nombre pues «cuadra así al de pastora como al de princesa». Estos sueños pastoriles nos hacen ver, una vez más, que don Quijote es un monomaniaco de la literatura, que ahora, obligado a aban­donar las quimeras caballerescas, se acoge a las pastoriles, de acuerdo con las novelas del tipo de la Galatea (v.) del propio Cer­vantes. La monotonía del regreso es inte­rrumpida por la «cerdosa aventura» (amo y criado son atropellados por una piara de seiscientos cerdos) y por una nueva farsa de que les hacen objeto los duques cuando vuelven a pasar por sus dominios, insis­tiendo en el tema del fingido enamoramiento de la desenvuelta Altisidora.

Durante el ca­mino los azotes que debe darse Sancho para desencantar a Dulcinea constituyen un mo­tivo de discusión entre amo y criado, el cual recurre al embuste de azotar a los árbo­les para que aquél crea que se está vapu­leando. Se hospedan en un mesón de un lugarejo donde traban conocimiento con un caba­llero llamado Álvaro Tarfe (v.), que es nada menos que un personaje ficticio que desem­peña un papel importante en el Quijote apó­crifo de Avellaneda. Cervantes lleva a sus páginas un ser creado por su enemigo, pre­cisamente para que este don Álvaro Tarfe dé fe de que el don Quijote y el Sancho que aparecen en la falsa segunda parte no son los auténticos. Llegan, por fin, don Qui­jote y Sancho a su lugar, donde son reci­bidos con gran alegría por el cura, el bar­bero y el bachiller Sansón Carrasco, que, desde luego, don Quijote no había podido identificar como el Caballero de la Blanca Luna. Todos acogen con benevolencia los proyectos pastoriles; pero poco a poco don Quijote cayó enfermo.

Seis días le duró la calentura, y al postrero, tras un largo sueño, se despertó diciendo con voz fuerte: «¡Ben­dito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres». Ante la sorpresa de todos, don Quijote había recuperado la razón. «Yo tengo juicio ya — aclara—, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda [lectura] de los detestables libros de caballerías». Y acto seguido pide la confesión y hacer su testa­mento. Realizado todo ello, Alonso Quijano el Bueno, que ya no quiere oírse llamar don Quijote de la Mancha, muere sosegada y cristianamente. Cervantes cierra la novela con nuevas pullas al autor del Quijote apó­crifo y con las siguientes palabras finales: «No ha. sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna».

La novela consta de cincuenta y dos capítulos en su primera parte y de setenta y cuatro en la segunda. Cervantes emplea en ella nueve mil trescientas cincuenta palabras distintas y hace figurar en la acción seiscientos siete hombres y sesenta y dos mujeres. — El «Qui­jote» apócrifo de Avellaneda, En 1614, un año antes de publicarse en Madrid la se­gunda parte del Quijote, escrita por Cer­vantes, aparecía, con pie de imprenta de Fe­lipe Roberto de Tarragona, el libro titulado Segundo tomo del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aven­turas, compuesto por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas. (Recuérdese que Cervantes había dividido el primer tomo de su Quijote en cuatro partes, división que pronto se arrinconó, pero que ahora se respeta en este segundo tomo apócrifo). Se narran en este Segundo tomo nuevas aventuras de don Qui­jote y de Sancho a partir del momento en que a su aldea (aquí identificada con Arga- masilla) llegan unos caballeros granadinos que se encaminan a Zaragoza para parti­cipar en unas justas.

Uno de ellos, Álvaro Tarfe (que ya vimos reaparecer al final de la segunda parte del Quijote de Cervantes), se aloja en la casa del hidalgo manchego, y ambos departen amistosamente hasta que aquél descubre la locura de éste. Don Qui­jote sale de nuevo de la aldea con Sancho a fin de concurrir a las justas zaragozanas. Se describen estas fiestas, en las que don Quijote hace un ridículo papel, y siguen en su vagabundeo hasta Alcalá de Henares y Madrid. Finalmente don Álvaro Tarfe re­cluye a don Quijote en la casa de locos de Toledo. El autor de este segundo tomo in­tenta remedar el estilo y la técnica nove­lística de Cervantes, pero incide en los des­doblamientos de personalidad de don Qui­jote (que sólo se dan, como vimos, en la primera salida), en extremar el tono chocarrero y patán de Sancho y no sabiendo man­tener la sutil ficción de Dulcinea del Toboso la elimina y hace que el héroe tome el nom­bre de Caballero desamorado. La obra está escrita con indudable traza, tiene episodios acertados e incluso graciosos, pero como sea que el lector no puede evitar la constante comparación con el Quijote de Cervantes, forzosamente se siente defraudado y ad­vierte la gran distancia que, en todos los aspectos, media entre la obra auténtica y la apócrifa.

Ésta se abre con un prólogo en el que se insulta a Cervantes y se afirma que éste, en el prólogo de su Quijote de 1605, ofendió a Lope de Vega y al autor de este Segundo tomo («…el ofender a mí…»). Pa­rece seguro que el nombre del Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas, es un pseudónimo bajo el que se esconde un enemigo de Cervantes, gran amigo y entusiasta de Lope de Vega. La personalidad del autor de este Quijote apócrifo no ha sido dilucidada y ello cons­tituye uno de los mayores arcanos de la historia literaria española, e incluso es posi­ble que ni el mismo Cervantes supiera quién fue. Con argumentos más o menos serios, pero nunca definitivos, se han propuesto como autores del falso Quijote a fray Andrés Pérez, Juan Blanco de Paz, fray Luis de Aliaga, Lope de Vega, Quevedo, Alfonso Lamberto (tesis de Menéndez Pelayo), Cris­tóbal de Fonseca, Liñán de Riaza, Guillén de Castro, Castillo Solórzano, Vicente Gar­cía, rector de Vallfogona, etc., e incluso al mismo Cervantes. Éste, en la dedicatoria al Conde de Lemos y en el prólogo de su se­gunda parte, responde a los insultos y ata­ques de su enemigo, y, como ya hemos te­nido ocasión de advertir, le hace objeto de frecuentes alusiones despectivas en el texto de la novela. — Originalidad del «Quijote».

