Prolegómenos a la Ética, Thomas Green

[Prolegomena to Ethics]. Es la obra más impor­tante del filósofo inglés Thomas Green (1836-1882), hallada a la muerte del autor en hojas sueltas y ordenada y publicada por su amigo Francis Herbert Bradley en 1883.

Green se propone dar aquí una sólida base teórica para la solución de los principales problemas morales. Tal base sólo puede ser dada por una filosofía idealista. En efecto, en el primer libro, titulado «Metafísica del Conocimiento», se encuentra ampliamente desarrollada la gnoseología idealista del autor. Si los objetos de las experiencias particulares fueran entidades separadas, tal como creen el hombre vulgar o el filósofo empirista, no sería posible ninguna forma .de conocimiento. Nuestra conciencia existe sólo en cuanto se inserta en una única Con­ciencia eterna y universal. La naturaleza de tal conciencia es espiritual, y por lo tanto corresponde a lo que los santos de todas las épocas han llamado Dios. Sólo que mientras generalmente se cree que este Dios es una entidad trascendente, la Conciencia es profundamente inmanente a nuestras conciencias particulares.

Aquélla se sirve de estas últimas como medios para mani­festarse. Al hacerlo queda sujeta a una se­rie de limitaciones; no obstante, conserva sus características esenciales de ser inde­pendiente del tiempo y principio determi­nante del devenir al que todas las cosas es­tán sujetas. Para .Dios el mundo «es», para el hombre el mundo «deviene». La Concien­cia conserva además su propia libertad espi­ritual, de modo que la conciencia de cada uno de nosotros representa una «causa li­bre». En el segundo libro, «La Voluntad», se examina la cuestión del libre albedrío, y se concluye que éste no es ni arbitrario ni exteriormente forzadores capaz de auto­determinación, ya que corresponde a una conciencia que es al mismo tiempo racional y libre. En el tercer libro, «La idea moral y el proceso moral», se aborda el capital problema de la naturaleza del bien y del mal.

Para Green, el primero se convierte metafísicamente en la tentativa de igualarse, de identificarse con lo Absoluto; mientras que el segundo corresponde al error de considerar los diversos objetos de la expe­riencia como entidades separadas, y al pe­cado de apetecerlos como tales. Pero ni el bien ni el mal son absolutos: Dios perma­nece eternamente inalcanzable en su infinita esencia; del mismo modo que, pese a todas las afirmaciones del atomismo intelectual, nuestra propia naturaleza se inserta en la realidad universal. Thomas Green aclara estas ideas tratando del origen y desarrollo de la idea moral, desde los más groseros pueblos primitivos hasta los más grandes filósofos. En el cuarto libro, «Aplicación de la filosofía moral a la conducta», se exa­mina el valor práctico de la idea moral y de una justa teoría ética.

La moral no con­siste en virtudes abstractas, sino en el pro­ponerse un ideal e intentar realizarlo como nuestro máximo esfuerzo; todos los actos de la vida deben estar dirigidos hacia una finalidad superior. El propio Estado no cons­tituye algo inerte y coactivo, sino que es el conjunto de las voluntades de sus ciuda­danos, firmes en el deseo de realizar el bien común. La vida ética no representa la humillación de los objetos de los sentidos, sino solamente la de su interpretación teó­rica. y práctica como entidades separadas. Toda la vida ética se basa en un armónico compromiso entre las exigencias sensibles y la idea moral.

Green, no obstante, combate el hedonismo moral: el placer que puede preceder, acompañar y seguir a cualquier acto, no es sino un carácter secundario y accidental del mismo; es un signo exterior que indica que el acto es bueno, más que el elemento constitutivo de su moralidad. Y lo mismo debe decirse del utilitarismo; el libro termina con una sutilísima crítica de las ideas morales de Stuart Mill. Los Prolegómenos a la ética constituyen el libro tal vez más vasto y profundo de todo el idealismo neohegeliano inglés.

A. Dell’Oro