¿Qué Significa Orientarse en el Pensar?, Immanuel Kant

[Was heisst sich im Denken orientieren?]. Escrito filosófico de Immanuel Kant (1724-1804), publicado en 1786 en la «Berlinische Monatschrift», órgano de la «Aufklärung».

El valor histórico y filosófico del opúsculo consiste en confutar, frente al problema teológico, tanto la posición ideoló­gica intelectualista como la fideísta, y se­ñala al mismo tiempo una de las etapas de formación del pensamiento crítico. Kant, a las pruebas teoréticas de la existencia de Dios, lo mismo la cartesiana que las otras adoptadas por Mendelssohn, no les reconoce capacidad demostrativa, aun no creyéndolas del todo inútiles. La fe sola, para Kant, no puede ofrecer a la verdad un fundamento sólido, por ser ella sólo una intuición tras­cendente; también la tradición o la revela­ción necesitan del consentimiento de la ra­zón. En el mundo suprasensible nosotros nos orientamos — como en el mundo sensible mediante el sentimiento subjetivo del espa­cio— por medio de una «necesidad» que la razón tiene que creer en ciertas ideas, esto es, de afirmar su realidad, sin proporcionar su prueba teorética: es un determinarse en lo «verosímil».

Es menester profundizar el problema de la naturaleza de la «necesidad», puesto que hay nociones suprasensibles cuya necesidad no se siente; otras, entre ellas la de un Ser Primero, suma inteligencia y bondad, de las cuales sentimos necesidad prepotente, de donde «el derecho de la ne­cesidad», motivo subjetivo de presuponer o admitir algo que la razón no puede preten­der saber por medio de fundamentos sub­jetivos, de orientarse en el pensamiento, en el espacio inconmensurable de lo suprasen­sible para nosotros lleno de espesas tinieblas. No sólo nuestra razón siente la necesidad de poner la noción de lo ilimitado como fundamento de la noción de lo limitado, sino que esta necesidad se extiende a la presu­posición de la existencia de lo ilimitado sin la cual no puede darse razón satisfactoria de la existencia de la finalidad del orden de la naturaleza.

Verdad es que no podemos demostrar la imposibilidad de que esa fina­lidad carezca de causa inteligente (si pudiéramos demostrarlo, tendríamos razones ob­jetivas y no tendríamos que remitirnos a la subjetiva). El uso práctico de la razón es más impelente aún, porque de la existencia de Dios «debemos» dar un juicio: y no ya para derivar de él la ley moral, la cual es autónoma, sino para dar a las nociones de «bien soberano» una realidad objetiva. La razón tiene necesidad de admitir este sobe­rano bien independiente; y, como garantía suya, una inteligencia suprema. Pero se trata siempre, no de un conocimiento, sino de una necesidad sentida por la razón, con la que Mendelssohn se orientaba en el pensamiento especulativo: no principio objetivo de la ra­zón, sino postulado-brújula, alógico, y con todo, superior en grado a todo saber.

De Dios no podemos nunca probar la existencia, pues no hay ninguna experiencia e intuición adecuada a la noción de Él. Nadie puede ser persuadido de la existencia del Ser Supremo por medio de una intuición cualquiera: la fe en la razón ha de preceder. Discutir a la razón el derecho de intervenir en cosas trascendentales, como la existencia de Dios y el mundo futuro, es abrir una ancha puer­ta a toda suerte de supersticiones, y hasta de ateísmo. Este escrito termina con una peroración dirigida «a los amigos de la humanidad y de lo más santo que hay en ella», en favor de la razón, «última piedra de toque de la verdad».

G. Piou