Para llegar a una cabal comprensión del Quijote de Miguel de Cervantes es preciso tener bien en cuenta que esta novela no es una sátira de la caballería o de los ideales caballerescos, como algunas veces se ha afirmado y puede hacer creer un juicio pre­cipitado, sino la parodia de un género lite­rario muy en boga durante el siglo XVI. El Quijote no es, como creyeron algunos ro­mánticos, una burla del heroísmo y del idealismo noble, sino la burla de unos libros que, por sus extremosas exageraciones y su falta de mesura, ridiculizaban lo heroico y lo ideal. Todo el Quijote está construido como una parodia de los libros de caballe­rías, desde su estilo (arcaizante y campanudo en son de burla en multitud de pasajes) hasta sus trances, episodios y estructura misma del relato. Se ha dicho también que el Quijote es el mejor de los libros de caba­llerías o la sublimación o idealización del género.

Tal concepto es falso, ya que ‘el Quijote no es un libro de caballerías sino precisamente todo lo contrario, o sea su pa­rodia; y dado este aspecto es peligroso es­tablecer comparaciones y paralelos dema­siado estrechos entre la obra de Cervantes y el Orlando furioso, (v.), pues el poema de Ariosto revela un concepto del arte muy diverso al del libro español. Lo cierto es que Cervantes se propuso satirizar y paro­diar los libros de caballerías a fin de acabar •con su lectura, que él consideraba nociva, y que, según demuestra la bibliografía, logró plenamente su propósito, pues después de publicado el Quijote menguan extraordina­riamente, hasta desaparecer del todo, las ediciones españolas de libros de este género. Hay, pues, en el Quijote una auténtica originalidad de intención y de realización, y aunque es algo aventurado e inútil hablar de «fuentes» de la gran obra cervantina, es preciso tener en cuenta sus precedentes. Uno de ellos, indiscutible, es un episodio que aparece en el libro de caballerías Primaleón y Polendos, impreso en 1534.

Ante la corte de Constantinopla se presenta un escudero que lleva de la mano a una doncella; ambos eran tan feos que ponían espanto en todo el mundo, e iban vestidos de modo extravagante; pero el espanto se convirtió en risa cuando, de rodillas ante el emperador Palmerín, el escudero cuenta que se halla perdidamente enamorado de la doncella. Los cortesanos se burlan y le dicen que «la hermosura de la doncella es tanta que hará ser al caballero de gran ardimiento ante sí», y el emperador le concede la ca­ballería, en medio de risas y chanzas. Ahora bien, la fea doncella se llama Maimonda y el escudero manifiesta ser «el hidalgo Camilote». Nos hallamos, pues, frente a un auténtico precedente de los amores del «hidalgo don Quijote» y la labradora idea­lizada por él en Dulcinea del Toboso. Otro precedente del Quijote es una obra humilde e insignificante, de ínfima calidad literaria, el Entremés de los romances, breve repre­sentación teatral, compuesta entre 1588 y 1597, que satiriza la boga de los romances, tan leídos y cantados en el siglo XVI. El protagonista es un pobre labrador, Bartolo, que enloquece de tanto leer el Romancero y decide imitar las hazañas de los héroes que en él figuran.

Bartolo se imagina que es un caballero morisco, defiende a una pas­tora importunada por un zagal, pero éste se apodera de su lanza y le da una paliza. Bartolo se lamenta echando las culpas a su caballo, y tendido en el suelo recita el romance del marqués de Mantua, hasta que llegan sus familiares y lo recogen, sin que el pobre loco deje de recitar trozos de ro­mances. Es evidente que existen indiscuti­bles y claras relaciones entre esta breve representación teatral y el Quijote, concre­tamente el capítulo V de la primera parte. Es muy presumible, pues, que la trama ini­cial de la gran novela le fuera sugerida a Cervantes presenciando en escena o leyendo el texto del Entremés dé los romances, piececilla insignificante de cuya existencia no nos acordaríamos si no fuera por el Quijote. Lo genial de Cervantes se advierte en el hecho de haber elevado a la más alta categoría literaria y humana un aspecto propio de un entremés de tan menguado valor. Porque lo importante y decisivo del Quijote es que, siendo una novela que se propone satirizar una moda, literaria espa­ñola de su época, que actualmente no significa casi nada para nosotros, tenga una validez perenne y constante no tan sólo en España sino en todo el mundo civilizado y que agrade y se acomode a lectores que no tan sólo no han leído ni un triste libro de caballerías, sino que desconocen las carac­terísticas de este género e incluso están muy alejados, geográfica y cronológicamente, de la España del siglo XVII.

