Retórica de Aristóteles

Obra atribuida al filósofo griego Aristóteles (383-322 a. de C.). Sobre la técnica oratoria se nos han conservado, con el nombre de Aristóteles, dos obras: la Retórica a Alejandro (v.), atri­buida a Anaxímenes de Lampsaco, pero que tal vez debemos colocar en los comien­zos del siglo III a. de C., y que, por lo tanto, es, sin duda, de un compilador posterior, y la Retórica, o mejor dicho, Arte retórica, en tres libros.

Fue discutida la autenticidad del tercer libro, que efectivamente parece tener poca conexión con los precedentes, pero ahora es ya opinión común que tam­bién éste es aristotélico. En cuanto a su fe­cha, parece que se puede colocar entre 329 y 323. La obra forma parte de los escritos «acroamáticos», esto es, destinados sólo al público restringido de sus discípulos, y es probablemente una amplificación aclaradora de lecciones dadas en el Peripatos sobre ese tema. En el proemio, Aristóteles delinea los caracteres de su trabajo: éste no se pro­pone ser uno de tantos manuales de retóri­ca, que se contentan con enseñar toda clase de artificios exteriores propios para despertar las pasiones de los jueces e inclinar su ánimo en favor de la tesis que se discute, descuidando el entimema (que para Aristó­teles es la argumentación de premisas no del todo seguras).

En su mayoría las tecnologías precedentes no se ocupan sino de la orato­ria judiciaria, abandonando a sí misma la deliberativa (o política en sentido lato). El Arte retórica, en cambio, se propone pro­porcionar los medios técnicos propios para conseguir un género de oratoria que res­ponda a las exigencias psicológicas, morales e intelectuales de los diversos oyentes y aproveche con este fin las enseñanzas de una ética y de una psicología ya doctrinaria­mente bien constituidas. Por lo demás, en cuanto a la objeción probable de que el arte retórica puede resultar inútil y a ve­ces hasta dañosa, Aristóteles observa que el arte de bien hablar tiene el mérito de permitir al hombre desplegar del modo me­jor algunas de sus dotes peculiares en de­fensa de lo justo y honrado contra los ata­ques de la injusticia experta en el artificio. Que del arte retórica se puede hacer tam­bién mal uso es ciertamente imaginable; pero otro tanto se podría decir de otro ins­trumento cualquiera que la cultura propor­ciona al hombre y de algunos bienes mate­riales, como el dinero y las armas, que también son necesarios a la vida del hom­bre.

Sentada la definición de la retórica como facultad, no tanto de persuadir, como de estudiar lo que es propio en cada caso, para causar persuasión en quien escucha, Aristóteles distingue tres géneros funda­mentales de oratoria: judiciaria, delibera­tiva y epidíctica (o exornativa); después pasa a clasificar los modos de persuasión o «pruebas» comunes a los tres géneros, distinguiéndoles en «técnicas» o «extratécnicas», en «lógicas u objetivas» y «morales o subjetivas». De las extratécnicas trata bre­vemente, porque le parecen extrañas a la retórica en sí. Son: los testimonios, las confesiones, las declaraciones, que las par­tes contendientes aportan al orador para facilitar su cometido; son, pues, elementos añadidos y en su mayoría propios del gé­nero judiciario. Las pruebas técnicas, en cambio, forman parte integrante del arte retórica y son por ello tratadas con am­plitud en los dos primeros libros. Son un descubrimiento del autor y forman el nú­cleo esencial de sus argumentaciones. Cita­remos sólo las más importantes de ellas.

Entre las lógicas resultan particularmente eficaces: el «entimema», razonamiento de­ductivo equivalente al silogismo de la dia­léctica, y el «ejemplo», razonamiento induc­tivo que resulta particularmente convin­cente en el género deliberativo y en el epidíctico. Entre las pruebas morales recorda­remos: «el carácter del orador», esto es, la impresión que él sabe determinar en el auditorio en torno a sus cualidades morales, impresión a veces decisiva para el éxito de la causa; y «la disposición de ánimo del auditorio», estrictamente dependiente de las pasiones y de los sentimientos, que el ora­dor sabe crear con su palabra. A este pro­pósito, Aristóteles, valiéndose abundante­mente de la experiencia de sus precedentes libros de psicología y de ética, analiza con mucha agudeza los sentimientos fundamen­tales del alma humana. Después de estas clasificaciones, el filósofo añade muchas ad­vertencias acerca de la oportunidad de ape­lar a tal argumento con preferencia a tal otro, según el género de auditorio, del tipo del discurso y del tiempo y el lugar en que se pronuncia. El tercer libro, que constituye el lógico complemento de los otros dos y al mismo tiempo el paso a las cuestiones estéticas de la Poética (v.), trata del modo de pronunciar el discurso, con particular referencia al porte, a la voz, al ademán.

Son interesantes los pasajes referentes a las dis­tintas partes de la oración: el proemio, la narración, la peroración. Este tratado de Aristóteles resulta ser el primero que agota el tema: es obra de un filósofo que sabe y quiere ver también las cuestiones de téc­nica no ya únicamente en su aspecto prác­tico, sino encuadradas en una concepción moral cumplida y armónica. Se percibe cla­ra en ella la influencia de la dialéctica platónica, de la cual partió Aristóteles, pero se encuentra también en ella un elemento nuevo, de importancia esencial: la retórica considerada como arte independiente por primera vez y hecha objeto de un estudio particular de carácter a un tiempo prácti­co y teórico, es liberada de la servidumbre en que Platón la había mantenido al compararla con la ética y la filosofía en gene­ral. Deja de ser instrumento, el más per­fecto si se quiere, de la demostración, para convertirse en un arte independiente de la moral y de sus exigencias, lo cual no obsta para que en la base del modo aristotélico de planteamiento y de elaboración, también a ella le corresponda un lugar, y no de se­cundaria importancia, en un plano gene­ral de elevación hacia una moral mejor.

A. Mattioli