[Präludien]. Ensayos de Wilhelm Windelband (1848-1915), iniciador de la corriente neokantiana conocida con el nombre de Escuela de Baden y de filosofía critico transcendental de los valores, y a la que pertenecieron, aunque con importantes divergencias, Rickert, Banch y Lask.
Esta obra, publicada en un tomo en 1884, fue dividida, en la 6.a edición de 1917, en dos volúmenes. Se propone ser una introducción historicosistemática, a través de unos ensayos, a los problemas de la filosofía contemporánea; resuenan en ella, en forma más viva, los motivos que Windelband desarrolló orgánicamente en la Historia de la filosofía moderna (v.) y en la Introducción a la filosofía [Einleitung in die Philosophie, 1914]. Entre los ensayos incluidos en los Präludien, son especialmente dignos de atención los de carácter histórico, destinados a presentar la filosofía en su más profundo significado humano. En el pensamiento de Sócrates, la razón, con su libertad, se muestra como principio de infinita investigación teorética de la verdad y, al mismo tiempo; como potencia constructiva de la íntima armonía espiritual; pero en Spinoza la razón es la certeza y la beatitud de la verdad lograda, en que el alma se resuelve y sosiega en absoluta serenidad.
Con todo, la filosofía no es solamente investigación o posesión de la verdad, principio de formación de la personalidad moral o esfera de su absoluta libertad; es intuición del mundo y de la vida, un hacerse humano y expresivo de la verdad. Está, por ello, emparentada estrechamente con la poesía, como los análisis sobre la poesía de Hölderlin y Goethe lo demuestran. Pero una vez reconocida esta función cultural y espiritualmente concreta de la filosofía, ¿cómo definir su sentido y su método puramente teoréticos? Aquí la interpretación kantiana nos abre camino: la filosofía no es metafísica, conocimiento de un absoluto real, ni mero conocimiento positivo del dato empírico; es más bien saber crítico de los valores universales que determinan la estructura y el proceso de la experiencia. El método de la filosofía es, por esto, método transcendental.
Fiel al dualismo kantiano, oponiéndose en esto tanto al idealismo como al neokantismo de Marburgo, Windelband afirma una irreductible antítesis entre ser y valor, antítesis que caracteriza y determina su verdadera relación. Este dualismo «es el sagrado misterio en que nosotros experimentamos los límites de nuestra naturaleza y de nuestro conocimiento». El ser se define según las categorías constitutivas de la inherencia y de la causalidad, que constituyen la estructura objetiva de la experiencia. Los valores son los principios de síntesis y desarrollo de la experiencia misma, y caracterizan por esto las directrices de la cultura, determinando las normas de la vida espiritual.
Comprenden ante todo el valor teorético; la verdad, que es el principio de la constitución y del proceso del saber en sus diversos métodos, según los cuales deben distinguirse particularmente las ciencias naturales dirigidas a resolver el dato de la experiencia en la universalidad de las leyes, y de las ciencias históricas dirigidas a dar relieve a la individualidad del propio dato en relación con los valores de cultura. El valor ético, el bien, está en acto formalmente en la conciencia del deber y concretamente en la comunidad ideal de las naturalezas razonables que se realiza en las particulares comunidades históricas como aportadoras de nuevos sistemas de cultura, de manera que el sentido último de la historia es la auto constitución de la humanidad según la idea ética.
Pero lo ético es siempre, por otra parte, límite de un proceso, aspiración del alma, y tarea de una voluntad. Sólo en el valor estético el espíritu, se sustrae a- esa tarea; ser y deber ser en su determinada inmediatez parecen coincidir en una coincidencia con todo, no universalmente definida, pero articulada en infinitos aspectos. Así, a este límite corresponde la conciencia de la separación de lo real de la idea, del ser, del valor. La obra de los puros valores es sentida en sí, en su ideal pureza, como transcendente a la vida espiritual, al propio tiempo que es su intenso principio. Esta pura y absoluta validez del valor, en sí puesta, es el valor religioso, lo sagrado. La religión es justamente «vida transcendente… esto es, un transcender la experiencia en la conciencia de pertenecer a un mundo de valores espirituales, en la absoluta insatisfacción del mundo de la realidad empírica».
En realidad, en su sentido más profundo, la vida espiritual es vida religiosa: «Lo que más importa es que lo temporal se transfigure para mí en lo eterno, el ser en el deber ser. Estamos ciertos de la eternidad cuando del caos de las opiniones nos levantamos a la serena claridad de la ciencia; cuando toda la agitación intensa de nuestras pasiones se aquieta en presencia de la conciencia moral, fuerte de segura voluntad; cuando, libres de todo deseo, reposamos el corazón atormentado por lo problemático de la vida, en la bienaventurada paz del arte».
A. Banfi