Lo que pudo ser un mero libro de crítica literaria de cir­cunstancias y que, al publicarse, la reacción más dominante que suscitó fué la de la risa (para los españoles de principios del si­glo XVII el Quijote casi sólo fue un libro «divertido»), adquirió, gracias al arte y al genio perfectamente conscientes de Cervan­tes (es absurdo creer que Cervantes acer­tara «por casualidad» o que no tuviera con­ciencia de la importancia de lo que estaba escribiendo), una categoría superior, un sentido permanente y una transcendencia general. La tan manoseada opinión que cifra en don Quijote el idealismo y en Sancho el materialismo tiene algún leve punto de ver­dad, pero no siempre es válida, por la sen­cilla razón de que los ideales no pueden reducirse a las extravagancias de un demente y porque en Sancho hay, además de su apego a lo elemental y primario, el ideal de la ínsula y la pasión de mandar. El error más considerable de don Quijote no es el de querer resucitar los ideales medievales a principios del siglo XVII, sino él haber equivocado su ruta.

Cervantes sabía perfectamente que si don Quijote, en vez de encaminarse a Barcelona se hubiese dirigido a Sevilla y de allí hubiese embar­cado para las Indias, su héroe hubiera en­contrado las aventuras que anhelaba, los países exóticos, rara fauna y temibles sal­vajes que tantas veces asoman a las páginas de los libros de caballerías, y reinos, pro­vincias e. ínsulas que ganar. Otros quijotes y otros sanchopanzas partían de España sin más caudal y hacienda que las ilusiones y la ambición, y las saciaban en lo que pronto se llamaría América, a base de más trabajos y de más extraordinarias aventuras que las que se cuentan en los libros de caballerías. La figura de don Quijote se gana la simpatía de todo lector, que siente más la amargura que la comicidad de sus sucesivos fracasos porque es un ser bueno, leal e inteligente. Pero no hay que olvidar que Cervantes lleva a su héroe gradualmente hacia la aventura real, que se le ofrece en las últimas jornadas de su tercera salida, y entonces lo despoja de los ánimos que antes tenía y lo reduce a una’ sombra de lo que fue; y hemos de reconocer, después de haberle otorgado toda nuestra simpatía, que es un ser vanamente fatuo e incapaz de valentía y de heroísmo cuando las circunstancias lo exigen de veras. Por esto la única solución es restituir el juicio al demente, que al sanar volverá a ser Alonso Quijano el bueno, y en su lecho de muerte renegará de sus locuras y de sus sueños de heroísmo.

Aunque es un aspecto muy marginal para la comprensión de la obra, no hay que olvidar el problema de los «modelos vivos» del Quijote, mejor dicho, de «don Quijote», al que ya se alude al principio de este artículo, cuando nos referimos a la carta de Lope de Vega de 1604 y la anécdota recogida por e> morisco Juan Pérez. Es posible que a principios del siglo XVII existiera un loco pintoresco y popular, chiflado por la lectura de libros de caballerías, a quien se le diera el apodo de «don Quijote»; y están atestiguados algu­nos casos de demencia producidos por la lectura de libros de este género. Entre las diversas noticias que se han recogido sobre este tema, la que mejor encaja con la novela de Cervantes es una anécdota que se narra en ciertos papeles de don Gaspar Galcerán de Pinos, conde de Guimerá, que cuenta, en el año 1600, de un estudiante de Sala­manca que, «en lugar de leer sus liciones leía en un libro de caballerías, y como ha­llase en él que uno de aquellos famosos ca­balleros estaba en aprieto por unos villanos, levantóse de donde estaba y, empuñando un montante, comenzó a jugarlo por el aposento y esgrimir en el aire, y como lo sintiesen sus compañeros, acudieron a saber lo que era, y él respondió: —Déjenme vuestras mercedes, que leía esto y esto, y defiendo a este caballero: ¡qué lástima! ¡cuál le traían estos villanos!».

No es necesario que Cervantes tuviera noticia de este estudiante de Salamanca, pues la afición a la lectura de libros de caballerías era tal que el caso podía no ser raro. De todos modos, el pro­blema de los «modelos vivos» del Quijote sólo nos puede acercar a las circunstancias que hicieron nacer la idea central de la novela, y no le merman originalidad; pues aunque se demostrara documentalmente que «en un lugar de la Mancha» vivía a fines del siglo XVI un hidalgo chiflado por tales lecturas, al que hubiesen puesto el apodo de «don Quijote», el valor del libro no se re­sentiría en nada y poco ganaríamos en su comprensión.— Estilo del «Quijote». Exami­nado desde el punto de vista más inmediato y marginal, el Quijote, como tantas otras obras geniales t de la literatura universal, ofrece una serie de defectos, fruto todos ellos de la precipitación con que parece estar redactado. Da la impresión de que Cervantes escribía sin releer su labor. Así se explica que en el transcurso de la novela la mujer de Sancho reciba los nombres de Teresa Panza, Teresa Cascajo, Juana Gutiérrez, Mari Gutiérrez y Juana Panza; y que el rucio del escudero sea robado por Ginés de Pasamonte en circunstancias no precisadas en la primera edición, y que debido a ello Sancho tanto aparezca montado como cami­nando a pie en determinados capítulos.

