Obra crítica de Charles- Augustin de Sainte-Beuve (1804-1869), publicada de 1840 a 1859, fruto de un curso de lecciones profesadas en la universidad de Lausana en 1837-38. Se investiga en ella la historia de la célebre abadía francesa desde sus orígenes, pasando por los acontecimientos que determinaron la formación de una espiritualidad nueva, hasta su destrucción por Luis XIV y los jesuitas.
Afirmando que no se propone hacer una historia particular del movimiento jansenista (v. Jansenismo), el autor establece claramente la diferencia entre los problemas de aquella escuela y sus repercusiones en el pensamiento europeo, situando, con profunda intuición crítica, a los protagonistas del drama que allí se desarrolló, entre los ideales de la época y su oposición con las doctrinas tradicionales. Después de haber hablado profusamente de los orígenes del monasterio y de su nuevo florecimiento por obra de un grupo de nobles espíritus (Libro I), Sainte-Beuve muestra cómo la reunión de mentes ansiosas por remediar los males de la sociedad contemporánea condujo a resolver, bajo la guía de las eternas verdades del Evangelio, algunos de los más apremiantes problemas de la moral y de la religión (Libro II).
La secular cuestión de la gracia y del pecado es expuesta por medio de profundas meditaciones; antiguos temas agustinianos y problemas acerca del libre albedrío se reflejan en la enunciación de una moral rigurosa y austera. En este clima de meditación interior y de investigación científica se forma la gran alma de Blaise Pascal, a quien Sainte-Beuve dedica unas espléndidas páginas (Libro III). Una parte muy importante es la referente a las escuelas de Port-Royal; en el contacto inmediato con las jóvenes conciencias y en las discusiones de varios problemas prácticos (descuidados por otros y en particular combatidos por la casuística de los jesuitas), los jansenistas tratan de despertar en el discípulo la exigencia de nociones claras y seguras, que conduzcan al conocimiento más verdadero de Dios y de la vida moral.
Las obras de Lancelot, de Arnauld y de Nicole (y. La gramática de Port-Royal y La lógica de Port-Royal) confirman de modo particular la sagacidad didáctica e intelectual de los nuevos principios (Libro IV). Después, ante las figuras de la «segunda generación» de Port-Royal, Sainte-Beuve consigue presentar bajo su justa luz el significado de la nueva historia; en las figuras de Mme. de Longueville y de Mme. de Sablé capta el escritor, en efecto, los motivos psicológicos de la tendencia que impele a aislarse del mundo para meditar acerca de los más altos destinos humanos (Libro V). Al llegar a este punto se perfila la importancia histórica del movimiento. El monasterio cisterciense femenino, reformado por Angélique Arnauld y dirigido por el abate de Saint-Cyran, torna a ser un santuario de espíritus solitarios, combatidos por los jesuitas y la monarquía. La condena papal de cinco proposiciones del Augustinus (v.) provocó réplicas por parte de los «señores de Port-Royal».
Ellos afirman que estas proposiciones no están contenidas en el libro de Jansenio; hombres y mujeres con igual tenacidad resisten a la lucha, hasta la dispersión de los solitarios (1656). Después de nuevas persecuciones que condujeron pronto a la definitiva clausura de las escuelas, a la detención de Sacy (1666) y a la fuga de Arnauld (1679), la lucha fue reanudada con encarnizamiento bajo Luis XIV, quien en los solitarios veía rebeldes a la autoridad monárquica. La obra de los jesuitas ahoga trágicamente el movimiento con la supresión de la comunidad femenina, ordenada por el Papado en 1708, y su dispersión operada por la policía real en 1710, año en el cual se llega a la destrucción de Port-Royal: la capilla es arrasada; son devastadas las paredes y hasta las tumbas son violadas con una macabra exhumación de cadáveres (Libro VI).
Para Sainte-Beuve la grandeza de Port-Royal, con su alto valor espiritual, se convierte en símbolo de vida interior frente a la fuerza bruta de una sociedad en decadencia. La derrota representa por esto el triunfo del ideal. Así, el historiador, después de haber intentado reproducir «el verdadero, humilde y gran espíritu cristiano» de Port-Royal en sus figuras más representativas y en las diversas vicisitudes del movimiento jansenista, cierra la obra afirmando el gran valor de la poesía de Racine florecida en un ambiente tan austero y solitario: Atalía (v.), además de la reveladora palabra de Pascal, corona de este modo la íntima experiencia de un grupo de espíritus atentos a las verdades eternas.
C. Cordié
La perfección con que Sainte-Beuve trató su tema es la mejor legitimación de su elección. El hábil historiador no ha trazado jamás un cuadro más completo, vivo y exhaustivo en sus pormenores. Debe asignarse un lugar aparte a Sainte-Beuve entre los críticos de nuestro siglo, por la alta filosofía que está en la base de sus juicios. (Renán)