Hay en la trama de la obra un grueso error cro­nológico, ya que en el capítulo XXXVI de la segunda parte se inserta una carta de Sancho Panza a su mujer que va fechada el 20 de julio de 1614 (sin duda el mismo día que Cervantes la estaba escribiendo), siendo así que la acción de esta segunda parte se da como iniciada un mes después de acabada la de la primera, que se publicó en 1605. Esta prisa y descuido de Cervantes al escribir se manifiesta en aquel rasgo tan suyo que consiste en dar algún dato a des­tiempo, introduciéndolo con la expresión: «Olvidábaseme de decir…», que aunque suele dar una nota afectiva a su estilo, en el fondo revela la pereza del escritor, que prefiere recurrir a este subterfugio a volver atrás en sus cuartillas para consignar el dato que se dejó en el tintero. Las dos partes del Quijote presentan notables diferencias en cuanto a su estructura. En la primera, la publicada en 1605, la- acción principal, o sea las aventuras de don Quijote, se ve varias veces suspendida por otros relatos que se intercalan en el texto. Algunos de estos relatos tienen un carácter extemporá­neo y ajeno a la trama de la narración, como son la «Novela del curioso impertinen­te», situada en ambiente florentino, y el relato de la vida del Cautivo, de ambiente morisco.

Son, de hecho, dos novelitas intercaladas en el Quijote sin que tengan nada que ver con la acción fundamental del libro y que, al estar situadas una muy cerca de la otra, dilatan la aparición de lo que realmente espera el lector, o sea las aventuras de don Quijote. La historia de los amores de Cardenio y Luscinda y de don Fernando y Dorotea aparece algo más imbricada en la trama general de la obra, ya que estos per­sonajes toman parte activa en ella e inter­vienen directamente en la existencia de don Quijote. Algo similar ocurre en la historia de los amores de Grisóstomo y Marcela. De esta suerte, si excluimos de la primera parte los relatos de sucesos más o menos ajenos a las aventuras de don Quijote, ad­vertiremos que el texto publicado en 1605 es de extensión mucho menor que el apare­cido en 1615, y, lo que es más grave, que en aquella primera parte la acción se diluye en episodios marginales o se interrumpe para dejar paso a otros totalmente extempo­ráneos. Ello ya fue criticado como un de­fecto por los primeros lectores del Quijote, y Cervantes recogió tales reproches en la segunda parte de la obra, cuando dice: «una de las tachas que ponen a tal historia… es que su autor puso en ella una novela intitu­lada “El curioso impertinente”; no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tener que ver con la historia de… don Quijote».

Cervantes, advertido por tales críticas e indudablemente mejor orien­tado, enmienda totalmente esta técnica en la segunda parte, en cuyos setenta y cuatro capítulos no abandona a don Quijote y Sancho, mantiene una acción seguida y evita las digresiones. Y hasta tal punto se empeña en mantener esta unidad de acción que, cuando don Quijote y Sancho se separan porque éste ha de trasladarse a la ínsula Barataria, dedica alternativamente un capítulo al amo y otro al criado hasta que los vuelve a reunir. La primera salida de don Quijote tiene un carácter distinto al resto del libro, porque, no existiendo todavía Sancho Pan­za, falta en ella el diálogo entre amo y criado. En ello reside uno de los mayores encantos del Quijote, ya que las pláticas entre los dos personajes, que a veces llenan capítulos en los que no ocurre absoluta­mente nada, son una constante muestra de ingenio, buen humor, discretas razones y agudezas de toda suerte.

La conversación pausada y corriente con que don Quijote y Sancho alivian la monotonía de su constante vagar, muchas veces comentando una aven­tura pasada o fantaseando sobre el porvenir, es algo esencial en la novela, que suple con decisiva ventaja cualquier otro procedi­miento descriptivo. Don Quijote se ve obli­gado a levantar la prohibición de departir con él que en un momento de malhumor había impuesto a Sancho, porque ni el criado puede resistir «el áspero mandamien­to del silencio», ni don Quijote es capaz de seguir callado, ni la novela pudiera prose­guir condenando a sus dos protagonistas al mutismo. En su modo de hablar quedan per­fectamente individualizados los personajes principales del Quijote: el galeote Ginés de Pasamonte con su orgullo, acritud y jerga rufianesca que hoy llamaríamos argot de maleantes; doña Rodríguez revelando a cada paso su inconmensurable estupidez de dueña pobre de casa rica; el Primo que acompaña a don Quijote a la cueva de Montesinos poniendo de manifiesto en cada palabra su divertida chifladura erudita (pues no en vano es una especie de don Quijote de las humanidades);’ el canónigo como un dis­creto, elegante y entendido conocedor de materias literarias; el vizcaíno con su sim­pática intemperancia y su peregrina «mala lengua castellana y peor vizcaína»; el ca­brero Pedro con sus constantes prevarica­ciones idiomáticas.

Sancho también suele estropear el idioma, sobre todo cuando, pretende usar alguna palabra culta o cor­tesana, y ello provoca la corrección de don Quijote, que siempre vela por el buen uso del idioma, y el amoscamiento del escudero, que no ve con buenos ojos que le corrijan. Pero Sancho, sobre todo en la segunda parte, habla con una rústica propiedad y da muestras de conservar el tesoro del lenguaje y de la experiencia populares o tradicionales, lo que se manifiesta en su tan caracte­rística sobreabundancia de refranes y de frases hechas, que dan a su habla un colo­rido inconfundible. No es que Cervantes se tome muy en serio, como les ocurre a algu­nos cervantistas, el saber popular o ances­tral que se pueda encerrar en los refranes de Sancho, pues no raramente los emplea sin que vengan a cuento y corrompidos, pero en este rasgo ha querido oponer el habla popular del criado al discursear culto y literario del amo. En el Quijote hallan ca­bida y conviven personajes de las más di­versas procedencias.

Hay en él seres posible­mente inventados y creados de una pieza por Cervantes, como podría serlo Sancho, y que responden a un tipo corriente en la sociedad de su tiempo, como el galeote Ginés de Pasamonte. Los hay que parecen tomados de «modelos vivos», aunque sin de­clararse su identidad, como ocurre sin duda con los duques, trasunto de los de Luna y Villahermosa, don Carlos de Borja y doña María Luisa de Aragón. Los hay que pa­recen derivar de modelos literarios, como doña Rodríguez y Altisidora, inspirados en la Viuda Reposada (v.) y en la doncella Plaerdemavida (v.) del Tirante el Blanco (v.). Pero en este último aspecto Cervantes aún llega más lejos: de su peor enemigo, el Avella­neda del falso Quijote, toma el personaje de don Álvaro Tarfe y lo hace intervenir en la acción de la novela. Y en extremo opuesto está el bandolero Roque Guinart, arrancado de la realidad contemporánea con toda su fidelidad histórica, hasta el punto de no cambiar el nombre de su modelo.

Y finalmente él mismo, el propio Cervantes, emerge en la acción en un momento dado (en el capítulo VIII de la primera parte), hallando en el Alcaná de Toledo el ficticio manuscrito de Cide Hamete Benengeli. Con un. dominio nunca superado en el arte de componer novelas, Cervantes es capaz de reunir, relacionar y trabar en una acción seres de tan distintas procedencias y de tan diversa inspiración. Ya vimos que el mismo libro, el propio Quijote, es un elemento que figura en la acción de la segunda parte de la novela: se habla del libro, se comenta, se critica e incluso se da su bibliografía. Lo mismo ocurre con el Quijote de Avellaneda, citado, leído y denostado en el auténtico, en el cual hasta se presencia cómo se corrigen sus pruebas en una im­prenta de Barcelona. Como un hábil mala­barista, Cervantes juega con su propia obra, se impone a ella y la lleva por donde quiere e incluso ironiza con su criatura misma. El estilo del Quijote experimenta constantes y conscientes variaciones, de acuerdo con las incidencias de la acción: es «pastoril» en los capítulos dedicados a los amores de Crisóstomo y Marcela; parece arrancado de una novela morisca cuando se relatan las aventuras del Cautivo; de una novela pica­resca en el episodio de los galeotes, y de «novela ejemplar» al estilo italiano en la del «Curioso impertinente».

No faltan alardes de oratoria, como son los discursos de don Quijote sobre la Edad de Oro, sobre las Armas y las Letras y su respuesta al ecle­siástico que lo reprende en la sobremesa del palacio de los Duques. Este último constituye una magnífica defensa, a cuya efica­cia contribuyen las más clásicas y típicas figuras retóricas del arte oratorio. El dis­curso de la Edad de Oro tiene un evidente matiz irónico y en el fondo es una graciosa burla de este tan repetido tópico literario. Las cartas que se intercalan en el Quijote ofrecen aspectos muy variados y estilos muy dispares, que van desde la grave misiva amorosa, en trágico trance sentimental, como la de Luscinda a Cardenio y la de Camila a su esposo Anselmo, hasta la de don Quijote a Dulcinea, parodia de las epístolas amorosas de los libros de caballerías, pero que a su vez vuelve a ser parodiada en la versión que de ella da Sancho «de memo­ria». Las cartas que este último se ve pre­cisado a dictar son admirables por su na­turalidad, su gracia popular, su malicia cazurra y su estilo directo y familiar, pero las superan las dictadas por su mujer, Te­resa Panza, que queda perfectamente retratada en estas divertidísimas epístolas, a la vez ingenuas y sensatas, agudas y rústicas.

Las historietas y cuentos tradicionales, que tanto abundan en el Quijote, muchas veces puestos en boca de Sancho, demuestran hasta qué punto un escritor culto y elegante como Cervantes es capaz de reproducir y asimilar el estilo coloquial del pueblo. Estas dos vertientes del estilo cervantino — la cul­ta y la tradicional — engarzan al Quijote en una típica actitud de la prosa castellana, en la que tiene precedentes en La Celestina (v.), fray Antonio de Guevara, etc. La prosa narrativa castellana de los siglos XVI y XVII acusa el enorme influjo del «pulido y elegante» estilo con que Garci Rodríguez de Montalvo refundió el Amadís de Gaula (v.), preciso, matizado, bellamente periódico y diluido, y entreverado de reflexiones y consideraciones morales. Cervantes narrador — es decir: cuando reproduce su propio estilo, no el del habla de diferentes perso­na j es y no parodiza — supera y revalida los valores de la prosa del Amadís y se atiene a la fórmula que él mismo da en el prólogo de la primera parte del Quijote, donde el fingido amigo le aconseja que procure que «a la llana, con palabras significantes, ho­nestas y bien colocadas, salga vuestra ora­ción y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vues­tros conceptos sin intricarlos ni escurecerlos.

Procurad también que, leyendo vuestra his­toria, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se en­fade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente no deje de alabarla». Esta fórmula mantiene su validez a lo largo de las dos partes del Quijote, a pesar de los matices tan diversos que reviste. Hay descripciones pausadas, de­tallistas, pormenorizadas y lentas, con fre­cuencia reunidas en una larga frase que mantiene una perfecta cohesión lógica — in­cluso en detrimento de la sintaxis, mejor dicho de las leyes sintácticas que se «pro­mulgaron» posteriormente — y que se equi­libra con un ritmo fluido y cadencioso, para concluir por lo común con expresiones de resumen al estilo de «y en conclusión», «y finalmente». Pero hay también páginas en las que la expresión adquiere una rápida vivacidad y en las que preguntas y res­puestas se enlazan y la descripción se hace elíptica y dinámica. Las frecuentes reyertas, palizas y alborotos que surgen en la novela se describen gracias a eficaces recursos conducentes a dar la sensación de desorden y rapidez hasta tal punto que se logra que la velocidad narrativa corresponda a la de los hechos que se narran.

En este aspecto son muy característicos los tumultuosos «suce­sos de la venta» provocados por Maritornes en el capítulo XVI de la primera parte. Pero no hay que olvidar que el Quijote, a pesar de su profundidad y de la amargura que parece encerrar — amargura a la que está más predispuesto el lector actual que el de principios del siglo XVII — es, como diríamos hoy, un libro «humorístico». En la fórmula antes transcrita ya se advierte que uno de los propósitos del escritor es divertir a sus lectores: «que el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente». Quien no ríe leyendo el Quijote es o porque no en­tiende la novela o porque tiene la desgracia de no poseer la facultad de reír, que es la que distingue al hombre de los animales. Cervantes, cuando escribe la segunda parte de la novela, tiene ya sesenta y ocho años, está en la miseria, ha padecido desdichas de toda suerte en la guerra y en el cautiverio, el honor de su hogar no ha sido siempre limpio ni ejemplar, ha recibido humillacio­nes y burlas en el cruel ambiente literario; y a pesar de todo ello, por encima de sus angustias, de sus estrecheces y de sus penas, el buen humor y el agudo donaire inundan las páginas del Quijote.

Además de los constantes chistes, juegos de palabras y ex­presiones graciosas que se acumulan en toda la novela cuando se narran en ella casos acaecidos a don Quijote y a Sancho, una constante ironía domina en el estilo, ironía que va desde los epígrafes de los capítulos («La espantable y jamás imaginada aven­tura de los molinos de viento», «Del teme­roso espanto cencerril y gatuno», «De la cerdosa aventura», «Capítulo setenta: Que sigue al de sesenta y nueve…»), hasta la exposición del mínimo detalle o la salida cómicamente inesperada. Si se compara el Quijote con los Trabajos de Persiles y Sigis­mundo (v.), obra escrita contemporánea­mente a la segunda parte de aquella novela, se advertirá, por acusado contraste, la cons­tante ironía de la máxima creación cervan­tina. Humor por lo general obligado para la buena eficacia de los propósitos satíricos del Quijote — por ejemplo al parodiar el lenguaje campanudo y arcaizante de los libros de caballerías —, pero también humor pura­mente gratuito, innecesario e inesperado, que hace que el lector no olvide que está leyendo lo que se llamaba un libro de «entretenimiento».

Y es que a lo largo de todo el siglo XVI los libros de caballerías habían sido objeto de constantes ataques y censuras por parte de filósofos, moralistas y autores graves, como Juan Luis Vives, fray Antonio de Guevara, Juan de Valdés, Francisco Cervantes de Salazar, Pero Mexía, Alejo de Venegas, Agustín de Almazán, Luis de Alarcón, Alonso de Fuentes, Diego Gracián, Alfonso García Matamoros, Gonzalo Fernández de Oviedo, Andrés de Laguna, Melchor Cano, Arias Montano, Gonzalo de Illescas, Miguel Sánchez de Lima, fray Luis de Granada, Malón de Chaide, etc. Todosestos escritores, que representan lo más autorizado del pensamiento español de la época, habían batallado para desacreditar la lectura de los libros de caballerías por con­siderarlos obra de personas ociosas y des­ocupadas, que escribían mal y enemigas de la verdad y de la historia auténtica, los cuales, con sus nocivos engendros incitaban a la ociosidad y al vicio y hacían perder el tiempo de un modo vano y pecaminoso. Estos graves escritores pedían que se pro­hibieran los libros de caballerías, que se quemaran y que se persiguiera su lectura, ideas en las que abundaban algunos procu­radores en Cortes, en las que se llegó a debatir este punto, y ciertas autoridades eclesiásticas de España y de Indias. Pero todos estos esfuerzos eran vanos e inútiles: los libros de caballerías seguían imprimién­dose y leyéndose con avidez.

Cervantes, compenetrado con el pensamiento de los citados moralistas, sabía muy bien que éstos predicaban en el desierto y que eran in­útiles sus anatemas. Sólo la ironía y la burla podían desacreditar tan perniciosos libros, y para evitar que se leyeran, lo más adecuado era ponerlos en ridículo. Desde 1605 menguan considerablemente las edicio­nes de libros de caballerías: el Quijote ha acabado con ellos. De esto nos da fe un buen escritor de la época, el maestro Josef de Valdivielso, a cuyo cargo corrió la apro­bación de la segunda parte de la novela, y con esta ocasión emitió uno de los prime­ros juicios sobre el Quijote, pues va fechada en 1615. Contiene la obra de Cervantes, dice Valdivielso, «muchas [cosas] de honesta re­creación y apacible divertimiento, que los antiguos juzgaron convenientes a sus repú­blicas, pues aun en la severa de los lacedemonios levantaron estatua a la risa y los de Tesalia le dedicaron fiestas… el autor; mezclando las veras a las burlas, lo dulce a lo provechoso y lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo del donaire el an­zuelo de la reprehensión y cumpliendo con el acertado asunto en que pretende la ex­pulsión de los libros de caballeas, pues con su buena diligencia mañosamente ha limpia­do de su contagiosa dolencia a estos reinos». Valdivielso no tan sólo señala el carácter humorístico del Quijote, sino que confirma que ha salido airoso en limpiar «esos reinos» de libros de caballerías. Pero Cervantes logró sus propósitos, precisamente, porque disimuló «en el cebo del donaire el anzuelo de la reprehensión».

M. De Riquer

* El Quijote, del que se han ocupado todos los grandes críticos e historiadores de la literatura universal, ha sido tal vez la obra que, después de la Biblia, ha sido objeto de un mayor número de ediciones y traduc­ciones. En efecto, en su lengua original su­man hasta unas 850, y ha sido publicado 397 veces en francés, 319 en inglés, 130 en alemán, 84 en italiano, 34 en japonés, 25 en holandés, 23 en portugués, 17 en cata­lán y húngaro, 14 en ruso y sueco, en árabe, en danés, en gaélico, en islandés, en tagalo, en yidich, en hebreo, en kashmiri, en sánscrito, en mogol, en tibetano, en java­nés, en esperanto, etc. En conjunto, entre ediciones castellanas y traducciones a 51 idiomas distintos, el Quijote ha sido publi­cado unas 2.050 veces, con un total de unos 3.880 volúmenes. Entre las ediciones críticas más importantes destaquemos la de Clemencín (6 vols., Madrid, 1833-1839); la de Cortejón (vols. I-V), y de Givanel y Suñé Benages (vol. VI, Madrid, 1905-1913); la de Rodríguez Marín (8 vols., Madrid, 1911- 1913; 4 vols., Madrid. 1916); la de Schevill y Bonilla (4 vols., Madrid, 1928-1941). Re­cordemos, finalmente, que las ediciones de 1605 y 1615 han sido reproducidas en facsí­mil por la «Hispanic Society» de Nueva York (3 vols., s. a.), por la Librería Científico- Literaria de Barcelona (2 vols., Barcelo­na, 1905), por A. Hamel (Halle, 1924 y ss.). etcétera.

Yo he dado en Don Quijote pasatiempo’/ al pecho melancólico y mohino,/en cual­quiera sazón, en todo tiempo. (M. de Cervantes)

[Ningún poeta nuevo] hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote. (Lope de Vega)

El poeta que deroga las leyes de la fría razón y se precipita en el caos de la natu­raleza. (A. W. Schlegel)

El cuadro más universal, más profundo y más pintoresco de la vida misma. (Schelling)

…el contorno aéreo, pero colosal, que ha sabido dar Cervantes a su héroe; cada cual tiene en su imaginación un tipo particular de don Quijote y Sancho, una idea fantás­tica, un bello ideal en el género, a que la realidad jamás podrá llegar. (Larra)

Cervantes… era un poeta católico, y a tal circunstancia debe acaso la gran serenidad épica que, como un cielo de cristal, cubre el mundo coloreado de sus creaciones. Por ningún resquicio entra en él la duda. (Heine)

…aquella chanza inmortal, aquella impro­visación no sólo brillantísima, sino la más perfecta y consistente, aquella extensa y do­ble narración en que no decae un punto la vena y la frescura, aquella sátira benévola unida a los más delicados afectos naturales y al más fino sentimiento poético, aquella ciencia, no aprendida en los libros ni sobre­puesta, sino de propio caudal e implícita, aquellos retratos morales, holgadamente concebidos y representados, pero típicos y significativos, el Ingenioso Hidalgo, en fin, obra sumamente nacional, como pintu­ra de hechos, de costumbres y de personas y como expresión de lo mejor del carácter español, y censura, mezclada de indulgencia y de amor, de los extremos del mismo ca­rácter, y más que nacional al propio tiempo, en cuanto habla a los hombres de todos los siglos y lugares. (Milá y Fontanals)

Es don Quijote, sobre todo, el problema de la fe en algo eterno, inmutable, de la fe en la verdad superior al individuo. (Turguenev)

Cervantes era un caballero y amaba la nobleza y el ideal caballeresco; pero al mismo tiempo sentía su locura y se com­placía viéndolo humillado bajo los palos de los villanos, en aventuras lamentables.(Taine)

Lo más prodigioso que hay en el Quijot ees la ausencia de arte y la perpetua fusión de la ilusión y la realidad, que hace de él un libro tan cómico como poético.(Flaubert)

Constituye el Quijote una nueva categoría estética, original y distinta de cuantas fábu­las ha creado el ingenio humano; una nueva casta de poesía narrativa no vista antes ni después, tan humana, trascendental y eter­na como las grandes epopeyas, y al mismo tiempo doméstica, familiar, accesible a todos, como último y refinado jugo de la sabiduría popular y de la experiencia de la vida. (Menéndez Pelayo)

Nuestro Ulises es don Quijote. (Ganivet)

¡Ah!, si el infortunado soldado de Lepanto, caído y mutilado en el primer combate, no sufriera desdenes y persecuciones injustas, no se hubiera visto obligado a escribir en aquella terrible cárcel donde toda incomo­didad tiene su asiento y todo desapacible ruido hace su habitación; si Cervantes, al trazar las páginas de su libro imperecedero, no llorara una juventud perdida en triste y oscuro cautiverio, ensueños de gloria desva­necidos y desilusiones de un amor idílico, que pareció, en sus albores, casi divino y que resultó, al fin, menos que humano, ¡cuán diferente, cuán vigoroso y alentador Quijote habría compuesto!… Entonces (séame lícito acariciar en este punto una candorosa ilu­sión) la novela cervantina no habría sido el poema de la resignación y de la desesperan­za, sino el poema de la libertad y de la reno­vación. (Ramón y Cajal)

Don Quijote, para su autor…, no fue sino un sujeto de buen talento, extraviado ridi­culamente por la locura; lo mejor, lo más espiritual del héroe, las delicadas excelen­cias del alma, estaban en el libro, sí; pero su propio padre no acertó a verlas… Somos los lectores los que hemos descubierto lo mejor del tesoro del gran libro. (Rodríguez Marín)

 En una misma turquesa forjaron a Caba­llero y escudero, como suponía el cura. Lo más grande y más consolador de la vida que en común, hicieron es el no poderse concebir al uno sin el otro, y que muy lejos de ser dos cabos opuestos, como hay quien mal supone, fueron y son, no ya las dos mi­tades de una naranja, sino un mismo ser visto por dos lados. Sancho mantenía vivo el sanchopanzismo de don Quijote y éste quijotizaba a Sancho, sacándole a flor de alma su entraña quijotesca. (Unamuno) De Cervantes a Quevedo media una dis­tancia inmensa; nada más seco y rígido que Quevedo, y nada más plástico, vivo y gracioso — en el sentido delicado de la palabra — que Cervantes. En tanto que Quevedo tiene el espíritu de un escolástico, Cervantes, deambulador perdurable, tiene el alma abierta a todas las comprensiones: la del paisaje, la del dolor ajeno, la de los ajenos extravíos, la del ensueño futuro, la de la idealidad inefable y generosa.(Azorín)

Escribir para el pueblo es escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas inagotables que no acabamos nunca de conocer. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. (A. Machado)

…pensamos que la fuerza ideal de don Quijote se sobrepone a su falta de razón y a todos los defectos de la realidad, y sien­do pobre, nos admira con su liberalidad; siendo flaco y enfermo, es héroe de esfuer­zo nunca doblegado ante la mala ventura; siendo viejo nos conmueve con un primer amor desatinado y ridículo; siendo loco, sus palabras y acciones remueven siempre algu­na fibra entrañal en el corazón entusiasta. (Menéndez Pidal)

En él periclita para siempre la épica con su aspiración a sostener un orbe mítico lindando con el de los fenómenos materia­les, pero de él distinto. Se salva, es cierto, la realidad de la aventura; pero tal salva­ción envuelve la más punzante ironía. La realidad de la aventura queda reducida a lo psicológico, a un humor del organismo tal vez. Es real en cuanto vapor de un cerebro. De modo que su realidad es, más bien, la de su contrario, la de lo material. (Ortega y Gasset)

 La prosa de Cervantes — en algún magní­fico salto lo revela — es potro de pura sangre. (E. D’Ors)

Cervantes personalizó y universalizó ge­nialmente el tema del vacío angustioso del vivir español. (A. Castro)

Las figuras heroicas viven y se desarrollan en una atmósfera mítica, religiosa y poética, y se atrofian, en cambio, si se las expone al frío penetrante del criticismo histórico. «A fe que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio lo pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero», dice don Qui­jote, cuyo padre literario tan profunda­mente había meditado sobre las relaciones de la historia con la poesía,. La misma figura de don Quijote ha surgido, en efecto, de una de estas contiendas fronterizas entre realidad y fantasía: como una criatura ni histórica, ni mítica o legendaria, sino puramente poética. Y la contienda no se decide a lo largo de la novela a favor del caballero o del escudero, sino que — y aquí se pone de manifiesto una vez más la magnanimidad hispana — queda bondadosamente dirimida con indulgencia para el pequeño y respeto para el grande. Lo que aquí queda en el aire, como suspendido entre un sí y un no, se eleva en Cervantes a una unidad, en la cual ninguna duda puede ya poner en peligro la pervivencia del héroe caballe­resco. (Vossler)

 Don Quijote es algo más y algo menos que un símbolo. Es una criatura de arte perfecta, que tiene toda la profundidad y todo el relieve de la vida real. (Savj-López)

Lo que nos vitaliza en la visión del mundo que nos ofrece Cervantes en el Quijote» es la presentación de la vida siendo, viviendo, en criaturas convincentemente vivas; de la vida de personas vivas, con sus leyes ds funcionamiento, con sus valores y su acor­dado juego. Cada cosa, a través de la mente maravillosamente serena de Cervantes, pa­rece estar en su quicio o buscando entrar en su quicio, asentada sobre su exacto centro de gravedad o reclamándolo. La ironía es el instrumento genial con que Cervantes lo logra. (Amado Alonso)

Así como el Siglo de Oro es la quinta­esencia de la sustancia hispánica así el Qui­jote es la condensación última del espíritu del Siglo de Oro. Y por eso el Quijote es otra vez y en errado genial la contraposición perfecta y extremada de los dos planos del arte español [realismo e idealismo, localis­mo y universalidad]. Y así este análisis de nuestra propia alma llega a obtener su cumbre de expresión en el Quijote, y con el Quijote lo imponemos al mundo entero. (Dámaso Alonso)

 Muy por encima de este vastísimo cosmos de su creación, en el que se combinan y en­tremezclan cientos de personajes, situacio­nes, perspectivas, acciones principales y secundarias, tiene su asiento el yo artístico de Cervantes, un yo creador y omnipotente, natural y deiforme, omnipresente, omnisciente, rebosante de bondad y comprensión. (Spitzer)

Don Quijote resulta un paradigma de hu­manistas y alumbrados, los cuales coinciden en un punto de sus tendencias, por lo de­más muy dispares: en que tratan de cambiar el ideal cristiano teocéntrico por un cono­cimiento o emoción antropocéntricos. (Hatzfeld)